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Full text of "Clara Ines Zolesi Mi Primer Viaje Literario"

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MI PRIMER VIAJE LITERARIO 

DE GARCI LASO A RODO 



ES PROPIEDAD 


Queda hecho el depósito de ley* 
Los ejemplares deben ir autenti- 
cados con la firma de la Autora. 




MI primer viaje literario 

DE GARCILASO A RODÓ 

EL RENACIMIENTO EN ITALIA Y EN ESPAÑA «SÍN- 
TESIS) LA POESÍA BUCÓLICA -SU ORIGEN Y 
EVOLUCIÓN GARCILASO m SANTA TERESA 
EL GÉNERO PICARESCO POETAS Y PROSIS- 
TAS DEL PERÍODO CLÁSICO LA TRISTEZA DE 
QUEVEDO m POETAS Y PROSISTAS DEL SIGLO 
XIX Tá. EL PESIMISMO DE LARRA SARMIENTO? 1 » 
JOSÉ ENRIQUE RODÓ. 


PÁGINAS DE EMOCIÓN Y DE CRÍTICA 

POR 

CLARA INÉS ZOLESI 



EDITORIAL “FIDES” 
MONTEVIDEO MCMXXVII 





ÍNDICE 


P&gs, 


PROLOGO 


* ♦ 


% « 


s 

El Renacimiento 




• 



El género pastoral . ' i ^ i T~ 




* . 


16 

Garcilaso de la Vega 




• * 

* 

28 

Santa Teresa 




* M 


45 

Fray Luis de León 




* * 



La novela picaresca 






7 5 

Diego Hurtado de Mendoza . 




1 


8 <i 

Alonso de Ercilla y Zúñiga . 




. 


9 2 

Epístola Moral a Labio .... 






102 

La Canción a las Ruinas de Itálica . 




, 


106 

Miguel de Cervantes Saavedra i 7 ” 






in 

Francisco de Quevedo y Villegas. 






M 1 

Conceptismo y gongorismo i . . 




h « 


t¿6 

Teatro de Moratín 






147 

Unidades de tiempo y de lugar . 






ni 

Manuel José Quintana 



• 

• 


155 

Mariano José de Larra 






167 

Consideraciones sobre la obra d; Espronceda 




182 

Gustavo Adolfo Bécquer .... 






185 

Benito Pérez Galdós 

* 

m # 




210 

Sobre la silva <rA la agricultura de la zona tórrida 

# 



22í 

Sarmiento ....... 






22 ^ 

Elementos épicos de «Tabaré 


• * 




242 

Zorrilla de San Martín como orador. 


• ■ 




244 

Tosé Enrique Rodó 



♦ 



246 

Píndaro 






26^ 


PRÓLOGO 


La autora de estas páginas no soñó en escribir 
un libro. No tuvo, siquiera, ante sí el propósito 
de elaborar una serie de apuntes. Es decir, que 
ni el pensamiento de ser útil a sus compañeras 
de estudios secundarios o preparatorios, ni me- 
nos todavía la generosa preocupación de brin- 
dar elementos culturales a distintos órdenes de 
lectores, propulsaran su juvenil voluntad, no ha- 
bituada aún a la tensión de un largo esfuerzo 
disciplinado. 

Emprendió un viaje literario. El primero de 
su vida adolescente. Motivo próximo: el mandato 
del programa respectivo. Estado de ánimo: el 
de sus preferencias vocacionales, alentadas por 
el confiado optimismo de su edad, por los nobles 
y aún no turbados arrestos de un espíritu nuevo 
que ha columbrado en su itinerario el goce de 
apetecidas emociones estéticas. 

Por inclinación propia, por sabias orientacio- 
nes de la profesora señorita Alicia Goyena y, en 
parte también, por consejo paterno, prescindió 


6 


CINARA INES ZOLESI SAN MARTÍN 


de teorías y rigorismos doctrinarios. Tuvo así la 
libertad de sí misma, sin supeditarse a precon- 
ceptos que, frecuentemente, deforman o desvían 
la visual íntima del viajero. 

Y de jornada en jornada, fue tomando ano- 
taciones . 

Eran anotaciones íntimas. Expresan las inefa- 
bles alegrías que embargan a los viajeros noveles 
ante el aparecer de lo bello, y exaltan a los neó- 
fitos ante la revelación de un misterio sagrado. 

El que estas eneas escribe, pudo ver cómo cada 
autor comprendido y, más aún, cada obra maes- 
tra sentida con “intelecto de Arte”, iba enrique- 
ciendo las facultades de la alrnnna, a la par que 
afinaba sus sentimientos y acendraba su fervor 
para nuevas lecturas. Como padre y como peda- 
gogo, no podía ni debía suscitar el sentido crí- 
tico y el de análisis, en detrimento de la emo- 
ción. “Sentir” es, a su juicio, el primer acto del 
temperamento artístico y “sentir” signe siendo 
el acto definitivo, puesto que en él se incluye, a 
manera de una trama invisible, el análisis crítico, 
Crítica y sentimiento, unificándose en la inspira- 
ción que crea la obra, o en el deleite de quien la 
estudia, constituyen £í cl gusto”. 

Por eso estas páginas son esencialmente de 
emoción . 


Por eso lian de parecer tan desiguales entre sí. 
Siendo tan variados los géneros y tan diver- 
sas las obras de cada género, no lia menester de~ 



PE OARCILASO A RODÓ 


7 


mostrarse como determinados autores y determi- 
nadas producciones de los mismos han cautivado 
especialmente la atención de la autora. 

No sólo se evidencia el ahinco y la fruición de 
la lectura según el género y el escritor, sino que, 
llevada por su temperamento, se detiene compla- 
cientemente a estudiar el aspecto o modalidades 
en las cuales encontraron mayor pábulo su apti- 
tud analítica y su sensibilidad. 

Así, admira en Fray Luis de León el sentimien- 
. to de la naturaleza y el intelectualismo lírico, ha- 
ciendo notar que, mientras Santa Teresa es una 
mística extática de amor, el insigne salmantino es 
un sapiente filósofo cristiano, ávido de abismarse 
en la plenitud del conocimiento, que es la posesión 
de Dios. 

Así discurre sobre “la tristeza de Quevedo”, 
viendo aquel alto espíritu combativo, todo gallar- 
día y fiereza, amargándose de muerte ante el des- 
enfreno concusionario y lúbrico de su época. Po- 
ne del mismo modo, su contemplación emociona- 
da sobre “el pesimismo de Larra”, sorprendien- 
do el cáncer de su exasperada psicología, a través 
de su rápido y fatal proceso. 

Y, sucesivamente, son los capítulos consagra- 
dos a Cervantes, a Quintana, a Bécqucr, Sarmien- 
to, Rodó, las telas en que atesoró la autora la 
nota personal de su temperamento, iluminando los 
rasgos íntimos de cada fisonomía . 

Por virtud, acaso también por escasez de lee- 



s 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


turas, justificada todavía por la edad y la na- 
turaleza de sus actuales estudios, prescinde de 
efectismos eruditos. Con ello sale gananciosa la 
obra, pues perdura en sus páginas la esponta- 
neidad de la anotación crítica o de las emociones, 
confiadas al papel en el instante de su origen. 

Promesa o dádiva efectiva (críticos, profeso- 
res de Literatura y estudiosos no tardarán en 
decirlo), estas páginas convertidas en libro, de- 
jan hoy el silencio y la intimidad sin haber am- 
bicionado la luz, pero sin temerla, porque son sin- 
ceras; sin llevar en su contextura ningún princi- 
pio de envidia, ni recelar ser alcanzadas por la 
ajena, porque no existen aún libros análogos de 
cuño nacional. 

El prologuista, que nunca se desinteresó de nin- 
gún esfuerzo intelectual de sus alumnos, siente 
por estos pliegos un interés lindero del afecto. 
Por tal razón, en vez de un juicio, emite un 
voto : el único que un padre y un maestro pueden 
formular cuando un hijo y un alumno parten a 
las primeras lides: jio triumphe! 

Jerónimo Zolesi, 


Montevideo, setiembre de 1927. 




MI PRIMER VIAJE LITERARIO 
DE GARC1 LASO A RODÓ 

EL RENACIMIENTO 


Idea general. 

Esta palabra deriva del verbo “renacer”. Tomán- 
dola en su sentido etimológico, significa nacer nueva- 
mente, volver a la vida. 

¿Quién había muerto, pues? — nos preguntamos. 
¿Quién volvió a vivir? Habían muerto para la civili- 
zación antigua, es decir, para la cultura artística e in- 
telectual de sus antecesores griegos y romanos, los 
pueblos europeos. 

La ANTIGÜEDAD CLASICA. 

Desde el siglo VI antes de la era cristiana, un pue- 
blo del Mediterráneo había alcanzado un excepcional 
grado de cultura; Grecia. 



10 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

La historia no recuerda ejemplo más brillante ni más 
completo. La escultura y la arquitectura, la filosofía y 
la literatura en todas sus manifestaciones, fueron cul 
t iva-das, sobre todo en Atenas, por una pléyade de ar 
listas y de sabios geniales, cuyas obras, a pesar de in- 
dos los cambios de gusto producidos a través de los 
siglos, son todavía consideradas como perfectas, y nio 
délos en su género. 

A Grecia la siguió, desde el siglo XI antes de núes 
tra era, R-oma. Esta no sólo atesoró codiciosamente las 
obras helénicas, sino que produjo muchas generaciones 
de notables artistas y pensadores. Ora imitando las be- 
llezas griegas, ora creando por inspiración propia, los 
romanos dejaron también obras dignas de la inmorta 
lidad. Poetas, oradores, filósofos, historiadores y juris- 
tas dieron esplendor a la cultura romana, que tuvo, a 
más, otro aspecto de gran importancia: el de una vas- 
ta legislación, tendiente a consolidar las conquistas de 
la vida ciudadana, definiendo deberes y derechos, con 
lo que produjo un grato refinamiento en las costumbres 
públicas y privadas. 

La barbarie. 

Pero, la cultura grecolatina que se había ido difun- 
diendo por el mundo a la par del poderío político ro- 
mano, naufragó en el siglo IV ante el desborde de los 
pueblos bárbaros del Este y del Norte de Europa. 

Muy lejos estaban esos pueblos salvajes de compren- 
der la vida civilizada del Sur de Europa; pero a su 
ignorancia se unió el odio, exacerbado por las san 
grientas alternativas de la lucha sostenida en las fron 
teras del imperio. Por eso, cuando quebraron la última 
resistencia, parecían no tener más ley que el extermi 



DE GARCIEASO A RODÓ 


11 


nio. Las provincias romanas pasaron súbitamente de la 
civilización a la barbarie. Había empezado una nueva 
época histórica, llamada la Edad Media. 

El cristianismo, por intermedio de su clero, iba en 
su curso a ser el factor del nuevo orden de cosas: mo- 
rigerando las impetuosidades de los nuevos pueblos; 
favoreciendo su organización política; iniciándolos en 
la educación intelectual. Pero, para ese mundo se ha- 
bían vuelto letra muerta todas las obras literarias del 
paganismo, y objetos sin valor, cuando no execrables, los 
tesoros escultóricos, impregnados todos ellos también 
de paganismo, pues eran efigies de dioses mitológicos 
o de personajes endiosados por la soberanía imperial 
extinguida. 

Mil años vivieron esos pueblos antes de que el espí- 
ritu heléni colatino resurgiera. 

La Edad Media. 

Ese milenio fué esencialmente cristiano. Las bellas 
artes, evolucionadas paulatinamente durante su curso, 
obedecieron sobre todo a la inspiración religiosa. De 
un siglo a otro se babía venido templando la barbarie, 
para dar lugar a costumbres más suaves, a produccio- 
nes más pulidas, a deseos de cultura general cada vez 
más hondos y razonados. Especialmente desde el siglo 
XIV, en Italia, heredera directa del espíritu grecola- 
tino, la reconquista de lo antiguo, el resurgimiento de 
las artes y de la vida harmoniosamente sociable y gra- 
ta de los lejanos antepasados, constituyeron una aspi- 
ración de todos los hombres superiores. Cada obra an- 
tigua que se descubría, aceleraba el ritmo de aquellos 
entusiasmos. Por otra parte, a ese despertar contri- 
buían eficazmente las universidades con sus cátedras 



12 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

de lingüística, filosofía, historia, literatura, bajo el pa- 
trocinio de los señores opulentos de la época. 

Italia fue, de esa manera, el foco de radiación del 
Renacimiento. 

El Renacimiento. 

En el siglo XV tuvo sus manifestaciones ya decisi- 
vas ese espíritu de renovación, cuyo excelso precursor 
había sido Dante Alighieri, el poeta genial de “La Di- 
vina Comedia”. 

La antigüedad sabia y artística había, efectivamen- 
te, renacido en los estados itálicos. Roma, Florencia, 
Ñapóles, Venecia, Ferrara fueron otros tantos centros. 
Unas a otras esas ciudades se disputaban los artistas 
excepcionales, que rivalizaban en la producción de 
obras maestras. Pero fué la literatura la que culminó 
de un modo extraordinario, hasta el punto de suminis- 
trar a Job demás pueblos, modelos considerados como 
definitivos en todos los géneros artísticos. 

Esa labor se continuó en el siglo XVI. En él se ini- 
ció, tras los esplendores más exquisitos de la forma, la 
decadencia. 

Petrarca, Boccaccio, Guicciardini, Maechiavello, 
Ariosto, Tasso, Sannazaro, Bembo, Filieaja fueron en 
la lírica, en el cuento, en la historia, en la epopeya y 
en la égloga, maestros de tan reconocida autoridad, 
que en ellos se inspiraron, adoptando la forma métri- 
ca e imitando el género, Shakespeare y Milton, ingle- 
ses; los poetas de la pléyade y sus continuadores, fran- 
ceses, no menos que los españoles, a quienes me refe- 
riré a continuación. 



DE GARCILASQ A RODÓ 


13 


España renacentista* 

Hasta fines del siglo XV España había desarrollado 
una literatura propia, genuinamente nacional por el 
fondo y más aún por la forma. Es cierto que algunos 
escritores trataron do “italianizar”; pero tales inicia- 
tivas quedaron aisladas y no pasaron de simples ensa- 
yos. La versificación y los géneros fueron profunda- 
mente españoles hasta principios del siglo XVI. 

Una circunstancia política vino a favorecer la rápi- 
da italianización de la literatura española: la conquis- 
ta de las dos Sicilias y del Milanesado, empezada por 
Fernando el Católico y terminada por Carlos V. Es- 
paña se puso, como dominadora, en contacto con todos 
los estados italianos. Notables humanistas de los mis- 
mos pasan a la península ibérica, al mismo tiempo que 
no pocos literatos españoles establecen residencia en 
las grandes ciudades italianas. 

Se cita como primer portavoz de la literatura itálica 
en España, al embajador Navagiero. Ferviente adepto 
a la nueva causa fué Juan de B osean y Atmogáver, 
gentilhombre de la corte, donde' profesaba estrecha 
amistad a un poeta aristócrata: Garcilaso de la Vega» 
El éxito no sonrió a Boscán, por carecer de las condi- 
ciones de sensibilidad, imaginación y harmonía que 
distinguen a los verdaderos poetas y que, en efecto, hi- 
cieron triunfar brillantemente a Garcilaso. Sus dotes 
ingénitas y su trato con los literatos itálicos, sobre to- 
do con Sannazaro, autor de la “Arcadia”, en Ñapóles, 
donde el insigne toledano residió algunos años, hicie- 
ron de él un perfecto italianizante. Es el primero y el 
máe delicado de los renacentistas españoles, 

Corta fué la vida de Garcilaso; más cortos aún los 
ocios noblemente consagrados a la poesía; pero, dejó 



14 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


a la posteridad un tesoro de producciones que por su 
forma y por la dulzura de sus sentimientos nada tu- 
vieron que envidiar a sus modelos entonces, ni en 
nuestra literatura fueron después superadas. No se 
contentó Gareilaso con la inspiración de sus maestros* 
los renacentistas italianos. Extrajo no pocas bellezas 
del poeta latino antiguo Virgilio, sobre todo en las 
églogas y en algunos sonetos, por lo que ha de clasifi- 
cársele entre los renacentistas clásicos. 

Métrica y géneros adoptados. 

El Renacimiento introducido en España de la ma- 
nera ya dicha, comprende formas métricas y géneros 
literarios. Las formas métricas dominantes fueron: el 
endecasílabo y el heptasílabo. El primero, verso am- 
plio, de cadencia sonora y variada, se empleó en el ter- 
ceto, el cuarteto, la octava, el soneto. El segundo se 
adoptó para combinarse con el anterior, a fin de con- 
seguir harmonía, movimiento y variedad en las compo- 
siciones extensas, como las canciones, las odas, las églo- 
gas, etc., donde se combinaron para constituir los pe- 
ríodos métricos o estrofas llamadas: silvas, estancias, 
liras. 

Los géneros poéticos preferidos fueron la égloga, la 
canción, la elegía, la epístola, el soneto, la epopeya. 

De los géneros en prosa tuvieron predicamento la 
novela pastoral, la novela corta y el cuento, la historia. 

Nótese que no incluimos en esta serie de géneros las 
obras teatrales. Aunque el núcleo de los grandes auto- 
res, Lope de Vega, Tirso de Molina, Alarcón, Calde- 
rón de la Barca, Rojas Zorrilla, Moreto, hayan floreci- 
do en el siglo XVII, final del renacimiento español, mal 
les cuadra la denominación de “clásicos” que suele 



DE GARCITjASO A RODÓ 


15 


aplicárseles. Nada deben a los “clásicos” propiamente 
dichos, que son los antiguos; nada, podemos decir, de- 
ben a los clasieistas del renacimiento itálico. Basta re- 
cordar que a ningún comediógrafo español preocupó 
nunca la unidad de lugar y la de tiempo , de las que 
fué tan respetuoso (y feliz) observador Moratín, a fi- 
nes del siglo XVIII y principios del XIX. A ninguno 
de ellos tampoco lo llevó un rapto de inspiración en 
busca de argumento a las suntuosidades de la tragedia 
de Eurípides, tan gratas a los franceses. Argumentos, 
en su casi totalidad y versificación, con extensa y casi 
no interrumpida preferencia, son genuinamente espa- 
ñoles y entrañan la mejor defensa del españolismo, tan 
acérrimamente defendido por Cristóbal del Castillejo, 
contra la irrupción italianizante clásica. 



EL GENERO PASTORAL 

LA POESÍA BUCÓLICA Y SU DEGENERACION 


La poesía eglogiea, a veces pescatoria, casi siempre 
pastoril, fue en Italia, con Sannazaro, Tansillo, Tasso. 
como fné en España con Garcilaso, Valbuena, Góngo- 
ra, bello artificio extemo, sin contenido ni fuerza in- 
terior, ficción de aristócratas melindrosos o de poetas 
cortesanos; pleno desacuerdo entre el artista y el 
pueblo. 

El poeta, transportándose a un mundo extraño, dis- 
frazaba su propio yo bajo la zamarra de un pastor que 
se tiende a cantar, lánguida y muellemente, sus cuitas 
amorosas, en los céspedes. Apócrifo era el pastor; fic- 
ticia la zamarra; la Arcadia, quimérica. En ese país 
abstracto y figurado, donde valles y laderas, fuentes y 
ríos, todo era vago e irreal, podía columbrarse, más 
que sentirse, la presencia de las zagalas convenciona- 
les, de “ojos claros, manos delicadas, hermosos brazos, 
blanco pecho y dulce habla.” Nada, digamos de las 
ninfas, dríadas, náyades y demás enamoradizas y reto 
zonas “deas”, que agregan el espejismo de sus sensua- 
lidades triscadoras al idealizado escenario. 

Es que los eglógicos del siglo XVI y, más aun, los 
áreades del XVII, no habían perdido tan sólo el sen- 


DE GARCILASO A RODÓ 


17 


tímiento de la naturaleza y la comprensión de la vida 
rústica, esto es, de la realidad bucólica, como fuente de 
poesía, de la que extrajeran con tanto vigor y frescura 
sus originales creaciones Tcócrito, Mosco y Bión, maes- 
tros del idilio antiguo. 

En los diálogos y cuadros de estos poetas del hele- 
nismo, los personajes, pastores o plebeyos, no son fan- 
tasmas de las regiones cimerianas que necesitan beber 
la humeante sangre de una hecatombe homérica para 
cobrar momentáneamente la vida. No son tampoco re- 
finados galanes, puestos en el trance de enmascarar su 
amor, como en Ferrara el infortunado poeta de 
‘ ‘ Aminta ’ o de alambicarlo conceptuosamente como 
Tansillo eu la corte napolitana de los Toledo. Viven en 
la realidad de su tierra nativa. Y en esa tierra nativa, 
la florida Trinaeria, sobre todo, los paisajes rústicos 
con sus cabras y lanares y los bosques con sus delica- 
das o groseras visiones míticas, son escenarios fieles al 
poeta, a quien revelan sus bellezas y sus misterios, para 
que él los trasmita al pueblo, que, a su vez, los conoce 
y anhela evocarlos en el harmonioso pero agrio lengua- 
je de la poesía más realista. 

Escribían en consonancia con el alma popular. Las 
“Sicélidas Musas’ ’ no retrocedían ante las asperezas 
de la vida pastoril, ni vacilaban en pintar las malan- 
danzas de las gentes vulgares, sorprendiéndolas en la 
ciudad o en el campo. Y aun cuando cantan los mitos, 
el tema y la forma llevan la impregnación del senti- 
miento popular, familiarizado con aquéllos. 

En esta condición reside el carácter artístico esen- 
cial de las bucólicas sicilianas, carácter que las inmor- 
talizó, como género nuevo en la decadencia de la poe- 
sía griega, durante el período alejandrino. 

Los poetas eglógieos del siglo XVI, y más aún los 


2 



18 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


árcades de las dos siglos inmediatos, habían perdido 
también el ímpetu lírico del Renacimiento, que por ú 
solo vigorizaba cada género. 

La égloga, en efecto, se aleja del alma popular, vol- 
viéndose huera, artificiosa, en cuanto los imitadores de 
las épocas subsiguientes intentan aclimatarla fuera del 
ambiente nativo, en los invernáculos de las escuelas li- 
terarias, así en Italia como en España, Inglaterra y 
Francia. 

Primer imitador de Teócrito es, medio siglo antes de 
la era cristiana, Virgilio. Este príncipe de los poetas 
latinos, despoja a la égloga de su agrestidad ingénita 
de fondo y forma y la urbaniza convenientemente pa- 
ra Augusto, su señor, y para los personajes consulares 
del Palatino, amigos o px'oteetores del eminente man- 
tuano. 

“ Paulo majora can amus” — exclama líricamente Vir- 
gilio. “Cantemos cosas algo más elevadas.” Y he aquí 
que su genio artístico, excepcional, aquilata inspiración 
propia y ajena para dar con las exquisiteces de su esti- 
lo impecable, una armoniosa pero arbitraria romaniza- 
ción de los idilios sicilianos. 

No debe, pues, extrañar que en la Italia de la ma- 
durez y decadencia renacentista, donde se tributaba a 
Virgilio culto fervoroso y donde casi todos los grandes 
poetas fueron rendidos palaciegos, la imitación defor- 
mara aún más 1a. escuela de Teócrito. 

En vez de ir el poeta al campo y abrir allí, de par 
en par, las puertas de su espíritu sensible a las emo- 
ciones artísticas de la realidad bucólica, vistas y per- 
cibidas en su aspecto poético, era la ficción de la vida 
campestre, con sus vetustas leyendas y fábulas mitoló- 
gicas la que, como un goce nuevo, comprado con el oro 
de los príncipes banqueros y de los mercaderes siba* 



m GARCUjASO A EOd<5 


19 


ritas, entraba en la disipación y en el refinamiento de 
cortes y palacios. 

Be quería mitigar con ella el hastío de placeres, en- 
mascarándolos con los cendales del candor, con las fan- 
tasías de una sencillez rústica definitivamente perdida, 
con las apariencias de una frescura sentimental primi- 
tiva y paganizante; hasta con las seducciones lírica- 
mente metafísicas del amor platónico. Nos explicamos 
así la predilección adquirida en Italia, desde el siglo 
XV hasta las postrimerías del siglo XVIII, por las 
obras pastorales: églogas, novelas, dramas, operetas. 
Con sobrado motivo se dijo que, dominada por esta ma- 
nía patológica, toda la península parecía haberse trans- 
formado en una Arcadia. 

Italia contagió de ese mal a las demás naciones so- 
metidas a su influencia literaria. Y en algunas de ellas, 
sobre todo en Francia, por circunstancias y factores 
especiales, dicha manía se sistematizó en una forma de 
epicureismo. Llamémoslo, si nos place adoptar el cali- 
ficativo francés, “ epicureismo delicado”, pero no por 
eso menos epicureismo. Nos lo exhibe Lafontaine, du- 
rante los esplendores de Luis XIV, y con la complicidad 
filosófico-literaria de Juan Jacobo Rousseau, arraiga en 
la corte de María Antonieta, bajo los relámpagos pre- 
cursores de la gran Revolución. Tan ávidos de goces 
como los más zafios jayanes y las más velludas serra- 
nas, los epicúreos de la pseiido poesía pastoral, no tu- 
vieron otro afán que el de agregar un excitante más a 
los encantos de la naturaleza y de la vida. Creo que es 
atenuar con injustificada benevolencia tal estado de 
cosas, atribuir la prodigalidad bucólica al ahogo que el 
corazón sufría en el torbellino de los afectos sensuales 
y en el mercantil prosaísmo de las ciudades. Pocos ha- 
bían de ser los incontaminados que buscasen, según 



20 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


cree Fernández Espino, — en la atmósfera serena del 
campo y en la vida apacible, reposo para m agitación 
y solaz contra el enojo que los mortificaba. 

La verdad es que la bucólica, nacida en Sicilia como 
genuina expresión del alma popular, estilizada en Ro- 
ma, convertida en querelloso lirismo erótico por los re- 
nacentistas, fué a morir en los Trianones, bajo la exas- 
peración del alma popular, ante cuya miseria desplega- 
ra la irritante paradoja de su epicureismo. Bucólicos 
en apariencia, sensuales en realidad, los parques de 
aquel nombre, salpicados de glorietas, chozas y tem- 
pletes de Venus, entre menudos lagos y fragantes es- 
pesuras propicios a la inspiración de Watteau y Bou- 
cher, fueron escenario de una parodia de vida pastoral 
encantadora, a la que pusieron trágico epílogo las cal- 
ceteras y los desarrapados de 1789. 

Así vino a morir a manos de la Némesis popular 
aquella poesía que, después de haber triunfado en su 
época primitiva con las gracias ingénitas de campesina, 
degenerara a través de los siglos muy académieamen 
te, cargada de risibles atavíos. 

-LA BUCÓLICA IDEALISTA Y EL REALISMO 

-CASTELLANO 

Desde la segunda mitad del siglo XV, el lirismo bu- 
cólico invadió la literatura italiana de tal modo que, 
justificadamente, pudo decirse que “flotaba en la at- 
mósfera y caía de todas y en todas partes”. 

Pocas veces la historia pudo ni podrá recordar un 
género literario de preferencia tan extendida ni tan 
duradera. 

Se ha querido explicar este hecho, diciendo que era 
el género más apropiado para la época. 



DB GARC1LAS0 A ROO<5 


21 


Nos hallamos, en efecto, ante una sociedad que ansia 
extirpar de su propia existencia hasta los vestigios de 
la rudeza medioeval. Es una reacción afiebrada que in- 
vade todas 'las manifestaciones de la vida: las costum- 
bres, las artes, la política. Empieza puliendo, suavi- 
zando; se excede, luego, transformando la pulimenta- 
ción en blandura, la suavidad en morbidez, la elegan- 
cia en melindre. 

Expresión y vehículo de tal exceso fueron las obras 
pastorales. En prosa o en verso, llevaban en si una dis- 
tinción, galanura y armonía de lenguaje que cautiva- 
ban al mundo renacentista, criado en los esplendores 
del humanismo. 

Aquellas novelas o poemas, ávidamente leídos, inspi- 
raban el atildamiento y la fineza de la conversación, 
sobre todo a los cortesanos, damas y galanes. Lamen- 
table fue que infinidad de poetas y noveladores sin ta- 
lento creador, pero expertos y maduros maestros en 
todos los secretos de la técnica literaria, se transforma- 
ran en ' profesionales del estilo. Con la ambición de 
nombradla, sutilizaban cada vez más los conceptos eró- 
ticos, basta convertirlos en una metafísica insoporta- 
ble, al mismo tiempo que hicieron de la forma una or- 
febrería fatigosa. 

El efecto fraseológico era su finalidad. E‘l amor, no 
como sentimiento natural, sano y gallardo, sino como 
embriaguez sensitiva y elegiaca, era su fondo. “El idi- 
lio,— escribió Francisco de Sanctis, — fué la expresión 
más significativa de la decadencia literaria italiana.” 

Tal decadencia se define precisamente en el siglo 
XVI, cuando Italia, sometida a España en gran parte, 
trasmite a sus vencedores el gusto por la pastoral, li- 
brándolos de la anacrónica y extravagante literatura 
caballeresca. 



22 


CLAJRA INES ZOLESI SAN MARTÍN 


A partir de esa época, tras los pastores de G-are ilaso 
de la Vega, netamente itálicos, a pesar del manso y 
cristalino Tajo, con sus amenas soledades de verdes 
sauces, surgieron a la vida- de la fantasía y del arte en 
la península Dianas y Galaicas, con su largo séquito 
de pastores y zagalas, presos todos ellos en los más 
enardecidos y “ enredados' ’ sentimientos eróticos. 

El quid pro quo , la ingratitud, el desdén, los atosiga 
y desespera, sin dejarles saborear, apenas, las deli- 
cias de sus idealizantes amores, Dijérase, a primera vis- 
ta, el desfile de un mundo de personajes. Pero, el más 
somero análisis, 4 pone al descubierto almas idénticas, en 
idénticas situaciones. No tardamos, por eso mismo, en 
explicarnos la monotonía de tales obras y la esterilidad 
del esfuerzo en ellas invertido por no pocos autores de 
verdadero ingenio, entre los que cabe citar a Cervan- 
tes, tan ilusionado con su lt Galaica”, que 32 años des- 
pués de publicada la primera parte, escribiendo al con- 
de de Lemas, desde su lecho de muerto, le manifestaba 
su propósito de terminar dicha novela pastoral, “si un 
milagro le conservara la vida. M 

Y pasma que, no obstante carecer de la plasticidad 
viva y briosa del antiguo idilio, y más aún, de la pu- 
janza de la realidad, que es lucha, y, por lo tanto, in-* 
teres en la novela, llegaran ’los poemas pastorales a 
despertar el sentimiento y a excitar la fantasía, ora en 
forma de églogas, ora de drama! izaeiones, ora de rela- 
tos novelados en prosa, con frecuentes intercalaciones 
líricas. 

Por la virtuosidad del artificio externo lograron boga 
en Italia, ya maduramente renacentista; por la misma 
virtuosidad los vemos penetrar en España con la ofren- 
da, gustosamente aceptada, de una encantadora armo- 
nía en la prosa y de una dulce musicalizaeión del verso. 



DE GAUCILASO A RODÓ 


23 


Pero, en la península oriental el pueblo se había for- 
mado bebiendo una cultura cada vez más alquitarada, 
mientras la península occidental finalizaba su edad me- 
dia heroica y realista, con la conquista de Granada, 
epílogo de riglos de lucha, con la entrada en América, 
prólogo de una lucha de siglos, y con el establecimiento 
de la Inquisición, baluarte de otra lucha, cuyas gran- 
des manifestaciones históricas exteriores fueron la gue- 
rra de Flandes y el espisodio de la Gran Armada. 

Para España abrir su seno al Renacimiento era, 
pues, “italianizar”, introduciendo en sus costumbres 
la cortesanía de la sociedad itálica, y en el áspero y ga- 
llardo romance de Castilla la exquisita y estudiada flui- 
dez del idioma florentino. Ahora bien: aquella cortesa- 
nía y esta fluidez tienen su afirmación literaria en las 
obras pastorales. He ahí cómo “italianizar” era en- 
tonces perderse en el reino de las brillantes quimeras 
amatorias. Era pugnar contra la realidad ambiente, y 
ello cuando las condiciones sociales e históricas de Es- 
paña parecían darle caracteres más impositivos en la 
vida y en el arte; cuando el espíritu de la raza alcan- 
zaba su magnífica expansión y una maravillosa pro- 
fundidad en el amargo realismo de la novela picaresca 
y en el vigor plástico del teatro “donde, — al decir de 
Savj-López, — se avivaban los fulgores de verdaderas al- 
mas humanas y empezaba a diseñarse el gran drama 
romántico del siglo XVI, realismo y vigor plástico tan 
alejados de las formales elegancias del 'espíritu ita- 
liano I” 

Y tan en pugna con la realidad se hallaban las obras 
pastorales, que el mismo ^Cervantes no vacila en decla- 
rarnos, por boca de Don Quijote, cómo las Silvias, las 
Dianas y las Galateas y las otras tales mujeres de que 
están llenos los libros, no fueron en verdad mujeres de 



24 


CI.AÍíA INUS 20LF.BI SAN MARTÍN 


carne y hueso, amadas por los que las cantan, sino sólo 
ficciones para sus versos» 

Y más clara v extensamente -aún lo confirma en el 

i. 

“ Coloquio de los Ferros”. A Berganza, discurriendo 
eobre 3a falsedad arcádica * ; se le calienta la boca y no 
parara hasta pintar un libro entero ele esos que le te- 
nían engañado.” En efecto: su vida entre pastores, de 
veras le hizo conocer hasta la evidencia que 4 'aquellos 
libros son cosas soñadas y bien escritas para entreteni- 
miento de los ociosos y no verdad alguna”; que, a ser- 
lo, 4 'entre mis pastores hubiera alguna reliquia de 
aquella felicísima vida y de aquellos amenos prados, 
espaciosas selvas, sagrados montes, hermosos jardines, 
arroyos claros y cristalinas fuentes, y de aquellos tan 
honestos cuanto bien declarados requiebros y de aquel 
desmayarse aquí el pastor, allí la pastora, acullá reso- 
nar la zampona del uno, acá el caramillo del otro.” 

Tanto como condena unas veces los libros caballeres- 
cos y los pastorales “mentirosos, Henos de disparates y 
devaneos”, otras el espíritu netamente español de Cer- 
vantes, que escruta y comprende las realidades, elogia 
a los escritores que no desdeñan utilizarlas como mate- 
rial artístico en sus producciones. “Dígoos verdad, se- 
ñor compadre, — exclama el cura durante el famoso es- 
crutinio, refiriéndose a Tirante el Blanco, — que por su 
estilo es éste el mejor libro del mundo. Aquí comen 
los caballeros y duermen y mueren en sus camas y ha- 
cen testamento antes de su muerte, con otras cosas de 
que todos los demás libros de este género carecen.” 

Del fondo de la literatura medioeval, más genuina : 
mente castellana, sube un eco de plena consonancia 
con este juicio cervantino. Sobre la tierra ibérica y en 
ei fondo de un horizonte de epopeya se recorta la figu- 
ra del Cid. Es el héroe por excelencia. Sin embargo, ni 



DE GARCILASO A RODÓ 


25 


lo maravilloso ni lo fantástico lo visten. El ignorado 
autor del “Cantar de Gesta”, veraz a las derechas, has- 
ta cuando se aparta de la historia, plasma su protago- 
nista con los elementos de la vida más profundamente 
real y humana. 

Ruy Díaz de Vivar, en efecto, vive como nosotros, 
llora, reza, asiste a misa, -abraza a Jimena, concierta 
casamiento y dote de sus hijas, y no desdeña las ordi- 
narias preocupaciones domésticas. 

He ahí, — nos decimos, — la encarnación genuina y 
excelsa del héroe español, tallado para la inmortalidad 
del arte, por el sentimiento nacional, en la áspera pie- 
dra de Castilla, la misma que labró ese sentimiento pa- 
ra erigir su catedral de Burgos. El realismo, que es 
como la musculatura de la epopeya en el “Cantar de 
Mío Cid”, revelando el carácter dominante y la ten- 
dencia estética innata de la raza, hinche la obra de los 
dos Arciprestes, el de Hita y el de Talayera, tiene plé- 
tora en la estupenda creación atribuida a Fernando de 
Rojas, “La Celestina”, y desborda luego en las auto- 
biografías de las novelas picarescas, impresionantes di- 
secciones del alma de aquel pueblo, en quien el esplen- 
dor y la miseria, el sacrificio ideal y el cálculo utilita- 
rio, la santidad y la truhanería, revelan extremos igual- 
mente admirables para el sociólogo y el artista. 

Así, en la poesía heroica medioeval que comprende 
el “Cantar de Mío Cid” e infinidad de romanees, co- 
mo en la novela picaresca y en las obras teatrales, po- 
demos decir que España vive de acuerdo consigo mis- 
ma, esto es, con la doble realidad de su vida guerrera 
y popular, y, por lo tanto, ingénitamente refractaria a 
los artificiosos amaneramientos y al preciosismo do la 
andante pastorilería itálica, no menos que -al concep- 
tismo filosófico del amor, tan pulcramente cultivado por 
los académicos y señoriales dialogantes t oséanos. 



26 CLARA INÉS ZOLESI SAN JÍARTÍN 

Es que en las obras de enjundia netamente hispáni- 
ca triunfaba, independientemente de toda escuela- teori- 
zante, el principio del realismo, principio emanado del 
alma popular cuando ésta elabora sus creaciones be- 
biendo directamente en las fuentes de la vida y no en 
ios cánones de edades pretéritas, “Los protagonista# 
del drama, de la comedia, de la novela, no calzan co- 
turno, el gigantesco coturno del mito, — dice un crítica 
argentino, (1) Andan como nosotros y poseen nuestra 
misma talla mediocre. Hablan el lenguaje llano, fácil, 
comprensible. Se ve que sienten, aman, sufren, sueñan 
gozan, luchan. . . y viven en un medio prosaico, a ras 
de la vida, al nivel de las corrientes de la realidad mui* 
tiple/ * 

En ese principio debe buscarse la clave de las gran- 
des manifestaciones literarias españolas de los siglo» 
XVI y XVII, precisamente las que por su originalidad 
y vigor nativos relegaron a segundo término la España 
imitadora de la cultura grecoktina y toscana, para 
transformarla en la España digna de imitación, tal 
como la enaltecieron desde fines del siglo XVIII los 
autores alemanes, franceses e ingleses, buscando en 
las arcas de su romancero, de sus novelas y de su tea- 
tro, tesoros de belleza para sus disertaciones o modelo# 
para su inspiración. 

Y es esto de manera que el irónico Castillejo habría 
podido, en la madurez de la literatura española, decir 
a todo el séquito de Garcilaso y de Val-buena, Gil Polo 
y Montemayor: Haceos a un lado para dejar pasa a 
esos vulgares que ahí vienen, precedidos por los perro# 
Cipión y Berganza! Son gente del pueblo, que vivie- 
ron. . . la vida real, amando y sufriendo, vencidos aquí, 


(i) Eloy Fariña Niñez: «Conceptos estéticos». Buenos ¿fres, 1926. 



DE GARCILASO A RODÓ 


27 


ventores más allá. Su rango va de$d e la insignifi- 
cancia de una Fregona, hasta la dignidad de un Al- 
calde de Zalamea. ! , . , ¡ Paso a ellos ! i Los humildes fue- 
ron ensalzados! 



GARCILASO DE LA VEGA 


I 


Nació Garcilaso de la Yoga en la imperial Toledo, 
el año 1303. Criado en la aristocracia, durante una 
época de excepcional esplendor, como fue para España 
la de Carlos V, ocuparon su breve existencia la vida 
de la corte y la carrera de las armas. Ni podía sor de 
otro modo, a cansa de su alta alcurnia y de la índole 
do aquella sociedad. 

Es cierto que se había nutrido en la más amplia 
cultura renacentista, dedicándose con deleite al estu- 
dio de las humanidades, basta ser, por sus conocimien- 
tos del griego, del latín, del toscano, v por sus gustos 
artísticos, lo que designamos hoy con el nombre de “in- 
telectual”. Sin embargo, este intelectual, familiarizado 
con los más altos representantes de la cultura clásica 
antigua y con un núcleo de brillantes poetas italianos 
de su tiempo, mal podía consagrarse de lleno al culti- 
vo de las letras, siendo, en primer término e inevita- 
blemente, un oficial a órdenes del emperador. Quien, 
como Garcilaso, hubo de distinguirse en las empresas 
bélicas de aquel infatigable monarca, en Castilla y en 


DE GARCILASO A RODÓ 


29 


Francia, en Italia y en Austria, en Rodas y en Túnez, 
con sobrada razón se quejaba, diciendo que vivía 

“tomando ora la espada, ora la pluma/’ 

Pero, una circunstancia “tristemente feliz”, motivó, 
bacía 1530, sus ocios literarios, primero alejándole por 
algún tiempo del mundanal ruido, y luego llevándole 
a Ñápales, un ambiente de plena ebullición renacentis- 
ta. Precisamente ocurrió el -hecho cuando podía consi- 
derársele absorbido para siempre por la carrera de las 
armas, viaje a Flandes con el Duque de Alba. Incurrió 
en el enojo de 'Carlos Y, cometiendo una desobedien- 
cia. Su pena fue el destierro a la Grosse -Schutt Insel, 
la isla del Danubio que el desterrado nos recuerda en 
su Canción III, dieiéndonos: 

“Aquí estuve yo puesto, 

o por mejor decillo, 

preso, forzado y solo, en tierra ajena.” 

De esa isla, donde florece, al decir del poeta, una 
perpetua primavera, en medio del Danubio, “río divi- 
no”, pasó a Ñapóles, capital entonces del virreinato 
español en Italia. Estaba Gareilaso en los veintiocho 
años. Las angustias de su destierro se trocaron de sú- 
bito en alegría de sentimientos y de imaginación. En 
la corte del virrey Don Pedro de Toledo halló plenitud 
de honores, de satisfacciones literarias y de placeres. 
Halló la gloria y el amor. Así lo atestiguan sus pro- 
pias obras, y en especial una numerosa serle de sone- 
tos. No alcanzó a dos años su estancia en las dulzuras 
cortesanas y literarias de Nápoles, porque Carlos V, 
que conocía y apreciaba la recia contextura y los ta- 
lentos militares de Garcilaso, lo llamó a su lado en la 



30 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


campaña de Túnez, contra el corsario Barbarroja, 
Restituido desde entonces a todas sus prerrogativas y 
consideraciones en la corte, vivió todavía tres años 
(1533-1530). Sucumbió víctima de su temerario arrojo, 
durante la campaña de Provenza, asaltando la fortale- 
za de Frejus. 


II 

La obra de Garcilaso no es copiosa. Fórmaula cin- 
cuenta y siete composiciones líricas, amorosas casi to- 
das, Bastaron, por su mérito artístico, para inmortali- 
zar el nombre del autor y dar una magnífica portada 
al renacimiento español. 

Dejó lina epístola (carta poética, versificada) ; dos 
elegías, una a la muerte de don Bemardino de Toledo, 
hermano del Duque de Alba, y la segunda a su amigo 
Juan de Boscán y Almogáver; cinco canciones, entre las 
que tiene preeminente celebridad la quinta, “A la flor 
de Guido”; treinta y ocho sonetos y tres églogas, poe- 
mas dialogados, de amores pastoriles. 

Por su género, por sus variadas y respectivas for- 
mas métricas, por su fondo, pertenecen todas estas 
composiciones a la escuela italiana, tan entusiastamen- 
te adoptada por el insigne toledano y Boscán en los 
comienzos do aquel siglo, seguida luego con tanta ele- 
vación y esplendor por Luis do León, Fernando de He- 
rrera, Francisco de Ivi oja y demás poetas que le valie- 
ron al siglo XTI el dictado de 1 1 siglo de oro de la lí- 
rica española”. 

Difícil, por no decir absurdo, se hace imaginar la 
personalidad literaria de Garcilaso de la Vega fuera 
del Renacimiento, obligado a cincelar en coplas caste- 
llanas la expresión de sus eróticos idealismos, de su ar* 



DE GARCILASO A RODÓ 51 

monioso y plácido sentimiento de la naturaleza, de su 
tristeza recóndita por un malogrado amor juvenil, de 
su todavía mal estudiado temperamento de artista de- 
seoso de fruiciones tranquilas y serenas. Porque eso 
tuvo ingénitamente Grarciiaso, y sólo así puede expli- 
carse que, no obstante las continuas y arriesgadas an- 
danzas de su vida militar, no haya asomado en sus ver- 
sos la inspiración épica, que es objetiva, sino que sólo 
supo dar lo que tenía: su fino objetivismo, con tal de- 
licadeza que, siendo único en el período renacentista, 
sigue aún en nuestros tiempos conservando su prerro- 
gativa de “spirto gentil’ * por excelencia. Y valga la 
expresión itálica, tratándose de un poeta que realizó el 
prodigio de aclimatar en las parameras que cruza el 
Tajo, las soñadas delicias de la Arcadia italiana, por él 
concebidas, durante sus ocios de Nápoles, en las tibie- 
zas y sonrisas de un clima tan opuesto al de la meseta. 

Juan de Yalera dijo de Rubén Darío, comentando 
“Azul”, que no había en castellano autor más fran- 
cés que el entonces recién aparecido poeta nicaragüen- 
se. Si esta apreciación crítica era justa aplicada al 
nuevo escritor, que, según el propio juicio de Valera, 
había sabido adaptar la forma española, con mayor mo- 
tivo podemos decir que G-arcilaso fue el más italiano de 
todos los poetas españoles. 

De Italia recabó, no solamente los elementos de fon- 
do, sino también los de forma. Rn cuanto a los prime- 
ros, la asimilación no pudo ser más completa, como que 
no es fácil establecer cuáles son las modalidades ad- 
quiridas y cuáles las de su propia substancia. 

Parecerían haber estado en su temperamento de tal 
manera, que le hallamos raro cuando “per accidens”, 
deja la placidez melancólica por la aspereza de la en- 
tonación, según lo hace en la tercera égloga. 



32 


CLABA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


En cuanto a los segundos, sorprende la facilidad con 
que castellaniza los metros itálicos más perfectos y, en 
apariencia, nacidos de la íntima estructura idiomática 
y de la flexibilidad del toscano. 

El metal de la lengua castellana, que se encontraba 
aún en la dureza de su estado casi nativo, en las manos 
de este artífice se purifica, adquiere brillo, se vuelve 
plástico hasta permitir la realización de primores igual- 
mente admirados por los maestros de la poesía en Ita- 
lia y en España. 

Las coplas españolas de arte menor y el romance, 
cuyos encantos se esforzaba por mantener Cristóbal de 
Castillejo, los reemplaza Garcilaso con la amplia y con- 
certada. armonía de las estrofas italianas. Los endeca- 
sílabos fluyen de su estro, combinados delicada v sono- 
ramente en la magnificencia de las estancias de la pri- 
mera égloga y de las canciones, o bien alternan en la 
amable y elegante agilidad de la lira, consagrada des- 
de entonces a las dulzuras del idilio v al arrebato de la 
oda heroica. 

iSeñoreando a la par el ritmo y la rima, este toleda- 
no petrarquizante cincela primores de expresión y de 
sentimiento en el terceto, en el cuarteto, en la octava 
real y en el verso libre. 

A 9i como se suavizaba el guerrero en quien ardían 
los atavismos rudos de sus ascendientes, evidenciados 
en todas las campañas de su activa juventud militar, 
así también se suavizaba el idioma de Castilla, sin de- 
jar ni uno ni otro en la molicie del sentimentalismo 
amatorio su recia complexión nativa. 

La poesía de Garcilaso fué una revelación de “cuán- 
to podía nuestro idioma ”, entrando en su período de 
la edad de oro, que tuvo él la gloria de inaugurar. 

Su influencia sobre los poetas líricos sucesivos se ma- 



DE GARCILASO A RODÓ 


33 


nifestó larga y profundamente. Cierto es que no pue- 
de adjudicársele, como iniciador de una nueva época li- 
teraria, la importancia lingüística alcanzada en m res- 
pectiva literatura por Virgilio, Dante o Petrarca, Ha- 
cine, etc. Pero, no es menos cierto que Gareilaso, a pe- 
sar del escaso volumen de su obra poética, perfeccionó 
la lengua castellana hasta admirar -a los eruditos y des- 
pertar en los poetas el afán por seguir la belleza de su 
fraseología y la culta y noble selección de sus combi- 
naciones métricas. 

Habiendo sido su existencia “ antes de tiempo dada 
a los agudos filos de la muerte**, sólo pudo dejarnos en 
sus estupendas líricas la evidencia de su señorial domi- 
nio de la forma, junto con la de su fina sensibilidad y 
espontánea fantasía. La reflexión, la experiencia y el 
estudio, templando el entusiasmo que el ilustre toleda- 
no sentía por sus modelos latino-itálicos, habrían hecho 
de él, en su producción posterior, el maestro que la 
posteridad debió admirar en la plenitud de su madu- 
rez artística. 


III 

De las tres églogas es la primera el título principal 
de su gloria. Sobresalen en ella, como cualidades in- 
trínsecas, la naturalidad y la ternura amorosa, la fres- 
ca belleza del colorido y la proporción de sus tres par- 
tes, a saber: la dedicatoria “Al Visorrey de Ñapóles**, 
las quejas del desdeñado Balicio y la elegía de Nemoro- 
so. Gareilaso adoptó en esta composición la estancia, 
nna amplia estrofa que desde la aparición del “dolee 
stil nuovo’* había tenido en Italia la preferencia de los 
líricos. Es notable la maestría con que Gareilaso la ma- 
neja en toda la égloga, para obtener sus deseados efec- 


s 



34 CLARA INÉS 20LESI ÍUN MARTÍN 

tas ele sonoridad o de sentimental languidez, en cada 
una de las partes antedichas. Endecasílabos y heptasí- 
labos, dentro de cada período de catorce versos, reali- 
zan su respectiva finalidad musical, ya dando amplitud 
al ritmo, ya acelerándolo, con lo cual no sólo varía 
gratamente la forma esterna, sino que se matiza y avi- 
va la expresión del sentimiento. Sentimiento y forma 
se acompañan así, con íntimo enlace y harmonía, hasta 
.subyugarnos deleitosamente, a pesar de las prevencio- 
nes eon que el artificio de un género hoy caído en des- 
uso tiende a inmovilizar nuestras simpatías. 

En este triunfo se evidencia el poeta, poseedor de la 
inspiración, de la divina “locura que al espíritu exal- 
ta y enardece”, identificando sus ideas y afectos con 
los del lector en la pintura con que evoca la naturaleza 
y anima a sus personajes. 

Querellas de amor desdeñado y lamentos sobre la 
muerte de la amada son el tema de esta obra. Así, pro- 
rrumpe Salido : 

“¡Oh, más dura que el mármol, n mis quejas, 
y al encendido fuego en que me quemo ) 
más helada que nieve, Galateal 
Estoy muriendo y aun la vida temo, 
temóla con razón, pues tú me dejas; 
que no hay sin ti, el vivir para qué se-a.” 

¿Poseído de su amor, lo sentía en cada ser y en cada 
aspecto de la naturaleza. Por eso apostrofa a la trai- 
dora fugitiva: 

“Por ti el silencio de la selva umbrosa, 
por ü la esquí vi dad y apartamiento 
del solitario monte me agradaba; 



m GARCIIMBO A RODÓ 


35 


por ti la verde hierba, el fresco viento, 
el blanco lirio y colorada rosa 
y dulce primavera deseaba. 

■i Ay, cuánto me engañaba! 

¿Ay, cuán diferente era 
y cuán de otra manera 
lo que en tu falso pecho se escondía!” 


Una emoción estremecida corre, por estos versos, don- 
de condensa el poeta la visión torturante de su amor 
entregado a la ajena felicidad: 

“Tu dulce habla, ¿en cuya oreja suena? 

Tus claros ojos, ¿a quién los volviste? 

¿Por quién tan sin respeto me trocaste? 

Tu quebrantada fe, ¿do la pusiste? 

¿-Cuál es el cuello que, como en cadena, 

de tus herniosos brazos anudaste? ” 

Si cada composición de -Garcilaso está llena de ver- 
sos felices, que, al decir de Enrique Diez Cañedo, “can- 
tan m la memoria”, debemos hacer justamente resaltar 
la belleza del segundo, quinto y sexto de este grupo. 

El dolor de Nemoroso, segundo pastor de la égloga, 
adquiere vibraciones de canto fúnebre. Garcilaso evoca 
la memoria de doña Isabel de Freire, el gran amor de 
su juventud, a quien había seguido profesando íntimo 
culto de afectos aún después de haberse ella desposado 
con Antonio de Fonseca y él con doña Elena de Zúñi- 
ga. La muerte sorprendió en plena juventud y en tran- 
ce de maternidad, a esa mujer en quien cifrara el in- 
signe toledano sus ensueños de dicha. 

Si la separación temporal había predispuesto el alma 
del poeta para la melancolía y la soledad, quizás tam- 



36 


CLARA INÉS ZOLBSI SAN MARTÍN 


bien para el aturcli-mi-ento en las agitaciones de la vida 
militar y de la vida cortesana, la ausencia definitiva le 
ensombrece el alma y pone en sus versos esos acentos 
de verdad que nos conmueven, a pesar de todo artificio 
y convencionalismo de escuela, porque aquí la verdad 
03 pasión y la pasión así expresada pertenece al arta. 

iG arcilaso no canta en esta égloga amores platónicos, 
a la manera de Sannazaro y de Bembo, sus modelos 
Itálicos. No realiza idealidades, sino que idealiza rea- 
lidades, lo que nos lleva precisamente a un mundo 
opuesto al de aquellos afiligranados artífices de la lite- 
ratura amatoria. Sólo con un temperamento superior 
de poeta lírico puede llegarse a esa meta. Ahí reside el 
secreto de la supervivencia de este árcade, en cuyo co- 
razón la “muerte airada’’ había metido la mano para 
arrebatarle de allí su “dulce prenda”. 

Sólo un poeta de veras y profundamente humano 
puede exclamar: 

“Cual suele el ruiseñor con triste canto 

quejarse, entre las hojas escondido, 

del duro labrador que, cautamente, 

le despojó su caro y dulce nido 

de los tiernos hijuelos, entretanto 

que del amado ramo estaba ausente, 

y aquel dolor que siente 

con diferencia tanta 

por la dulce garganta 

despide, y a su canto el aire suena 

y la callada noche no refrena 

su lamentable oficio y sus querellas, 

trayendo de su pena 

al cielo por testigo y las estrellas, 



DÉ GARCILASO A RODÓ 


37 


désta manera suelto yo la rienda 
a mi dolor y así me quejo en vano 
de la dureza de la muerte. . . 

Complaciéndose en su pena, — amarga complacencia 
de los que lian amado hasta la muerte, — humedece con 
lágrimas un rizo de la cabellera de Elisa. Pero, con ello 
no aplaca sino que exaspera todavía más su angustia, 
pues le asalta el recuerdo de 

“aquella noche tenebrosa, obscura 
que tanto aflige esta ánima mezquina 
. con la memoria de mi desventura. ’ ’ 

Un ansia de muerte invade entonces al poeta. Hay 
como una fermentación de tragedia en su espíritu atri- 
bulado, que vanamente había buscado en los placeres 
de la corte el calmante del olvido. Q-uizás la penúltima 
estrofa de esta égloga vibró en el alma de Garcilaso al 
emprender el temerario escalamiento de 1a. fortaleza de 
F-rejus, con desprecio de la vida: 

“Divina Elisa, pues agora el cielo 
con inmortales pies pisas y mides 
y su mudanza ves estando queda, 

¿ por qué de mí te olvidas y no pides 
que se apresure el tiempo en que este velo 
rompa del cuerpo y verme libre pueda, 
y en la tercera rueda 
contigo, mano a mano, 
busquemos otro llano, 
busquemos otros montes y otros ríos, 
otros valles floridos y sombríos, 
donde descanse y siempre pueda verte 
ante los ojos míos, 

sin miedo y sobresalto de perderte V 9 



38 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


Ante estas bellezas inmarcesibles de la poesía de (Jar* 
cilaso, prodigadas en la primera égloga, rindió su ho- 
menaje el buen gusto en todas las épocas. Si algunos 
defectos deben señalarse, no obstante su carácter de 
obra maestra, ellos están en las mismas modalidades 
de la escuela imperante. 

“Con mi llorar las piedras enternecen 
sil natural dureza y la quebrantan; 
los árboles parece que se inclinan”, ete. 

Toda la estro £•• a que pertenecen estos versos peca 
por hiperbólica prosopopeya. En igual exageración in- 
curre más adelante, poniendo en labios de Nemoroso 
esta otra inadmisible figura: 

“Yo liago con uiis ojos 

crecer, llorando, el fruto miserable” 

(de la tierra). 

La naturaleza puede transformar su aspecto ante las 
emociones del poeta, dándole su sintonización de ale- 
gría o de tristeza, poi'cjue el sentimiento e3 como un 
cendal interpuesto entre las cosas y el espíritu. Pero, 
lo que el sentimiento no puede, es trocar, a más del as- 
pecto, la realidad física de las cosas, como sería ablan- 
darse las piedras o fecundarse la tierra con nuestras 
lágrimas. 

En cambio, ¡cuánta oportunidad y harmonía encon- 
tramos en este pasaje de la gegunda égloga, donde la 
influencia de la naturaleza está clara y elegantemente 
expresada!: 

“El dulce murmurar de este ruido, 
el mover de los árboles al viento, 



DE GARCILASO A RODÓ 39 

el suave olor del prado florecido, 
podrían tornar de enfermo y descontento 
cualquier pastor del mundo, alegre y sano. 

Yo solo en tanto bien morir me siento ! ? ? 

Criticable también encuentro la estancia en que Ne- 
moroso, después de rememorar cómo la muerte tronchó 
en flor la vida de la amada, se entrega a una serie de 
hueras advocaciones a Diana, la ingrata Lucina que 
desoyó los gemidos de Elisa, sin acordarse de los sa- 
crificios que Nemoroso, devoto e infatigable cazador, 
llevaba a ias aras de la rústica diosa, 

“¿■Cosa pudo bastar a tal crudeza, 
que conmovida a compasión, oído 
a los votos y lágrimas no dieras, 
por no ver hecha tierra tal belleza V 9 

Diana, Latona o Lueina, sólo tiene aquí razón de ser 
como recurso de frío amaneramiento clásico, cuyo uso 
debilita el doloroso cuadro evocado en los versos pre- 
cedentes. 

La segunda égloga, que es la más extensa de las tres, 
contiene el panegírico de la casa de Alba y en especial 
de uno de sus miembros, Fernando Alvarez de Toledo, 
gran amigo del poeta. <Son interlocutores Albanio, Sa- 
lido, Oamila y Nemoroso. 

El terceto, la estancia, el endecasílabo de rima inter- 
media (rima al mezzo), se suceden en esta larga com- 
posición, la menos pastoral y feliz de sus congéneres. 

Debo, sin embargo, hacer notar por la fluidez y es- 
pontaneidad de su contextura y de sus sentimientos las 
tres estancias recitadas por Salido. En ellas se enalte- 
ce la vida campestre, más que con loas filosóficas, con 
el atractivo pictórico de la dulce apacibilidad y senci- 
llez del ambiente. 



40 


CLARA INÉS ZOL£SI SAN MARTÍN 


Así como Garcilaso nutrió en la lectura de las Geór- 
gicas y Bucólicas de Virgilio su espíritu artístico, los 
españoles bebieron en Garcilaso más tarde, reconocién- 
dole maestro en el arte de la dicción poética, sobre to- 
do en los primores del epíteto. En la tercera estancia 
dice Garcilaso : 

‘‘Convida a dulce sueño 

aquel manso ruido 

del agua que la clara fuente envía, 

y las aves sin dueño 

con canto no aprendido 

hinchen el aire de dulce armonía; 

hóceles compañía, 

a la sombra volando, 

v entre varios colores 

gustando tiernas flores, 

la solícita abeja susurrando; 

los árboles y el viento 

al sueño ayudan con su movimiento.” 

ir 

“Dulce sueño”, “manso ruido”, “clara fuente ”, 
“canto no aprendido ”, “tiernas flores”, “solícita abe- 
ja”, he ahí otras tantas expresiones en que se refleja 
el temperamento de este artista de la palabra, que ini- 
ció gloriosamente una nueva era de la lírica española. 

En la tercera égloga adoptó Garcilaso la octava rima 
(octava real). “Jamás desde entonces hasta nuestros 
días, se ha manejado este metro, en nuestro sentir, coa 
mayor valentía, sonoridad y dulzura”, afirma Fernán* 
dez Espino. 

La fina perceptividad musical del toledano se había 
desenvuelto y ejercitado en la lectura de los grandes 
cinceladores de la octava real en Italia: Boccaccio, Po- 
liziano, Tasso (Bernardo), Ariosto. 



DE GAKCILASO A RODÓ 41 

Sensual y paganizante como ellos, Gurcilaso teje en 
las exquisitas octavas de su égloga la fantasía de las 
cuatro ninfas del Tajo, con primores que nada tienen 
que envidiar a las telas de sus cuatro fantásticas dei- 
dades del bosque. 

Una de ellas rinde tributo a la memoria de Elisa, la 
amada del poeta, cuya vida fuera 

“antes de tiempo y casi a flor cortada”. 

Sobre sus despojos, un grupo de diosas, salidas de la 
espesura, derramaban esparciéndolas, 

“cestillos blancos de purpureas rosas’ 

mientras en la corteza de un álamo escribía otra este 
epitafio : 

• ‘ Elisa soy, en cuyo nombre suena 
y se lamenta el monte - cavernoso, 
testigo del dolor y grave pena 
en que por mí se aflige Nemoroso 
y llama ¡Elisa!... ¡Elisa!, a boca llena, 
responde el Tajo y lleva presuroso 
al mar de I/usitania el nombre ¡mío, 
donde será escuchado, yo lo fío.” 

Sigue a este episodio un ¡breve diálogo de los pasto- 
res Tirreno y Alcino. Aquél canta enfervorizado las de- 
licias del amor que le brinda 

“Flérida, para mí dulce y sabrosa 
más que la fruta del cercado ajeno; 
más blanca que la leche y más hermosa 
que el prado por Abril de flores lleno.” 



42 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


iEI segundo dice los agridulces encantos con que lo 
tira Filis, tan hermosa como temible, hasta el puntó 
de que su angustiado y rendido amador le atribuye 
por una parte, la virtud de “hacer reverdecer cuanto 
mirara ”, y, por otra, una furia que deja pequeña k 
del huracán 

“embravecido en la fragosa sierra 
que los antiguos robles ciento a ciento 
y los pinos altísimos atierra, 
y ele tanto destrozo aún no contento, 
al espantoso mar mueve la guerra.’ * 

Es notable en todo este diálogo la. contraposición de 
rasgos y, por lo tanto, de fraseología y onomatopeyas 
que valoran el estilo. 

Garcilaso, el llamado por Fernando de Herrera “rey 
del blando llanto”, vigoriza- en las interlocuciones de 
Alomo su tono hasta adquirir acentos épicos, lo que, ai 
mismo tiempo que evidencia su dominio de la forma 
en todos sus matices y combinaciones, nos deja entre* 
ver cuál habría sido su éxito si una más larga vida le 
hubiese dado espacio para evolucionar, madurando sus 
facultades artísticas. 



SANTA TERESA 


Santa Teresa de Jesús no es solamente la 3ania 
más grande de España, sino que es la santa más gran* 
de de toda la mística. 


Ed. Schmann. 

Si el misticismo es gloria de la literatura española, 
Teresa de Ávila es gloria del misticismo. Quiero expre- 
sar con esto que, a mi modesto juicio, la excelsa escri- 
tora presenta a la crítica valores que, aun cuando no 
siempre sobrepujan a los que admiramos en los otros 
grandes místicos, nunca nos decidimos a considerarlos 
inferiores. 

Me parece desde luego necesario demostrar que, en 
esta afirmación, expreso el resultado de un análisis y 
no una exaltación de sentimientos. 

I 

En España, como en las demás naciones católicas, 
sobro todo - en Italia y Francia, tuvo el misticismo un 
maravilloso florecimiento de obras que, a más de ser 
hondamente perturbadoras para los espíritus por el 
fervor de piedad atesorado en ellas, alcanzaron fama, 
difusión y perennidad, menester se hace reconocerlo, 


44 CLARA INES ZOLESI SAN MARTÍN 

por las riquezas doctrinarias que constituyen su fon- 
do y por la madurez con que está elaborada su forma. 

Tales son las obras maestras de los dos Luises, de 
Diego de Estella, de Malón de Chaide, de Juan de 
Avila, Alonso Rodríguez y del mismo San Juan de k 
Cruz. 

En efecto ; Luis de Granada recuerda, por la ampli- 
tud sonora y armoniosa de sus períodos, a Quinto Tu* 
lio; es el Cicerón español, y nos parece, por los rauda- 
les de su erudición recogida con solicitud y acierto ex- 
cepcionales en loa filósofos paganos, en los padres de 
la Iglesia, en los teólogos de la Edad Media y en los 
maestros de ciencias sagradas de su tiempo, uno de 
aquellos mercaderes de 4 ‘Las mil y una noches” que, 
recorriendo con sus naves las costas de tierras mara- 
villosas, hacían acopio de las más variadas y envidia- 
bles riquezas. En cada página de la “Guía de Pecado- 
res’ ’ o del “Libro de la Oración”, experimenta el lec- 
tor el doble encanto del licor y del ánfora que le con- 
tiene, dados uno v otra por el místico y el artífice. 

Otro tanto debe decirse del serenísimo autor de * ‘Los 
Nombres de Cristo”. El filósofo de alta escuela, el teó- 
logo que mereció, no sólo de la Universidad salmanti- 
na, sino de la posteridad, el dictado de Maestro, é 
monje enfervorizado que suspiraba por la Vida del 
Ciclo, el poeta a quien los siglos confirmaron el título 
y la gloria de “príncipe”, no se desdoblan. Nunca pudo 
resultar mayor unidad en tanta variedad de -estados y 
condiciones personales, ni aún en el autor de los “Diá- 
logos”, ni menos todavía en el de “Las TusoulanasC, 
cuyas dotes expositivas eran objeto de su admirados! 
culta v razonada. 

El estudio constante, sumado a la vocación religiosa 
y al sentimiento innato del arte, brilla también en e* 



DE GABCILASO A RODÓ 


45 


da página de este místico. El estudio y la educación 
literaria son, ,por igual, los dos grandes factores que 
vigorizan obras de tan profundo misticismo y tan no- 
table forma artística como las 4Í Meditaciones de Fray 
Diego de EsteHa”, el ‘ ‘ Tratado de las Tribulaciones de 
Rivadeneyra”, la i ‘Magdalena” de Malón de Chaide, 
la “ Diferencia entre lo temporal y lo eterno”, de Euse- 
bxo de Níeremberg. Teólogo también, profundo conoce- 
dor de las bellezas bíblicas, artista por escuela, a más 
de serlo por temperamento, enriquece la literatura mís- 
tica San Juan de la Cruz, el seráfico colaborador de 
Santa Teresa en la reforma carmelitana. Ninguno de 
ellos puede reivindicar el mérito de debérselo todoa sí 
■mismo, o, como ellos con supremo anhelo lo ansiaban, a 
la inspiración divina. Este mérito creo que no lo tiene 
ni el mismo Gfarsonio en ‘‘La Imitación de Cristo”, la 
expresión más unlversalizada del misticismo medioeval. 

Y bien : Santa Teresa tiene este mérito. En él reside 
una gran parte de su gloria. De él irradia la luz de 
serena y atrayente inmortalidad con que la Doctora de 
Ávila sigue conquistando inteligencias y corazones en 
el correr de los siglos. 

No cursó teología y es teóloga. No cursó filosofía y 
filosofa sobre los más recónditos fenómenos del alma , 
dilucidando problemas, previendo conflictos, analizan- 
do estados de conciencia. No cursó retórica ni humani- 
dades y colma esta ausencia con los recursos de su ta- 
lento original, que bastara por sí solo para señalarle 
puesto de preeminencia entre los grandes del siglo 
XVI. No concurrió a llenar su cántaro a ninguna fuen- 
te, porque era fuente inagotable su propio espíritu 
arrebatado en amor divino. Lo que he dicho en térmi- 
nos generales, voy a particularizarlo ahora brevemente. 



46 


CLAIÍA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


II 

Es mujer. No ascenderá, pues, por la gradería de los 
estudios. Ni Alcalá de Henares, ni Salamanca la verán 
en .sus aulas. Sabemos que ln época, y en esa época el 
ambiente español, nada tenían de favorable al bacfó* 
llerismo femenino. Así, por otra parte, con espíritu re- 
fractario a todo asomo bachillereseo, aparece la misma 
Santa en la plenitud de la vida. 

' Aíuy buena venía, — escribe en una de sus cartas a 
la priora de Sevilla, refiriéndose a determinada novi- 
cia, — muy buena venía, si no trajera aquel latín. Dios 
libro a mis bijas de presumir de latinas. Harto más 
quiero que presuman de parecer simples, que es muy 
de santas, que no tan retóricas.” Si a esto agregamos 
que su vida, hasta la doncellez, tuvo el marco de Ávila, 
una casi agreste ciudad provinciana, completamos «1 
concepto predicho. No conoció en el hogar lecturas eru- 
ditas. La severidad castellana de los Ahumada k 
obligo a leer casi a hurtadillas algunas novelas de ca- 
ballería, que eran por entonces la plaga tan genial- 
mente combatida por Cervantes. 

Huérfana de madre a los doce años, se vio obligada 
a entrar en un convento de su ciudad nativa para edu- 
carse. Sabemos que en esa época sentía repugnancia 
por la vida conventual. Pero se convirtió y a la edad 
de veinte años profesó en la Orden del Carmelo, en 
Ávila. 

Lee entonces — y casi hace su único alimento espiri- 
tual — las “Confesiones de San Agustín”, impulsada 
por un fervor de arrepentimiento que la llevaba hasta d 
extremo de comparar los anhelos profanos de su casta 
y severa adolescencia, con los conocidos extravíos dd 



DE GARCILASO A RODÓ 


47 


hijo de Santa Momea. La influencia que las memorias 
íntimas del que fue, después de San Pablo, el más ilus- 
tre eonvertido al Cristianismo, ejercen sobre Teresa de 
Ahumada, es profunda en su psicología, pero no se 
traduce doctrinaria ni estilísticamente en las obras de 
la Doctora abnlense. 

San Agustín había sido un gran pecador, víctima de 
profundos errores religiosos y agitadas pasiones juve- 
niles. Santa Teresa vivió ajena a unos y otras. El au- 
tor de las “ Confesiones ’ 9 aun llorando sus culpas, se 
eleva a un misticismo meta-físico henchido de filosofía 
abstrusa, porque el concepto de la esencia divina pre- 
ocupa y absorbe la inteligencia del sabio. Santa Tere- 
sa, libre de extravíos, con una fe nunca turbada por 
crisis alguna, ama a Dios y ansia vivir en él, amándolo 
sin necesidad de comprenderlo, porque su inteligencia 
no es más que amor. 

<San Agustín, en sus “Meditaciones y Coloquios”, 
donde vierte su corazón enamorado de la Belleza Eterna 
que él lamenta haber conocido tan tarde, sigue siendo 
un gran pensador, asomado a los abismos de lo infi- 
nito. Adora, pero escudriña. Cree, a pesar del absurdo, 
pero razona y establece el concepto de lo absurdo. Y 
sus páginas, tan pronto dan la sensación de la plega- 
ria serena, al pie de un altar, como del huracán que 
remueve las profundidades del mar. Santa Teresa, en 
cambio, en su obra mística, tiende a fundirse amorosa- 
mente en Dios, mediante su propio perfeccionamiento 
y la vida contemplativa. A fin de que se comprenda 
más claramente cuánta distancia y cuán completa des- 
vinculación existe entre la mística de Ávila y el obispo 
de Hipona, cuyas “Confesiones” con tanto deleite y 
aprovechamiento leía la santa, debemos ampliar el con- 
cepto anterior. Santa Teresa escribe mandada por la 



48 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


obediencia, y San Agustín sólo a impulso de sus sen- 
timientos, La primera enseña a sus hermanas y herma- 
nos, ejerciendo un real e intencionado magisterio. E! 
segundo escribe el coloquio íntimo y ardiente de su al* 
ma con Dios. La española, cumpliendo su misión, acon- 
seja, guía, ilumina. El africano gime, reza y asciende 
en alas del genio a los abismos del concepto de Dios, 
Belleza eterna y Misericordia infinita. Y basten estos 
simples rasgos para hacer notar que las ‘‘Confesiones" 
de San Agustín no proyectan sus reflejos en los libros 
de la Doctora española. 


III 

Realiza, pues, por lo que respecta a la materia tra- 
tada en sus obras místicas, una creación. No por guar- 
dar absoluta fidelidad a la ortodoxia, resulta menos 
amplia la idea de creación. La teología dogmática del 
catolicismo, es su fundamento. Pero queda invisible y 
corno olvidada en el subsuelo, cimentando la ideal ar- 
quitectura de “El Castillo interior \ Es esta arquitec- 
tura la que absorbe nuestra atención y ascendemos de 
una Morada a otra, cada vez más poseídos del encanto 
original que en sus aposentos pone la inspirada escri- 
tora. 

No menos original la reconocernos en el “Camino de 
Perfección”, donde se muestra poseedora de una admi- 
rable videncia psicológica que le permite sorprender 
los secretos de las almas, descubrir sus fenómenos más 
recónditos, y analizar loe? distintos efectos de la ora- 
ción mental y de la oración vocal. Tal sagacidad e in 
tuición tienen estas páginas que enfervorizan a los cre- 
yentes y maravillan a los profanos dedicados al estudio 
del aspecto científico de los libros teresianos. Otro tan- 



DE GARCILASO A RODÓ 


49 


to puede decirse de la creación psicológica que lleva a 
cabo en el Libro de mi vida”. ¿De dónde, sino de si 
misma, C3 decir, de sus geniales facultades, pudo haber 
ella recabado la ciencia y la experiencia con que -hace 
de este libro la verdadera historia de su alma, todo un 
asombro de emocionantes intimidades psicológicas, en 
vez de escribir un relato de los hechos y episodios ex 
tenores de su existencia? Nadie la superó. Quizás na* 
die la iguala en este orden de méritos. El “subjetivis- 
mo místico”, que tuvo una inspiración similar en el es- 
píritu de otra admirable santa, — Catalina de Siena,- • 
halló en Santa Teresa una plenitud, hoy umversalmen- 
te reconocida, motivo de Inefable exaltación para los 
que militan en las filas católicas, y de no disimulado 
asombro para los intelectuales antirreligiosos. Inútil- 
mente se empeñaron estos últimos en presentamos el 
genio literario y la santidad de Teresa de Ávila como 
un caso extraordinario pero anormal, a la lux de la 
psiquiatría. 

(Cuanto más se analiza su obra de mística docente, 
relacionándola, como es lógico y forzoso, con la no me- 
nos extraordinaria actividad desplegada durante más 
de un tercio de siglo en la reforma carmelitana de mu- 
jeres y hombres, en la fundación de conventos, en las 
multiplicadas atenciones que éstos le exigían, así para 
lo espiritual como para lo temporal, en la delicadísima 
tarea de dirigir conciencias; cuanto más se aquilata el 
acierto, la prudencia, la energía y la autoridad siem- 
pre reconocida con que procedió en todo, más se evi- 
dencia la excepcional estructura de su espíritu y la vi- 
gorosa normalidad del cerebro en que éste residía. 

iSólo así, dado un espíritu sano en un cuerpo que no 
tuvo anomalías nerviosas, y que si padeció enfermeda- 
des no fueron éstas de las que deben preocupar a los 

i 



50 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

psiquiatras, se explica que Santa Teresa pudiera reali- 
zar la maravilla de su labor, sin flexiones, liasta los se- 
senta y siete años. (Había nacido en 1515, y se ador- 
meció en la paz de Dios en el año 1582). 

Mal puede pensarse en achaques histéricos y estados 
morbosos de su psicología, cuando es precisamente Te- 
resa de Ávila la santa que por antonomasia aúna y ar- 
moniza acción y contemplación; el arrebato místico y 
la serenidad calculadora y eficiente ; que realiza el dua- 
lismo evangélico de Marta la infatigable y de María la 
absorta. 

En .efecto : nada podemos hallar más opuesto a los 
llamados desvarios ele imaginación sobreexcitada y en- 
fermiza, qne toda su "vida de trabajo intenso hasta el 
sunnenage y todos sus escritos epistolares, doctrina- 
rios y normativos. -Sorprendida ante los arrobamien- 
tos y deliquios extáticos que la santa nos relata, la crí- 
tica profana ha querido alguna vez dudar de la since- 
ridad de la escritora, ya que por las razones antedichas, 
debió reconocer su normalidad. 

Pero disipan semejante duda la noble franqueza de 
todos sus actos, la candidez de su carácter, el tono es- 
pontáneo de su lenguaje. 

Son tales estas condiciones, que los entendimientos 
más prevenidos acaban por rendirse a ellas, sintiendo 
la emoción de lo sublime, a medida que ahondan su 
estudio en la vida y en la obra de aquella “¡mujercita 
castellana, curtida por el soplo bravo de la paramera 
de Ávila.’ ’ 


IV 

Desprovista, según dije, de instrucción teológica y 
literaria; depositaría, por lo tanto, de una especie de 



DE GARCILASO A RODÓ 


51 


ciencia infusa, Teresa, genial como mística, cautiva la 
admiración por los caracteres de la forma. Así como 
su vida fué “acto puro”, sus escritos son “palabra 
viva”. 

Son “palabra viva” por su léxico y su fraseología, 
y lo son igualmente por las imágenes con que da ob- 
jetividad a los más abst rusos conceptos. Escribe como 
si hablara: despreocupada de todo efecto estilístico; 
llana, pero eficaz; sencilla, pero colorista; humilde, pe- 
ro elocuente; espontánea, pero expresiva, culta y deli- 
cada. ¡Toda una conjunción de extremos! 

A fines del siglo XV, Fernando do Rojas capitaliza 
en su tragicomedia el habla vulgar de Salamanca en 
cuadros trashumantes. En el extremo opuesto de Cas- 
tilla es Teresa de Jesús quien capitaliza en sus obras 
espirituales, donde lo natural se compenetra con lo so- 
brenatural y divino del habla popular. Pero las pala- 
bras más plebeyas, las frases más familiares adquieren 
matiz, sonido, nobleza y fluyen limpias, abundantes, 
como un metal que, depurado en su ardiente crisol, co- 
rre a su matriz artística. Y eran, sin embargo, el léxi- 
co y la fraseología de la aldea y del campo ; la fraseo- 
logía y el léxico auténticos de hidalgos y labriegos. 

¡Como que la insigne abulense no conoció otros! 

¿No es de admirar que con tal elemento lingüístico, 
rudo y primitivo, aleanzara a expresar un mundo de 
relaciones inmateriales, de ideas metafísicas de cosas 
inasequibles? Y, ¿no es de extrañar que, expresándose 
así, mereciera con el prodigio de su prosa hablada, la 
admiración de los mismos maestros del habla castella- 
na? Escuchemos a Fray Luis de León: 

“En la forma de decir, en la pureza y facilidad del 
estilo, y en la gracia y buena compostura de las pala- 
bras y en una elegancia desafeitada que deleita en ex- 



52 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


tremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura 
que eon ellas se iguale*” 

Si los que pretendieron enmendar las primeras edi- 
ciones de los libros de la insigne doctora entendieran 
•bien castellano, “vieran, — agrega el mismo Luis de 
León, — que el de 'la, madre es la misma elegancia”. 

El estilo de Santa Teresa no podía menos de ser ima- 
ginativo. Y las imágenes a su vez, dado los anteceden- 
tes, el temperamento y la finalidad literaria de la es- 
critora, debían tener un matiz particularísimo y regio- 
nal. El ambiente provinciano con sus costumbres, y la 
tierra nativa con sus peculiaridades, la inspiran y le 
suministran los elementos que el intelecto y el corazón 
de la artista innata transformarán en moldes de belleza. 
Transporta directamente del natural los cuadros to- 
mados de la familia y del campo, a los que nos senti- 
mos transportados para ver y sentir con ella la alegría, 
la frescura, la pureza, el vigor, los aromas de esa vida 
encantadora sin estilizaciones. Nos habla, — dice uno de 
sus panegiristas, — de la rueca y del lino, del horno y 
de la colada, de la huerta y de sus paj arillos. 

Un vaho salobre como de lagar y de granero corre 
por sus páginas. “Las hormigas, las abejas, las ciga- 
rras, las mariposas, aparecen en sus símiles formando 
graciosa teoría ornamental.” 

Y hay en su prosa una fragancia de santidad, evo- 
cada por otra de limpieza, “de blanca mantelería guar- 
dada en el arca, entre manzanas y membrillos olo- 
rosos”. 

Otra condición que el crítico señala como informati- 
va del estilo de Santa Teresa, es el resplandor de una 
naturaleza que si realiza una acción exeepeionalmente 
varonil, por lo vasta, agitada y fecunda, realiza tam- 
bién el portento de conservarse ■esencialmente feme- 
nina, con eximia fineza. 



DE GARCXLÁSO A RODÓ 


53 


amiga, hermana, madre y directora. Sintoniza de- 
licada y sutilmente su corazón con los sentimientos 
exigidos por cada uno de estos caracteres; sabe multi- 
plicarse conservando siempre la unidad de su propio 
ser, a la par, concentrado y expansivo. 

Sabe adecuar la palabra y la entonación del estilo, a 
las situaciones más diversas e inesperadas, porque su 
palabra y su estilo se vuelven seráficos para el colo- 
quio místico con Dios; tienen inflexiones de amor ma- 
terno para sus hijas; firmeza y cordialidad para las 
personas del mundo. 

A nadie olvida, y nadie altera en sus páginas las mo- 
dalidades de su elocuencia, siempre efusiva y convin- 
cente, siempre fervorosa y amable. 

Metafísica contemplativa, legislación, defensa jurí- 
dica, autobiografía, casuística moral, menudencias fa- 
miliares, todo lo que puede abarcar la más polimorfa 
de las actividades, palpita en su producción, y palpita 
siempre con la vida femenina, “de la mujer fuerte de 
los Proverbios, y de la más sensible y emotiva de las 
idealistas. ’ ? 

“Los pensamientos de los hombres, — escribió justi- 
cieramente un comentarista, — al pasar por este cerebro 
femenino adquieren por primera vez perspectiva y ex- 
presión animada. Todo lo que en los sistemas de los 
hombres era seco y rígido, reverdece y florece bajo m 
influencia, toda claridad y fervor. 

Es la influencia de su alma de mujer, en la cual el 
vigor y la gracia se acompañan, y es de notar que tuvo 
en altísimo grado esa gracia femenina que se traduce 
en el don de simpatía. Sus obras así lo atestiguan. 

V 

Escribió Santa Teresa el conjunto de sus obras in- 
mortales, impulsada no por el deseo de saborear place- 



54 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


res estéticos, ni aun en la forma moralmente superior 
en que pudo saborearlos el autor de “Los Nombres de 
Cristo 1 ', durante loa años de encarcelamiento en Va.' 
lladolid. Escribía ella por mandato de sus confesores, y 
a veces por voluntad propia, pero siempre con la única 
finalidad de enseñar, o por lo menos de ayudar a sus 
religiosas. Unicamente las * 4 Cartas”, y no todas, que- 
dan excluidas de esta razón inspiradora* 

(Bus obras se clasifican en tres grupos: Las Históri- 
cas, como “El libro de las fundaciones”, el de “Las 
relaciones”, y el de “Mi vida”; Las Normativas, como 
“El modo de visitar los conventos”; Las Místicas, co- 
mo “El camino ' de perfección”, “El castillo interior” 
o “Las moradas” y “Los conceptos del amor de Dios”. 
Constituyen un cuarto grupo las cuatrocientas y más 
cartas en que, huelga decirlo, doctrinas y consejos, dis- 
posiciones disciplinarías y rasgos místicos, peticiones y 
agradecimientos, forman un tejido tan variado como 
valioso ; y tanto más cuanto más amplia es la esfera de 


sus actividades y más profundo el dominio de cada 
asunto. 

En esos grupos sobresale el de las místicas, y entre 
las místicas tiene esplendorosa preeminencia “El casti- 
llo interior”. Parece como que la santa guardara remi- 
niscencias de los libros de caballería, al introducirnos en 
el alegórico castillo. 

I Acaso no proyectara en su adolescencia escribir una 
novela de ese género? En efecto: entrevemos en laa 
primeras moradas “la existencia de culebras, víbora^ 
cosas ponzoñosas”, una legión “de fieras y bestias”* 
que nos hacen cerrar los ojos para no verlas. 

Nos creeríamos en un bosque o en un castillo de en- 
cantamientos. Sólo que toda esa fauna fantástica, tan 
recordativa de la que menudea en las obras caballeres- 
cas, entraña sentido alegórico. 



DE GARCILASO A RODÓ 


55 


Así objetiviza la Doctora el estado del alma metida 
todavía en las oosas y trampantojos del mundo, de que 
sólo podrá librarse perfeccionándose al subir de mora- 
da en morada, inmergirse en la contemplación de Dios, 
o sea, formar con Dios una sola cosa, 4 ‘en divino y es- 
piritual matrimonio”. 

De tal manera ha de unificarse con Dios el alma en 
la séptima morada, que se parezca “a un arroíco pe- 
queño cuando entra en la mar”, o a una gran luz que 
“entra a una pieza por dos ventanas”. Aunque entra 
dividida, se hace toda una luz. 

Campea en las obras de este grupo “el más alto y 
sublime misticismo, todo de éxtasis, de visiones, de 
arrobamientos, de desposorio espiritual, de divino ma- 
trimonio del alma con su Dios”. 

Y quien de estas cosas incomprensibles para los que 
caminamos por este valle de lágrimas discurre, no es 
un expositor ajeno a esas éxtasis, visiones y arroba- 
mientos, no es un doctrinario que alquitara sutilezas 
intelectuales, como «lo fueron, en general, los maestros 
de la ciencia mística. La misma santa es protagonista y 
poetisa de este poema. 

Se repite de e3ta manera, — y nótese que con una ab- 
soluta originalidad, — el caso de Dante Alighieri, pro- 
tagonista y poeta de “La Divina Comedia”. Esta ex- 
cepcional prerrogativa de su doble carácter de actriz y 
expositora de las reconditeces del amor divino, en el 
arrobamiento extático, da al misticismo de la Doctora 
avileña, valores también excepcionales. 

Tiene la elevación y el arrebato de quien ha visto y 
sentido los inefables goces que traduce al lenguaje hu- 
mano, “nunca tan rebelde y mezquino”, pero nunca 
más transfigurado por los resplandores proyectados so- 
bre él, por la incandescencia del escritor. 



56 


CLARA LN'fa ZOF.LSI SAN MARTÍN 


Goces no entrevistos ni presentidos, sino gustados, 
ellos dejan en el espíritu de Teresa de Jesús la vibra- 
ción de alegría luminosa, optimista, dulcemente huma- 
na, que constituye el segundo de sus valores. Desde las 
almenas de su perfección espiritual, la enfervorizada 
castellana dirige sus reclamos a todas las almas, sus 
-hermanas. 

Pero teme que desde lo alto, su voz tenga dejos de 
austeridad y que el desaliento malogre 9u solicitud. 

Aparece entonces el tercer valor de su misticismo: es 
maternal, vale decir, todo bondad y sonrisa, pues la 
castellana de la séptima morada, desprendiéndose del 
arrobamiento contemplativo y tomando de la mano, co- 
mo madre, a las almas, las alienta y estimula. Prevé 
sus incertidumbres y adivina sus angustias; sostiene 
su debilidad y cura sus llagas. Tiene palabras de cari- 
dad y lágrimas de compasión; sonrisa de premio y ca- 
ricias maternales. 

Por eso, mientras los otros místicos fueron admira- 
ción estética de los profanos y finalidad inasequible de 
los mismos escogidos, Teresa de Avila sigue siendo la 
santa Madre que atrae, seduce y cautiva, cordial y hon- 
damente. 

Y debemos terminar diciendo con un eminente his- 
panófilo: “Es quizás la mujer más grande de cuanta^ 
han manejado la pluma, la única de su sexo que puedf 
colocarse al lado de los más insigues maestros del 

mundo. * ’ 



FRAY LUÍS DE LEON 


I 


La poesía no está en las cosas. Está en el espíritu de 
quien las observa. La intensidad y aspecto de esa poe- 
sía dependen, pues, no de las cosas mismas, sino de 
nuestro estado de espíritu. 

Los helenos, en su afán de poner el sentimiento poé- 
tico de la naturaleza ai alcance de todos, objetivaron 
de distintas maneras estéticas loe conceptos sonrientes 
y deliciosos de poesía que brotaran de la inspiración 
de sus vates creadores, ante la contemplación de las 
cosas. La mitología y el arte tuvieron allí su fuente 
originaria. 

Fue un admirable error; pero, al cabo, un funesto 
error, 

Al difundir por la tierra, por las aguas y el aire, 
en determinada forma insustituible, a su juicio, poé- 
tica y casi siempre religiosa, cada concepto reconocida- 
mente bello, vulgarizaron primero, y convirtieron des- 
pués en un espectáculo inexpresivo o en cama de ar- 
tificiosos y momificados formulismos fraseológicos 
(vulgo, lugares comunes) la belleza viva y emocional 
de las cosas. 


5 $ 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


Valles, desfiladeros, ríos y montarías, cielos y mares 
olas, vientos y nubes, habían llegado a perder sus se- 
cretos y sus vibraciones para el corazón y la fantasía 
Y tan profunda fue la deformadora influencia del 
error, que hubieron de transcurrir decenas de siglos 
para que los espíritus de selección artística, independi- 
zándose de todos los cánones y ñoñeces de la antigüe- 
dad, sintieran de nuevo libre y directamente la poesía 
de la naturaleza. 

Tal liberación es gloria de la escuela romántica. 

(Arrancando en jirones el erudito y sapiente conven- 
cionalismo greco-latino, que recubría, como una vieja 
purpura transformada en sudario, las cosas, éstas vol- 
vieron a la vida de la emoción. El paisaje recobró su 
íntimo carácter: ser un estado de alma. La realidad, 
bella durmiente del bosque, súbitamente desencantada, 
palpitó de nuevo con ímpetus juveniles, en la palabra 
espontánea y luminosa. Pero, así como la bella dur- 
miente sólo despertaría al contacto de un príncipe y na 
de un vulgar pechero, así también la naturaleza sólo 
se reveló entonces a los escogidos. Chateaubriand, By- 
ron, Manzoni, Lamartine. . . Aquel título merecen és- 
tos y cuantos poetas y prosadores, con inspiración pro- 
pia en el siglo XIX, tuvieron y expresaron altamente 
el sentimiento de la naturaleza. Y es, sin duda, grande 
su mérito por haber dado forma nueva a emociones 
nuevas. 

Siendo ello así, ¿qué -título no presentan, a su vez, 
a nuestra admiración los poetas de épocas anteriores 
cuyo estro, apartándose de las trilladas sendas clási- 
cas, poseyó el sentimiento de la naturaleza como un don 
original y uha gracia innata? 

Clásico fué Virgilio, el más celebrado de los poetas, 
latinos. Pero su valía * 4 está en haber adivinado en una 



t>E GARCILASO A RODÓ 


59 


hora decisiva del mundo, — al decir de Saint e Beuve, — 
lo que amaría el porvenir”; lo que amó el romanticis- 
mo, lo que aún después de la hora de esta escuela, ama- 
mos nosotros. 

Nos sugestiona su amor a la naturaleza, a la vida 
del campo; su vibrante y piadosa simpatía a todo lo 
que vive y sufre ; nos conmueve su pensativa tristeza ; 
es decir, todo lo que le distanció de su amigo Horacio, 
tan helénico y tan romano y tan antiguo, y lo trans- 
forma a él en un poeta cristiano y romántico y mo- 
derno. 

iClásieo -también, y cosa más grave aún, renacentista 
horaciano, es Fray Luis de León, príncipe lírico de la 
escuela salmantina. Pero su gloria artística no desme* 
drada y, antes bien, robustecida en nuestros dias, ra- 
dica precisamente en haber sabido utilizar las modali- 
dades externas de Horacio, de la antigüedad, del Re- 
nacimiento, en tanto que por sus sentimientos se inde- 
pendiza y es el poeta moderno que paso a estudiar 
brevemente en estos apuntes. 

II 

Fray Luis de León es, por excelencia, poeta de la 
naturaleza. 

Tiene de ella una visión directa, razonada y hon- 
da, como que para comprenderla y amarla se comple- 
mentan y aúnan en su personalidad de escritor, el ar- 
tista por nacimiento o por cultura, el filósofo embebi- 
do en serenas armonías espirituales y el místico que se 
deleita, sintiendo que Dios vive en cada cosa, y que en 
ellas luce algo de su bondad y hermosura. (* 4 Nombres 
da Cristo”, Cap, III). 

Por esos tres caracteres, que no hallamos en ningún 



60 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


otro lírico español, y que difícilmente hallaremos ccm 
binados en lírico alguno de otra literatura, nos admira 
en sus obras la alianza de la inteligencia con el cora- 
zón, de la sensibilidad con la lógica. 

Inútil sería acudir a sus contemporáneos GarcilaaQ 
de la Vega y San Juan de la Cruz para establecer tfir 
minos de referencia. El primero, todo humano, após 
trofa a la naturaleza y la introduce en sus églogas» 
Pero deja transparentar el artificio de escuela y malo 
gra no pequeña parte del efecto que apetecemos en, su 
lectura. Acá. y acullá aparece el rasgo pictórico del 
paisaje. Nos encanta a la manera de Petrarca, por la 
delicadeza del colorido, por la levedad y blandura con 
que idealiza la visión del campo y de la vida pastoril* 


A la manera de Petrarca, también, y esto es de mayor 
significación y valía artísticas, interpreta y cántalas 
relaciones de la naturaleza sensible con el hombre. 

Pero en ello procede con vaguedad, y a veces llega 
hasta desvanecer nuestra emoción con imágenes con 
traproducentes, fruto de su erudito clasicismo lati®> 
itálico, y no de su estro personal. 

Lamentamos que un temperamento como el de Gar- 
cilaso, tan finamente dotado para percibir las sugesti- 
vas realidades y las secretas vocea de la naturaleza, se 
haya malogrado en la vida cortesana y guerrera, sin 
poder saborear de veras su soñado “silencio de la seb 
va umbrosa”, ni el apartamiento del “solitario men- 
te ’ \ Aunque la nobleza de su espíritu artístico lo haya 
elevado para la posteridad muy por encima de la m 
Meza de su nacimiento, ésta fué, no obstante, la que 
predominó en su fugaz existencia con el determinismO 
de sns fáciles placeres y de sus bélicos azares. Por asé 
su producción fué escasa y, sobre todo, careció de rr 
queza interna. 



DE GAECILASO A RODÓ 


61 


4 ‘Un solo pensamiento del hombre es más precioso 
que el universo entero”, — escribió San Juan de la 
Cruz. He ahí lo que -le faltó a Gareilaso: el pensamien- 
tu que mal se avenía con los paganizantes interlocuto- 
res figurados de sus églogas. 

No es tampoco San Juan de la Cruz el poeta que 
puede rivalizar con Luis de León en este orden de be- 
llezas. Así como Garcilaso fué todo humano, él es todo 
É ‘angelical”. Su visión y, por lo tanto, su sentimiento 
de la naturaleza, no son directos. Toda su obra es una 
alegoría de los desposorios del alma con Dios. 

■Pasamos de las églogas latino itálicas al epitalamio 
■bíblico ; del amor pastoral al amor místico *, de lo terre- 
no a lo eterno. En tales condiciones el enfervorizado 
místico afina, sutiliza, transforma metafísicamente los 
conceptos del poeta. Es decir, que un sentimiento di- 
recto, el de lo suprasensible, se proyecta como una luz 
filtrada por un prisma, sobre el sentimiento de la na- 
' turaleza; la ilumina con tonos de ensueños y nos lleva 
deleitosamente a la percepción del éxtasis. Pero ha de- 
bido previamente sacrificar en aras del símbolo, dos 
realidades: la realidad de las cosas y la realidad del 
amor. ¡ Ay del que, reacio a la -luz ele la mística, adhie- 
re su pensamiento al poema erótico del Cántico espi- 
ritual y de la Noche obscura! Al conquistar las dos 
realidades que sólo sirven de vestidura externa o ex- 
presiva a San Juan de la Cruz, ha profanado el poema 
y ha roto el encanto, aunque subsistan los valores ar- 
tísticos de la forma. 


III 

¡Cuánto difiere de los dos líricos precitados Fray 
Luis de León! Vive en contacto con la naturaleza, con 



62 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


una porción de ella, con un núcleo determinado de m 
elementos. Su visión es, pues, directa. Se ha identifica 
do con esa porción, con esos elementos de la natural^ 
za, Ellos le acompañan en el recogimiento del estudia, 
en la soledad de la meditación. Su espíritu selecto de 
artista, no ha menester más para sentirlos y amarlos. 
En ellos concreta sus predilecciones, de tal modo que 
no fuera posible evocar al glorioso fraile agustino, he* 
braísta, teólogo y filósofo, poeta y (según se cree) 
músico y pintor, sin evocar la naturaleza circundante 
que para él tuvo siempre voces confidenciales, suges- 
tiones íntimas, retribución de armonías poéticas y m 
ligiosas. 

Es el Tormes, es la alquería de propiedad conven- 
tual, toda poblada de frondas en una isla del río sal- 
mantino ; es el manantial que traspone el cercado y 
tuerce luego el paso entre los árboles ; es el sombrío em- 
parrado... Los conoce todos. ¿Qué importa su peque 
ñez? Todos son magnitudes efectivas de la vida de esta 
hombrera quien la naturaleza brinda su fidelidad, ím 
to más acendrada cuanto más amargas son las decep 
ciones que le depara la envidiosa inquina de sus sentía 
jantes laicos y religiosos. 

Veámoslo allí, en su encarcelamiento de Valí adobd 
comenzado el 27 de marzo de 1572. 

Su frente pensativa de cuarenta y siete años no se 
abate, oprimida por el desánimo, ni arde en fiebres de 
rebeldía. El poeta, el filósofo y el místico que inte 
gran, según dijimos, el triángulo de su personalidad 
se han llamado a consejo y, sin vacilación alguna, re- 
montándose por encima de todas las arteras mezquin- 
dades terrestres, se solidarizaron en la calma de una 
estupenda y sublime armonía artística y espiritual 
Los tres conciben esa joya de nuestra literatura que 
son ‘‘Los Nombres de Cristo” 



DE GARCILASO A RODÓ 


63 


El místico vierte en el diálogo los raudales de cien- 
cia sagrada eu que rebosaba su alm-a ferviente de após- 
tol y de -sabio; el filósofo estatuye el orden y estructu- 
ra del coloquio platónico y ciceroniano, ¿Qué hace el 
poeta! Ilumina la estancia del encarcelado con las cla- 
ridades de la naturaleza que le eran familiares en Sa- 
lamanca. 

Se le lia privado de ellas. Y bien: sus retinas con- 
servan la visión. En su .memoria las lleva impresas. 
Como: su visión, es directo su sentimiento. En vez de 
entregarse, pues, a descripciones de paisajes fantásti- 
cos, a la manera de Ariosto, Tasso y Camoens, o ecléc- 
ticamente convencionales y académicos, gratos a Los 
novelistas y poetas pastoriles, sin excluir el mismo Cer- 
vantes, su afecto y su buen gusto lo llevan dulcemente 
a la tierra salmantina. 

Pasma por eso. desde La lectura de la introducción, 
la inalterable serenidad del perseguido, 4 4 deseoso de 
escribir alguna cosa que fuese útil al pueblo de Cris- 
to”; pero mucho más nos deleita y conmueve la nos- 
tálgica evocación de la granja solitaria 4 4 que era sabro- 
so puerto a su soledad” meditabunda; de la fuente 
que corriendo y tropezando parecía reirse; de la her- 
mosa y alta alameda, testigo de su afán intelectual. 

‘‘Algunos hay a quien la vista del campo k>% enmu- 
dece, y debe de ser condición de los espíritus profun- 
dos, — comienza diciendo el joven Sabino. Mas yo, como 
los pajar illos, en viendo lo verde, deseo o cantar o 
liablar.” 

Marcelo, que es el mismo Fray Luis de León, decla- 
ra que entonces la vista del campo le engendra melan- 
colía. Pero, la atribuye (i oh, magnánima entereza!), a 
efectos de la edad y de su propio temperamento, y no 
de las tribulaciones que sobre él desencadenaran 4 4 la 
envidia y la mentira”* 



64 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

Notemos que el serenísimo Maestro, a cuyo lado se 
hubiera complacido fraternalmente Platón y con el cual 
no hubiera desdeñado platicar San Agustín en el m 
cenarlo y sobre la materia de 4 ‘Los Nombres de Cris- 
to” ; notemos, digo, que su visión es aquí tan directa, 
aunque no tan inmediata como en el cristal de sus liraa- 
“A la vida retirada”. 

¡Cuán distintas son las situaciones! Escribiendo esa 
inmortal composición el poeta cenobita funde su alma 
vibrante en el día “puro, alegre, libre”, de su vida im 
telectual y religiosa. lia llegado a poseer una objetivi* 
dad segura y definida de artista desinteresado que 
cribe dictante mundo , bajo la inspiración directa del 
mundo circundante, sin poner entre sí mismo y las ce- 
sas, ni lágrimas sentimentales que empañen su visión, 
ni teorías que se las hagan ver al revés. 

No conocía aún “ceños injustamente severos”; m 
conocía “odios ni recelos”; no conocía en carne pro- 
pia la sorpresa de Job ante la desventura inesperada e 
inmerecida. ¿Cómo había de sospechar, entonces, que 
“cundiendo el odio y olvidándose la amistad”, según 
dice en una página de su proceso, se vería “en una 
miserable cárcel dura”, solo, enfermo y desamparado 
durante cuatro años? 

Su sentimiento de la naturaleza era todavía júbilo 
diáfano y sonoro; espontaneidad descriptiva y afec- 
tuosa. De ello tenemos ejemplo en el poema de estas 
cuatro liras, engarzadas en la oda predicha: 

“Del monte en la ladera 
por mi mano plantado tengo un huerto 
que, con la primavera, 
de bella flor cubierto, 
me muestra en esperanza el fruto cierto. 



DE GrARCILASO A RODÓ 


65 


T como codiciosa 

por ver y acrecentar su hermosura, 
desde la cumbre airosa . 
una fontana pura 
hasta llegar corriendo, se apresura. 

Y luego sosegada 

el paso entre los árboles torciendo, 
el suelo de pasada 
de verdura vistiendo 
y con diversas flores va esparciendo. 

El aire el huerto orea 
y ofrece mil olores al sentido; 
los árboles menea 
con un manso ruido 
que del oro y del cetro pone olvido.” 

Conociendo la realidad de “La Flecha”, aquella 
pintoresca y solitaria alquería tan amada por Fray 
Luis en la isla del Tormes, el cuadro se define aún más 
en la apreciación del crítico. Allí habían geminado 
los ensueños juveniles de aquella alma tan sensible, co- 
mo luminosa y buena. Cada eosa había sido testigo y 
copartícipe de sus estudios, de sus progresos y de sus 
puras alegrías, aun más que los hombres cuyo trato 
cultivara el eximio agustino y con quienes coloquiara 
quizás, solazándose intelectualmente en aquel inmorta- 
lizado retiro. 


IV 

Después de cuatro años de prisión, “tormento tan 
largo, tan duro y tan cruel”, que bastara para purgar* 
todas las sospechas del mundo, el Maestro Fray Luis 
de León ha regresado a Salamanca. 

& 



66 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

No iremos a la Universidad a ubicarnos ante la cáte- 
dra de Durando, para oirle reanudar sus sabias diser- 
taciones con las estupendas palabras: “como decíamos 
ayer.,.”. Para Dios, que es eterno, el tiempo no pasa, 
porque el tiempo no existe. He ahí cómo el serenísimo 
nos da en este momento culminante de su vida la sen- 
sación de que ha salido de la esfera del tiempo hasta 
aproximarse a la inmutabilidad eterna de Dios.' T esta 
sensación se nos volverá inefable, si en pensamiento y 
en afecto vamos a visitarle a su austera residencia. 

Ahora un hálito de melancolía incurable aletea so- 
bre su espíritu. Pero no es languidez mórbida, ni can- 
sancio moral, ni menos aún hastío de la existencia. Es 
un dúplice anhelo de suprema paz y de goces intelec- 
tuales supremos, 

¿Dónde hallar esos dos tesoros? Nos lo dice él pri- 
mero en su oda “Al apartamiento”: 

“Sierra que vas al cielo 

altísima, y que gozas del sosiego 

que no conoce d suelo, 

adonde el vulgo ciego 

ama el morir ardiendo en vivo fuego: 

recíbeme en tu cumbre, 
recíbeme, que huyo perseguido 
la errada muchedumbre, 
el trabajo perdido, 
la falsa paz, el mal no merecido.” 

¡ Cómo suena en labios de Fray Luis el epíteto apÜ 
cado a la paz en el último endecasílabo: “la falsa pa*” 

Sorprendido de súbito por la malevolencia humano 
ha perdido la frescura de su juventud. Había puesto 
la naturaleza por encima de los esplendores de la tea 



DE GARCILASO A RODÓ 


67 


y de la fortuna. Desde ahora, “absuelto” de culpa no 
cometida, el Maestro pondrá aquel dúplice anhelo por 
encima de la naturaleza. 

Be acoge a Dios, rehuyendo las falsedades de la tie- 
rra. Se espiritualiza elevándose a la altura ideal y mís- 
tica, a la que dirige su apostrofe, diciéndole : 

“En ti, casi desnudo 
de este corporal velo, y de la asida 
costumbre roto el ñudo, 
traspasaré la vida 

en gozo, en paz, en luz no corrompida.’ ’ 

Un ansia entrañable, cada vez más ardiente, domina 
al poeta sabio y místico. Es la misma ansia que por 
aquel entonces, en otro punto de la misma España, 
evidencia, según el relato de Pedro de ¡Rívadeneira, 
San Ignacio de Loyola: 

“ Subíase de donde se descubría el ciclo libremente: 
allí se ponía en pie, quitando su bonete y sin menear- 
se estaba un rato, fijos los ojos en el cielo ; luego, hinca- 
das las rodillas hacía una humillación a Dios* después 
se asentaba en un banquillo bajo...,* allí se estaba la 
cabeza descubierta, derramando lágrimas hilo a hilo, 
con tanta suavidad v silencio, que no se le sentía so- 
llozo, ni gemido, ni ruido, ni movimiento alguno del 
cuerpo.” 

“p Qué desvío de la tierra me domina, cuando con- 
templo el cielo!”, exclamaba. Ved a Fray Luis absorto 
en la contemplación del cielo y como sumido cu un 
éxtasis intelectual. La ciencia robustece su fe y ambas 
inflaman al poeta. Ya no es, pues, el sentimiento puro 
y directo de la naturaleza el que inspira “La Noche 
Serena”, obra maestra de la lírica española: es un sen- 
timiento ‘ 1 intelectualizado 9 \ 



68 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


Aquí tiene razón Azorín, al juzgar a Fray Luis. 

Su alma, en efecto, se enajena mirando 

“ . . . el gran concierto 
de aquestos resplandores eternales, 
su movimiento cierto, 
sus pasos desiguales, 
y en proporción concorde tan iguales” 

El poeta cosmógrafo gravita dulce e ir resis tiMemea- 
íe hada ese océano de resplandores, ahora desde su So- 
siego de Salamanca, como gravitara desde su prisión ai 
explicarnos “qué cosa es paz, cómo Cristo es su autor 
y, por tanto, llamado Príncipe de Paz.” (“ Nombres de 
Cristo”, Libro II, Capítulo III). 

“El ejército de las estrellas, — nos dice, — puesto co- 
mo en ordenanza y como concertado por sus hileras; 
luce hermosísimo y adonde eada una de ellas inviola- 
blemente guarda su puesto, adonde no usurpa ningu- 
na el lugar de su vecina ni la turba en su oficio, ni me- 
nos, olvidada del suyo, rompe jamás la ley eterna y 
santa que le puso la Providencia, antes como herma- 
nadas todas y como mirándose entre sí y comunicando 
sus luces las mayores con las menores, se hacen mués* 
tra de amor, y como en cierta manera se reverencian 
unas a otras y todas juntas contemplan sus rayos y sus 
virtudes, reduciéndolas a una pacífica unidad de vir- 
tud de partes y aspecto diferentes compuestas, univer- 
sal y poderosa sobre toda manera. Y si así se pue- 
de decir, no sólo son un dechado de paz, clarísimo y 
bello, sino un pregón y un loor -que, con voces mani- 
fiestas y encarecidas, nos notifica cuán excelentes bie- 
nes son los que la paz en sí contiene y los que hace en 
todas las cosas.” 



DE 0áECEíASO A RODÓ 


69 


Leyendo entre líneas tan hermosos conceptos, nos 
parece descubrir ésta u otra análoga exclamación: ¡Oh, 
paz luminosa de las estrellas, “ni la envidia ni la inen- 
tira”, quiebran jamás vuestra armonía, como nefasta- 
mente lo realizan entre los hombres! 

Después de contemplar como San Ignacio, el místico 
de Manreea, la hermosura del firmamento, nuestro poe- 
ta religioso mira hacia el suelo 


“de noche rodeado, 
en sueño y en olvido sepultado/’ 

y sus ojos también, hechos fuente, despiden larga vena. 
Siente su encarcelamiento terrestre, Y ante la visión 
comprensiva del cielo, prorrumpe conturbado: 


“Morada de grandeza 
templo de claridad y hermosura, 


¿quién es el qile esto mira 
y precia la bajeza de la tierra, 
y no gime y suspira, 
y rompe lo que encierra 
el alma y de estos bienes la destíerra?” 

Es que “allí vive el contento”, “allí reina la paz” 
que él no espera poseer ya “en esta cárcel baja, esca- 
ra de la vida”, y ambos, el contento y la paz, subsisten 
como irradiaciones inseparables del 

* 

“Amor sagrado, aquella 
inmensa hermosura 

que allí se muestra toda y resplandece.” 



70 


CLARA INÉS ZOLESÍ SAN MARTÍN 


Pero, ni aun entonces el dolor y la pena consignen 
transformar en un místico puro a Fray Luis de León. 
No le vemos caer en los deliquios de la Santa Madre 
Teresa, por él tan admirada, ni en los arrobamientos 
de San Juan de la Cruz, el enamorado serafín del 
í ‘ Cántico espiritual ? \ 

La elevación mística, en vez de aminorar, enciende 
en nuevos ímpetus su anhelo de goces intelectuales, y 
éstos dilatan sus horizontes más allá de la naturaleza 
sensible, y más allá de la ciencia, hasta el misterio, Ya 
no se limita, pues, al sentimiento lírico de las cosas fa- 
miliares ; ansia penetrar los secretos recónditos del or- 
den y gobierno del universo, para entregarse a su con- 
templación. Busca en la naturaleza la sublime sabidu- 
ría de sus leyes y busca en estas leyes la misma sabi- 
duría divina. Sube así más alto que Pdtágoras y Pla- 
tón, y se inmerge en lo infinito con Job y San Agustín, 
los autores en cu va doctrina bebiera hondamente el 
Maestro salmantino y do quienes guarda reminiscen- 
cias. Allí estará su deliquio de sabio; allí también su 
arrobamiento de místico y de poeta de la naturaleza. 

Expresión de este orden de ideas y de sentimientos 
es la célebre oda “A Felipe Raíz”: 

“¿Cuándo será que pueda 
libre de esta prisión volar al cielo, 

Felipe, y en la rueda 
que huye más deL suelo, 
contemplar la verdad pura, sin velo?” 

En el arrebato de su fiebre de amor divino exclama- 
ba Santa Teresa: “Vivo sin vivir en mí — y tan alta 
vida espero — que muero porque no muero.” Fray Luis 
de León también se nos manifiesta con análogo imp# 



DE GARCILASO A RODÓ 


71 


so ascensión al. Pero, mientras la Doctora delira por 
fundirse en Dios, absorbiéndose en él hasta anular su 
individualidad (supremo renunciamiento místico) el 
Maestro sueña la permanencia de su ser “en luz res- 
plandeciente convertido”, junto a su Creador, a fin de 
saborear desde allí, como bienaventuranza soberana, la 
visión del universo. 

Mas, he ahí que de súbito en su goce intelectivo irrum- 
pe su innato sentimiento de la naturaleza para descri- 
birnos la tormenta de verano, una de esas perturbacio- 
nes atmosféricas que le infundieran alegría y temblo- 
rosa estupefacción durante la infancia, en Cuenca, su 
tierra natal, y que, con emociones menos violentas, pero 
no menos hondas, repercutieron en su sensibilidad es- 
tética al llegar a la madurez en Salamanca. 

“¿No ves cuando acontece 
turbarse el aire todo en el verano? 

El día se ennegrece; 
sopla el Gallego insano; 
y sube hasta el cielo el polvo vano? 

Entre las nubes mueve 
su carro Dios ligero y reluciente; 
horrible son conmueve; 
relumbra fuego ardiente ; 
trema la tierra, humíllase la gente. 

La lluvia baña el techo; 
despiden largos ríos los collados. 

Su trabajo deshecho, 
sus campos anegados 
miran los labradores espantados.” 

Realismo y grandeza bíblica se combinan en este cua- 
dro. En breves rasgos nos pinta con fidelidad científi- 



72 CLARA INES ZOLÉSI SAN MARTÍN 

ca, el típico meteoro ciclónico, en los tres períodos de 
su estallido. En el primero avanza, desplegándose, el 
plomizo banco de nimbos arremolinados en la altura; 
so sobrecoge el ánimo con los fenómenos inmediatos: 
el súbito desencadenarse de las rachas huracanadas y 
rma sofocante polvareda. En el segundo período esta- 
lla la tormenta eléctrica. Tras el pánico deslumbra- 
miento de las descargas, sobreviene el tercer período 
el de la anegadora turbonada, cuya acción en los sem- 
brados apesadumbra al poeta y noe apesadumbra a 
nosotros con el espectáculo del desastre que arruina a 
los hombres de ese campo, tan sinceramente cantado 
por 61. 

Así, en esta síntesis de quince versos, donde eam 
pean a porfía vigor, colorido y verdad observada, el 
excelso renacentista del siglo XVI realiza belleza ro- 
mántica. 

He leído, en busca de emociones y de elementos de 
apreciación comparativa, la tempestad de Virgilio 
(“Geórgicas”, II, versos 311-334), y la de José Zorri- 
lla (‘‘Cantos del Trovador”). 

Aunque gustándolo en las versiones, admiro el trozo 
del mantuano. A su fiel retentiva visual de los fenó- 
menos de la naturaleza une un exquisito poder pictó- 
rico, y a la concisión y fuerza de la lengua latina agre- 
ga la maestría de su gusto que señala vértices en la 
perfección artística. 

Zorrilla, en cambio, deslíe en una amplitud de ciento 
cuatro alejandrinos su pintura, fatigando nuestra vi* 
sión, no sólo con interrogaciones y apostrofes, sino con 
ese pródigo detallismo que, en vez de sugerir, explica, 
y en vez de excitar, adormece la fantasía. Por eso, ter- 
minando la lectura, mis preferencias se fijaron en Fray 
Luis, tan claro en su visión de las cosas y tan hábil en 



de garcílaso a rodó 73 

sugerirnos con pocos rasgos las bellezas de las mis-* 
mas, gracias a su visión artística. 

Es que tiene la sencillez de todos los grandes que 
viven en contacto con la naturaleza. Ajeno a otros 
amores, la ama con fervor creciente, próximo ail misti- 
cismo. La escruta y en cada revelación de sus leyes se 
exalta, así como ante cada misterio se acrecientan sus 
ansias de investigador y de cristiano. Su lirismo brota 
igualmente de la delectación que le producen las ver- 
dades conocidas y de los goces que presiente en la con- 
quista de las verdades columbradas. De esa manera su* 
be de la naturaleza a lo infinito; de las cosas reales, a 
la mitología; de la isleta salmantina, al cielo. 

¿Cómo no sentir lo que él siente! ¿Cómo no amar lo 
que él ama! ¿Cómo no acompañarle con estética com- 
placencia en sus elevaciones de filósofo, en sus trans- 
portes de místico, y en sus ensueños de poeta! 

Desde la tierra nos llama en “La Noche Serena”, 
diciéndonos : 


“Ay! levantad los ojos 
a aquesta celestial, eterna esfera. 

Burlaréis los antojos 
de aquesta lisonjera 

vida con cuanto terne y cuanto espera!” 

Y desde el cielo (¡generoso vidente!), se vuelve a 
nosotros para darnos un trasunto lírico del éxtasis que 
lia de embriagarnos en las moradas 

“del gozo y del contento, 
de oro y luz labradas, 
de espíritus dichosos habitadas.” 



74 


CLAKA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


SOBRE LA ODA DE FRAY LITIS DE LEON A 
FRANCESCO DE SALINAS 

El alma del insigne poeta de Salamanca, tiene la 
tristeza y los impulsos de un águila prisionera. 

Contempla la tierra y ve en ella “una cárcel baja, 
escura”; dirige su mirada al cielo estrellado y le pa- 
rece “templo de claridad”; sueña en las bienandanzas 
de la “Vida del cielo”, y un ansia ardiente agita sai 
alma sedienta de infinito. 

De este modo el cantor de “Noche serena”, ya por 
la ingénita nobleza de su temperamento, como por su 
intensa espiritualidad religiosa, se eleva muy por enci- 
ma de todas las mezquinas vulgaridades mundanas. 
Las ve, las conoce, las siente a su alrededor, 9abe como 
esclavizan a los mortales, demasiado débiles o demasia- 
do oiegos para reaccionar. Por eso vibran los senti- 
mientos compasivos del filósofo y la inspiración áá 
poeta, unas veces en esa serena y cordial austeridad que 
moraliza, y otras en esas emocionadas elevaciones líri- 
cas a las regiones superiores de sus ideales de intelec- 
tual y de cristiano. 

Ouanto más se leen sus composiciones, más intensa 
y más íntimamente nos cautiva su belleza. No pene- 
tran en nuestra imaginación con resplandores de ho- 
guera, ni llegan a nuestro espíritu con ímpetu de to- 
rrente. No; brillan con suavidades lunares y suenan 
con murmullos de fontana; pero esas suavidades y 
esos murmullos tienen algo de indeciblemente divino 
que ya nunca podremos olvidar. 

I 

Una de las odas más justamente recordadas por es- 
tas condiciones características de Fray Luis de León, 



DE GARCILASO A RODO 


75 


es la que dedica a Francisco de Salinas. Canta en ella 
el deleite de la música. Ignoro si efectivamente el cele- 
brado catedrático de Salamanca, Francisco de Salinas, 
tuvo “la sabia mano” que le atribuye aquí el poeta y 
que confirman los comentadores; ignoro si tuvo el ilus- 
tre ciego, tan enaltecido en esta lírica, la inspiración 
artística necesaria para producir una música tal, que 
le mereciera la inmortalidad de estas estrofas. 

Lo que, empero, se evidencia de inmediato, es la de- 
licadísima sensibilidad de Luis de León. Lo vemos dul- 
cemente enajenado por el “son divino”. ¿Qué orden 
de emociones se apodera entonces de su alma? 

Lo sensual y terreno no asoma siquiera a su espíritu. 
De un vuelo se aleja del mundo sensible y aparece en 
“la más alta esfera ”, anegándose en las inefables de- 
licias de otra música “no perecedera”, que es la fuen- 
te v la primera de todas las armonías. 

De este modo bástanle al insigne idealista cristiano 
dos o tres estrofas como introducción o, si se quiere 
figuradamente, como plataforma para tender las alas 
siempre dispuestas a esas magníficas travesías del es- 
pacio. Allá está, en las alturas, lejos del “vulgo vil”, 
oyendo el concierto de la “dulcísima armonía inmor- 
tal”, Los versos brotan de sus labios como lenguaje es- 
pontáneo del poeta, y se combinan en las estrofas con 
una naturalidad tan sencilla como inimitable. 

Nadie podría manejar la pluma de Santa Teresa; 
nadie tampoco pudo nunca llegar a la lira de Fray 
Luis de León. Es que bajo la armoniosa sencillez de esa 
forma, se esconde la sublimidad de un espíritu único, 
que vibra y suena como él solo pudo, por escelso pri- 
vilegio, sonar y vibrar. 

¡Su alma “navega por un mar de dulzura”; se anega 
en él de tal modo, 



76 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


“que ningún accidente 

extraño o peregrino, oye o siente.” 

Si algo puede perturbar “ese desmayo dichoso”, si 
algo puede interrumpir la suprema serenidad de esa 
“muerte que da la vida”, si algo puede hacer menos 
completo “ese dulce olvido”, es su misma brevedad 
El éxtasis no perdura. El poeta siente que la vida real 
lo espera y entonces invoca con fervorosa aspiración la 
perennidad ele eso reposo 

“sin ser restituido 

jamás a aqueste bajo y vil sentido.” 

En dicha invocación no se olvida de su amigo. Afeo 
tuosamente lo llama a gozar de ese bien, ante el cual 
todo lo visible es “triste lloro”. jUna amistad que se 
extiende a lo infinito ! Y mientras no llegue la hora de 
subir al centro de las eternas armonías, el poeta for- 
mula su voto de que, bajo el encanto de la música de 
Salinas, todos sus sentidos se adormezcan para las rea- 
lidades terrestres y sólo se concentren en el bien di- 
vino. 


II 

Tan suave, tan dulcemente íntima es la vibración lí- 
rica de esta oda, que no podemos sino imaginarnos al 
poeta en Ja hora en que la escribe. Ha buscado el so- 
siego del jardín conventual. Se retiró para eso al soto 
o bosquecillo de la isla que el río Tormes baña dentro 
de loe limites de los Agustinos. Es la misma soledad 
donde el inspirado escritor hizo resonar los diálogos do 
“Los Nombres de Cristo”: la alquería de “La Fle- 
cha”, el dulce “puerto de la quietud”. 



DE GAECILASO A RODÓ 


77 


Las aguas del río se deslizan con lentitud; el follaje, 
y dentro del follaje las aves, se adormecieron. Es una 
tarde serena* 

Luis de León, el alto y selecto espíritu que sufre las 
tristezas y siente los impulsos del águila prisionera, se 
■libra de toda la pesadumbre de la materia y sueña. El 
cielo crepuscular parece inclinarse sobre el recogi- 
miento del artista para transfigurarlo. En realidad es 
una transfiguración, una especie de éxtasis: la transfi- 
guración y el éxtasis del águila, que habiendo conse- 
guido huir de su cárcel, puede al fin subir al azul y 
sentir la ebriedad de la luz* 

Cuando el poeta vuelve en sí, la cuartilla de las 
nueve estrofas dedicadas a Salinas blanquea en sus 
manos, como un mensaje de inmortalidad* Más cuida- 
doso del tesoro interior de sus emociones, que del teso- 
* 

ro de su lírica, el poeta fraile hunde las manos en las 
amplias mangas del hábito y abandona el silencio fa- 
miliar de las cosas, para regresar a ese otro silencio 
fecundo de su claustro. 

Mañana, en la cátedra de la célebre Universidad, en 
medio de su erudita disertación, le verán los alumnos 
momentáneamente absorto* Y comentarán: El espíritu 
del Maestro 

“traspasa el aire todo 

hasta llegar a la más alta esfera.” 

Luego el Maestro reanudará su discurso serenamen- 
te: “Como decíamos.**”. 




LA NOVELA PICARESCA 


Enguada sería la gloria de la literatura española 
si careciese de los géneros netamente nacionales, naci- 
dos y cultivados antes del Renacimiento y durante el 
mismo Renacimiento. Estaría de más decir, que nos 
referimos al Romancero, al teatro y a la novela pica- 
resca. Hay en las obras de estos géneros tanta adivi- 
nación de belleza artística, en cuadros, caracteres y re- 
latos, en intrigas, luchas de pasiones, ideales de la vi- 
da; hay al mismo tiempo tanto españolismo de histo- 
ria, de costumbres y de idioma, que resultaría menos 
pérdida la de las obras renacentistas que la de las 
obras comprendidas en los géneros prcdichos. Y esto 
lo digo sin tener con respecto a la literatura medioeval 
española, el ferviente entusiasmo que tuvo Castillejo en 
el siglo XVI, y que tiene Cejador y Franca en nues- 
tros días. 

Veamos la novela picaresca. 

I 


Enropa, y en Europa, España, estaban hartas de las 
novelas de caballería, aceptables siempre que el amor 
y el heroísmo, sus dos grandes propulsores, respondie- 
sen al idealismo dentro de lo verisímil, y siempre que 


DE GAflCILASO A RODO 


79 


€ii cnanto a la forma se revistiesen de caracteres no- 
blemente artísticos. Bichas novelas no podían ser más 
detestables, por cnanto en España eran tan antiartís- 
ticas como extravagantes. 

Felizmente ninguno de los notables ingenios españo- 
les malogró sai inspiración en obras de esta índole, y 
Cuando en los campos manehegos apareció Don Quijo- 
te, aunque en apariencia arremetiera contra molinos, 
cameros, comparsas de cómicos, en realidad dirigió sus 
ataques contra todos los malandrines y follones de la 
mala literatura caballeresca. 

Aparece en el seno de España la novela picaresca, 
tan luego como polo opuesto de las obras de caballería, 
de las malas y de las buenas. Su escenario no serán tie- 
rras lejanas, sino tan sólo las peninsulares. No se via- 
jará en caballos alados, en hipogrifos, en aves mons- 
truosas, ni por arte de magia, se andarán los caminos 
polvorientos de la Mancha, sufriendo el sol y las in- 
temperies. Desaparecen los torreados castillos, las ciu- 
dades de ensueño y los bosques de encantamiento. Sólo 
tenemos mesones, tugurios miserables, pueblos y villo- 
rrios, tierras agrícolas y asperezas. 

Loa caballeros idealizados, las reinas y princesas, los 
pajes y los trovadores, se los ha tragado im abismo, 
más profundo y obscuro que la cueva de Montesinos, y 
en su lugar, ante la mirada penetrante y ¿olorosa del 
novelista, pululan las aventuras del hampa. 

Nacen en la laceria y en ella se crían; contra ella lu- 
charán toda su mísera existencia, desplegando las ar- 
timañas del ingenio, cuando no las arterías de los de- 
lincuentes natos. Celestinas y lazarillos; tías fingidas y 
escuderos, fregonas y pillastres, saltan de la realidad 
a las cuartillas del novelista, para relatar al mundo, 
con cínico desenfado y con jactanciosa impudicia, sus 
andanzas y fechorías, sus desazones y torturas. 



80 


CIARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


En sus relatos hacen revivir con pintoresco humo- 
rismo, pero también con un fondo doloroso y trágico, 
las costumbres del bajo pueblo, en lucha con la mise* 
ría ; las angustias de la clase media, empeñada en en- 
cubrí i* con estoico disimula su mendicidad vergonzante 
y a veces también, ciertas lacras de 1a. nobleza. 

Con razón se dijo que la España exhibida en la no- 
vela picaresca, os el reverso de la nación que luchaba, 
triunfaba y colonizaba, bajo el áureo cetro de Carlos V, 

II 

Según se ve, la novela picaresca nace en España, co- 
mo un fermento de arte, producido en el fango de las 
clases bajas. Resulta, pues, netamente española también, 
por la realidad que traslada a la página literaria, aje- 
na deberíamos decir, a todo propósito de estética pre- 
concebida. Tiene la belleza de la vida real, sin rehusar- 
se ni a las mismas crudezas que parecen constituir hoy 
el manjar preferido de cuantos pretenden cultivar el 
arto por el arte, sin moral. 

Ciertamente, en este concepto de la realidad, ni las 
telas de Goya tienen el vigor de dibujo, el atrevimien- 
to de colorido, la acritud de emoción, con que nos ava- 
sallan las novelas picarescas. Alejados ya de la época 
en que este género literario aparece, pudiera objetarse 
que no debió ser tan general la angustiosa laceria es- 
pañola, como para convertirse en realidad obsesionante 
de tantos novelistas. 

Y nos inclinamos a pensar que el éxito favorable, ob 
tenido por los primeros autores, pudo haber oido cau- 
sa de que muchos otros ensayaran fortuna con produc- 
ciones similares. La objeción tiene ciertos visos de aten- 
dible en nuestros días, ante la pleamar de novelas de- 



de garcilaso a rodó 


81 


dicadas pretensiosamente a descubrir y estudiar las 
trashumantes realidades contemporáneas, con tal ahin- 
co, y podemos agregar sin ofensa para nadie, con tal 
perversa delectación, como si no hubiese realidades su- 
periores más nobles de suyo y más condi ceníes con la 
misión educadora del arte. 

[Podemos responder a dicha objeción, que pocas ve- 
ces, en la historia de la literatura, la época y el ambien- 
te pudieron influir de modo más directo y decisivo, 
sobre un género de producciones, que en el siglo XVI 
sobre la novela picaresca. 

En efecto: varias causas se habían sumado para 
determinar en España un general empobrecimiento, o, 
como hoy decimos, una aguda crisis económica. Anda- 
lucía queda sin agricultura, con la expulsión de ios 
moriscos. Salen tras ellos los judíos, y es entonces el 
mercado monetario de todo el reino el que a su vez se 
perturba. Emigran de la península, fascinados por el 
espejismo del vellocino de oro americano, los varones 
más fuertes y emprendedores, ora solos, ora acompaña- 
dos de sus mujeres. 

Se han marchado al mismo tiempo, a engrosar los 
quintos del ejército español en Italia y Flandes, milla- 
res y millares de nobles, hidalgos y pecheros. He aquí, 
pues, -una dispersión de fuerzas vivas, que factores di- 
versos sustraen al organismo español. Bien podemos 
imaginarnos cuán rápidamente, faltos de brazos, se 
volverían eriales los campos de pan llevar; solitarias 
las aldeas; peligrosas las sierras, pero más peligrosas 
aún las ciudades para los que, sin dinero ni disposicio- 
nes personales, debían afrontar en ella la lucha por la 
existencia, 

Y nótese que el rápido advenimiento y sobreposición 
de estas causas debió contribuir por fuerza a que las 



82 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

consecuencias de orden social fuesen, por lo mismo, 
también muy rápidas y externas. Es el momento his- 
tórico en que el pueblo español, valiente y generoso, 
tiene en su seno, al decir de Merimée, ‘ * tantos héroes 
como mendigos”. Es el hambre, por lo tanto, la nueva 
potencia que conquista el campo, invade las aldeas y 
domina las ciudades. Sometido a una prueba semejan- 
te otro pueblo, ¿qué habría hecho? Alejandro Manzo- 
ni, en “Los Novios”, nos presenta el cuadro de la re* 
belión milanesa a causa de la miseria, producida en el 
mismo siglo XVI, bajo la dominación española. Espa- 
ña no se rebela. Su pueblo define entonces algunas de 
las características que aún hoy conserva. Vive la hora 
presente sin acongojarse ante las incertidumbres de 
mañana. Y bajo esta despreocupación, que no es hija 
de un razonado optimismo, sino todo lo contrario, se- 
gún lo exponía con desesperadas ansias de producir 
una reacción, M. J. de Larra, — no se agita con afanes 
de redimirse por el trabajo. Se deja estar. Goza cuanto 
le es posible, epicúreamente, de su propia inercia y 
miseria. Cuando la necesidad, (pie siempre fué mala 
consejera, lo acorrala, entonces aguza el ingenio y tra- 
ta de salvar la situación. 

Y así, una jornada de dolor se encadena con otra de 
apremio. El carácter se destempla, la conciencia se en- 
turbia, los principios morales se quiebran. La novela 
picaresca aparece, fruto inevitable, — ya lo dije,— de 
esa época y de ese ambiente. No sorprende, por consi- 
guiente, que al género picaresco se dedicaran tantos y 
tan notables escritores. 

Abundaba el ingenio literario y en lo picaresco en 
contraba elemento de inspiración directa y abundan- 
te. Directa, digo, y ¡qué sentido tan amargo tiene éste 
adjetivo, aplicado a la inspiración artística de nn 
Mateo Alemán, que vivió muchos de los tristes epi* 



DE GARCIDASO A RODÓ 


83 


sodios ele su novela Guarnan de Alfana che ’ y el 
insigne Cervantes, que acaso haya sufrido más an- 
gustias que en la cautividad de Argel, en la propia 
tierra española, donde tan de cerca conoció lo que tan 
al vivo nos describe 1 Con razón de muy amargo fondo 
pudo afirmar de sus novelas que eran “suyas propias, 
no imitadas ni robadas; que su ingenio las había en- 
gendrado y su pluma dado a luz.” Paitóle decir que 
eran hijas de la observación. La observación es la ma- 
dre de la Celestina; lo es del “Lazarillo de Termes”, 
el rapazuelo extraviado, sin hogar nd valimiento, que 
sondea la cínica ciencia det mal. Es la madre de Guz- 
mán de Alfaraehe, “el gentil galeote, en calzas y en 
camisa, que arrastrado por una horrorosa conjunción de 
circunstancias, trata el oficio de la florida picardía”, 
y del “Escudero Marcos de Obregón”, moralizador de 
la paciencia. La observación es madre de “ Hincón ete y 
Cortadillo”, los dos encantadores pilludos que, tosta- 
dos por el sol de todos los caminos, se encuentran un 
día y “entretejen el diálogo inmortal de sus aven- 
turas/ * 

Hasta el Buscón “'puede ser declarado hijo de la 
misma madre, no obstante el artificio y los mal disimu- 
lados recursos caricaturescos con que desfigura Que ve- 
do los caracteres. 

Tiene la “Celestina”, “la primera de las obras que 
ritamos, andamiento de novela picaresca. Dejó escrito 
Menéndez y Pelayo, en su estudio sobre día, que “no 
es obra picaresca; ni quien tal pensó,” A pesar de tan 
categórica afirmación, considero que, precisamente en 
lo que tiene de española, es decir, de hija de la obser- 
vación, de reflejo de la realidad, es la “Celestina”, ge- 
mina roen te picaresca. En ella se combinan mal (y to- 
dos los críticos lo han puesto de relieve censurándolo), 
el afán del humanista, cargado de clasicismo, con re- 



84 ' CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

min lacen cías de Boccaccio, de Petrarca y de Ovidio 
con rasgos del teatro latino, medioeval y pródigo db 
frondosidades retóricas ; se combina mal este afán /del 
humanista con las exigencias imperiosas de las reali- 
dades de la vida, que llenan la imaginación y arrastran 
consigo el talento pictórico de Fernando de Rojas, En 
pocas líneas simples, poro definitivas, fija en la tela de 
sus cuadros, el inundo torpe que se agitar ante sus re- 
tinas. 

Artista lúcido y profundo, posee de tal modo el den 
de crear caracteres humanos, que no parece temeridad 
compararle con Shakespeare. 

Pícara, es decir, buscavidas sin conciencia, mañosa- 
mente dedicada a las artes de servir a todos, plegán- 
dose ante el poderoso, irguiéndose altiva ante el humii- 
de, urdiendo embustes sobre embustes, tan pronto con 
aspecto de beatuca untuosa, como desenmascarando un 
cinismo digno de galeras: eso es la u Celestina”. Pi- 
caros también son sus satélites. Be picaros son los cu- 
biles en que se aposentan la ‘ 4 Celestina M y sus pupilas. 

Caracteres y ambiente picarescos forman la parte 
fundamental de esfa obra. Be ellos están separados, 
como en un plano distinto de la misma casa, el ambien- 
te y los personajes no picarescos, los que pertenecen a 
la tragicomedia, pues existe en esta notabilísima pro- 
ducción una dualidad artística. La parte picaresca es 
genuinamente española. La segunda, la menos impor- 
tante, a nuestro juicio, pudo, sin diferencia de perso- 
najes ni de escenario, ser italiana. 

Triste por cierto, es la realidad, que con rasgos de 
humorística fantasía, vigoriza las novelas picarescas, 
Pero, gloria envidiable del ingenio español, en una épo- 
ca parado jal de grandeza deslumbrante y de miseria 
sórdida, fue haber hecho florecer el arte en manifesta- 
ciones tan valiosas como lo son las novelas picarescas. 



DIEGO HURTADO DE MENDOZA 


Bisnieto dei Marqués de Santillana, el celebrado au- 
tor de las “Serranillas” y de “Las Canciones y Deci- 
res”, e hijo del segundo Conde de Tendilla, Diego Hur- 
tado de Mendoza nació en Granada, en 1503. Comenzó 
sus estudios en esta ciudad y los continuó en Salamanca. 
De allí pasó a Italia, donde completó su educación, es- 
tudiando Humanidades, Filosofía y Jurisprudencia, 
llegó a dominar el árabe, el hebreo, el latín y el griego. 
Ingresado a la vida pública, no tardó en acreditar sus 
relevantes aptitudes.* Fué a Inglaterra como -embajador 
extraordinario, pero no teniendo éxito regresó a Espa- 
ña y fué nombrado embajador de Venecia. Supo, en to- 
dos los momentos de su permanencia en esta ciudad, 
defender los derechos de su patria y de la Iglesia. Tan- 
tas ocupaciones no disminuyeron su interés por el es- 
tudio. Asistió como representante de la corona españo- 
la, al Concilio de Trento ; pero luego, como el Papa pu- 
siera muchos inconvenientes a la prosecución de las 
reuniones de este Concilio, Hurtado de Mendoza, dis- 
gustado, regresó a Venecia. Fué nombrado goberna- 
dor de Siena y luego virrey de Aragón. A la muerte de 
Carlos V cambió su situación en la corte. No habiendo 
satisfecho las miras de Felipe II, fué alejado de las 


86 


CLARA INES ZOLESI SAN MARTÍN 


fundones publicas y paso largo período en Granada 
Murió a la edad de 72 años. 

Su afición a los libros fue extraordinaria, debiéndo- 
sele la adquisición de los más célebres autores griegos, 
sagrados y profanos, porque durante su permanencia 
en la ciudad de los Dux, se dedicó con afán a la reco- 
pilación de las obras de autores antiguos, legando esos 
manuscritos a la Biblioteca del Escorial. 

Fué a la vez político, soldado, historiador y poeta. 
Llegó a sobresalir entre los más eminentes renacentis- 
tas españoles del siglo XVI. 

Se le ha atribuido un gran número de obras, de cu- 
ya originalidad se duda ; pero su más alta reputación 
y su más legítima gloria la adquiere con su famosa obra 
‘■La guerra de Granada”. Entre las otras que se le 
atribuyen, están “El Lazarillo de Tormos ”, la traduc- 
ción de “La mecánica”, de Aristóteles, el manuscrito 
“Comentario político”, “Conquista de la ciudad de 
•Túnez”, etc. 


I 

SU OBRA 

Diego Hurtado de Mendoza, el historiador que se 
hizo célebre con su “Historia de la guerra de Grana- 
da”, fué, junto con Acuña, poeta del mismo siglo, uno 
de los más ardientes partidarios del italianismo métri- 
co (introducción del endecasílabo en la lengua caste- 
llana) y una gran ayuda de Boscán y Gareilaso. 

Si sus valores como poeta son grandes, mayores aún 
son los que tiene como escritor en prosa. 

“la guerra de granada” 

Cuando perdió la confianza de Felipe II, Diego Hur- 
tado de Mendoza resolvió pasar su vejez retirado de 



DE GARCILASO A RODÓ 


87 


los asuntos públicos, pero entregándose a nobles tareas 
iptdlectuales. En ese retiro escribió la obra fundamen- 
tal de su vida, o sea “La guerra de Granada”. Es una 
obra importante por el fondo y por la forma. 

En ella el autor cuenta cómo se desarrolló en España 
la última rebelión de ios moriscos granadinos, la muer- 
te de los principales caudillos, cómo lucharon y fueron 
vencidos en las “Al-pu jarras”, bajo el reinado de Fe- 
lipe II. 

<Su historia comprende cuatro libros en que se estu- 
dian sucesivamente loe antecedentes de la rebelión, las 
fuerzas de la misma, la campaña de Don Juan de Aus- 
tria, y los castigos impuestos a los moros vencidos. 

En medio de la lucha, las figuras que más sobresalen 
son las de Abenhumeya, Abenaboo, el Marqués de los 
Veles y otros. Todos los accidentes de la conspiración: 
la ira, el recelo, el odio, el temor, están magistralmente 
pintados. 

Detalla con precisión lugares, personas y hechos, no 
sólo por ser contemporáneos del autor, sino también 
por su propia participación y la de otros Mendoza. 

Dicen los críticos que Mendoza tomó como modelo a 
Salustio y también a Tácito, los dos historiadores lati- 
nos más vigorosos en el relato, más severos en el estu- 
dio de los hechos, más incisivos en emitir juicios. 

Nada cede en condiciones a uno ni a otro. Aunque 
tomándolos por modelo, no por eso es menos elevado, 
ni tiene menos fuerza en la expresión, ni menos viva- 
cidad para mostrar el móvil de los sentimientos huma- 
nos. Podemos decir que las cualidades características de 
Mendoza, son: el vigor y la sobriedad. No comenta los 
hechos, se limita a presentarlos; pero sabe presentar- 
los con arte impresionante. 

Se conoce que es una obra escrita en la vejez, porque 



88 OLAJU INÉS ZOLESI SAN MAJRTÍN 

revela profundo conocimiento de las personas, una 
gran madurez al caracterizarlas, y una prudencia in- 
variable que nunca ee deja traicionar por impulsos oa- 
sionales. 

Su lenguaje os majestuoso, como de quien siente la 
investidura del magisterio de la verdad que debe inun- 
dar a los presentes y a los venideros, sin fines irtere- 
sados ante los poderosos ; pero, sí, reivindicando con- 
tra la ignorancia y los apasionamientos, la imparcia- 
lidad de todos, por el esclarecimiento de las causis de 
la guerra y la exposición del proceder de bus dirigentes. 

De esa manera dio al Renacimiento español valiosí- 
sima contribución en un género poco tentador pira los 
escritores, sobre todo en un país y en una época donde 
las obras de fantasía y de sentimiento monopolizaban 
las actividades literarias. 


# 

* * 

Si Mendoza hubiese cultivado con cuidado sus dotes 
poéticas, en las cuales se reflejan abundancia y movi- 
lidad de sentimientos, como viveza de espíritu, su nom- 
bre ocuparía un alto puesto entre los mejores poetas 
del Parnaso español. 

Así, muestra su carácter excepcional en una carta 
escrita en redondillas, dirigida a una dama y que co- 
mienza : 


‘‘Amor me manda a escribir, 
Temor me fuerza a callar: 
¿Qué medio podré hallar 
Seguro para vivir?”, etc. 


Pero su facilidad como versificador, no sólo resplan- 
dece en sus versos cortos, sino también en los endeea- 



89 


m GAÍtCILASO A RODÓ 

sílabos, donde se ve la misma espontaneidad y aliento. 
Se muestra filósofo y hombre conocedor de mundo en 
el soneto en que pinta la adulación que cerca siempre 
a loe soberanos, y que empieza : 

“ Domado ya el Oriente, Saladino 
Desplegando las bárbaras banderas 
Por la orilla del Nalo, le convino 
Asentar su real en las riberas.” 


4 ‘el lazarillo de tormes” 

Be cree que durante su vida de estudiante en la Uni- 
versidad de Salamanca haya compuesto la novela pi- 
caresca titulada “El Lazarillo de T orines”, obra cu- 
yas escenas se desarrollan en esa ciudad. (1) 

El protagonista es Lázaro, nacido de cruel y corrom- 
pida madre, en el valle del Tormes, el río que baña a 
Salamanca. Lazarillo, aparece a nuestros ojos dotado 
de ingenio sagaz y despierto; más simpático que de- 
pravado, poniendo en práctica cuantos medios le des- 
pertaba el hambre para poder socorrer sus necesi- 
dades. 

Entra al servicio de un ciego, su primer amo, con 
el cual inicia sus primeras trastadas. Pero como nun- 
ca comía, puso a prueba todo su ingenio para lograrse 
alimento, haciéndole una serie de diabluras aíl ciego. 
Pero éste, que no es menos hábil q.ue su compañero, se 
burla, trocándole con un nabo una longaniza. Y termi- 


(l) Hoy se considera más prohable que esta córela sea de! escritor erasitmia 
Sebastián de Horozco, a quien se la habría sustraído para publicarla, uno de 
sus amigos. 



90 


CLAIU INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


lia Lázaro las agentaras de criado del ciego, haciéndo- 
le, en un día de lluvia, saltar contra un poste. 

Despedido, se asienta en casa de un clérigo cerbata- 
na, el cual es para con Lázaro “si no un trueno, un re- 
lámpago”. Siempre hambriento, se vale de la astucia 
para saciar su hambre, y con una llave abre una vieja 
arca donde su amo guardaba los bodigos, “y tomando 
uno entre sus manos y dientes, en un instante lo hace 
invisible. ’ 1 

Al principio puede valerse de este medio, pero bien 
pronto el clérigo se da cuenta de la artimaña, y des* 
pues de haberlo golpeado bastante, lo despide. 

El pobre Lázaro anda errante, hasta que se acomoda 
en casa de un hidalgo pobre y avariento, que sabía 
“andar por la calle con razonable vestido, bien peina- 
do, y su paso y compás en orden.” El infeliz criado no 
solamente va a tener que mendigar pan para él, sino 
también para su dueño. Un día, no sé cómo, llegaron a 
las manos del pobre escudero unos cuantos reales. En- 
tonces, lleno de júbilo, mandó a Lázaro a comprar 
“pan, vino y carne, pues iban a comer hasta quebrarle 
el ojo al diablo.” 

Pero, desgraciadamente no sucedió así, pues habien- 
do encontrado Lázaro en el camino un cortejo fúnebre 
que venía en su dirección, y habiendo oído a la viuda 
gritar: “Marido y señor mío, ¿adonde os llevan? ja- 
la casa lóbrega y obscura, donde no se come ni se be- 
be?”, etc., se asustó de tal modo, que volviendo grupas 
se entró en su casa y se encerró creyendo que esa “ca- 
sa lóbrega y obscura, donde nunca se come ni se bebe”, 
era la de su amo. 

Un día desapareció el hidalgo por no poder pagar 
loa alquileres. Entonces Lázaro tuvo que buscar nueva 
colocación. Se acomodó primero en casa de un fraile 



DE GARCILÁSO A RODÓ 


91 


de la Merced, luego en la de un alguacil, y, por ultimo, 
alcanzó el Oficio real de pregonero de Toledo, puesto 
que debió a la protección, no del todo desinteresada, del 
Arcipreste de San Salvador, con cuya criada se casó. 

Y Lázaro, satisfecho de haberse asentado, nos dice: 
“En este tiempo estaba en mi prosperidad y en la cum- 
bre de toda buena fortuna.” 

El “Lazarillo de Tornes” es una de las más célebres 
novelas picarescas. 

Las cualidades que la valorizan son: vivacidad en la 
pintura de caracteres y escenas; agudeza en la obser- 
vación de la vida real ; un gran conocimiento del cora- 
zón humano y cierta altura y serenidad de juicio para 
apreciar la vida a través de aventuras picarescas. 

Lázaro es quien escribe eu historia (por eso es una 
novela autobiográfica). 

El estilo de esta novela es sobrio y a veces conciso; 
los rasgos descriptivos son vigorosos, los caracteres 
aparecen como sorprendidos en plena realidad; los 
cuadros son animadísimos; el lenguaje es siempre claro 
y sencillo, lo contrario de lo que hallamos en la novela 
de Quevcdo “El gran Buscón”. 

Parece un feliz y gracioso desahogo de la juventud 
de Mendoza, un ensayo donde se ve la soltura y habí' 
lidad con que maneja el castellano el que había de es- 
cribir más tarde “La guerra de Granada”. 

(Mirando el fondo de esta novela, se descubre como 
en sus congéneres, el estado de miseria en que vegetan 
y sufren las clases inferior y media de la sociedad, colo- 
cadas al margen de las especulaciones guerreras y co- 
loniales de aquella época. El autor hace una crítica 
graciosa pero severa de las costumbres de la sociedad 
de su táempo. 



ALONSO DE ERCILLA Y ZÚfilGA 


No era posible que frente a los brillantes triunfos de 
las armas españolas, los poetas no viesen en ellos una 
fuente de inspiración en la cual poder hallar elemen- 
tos para presentar al mundo la evocación de estas ma- 
ravillosas hazaña» con las galas de la belleza literaria, 
no sólo en sus líricas sino también en su musa épica* 

Pero con el deseo de ser verídicos en sus narraciones, 
dejan de lado las galas de la fantasía, y hacen crónica 
de los hechos, no pudiendo, por lo tanto, ni el estilo ni 
el pensamiento elevarse al tono majestuoso de la epo- 
peya. 

En un principio se cantaron las hazañas de Caíloa 
V, a quien en 1560 Jerónimo de Semper consagró “La 
Carolea”, conjunto de treinta canto», escritos en octa« 
vas. IMás tarde aparece el ‘‘Carlos Furioso’’ (1565) de 
Luis de Zapata, entre cuya9 páginas sobresale la des- 
cripción de la muerte de G-arcilaso. En 1584, Juan Ru- 
fo Gutiérrez escribe la “Austríada”, poema épico, 
donde refiere la lucha encarnizada sostenida entre los 
españoles al mando de Don Juan de Austria, y loo 
moros. 

Sin embargo, la musa épica, cansada de narrar las 
luchas de europeos v africanos, emigra a otras tierras. 


DE GARCILASO A RODÓ 


93 


y es así como la vemos aparecer en el escenario ameri- 
cano, presenciando la fragorosa ludia entre indígenas 
y conquistadores hispanos. 

Se presenta a veces el caso de que los que combaten 
bajo las banderas españolas no son solamente cortesa- 
nos que manejan diestramente la espada, sino poetas 
que de día luchan y de noche escriben los acontecimien- 
tos sucedidos. Yernos fundirse en una sol-a personali- 
dad al patriota que combate con denuedo y gallardía 
por sus ideas, y al poeta, que uniendo a su inquieto 
espíritu, m imaginación vigorosa, luchan y se elevan a 
las regiones de la poesía, cantando con grandeza y 
fuerza los episodios guerreros. 

Yernos surgir de ese grupo, entre otros, a Ereilla y 
Zññiga, militar español y poeta del siglo XYI. Fué 
soldado, y como tal luchó por la conquista de Chile, a 
las órdenes de García Hurtado de Mendoza. 

Presenta el caso rarísimo de un conquistador capaz 
<de soñar con glorias poéticas, cuando todos los otros 
sólo tenían el afán del oro. En Chile, tomando “ora la 
pluma, ora la espada”, compuso la “ Araucana ”, poe- 
ma compuesto de tres partes en que canta 1a. conquista 
de Arauco. 

Con este poema, Ereilla inmortalizó su nombre y da 
a la literatura castellana la epopeya más estimada. Y 
digo la más estimada, porque hay otras epopeyas, tal 
vez de ciertas condiciones de estilo y de fantasía supe- 
riores, como “Bernardo del Carpió” y la “Cristia- 
da”, pero inferiores por otros conceptos. 

I 

Alonso de Ereilla y Zuñlga, el cantor de aquella lu- 
cha tan heroicamente sangrienta, y en la que corona 



94 


CLARA INÉS Z0LES1 SAN MARTÍN 


sus esfuerzos bélicos y su gallarda pluma de escritor 
con la palma de la fama, nació en Madrid el 7 de agos- 
to ele 1533. Niño aún, lo vemos en la corte de Felipe 
II. Cuando éste va a F1 andes para tomar posesión del 
ducado de Brabante, Ercilla lo acompaña. Estaba en 
la corte de Inglaterra en el momento en que se supo 
la noticia del alzamiento de los araucanos, sometidos a 
la corona española. Llevado por su afán de conocer tie- 
rras nuevas, abandona don Alonso la corte con sus pla- 
ceres, y empuñando la espada, se alista en los ejérci- 
tos españoles, que estaban a las órdenes de García Hur- 
tado de Mendoza. Guerrero tan valiente como enérgico, 
combate con destreza en las tierras chilenas, escenario 
de su poema. 

“Los secos terrones, los incultos y pedregosos cam- 
pos de Arauco”, vieron ‘‘ora tomando la espada, ora 
la pluma”, ir apareciendo, “muchas veces escritos so- 
bre cuero por falta de papel, y en pedazos de cartas 
algunos tan pequeños que apenas cabían seis versos, y 
que no le costó poco trabajo juntarlos”, los quince 
primeros cantos de su libro, “escritos en la misma 
guerra y en los mismos pasos y sitios, para que el re- 
lato fuese más cierto v verdadero”. 

r 

En varios combates, sufriendo grandes trabajos y 
penalidades, se destaca como militar. Acompaña a Die- 
go Hurtado de Mendoza a la conquista del valle de 
Chiloé, última tierra, conocida entonces, de las regiones 
meridionales chilenas. 

A su vuelta a la villa imperial verificóse un torneo 
en el que tomó parte, pero una disputa que tuvo con 
Juan de Pineda y que terminó con un desafío, hizo 
que viese su carrera militar tronchada. Las leyes mi- 
litares eran severas. Sabedor de este suceso don Gar- 
cía Hurtado de Mendoza, condenó a muerte a los dos 



DE GARCILASO A RODÓ 


95 


contendientes, pero más tarde fué conmutada esta sen- 
tencia por la pena de destierro, por cuya causa marchó 
all Perú. Así nos refiere este suceso en los últimos can- 
tos de su poema ¡ 

“ Turbó la fiesta un caso no pensado, 

Y la celeridad del juez fué tanta, 

Que estuve en el tapete ya entregado 
Al agudo cuchillo la garganta.” 

Al saber ¡las injusticias que cometía Vicente Lope de 
Aguirre, salió a su encuentro con el fin de destrozarlo, 
pero antes de llegar a su destino supo que había sido 
vencido en Tocuyo. Habiendo enfermado gravemente, 
se restituye a España en 1562, a los veintinueve años 
de edad, donde 9e casó (1570) con doña María de 
Bazán. 

Efectuó varias correrías por Europa y a su regreso 
en 1594, murió, no sin haber podido por e90 vivir 
“arrinconado en la miseria suma”, como él mismo lo 
dijo. 


II 

“LA ARAUCANA” 

En esta epopeya, Erci'lla canta la conquista de Arau- 
co. Sus protagonistas tenían que ser 

“Aquellos españoles esforzados, 

que a la cerviz de Arauco no domada 

pusieron duro yugo por la espada.” 


No son, empero, los españoles quienes cautivan más 
hondamente nuestra simpatía y admiración en el poe- 
ma. Son los araucanos. 



96 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


La primera parte comienza anunciando la materia 
que va. a tratar, y continúa con una dedicatoria a Fe- 
lipe II. Sigue luego la descripción del territorio chi- 
leno, las costumbres de sus nativos y la elección de jefe 
supremo, porque las discordias entre los caciques difi- 
cultaban la lucha contra los invasores. Nos presenta Er- 
cilla en Colocolo al Néstor indígena, quien en su dis- 
curso es tan elocuente como razonador, y refleja al mis- 
mo tiempo que prudencia, abnegación y patriotismo. 

Colocolo propone que se designe jefe al que lleve 
más tiempo un madero, que según él 

‘‘‘Era un macizo líbano fornido, 
que con dificultad se rodeaba.” 

A su voz elocuente y paternal, desaparecen los enco- 
nos y las soberbias, y todos unánimemente aceptan su 
proposición. El que triunfa es “aquel varón de auto- 
ridad grave y severo, hábil, diestro, tortísimo y lige- 
ro.’ 5 Y en todos los momentos de su obra aparece así. 

Termina la primera parte (canto XY1) haciendo la 
descripción de la batalla, en la que Lautaro es muerto 
por Francisco de Villagrán, y los pocos indios que so- 
breviven perecen luego. 

A su regreso a España con estos diez y seis primeros 
cantos, por indicación de algunos de sus amigos, que 
le dicen que la obra carece de interés, se propone am- 
pliarla, y para darle mayor movimiento y vivacidad 
introduce episodios de 9iiyo interesantes pero inopor- 
tunos, como lo son: la visión de San Quintín (canto 
XVII), el sueño que tiene en la cueva del hechicero 
Fidón y la revelación de este mago de la futura victo- 
ria de Lepanto (canto XVI) y los hermosos pasajes de 
Tegua lcl a (canto XXI) y Olauca (canto XXVIII), la 
india “hija del buen cacique Quilacura”. 



DE GARCILASO A RODÓ 


97 


Acaba m obra diciendo que la guerra es un derecho 
de gentes, a propósito del que tuvo Felipe II a la co- 
rona portuguesa. 

A pesar de su deseo, no consigue darle a estos últi- 
mos cantos el interés, la energía y la palpitación de 
vida de los diez y seis primeros. 

Pasada la primera parte del poema, que es la prin- 
cipal, y en la que Ercilla no deja de cantar el valor 
de don Pedro de Valdivia y de Francisco Villagrán, 
los araucanos se convierten en los verdaderos héroes 
del poema. 

Ercilla presenta, empero, figuras descollantes de es- 
pañoles, como lo son las de García Hurtado de Mendo- 
za, Reinoso y su misma figura. Presenta al primero co- 
mo un joven de veinte años, inteligente y audaz, al 
mismo tiempo que brillante militar que hace honor a 
los laureles alcanzados en los campo9 de Italia, Flan 
des y Francia. 

Entre los araucanos descuellan Lautaro, Tucapel, 
pero en primer término, Caupolicán. Lautaro es el 
araucano de “anchas espaldas y pechos espaciosos”, de 
espíritu organizador, que tiene “todo su ánimo puesto 
en las cosas grandes’ \ Es “manso de condición y her- 
moso de gesto”, sobre todo en su amor por la valiente 
Guacalda, la india fiel que presiente su triste destino, 
Tueapel, el antagonista de Orompello, el indio manso 
y tratable, es altivo, fanfarrón y agresivo, 

En el asalto de Penco, fortaleza española, 

“ Tucapel furioso, 

Apareció gallardo en la muralla, 

Esgrimiendo un bastón fuerte y nudoso, 

Todo cubierto de luciente malla.” 



§8 CLARA INI* ZOLEftl SAN MARTÍN 

Ercilla nos pretil t a en Frosia, la mujer de Caupoli- 
«tu, el tipo de la india araucana, fuerte y valiente, fe- 
roz y terrible, que se desespera por la prisión de su 
marido. Sin embargo, al decir de Pedro de Oíla, el 
poeta chileno y autor de “Arauco domado”, Fresia 
solamente era “una bella estatua de Paros, toda belle- 
za y blancura”, pero egoísta y sensual. 

En estas segunda y tercera partes no aparece más 
que accidentalmente el nombre del conquistador, Gar- 
cía Hurtado de ^Mendoza, .que termina la empresa, y, 
en cambio, adquiere los más altos relieves el ‘‘gran 
Caupolicán ’ \ 

Y se explica el interés creciente inspirado por el in 
dio. Caupolicán es la personificación del noble senti- 
miento patrio, en lucha con la codicia de los extranje- 
ros. Defiende el suelo nativo, las tumbas de sus ante- 
pasados, loo hogares indígenas; defiende a su raza. Es 
abnegado, valiente, cauteloso y temerario. Desprecia la 
muerte con un estoicismo sublime, cuando van a mar- 
tirizarle con el más inhumano de los suplicios, y deja 
una vibración épicamente conmovedora en el corazón de 
Ercilla y en la historia de América. 

De esta manera “La Araucana” se convirtió en una 
glorificación del americanismo. Ercilla, que tantos de- 
fectos tiene, supo ser poeta de veras en pintar carac- 
teres indígenas y en describir escenas de la vida ame- 
ricana. 

En esas pinturas y descripciones, hallamos los tro- 
zos más felices de la obra, como son “la asamblea de 
caciqueo ”, “el discurso de Coloeolo”, “la prueba del 
tronco”, “el suplicio de Caupolicán”, etc. 



DE OARCILASO A RODÓ 


99 


III 

ESTILO 

Sabemos que E reilla se propuso, no escribir lina epo- 
peya que en la posteridad diera gloria a su nombre, 
sino cantar con estilo elevado las hazañas de los espa- 
ñoles en el Nuevo Mundo, poniendo en evidencia el 
valor y la maestría de sus contemporáneos. Porque él 
no cree que la victoria sobre los débiles sea ni un triun- 
fo ni una gloria. 

(Dada su sujeción a la historia, no pudo demostrar 
sus dotes de gran versificador, destacándose, sin em- 
bargo, como un ingenio feliz en la parte narrativa. Su 
exactitud en la descripción de los caracteres, de las es- 
cenas, de los sentimientos y pasiones es tal, que casi 
podríamos decir que conocemos a todos sus personajes. 

Nos presenta con caracteres definidos a los conquis- 
tadores Valdivia., Villagrán y Reinoso. Idealiza y agi- 
ganta con caracteres épicos a los caudillos y héroes 
araucanos Caupolicán, Lautaro, Tucapel y Rengo, y a 
las heroínas como Fresia, G-uacalda y Tegualda. 

En la pintura de las batallas llega a su vértice la 
grandiosidad de Ercilla. Parece que se está sintiendo 
el fragor de la lucha, el estampido ronco de los caño- 
nes, el choque de las armas. Aquí las frases son vivas, 
la versificación cálida, en contradicción con la forma 
tierna y armoniosa de los pasajes de Guacalda, Te-gual- 
da y Glaura. 

•Podemos con certeza decir que el arte de Ercilla está 
en la narración, en los epítetos tan pintorescos, en la 
sonoridad de sus acentos y en la sonoridad y viveza de 
la expresión. 



100 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


Los poetas y filósofos latinos influyeron notablemen- 
te sobre su estilo. Como en todos ellos, su oratoria es 
cálida y llena; las bellezas narrativas son grandiosas. 
Y a pesar de faltarle la imaginación de Ariosto, Tasso 
y Uamoens, el realismo y la grandeza de concepto im- 
peran en sus páginas. 

Se ha dicho que su estilo es prosaico ; que las conso- 
nancias son vulgares y que abusa de los gerundios y 
participios para hacer las rimas. Pero, a pesar de 
esto, hay pasajes en que su versificación es correctísima 
y muy fluida, aunque en otros peca de descuidada. 

IV 

DEFECTOS DE “LA ARAUCANA” 

Entre los defectos de “La Araucana” los que más 
se han sindicado son estos: 

1. ° Ere illa no se aparta una línea de la historia; ha- 
ce crónica, contando los hechos estrictamente como un 
historiador. De aquí que se diga que su obra carece de 
fantasía, y al mismo tiempo de interés. 

2 . ° No supo, por medio de una intriga dramática, dar 
unidad a su poema. Per eso no sin razón se dijo que 
su obra parece una serie de cantos; a pesar de que en 
lo referente a la vida y episodios de Caupolicán, él hé- 
roe americano, hay unidad. 

3. ° A este defecto se agrega otro más grande: el de 
haber introducido batallas como las de Lepanto, Ro- 
c-roie y San Quintín; y episodios como el de la reina 
Dido do Cartago, que no tienen nada que ver con “La 
Araucana”. No le dan variedad al poema y empeoran 
esa falta de unidad. 

4. ° Siendo propósito de E reilla escribir una epope- 
ya según el canon clásico, como en la misma época re- 



DE GARCILASO A RODÓ 101 

nacentista lo hicieron Tasso en Italia y Camoens en 
Portugal, no debió prescindir de la máquina poética o 
elemento maravilloso, pues podemos decir que, sacando 
las escenas en que Belona muestra en sueños a Er cilla 
la batalla de San Quintín, y la del mago Fitón, que le 
íwe ver en una esfera la futura victoria española en 
Lepante, nada encontramos que revele la presencia de 
este elemento. La aparición de la Virgen de que nos 
habla en el canto IX, no es una maravilla cristiana, 
pues lo presenta como un hecho histórico, y no como 
intervención del cíelo en las acciones humanas. 

A pesar de los defectos que se le quieran señalar, 
“La Araucana ’ ’ sigue siendo 3a epopeya castellana por 
excelencia, y tal vez la primera que en nuestra len 
gna ha sido elevada a este rango. 




EPISTOLA MORAL A FABIO 

Esta composición poética, lo mismo que la ‘‘Canción 
a las Ruinas <¿: Itálica”, se le atribuye al poeta sevi 
llano Francisco de Rioja. 

Sin embargo, dice Hurtado de la Serna, con respec- 
to a su dudosa originalidad, que esta composición líri- 
ca no le puede corresponder a Rioja, porque a éste le 
gustaba emplear arcaísmos y epítetos, por él usados 
magistralmcnte, cualidades que no vemos del mismo 
modo en esta epístola. 

Esta composición poética pertenece por su fondo al 
género llamado didáctico moral; y por su forma se 
aproxima mucho a la- poesía lírica. 

Fondo . — El poeta se dirige a un amigo que parece 
ideal por el nombre, pero real por algunas expresiones 
que hallamos en la composición. Lo invita a dejar la 
corto donde imperan los vicios y a retirarse al reposo 
provinciano, donde la vida es sencilla y pura. 

Para persuadir y conmover a su amigo, el poeta le 
pinta con vivos colores las ansiedades, los desengaños, 
los sacrificios morales a que está sometido el ambicioso. 
Así le dice: 


''Pablo, las esperanzas cortesanas, 
prisiones son do el ambicioso muere, 
y donde al más astuto nacen canas”, etc. 



DE GARC1LAS0 A RODÓ 


103 


Todo allí se vuelve bajeza y envilecimiento; todo, 
hasta el tesoro más precioso, la libertad, es lo que pri- 
mero se pierde. Y uos lo dice en estas estrofas: 

“Jfás precia el ruiseñor su pobre nido 
de plumas y leves pajas, más sus quejas 
en el bosque repuesto y escondido, 
que adular lisonjero las orejas 
de algún príncipe insigne, aprisionado 
en el metal de las doradas rejas. . . ” 


Y menos mal si al fin la duración de la vida permi- 
tiera gozar de alguna conquista obtenida a cambio de 
tantas pérdidas. Pero no es así; la vida es un río que 
se precipita en el mar de la muerte, es un día ‘ * do ape- 
nas sale el sol, cuando se pierde en las tinieblas de la 
noche fría”; es como el heno “a la mañana, verde; se- 
co a la tarde”. . . 

Estas ideas magníficamente desarrolladas en la pri- 
mera parte de la í{ Epístola Mjoral ’ son como el fondo 
obscuro sobre el cual el poeta filósofo hace resaltar las 
sonrientes delicias y las bellezas encantadoras de la vi- 
da retirada. El hombre en ella se siente Libre, 

La modestia del vivir, vestido, habitación, alimento, 
está ampliamente compensada con la felicidad que pro- 
porciona aquel ambiente sereno, tranquilo, puro y sa- 
no. La existencia se desliza callada pero dichosamente, 
sin envidias ni remordimientos, y la muerte deja de 
ser esa visión terrible y espantosa, cuyo recuerdo ator- 
menta a los encumbrados. Nuestro filósofo la invoca: 

¡Oh, muerte! ven callada, 

Como sueles venir en la saeta”, 



104 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


porque para él la muerte será una dulce amiga* tierna 
y deseada, que cerrará eon una caricia los ojos del 
hombre virtuoso. 

De súbito, antes de terminar, se anima nuevamente 
el corazón -del filósofo, con el recelo de que su amigo 
no lo crea convencido y sincero en su prédica moral, y 
le dice: 

4 ‘¿Es, por ventura, menos poderosa 

que el vicio la virtud? ¿Es menos fuerte ?” 

Pero vuelve a tranquilizarse para dar a su amigo m 
afectuoso adiós, al mismo tiempo que le dirige la in- 
vitación final, para que, por lo menos, le visite. 

“Ven y verás al alto fin que aspiro 

antes que el tiempo muera en nuestros brazos.” 

Estilo . — El estilo de la epístola es siempre elegante, a 
menudo florido; se conoce que el autor es sevillano. La 
imaginación pugna en el encierro inquebrantable de los 
tercetos, para librarse de la gravedad y mesura del es 
tilo epistolar. 

Y no obstante la sencillez que el poeta se impone 
consigue algunos triunfos la imaginación. ¡Brillantes 
triunfos son éstos que realzan la belleza de la conpo 
eición! Tales me parecen los pasajes que empiezan: 

“Más precia el ruiseñor su pobre nido...” 

“Como los ríos que en veloz corrida...” 

Se descubre la maestría del estilista, en la artística 
facilidad eon que, dominando la monotonía del terce 
to, desarrolla su pensamiento, sin decaer un momento. 



DE GARCILASO A KODÓ 


105 


La nobleza del lenguaje, a reces un poco exuberante y 
pomposo, armoniza con la nobleza y elevación del 
fondo. 

jSí es un defecto esta magnificencia del estilo, tratán- 
dose de una epístola en que la poesía debe ser elegante 
y armoniosa, sin perder su sencillez, el efecto resulta 
tan agradable que no se puede menos de perdonar al 
autor, admirando y aplaudiendo la inspiración con que 
supo dar a la literatura castellana una de las joyas 
más valiosas. 

JSí hay en nuestra lengua poesía notable por su ex* 
quisito buen gusto, perfección admirable de la forma, 
mesura, áurea armonía, naturalidad, esa lo es la “Epís- 
tola Moral a Fabio”, donde se funden todas estas cua- 
lidades. 




LA CANCIÓN A LAS RUINAS DE ITÁLICA 

Focas composiciones literarias alcanzaron tanta fama 
como ésta, y pocas pueden haber sido motivo de tan 
larga controversia sobre su autor. 

En efecto: dada su excepcional belleza de sentimien- 
tos y de forma, todos los literatos y los críticos se em- 
peñaron, tenaz y afanosamente, en establecer la verda- 
dera paternidad de la obra. 

Unos atribuían el poema a Rio ja, poeta sevillano, y 
otros a Rodrigo Caro, sabio arqueólogo y poeta del 
mismo siglo, natural de Utrera. Este autor nació en el 
año 1573. Siguió la carrera eclesiástica, y tuvo gran 
predilección por los estudios de historia. 

Dejó algunas obras de este género, tituladas: “ An- 
tigüedades y principados de la ilustrísima ciudad de 
Sevilla”, ‘‘Relación de las inscripciones y antigüeda- 
des de la villa de Utrera” y “Claros varones en tetras 
naturales de la ciudad de Sevilla”. 

Llevado por estudios de esa índole a las ruinas de 
arqueología romana, acudió también a las de Itálica, 
aunque parece que en esta visita mediaba también otro 
motivo : el de hallar los restos del mártir de esa ciudad, 
San Geroncio. 

De esta manera se encontraron felizmente reunidos 



DE OARCILASO A RODÓ 


107 


en el mismo pinato, el arqueólogo, el eclesiástico y el 
poeta. El poeta triunfó; así lo atestigua el original dé 
su canción escrita en el año 1595, según él mismo lo di- 
ce en su “Memorial de la vida de Utrera”. 

El poeta, encariñado con su obra, trató de perfeccio- 
narla cada vez más, y de tal modo lo consiguió, que 
hizo de ella un modelo de poesía. 

I 

LA OBRA 

Quintana, el gran poeta castellano de los comienzos 
del siglo XIX, dice ponderando esta obra: 4 4 Todo en 
ella es grande y majestuoso : el asunto, la idea, la con- 
textura, la ejecución. La poesía no alcanza más.” Des- 
pués de haber leído este juicio en la literatura de Al- 
cántara García, me dispuse a saborear la canción de 
Rodrigo Caro. 

Hay bellezas que las comprende debidamente quien 
posee ya una cultura superior. Pero, sí, debo declarar 
que la tristeza de las ruinas, los recuerdos históricos de 
la época romana, y la emoción del sabio cantor, que se 
expresa en tono de sentida elegía, con profundas con- 
sideraciones filosófico -morales, excitan mi fantasía, y 
subyugan mi sentimiento. 

Rodrigo Caro llega al recinto de la antigua ciudad 
que ha desaparecido. Le parece mentira que “esos 
campos de soledad” hayan sido en otro tiempo una ri- 
ca y gloriosa urbe latina. Sus pies tropiezan con los 
escombros de la que fue muralla. Se interna y apenas 
si encuentra señales de la qxie fué plaza, del templo, 
del gimnasio, de las termas.,, ¡Ah! El viento mueve 
acá y acullá el polvo, que a los ojos del poeta es una 
ceniza leve. 



108 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


Las torres yacen por el suelo ; en el anfiteatro deepte 
dazado florecen amarillos jar amagos, plantas dé la sté 
ledad ; porgue la soledad y el olvido imperan allí mis- 
mo donde resonaron antes loe rugidos de las fieras ea 
ludia y los clamores de la muchedumbre, 

Pero la soledad tiene voces de dolor que estremecen 
el alma del visitante. Surgen los recuerdos de las glo- 
rías pretéritas en contraste con la mísera realidad pre- 
sente. El efecto artístico se traduce en emociones pa- 
téticas, porque no hay mayor angustia que recordar los 
tiempos de dicha en la hora de la desventura. Por m 
exclama Caro: 

“Aquí nació aquel rayo de la guerra, 

Gran padre de la patria, honor de España. 

Pío, felice, triunfador Trajano: 

Ante quien muda se postró la tierra. 

Aquí de Elío Adriano, 

De Teodosio divino, 

De Sillo peregrino 

Rodaron de marfil v oro las cunas”, 

«/ * 

» • * :* &■ 

“Aquí ya de laurel, ya de jazmines, 
coronados los vieron los jardines, 
que ahora son zarzales y lagunas.” 

Caro, llevado por su melancólica curiosidad, avam 
hasta los escombros del que fué palacio del César, y 
perturba la quietud de los lagartos, que aumentan la- 
desolación de aquellos lugares. 

Así el jaramago y 'los lagartos, dos realidades, al pa* 
recer vulgares y, sobre todo, despreciables para la ma- 
jestad clásica de la poesía, entran aquí con romántica 
desenvoltura. No sólo completan el cuadro, del pimfe 



DI GARC1LASÜ A RODÓ 


109 


de "vista de Ha verdad observada; le dan carácter espe- 
cial, tan notablemente bello, que si ambos rasgos se su- 
primieran, perdería la canción no pequeña parte de su 
efecto emocional. 

Las lágrimas acuden a los ojos del poeta, viendo ca- 
lles destruidas, mármoles rotos, arcos destrozados, es- 
tatuas deshechas. Recuerda la destrucción de Roma, la 
fuerte; la de Atenas, la sabia, y termina sintiendo la 
lúgubre resonancia del nombre de Itálica repetido por 
el eco, en las ruinas y en las selvas próximas; repetido, 
en ñu, por te sombras errantes de aquellas soledades, 
que él abandona con el ánimo estremecido y acongo- 
jado. 


II 

JUICIO SOBE® LA CANCION 

Los críticos dicen que es la mejor de las poesías líri- 
cas de la lengua española. Expresando algunas apre- 
ciaciones personales, podría decir lo siguiente: algu- 
nos trozos de la canción impresionan en modo especial 
mi fantasía. Encuentro más hermoso este pasaje: 

por tierra derribado 
Yace el temido honor de la espantosa 
Muralla, y lastimosa 
Reliquia es solamente 
De su invencible gente*” 

Vocablos y versos reproducen en la imaginación lo 
impresionante de la muralla y lo deleznable que resul- 
tó para los siglos. 



110 CLARA iNfe J50LESI SAN MARTÍN 

irás adelante pinta, con un colorido vivo, la desapa- 
rición de los edificios públicos de Itálica, y termina con 
im rasgo sublime, haciéndonos ver como . 

Leves nielan cenizas desdichadas/’ 

La sublimidad aparece cuando el autor dice: 

‘‘Las torres que desprecio al aire fueron, 

A su gran pesadumbre se rindieron/’ 

Siguen versos do una conmovedora entonación ele- 
giaca y súbitamente ñas asombra de nuevo el poeta eon 
otro rasgo en que lo sublime de esta composición llega 
a su vértice: 

“Aquí nació aquel rayo de la guerra, 
gran padre de la patria, honor de España, 
pío, felice, triunfador Trajano, 
ante quien, muda, se postró la tierra../’ 

Ondula y se agiganta una epopeya en este verso. 
Evoca en la brevedad sublime y fulmínea de sus once 
sílabas, las no interrumpidas campañas del emperador 
por excelencia, cuyas magníficas victorias crearon la 
paz antonina. La imagen no brota originariamente del 
estro de Rodrigo Caro. Pertenece a ese libro estupendo 
y único que se llama la Biblia. Fué aplicada en el tex- 
to del libro sagrado al conquistador Alejandro de Ma- 
eedonia. Pero debe convenirse en que no sería posible, 
al extraerla de su primitivo engarce, usarla con más 
oportunidad ni más brillo. 

Sin decaer, sigue la canción desenvolviéndose con no- 
tables bellezas, aunque ya no encuentro pasajes tan 



m gaecilaso a rodó 111 

impresionantes como los anteriores. En los celebrados 
versos donde el autor se refiere a Roma y Atenas, elé- 
vase a conceptos de una admirable grandeza moral. Es 
cierto que el pensamiento de la caducidad de las cosas 
humanas, por más que éstas sean monumentos suntua- 
rios o grandes imperios, dista de ser novedoso. No obs- 
tante, logra Rodrigo Caro dramatizarlo tan honda y 
brillantemente, que nos resulta de un gran poder emo- 
cional. Caracteriza, a las dos capitales de la antigua ci- 
vilización europea con rasgos de filosofía tan sintéticos 
como apropiados. Al que lee se le presentan las imáge- 
nes de esas ciudades como sombras vivas del pasado. 

Nos canta el poeta: 

“Así a Troya figuro, 
así a su antiguo muro ; 

y a ti, Rema, a quien queda el nombre apenas, 
oh! patria de los dioseí? y los reyes; 
y a ti a quien no valieron justas leyes, 
fábrica de Minerva, sabia Atenas, 
emulación ayer de las edades, 
hoy cenizas, hoy vastas soledades; 
que no os respetó el hado ni la muerte, 
ay! ni por sabia a. ti, ni a ti por fuerte I” 

Proyectado sobre ese fondo comparativo de Roma y 
Atenas, el término de Itálica se engrandece en el pen- 
samiento del lector. Por otra parte, el efecto se acre- 
cienta con la sonoridad y elegancia de la estrofa, ela- 
borada magistral mente. La urbe romana que precedió 
en el tiempo a la actual Sevilla, próxima a la orilla de- 
recha del Betis (Guadalquivir), aparece en nuestra 
memoria como un ejemplo de fortaleza, de esplendor 
latino en la península ibérica, de cultura intelectual y 



112 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


hasta de excepcionales destinos, como madre de los 
más grandes soberanos del imperio: Trajano, el orga- 
nizador de la dominación mundial guerrera y legisla- 
da, y Teodosio, el brazo armipotente que retardó la in- 
vasión de las hordas bárbaras. 




MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA 


Vastago de noble estirpe, nació Miguel de Cervantei 
Saavedra en Alcalá de Henares, el 9 de octubre d( 
1547. $e dijo, sin demostrarlo, que estudió dos años ei 
Salamanca, después de haber hecho sus cursos de bu 
inanidades bajo la férula del Presbítero Juan López d< 
Hoyos, con notable y reconocido aprovechamiento. L< 
que se sabe con certeza es que, muy joven aún, fué ; 
Roma con el cardenal Aequaviva. Este viaje a Itali; 
tuvo verdadera importancia para Cervantes, si no lie 
nando las aspiraciones con que se ausentara de su pa 
tria, revelándole, por lo menos, un mundo Íiterari< 
que le interesó profundamente. Amplió el horizonte d< 
sus ideas, conoció tierras nuevas, estudió costumbres, y 
sobre todo, apareció a su inteligencia el proceso artís 
tico de los renacientes itálicos, que en aquel entonces 
eran tan brillantes en sus producciones, como de inte- 
rés para los españoles. 

Desilusionado en sus esperanzas de obtener un car- 
go de representación en la corte pontificia, pensaba 
volver a España, cuando la guerra de varias naciona- 
lidades cristianas contra, los turcos que las amenaza 


8 


114 


CIjABA INÉS ZOLESI SAN- MARTÍN 


ban, le ofreció oportunidad de alistarse bajo las bande- 
ras españolas. 

Ingresó en el tercio de Moneada; combatió en la ba- 
talla de Lepante, “'la más alta ocasión, — dice él mis- 
mo, — que vieron los siglos pasados, los presentes, ni es- 
peran ver los venideros/’ En esa jornada fué herido 
en el pecho y quedó maneo de la mano izquierda. Des- 
pués de haber tenido participación en otras acciones 
de guerra, sirviendo en el tercio de Lope de Figueroa, 
volvía a su patria en 1575. Pero la galera “Sol”, en 
que viajaba, fué acometida y apresada por los piratas 
berberiscos, al mando de Aunante Mami. Cargado de 
cadenas, llegó Cervantes a la cautividad de Argel y 
como llevaba cartas para el rey, le consideraron perso- 
na principal y de caudales. Estuvo en Argel cinco y 
medio años, hasta que en 1580, teniendo él treinta y 
tres años de edad, lo rescataron los padrea de la Trini- 
dad por quinientos escudos en oro español. 

Libre, sin empleo ni esperanzas de obtenerle por va- 
limiento 'alguno, falto de recursos, fió a sus facultades 
de escritor los anhelos de su porvenir. Y en aquellos 
días de incertidumbre y titubeos juveniles, el que ha- 
bía de ser maestro admirable de la pintura realista e 
inagotable dispensador de humorismo en la multiplici- 
dad de sus obras, fantaseó a la italiana, como antes 
fantaseara Jorge de Montemayor, Gil Polo. Compuso 
su “Galatea M , novela de amores pastorales. 

Un resultado tuvo esta obra : ganarle la simpatía de 
otro escritor del género, llamado Luis Gal vez de Men- 
tal vo, cuya pluma dio a la literatura del siglo XVI 
otra novela titulada “El pastor de Fílida’\ 

Sin desmayar por esa decepción, se dedicó a las obras 
teatrales. Creyó por un momento haber entrado en la 
doble senda de la gloria y del bienestar. Pero, no tar 



DE GABCILASO A RODÓ 


115 


db en sentir nuevamente el desánimo. Es que en el es- 
cenario español había comenzado a ejercer su avasa- 
llante dictadura Lope de Vega, asombro de sus con- 
temporáneos, 

España se agita en un movimiento afiebrado. Está 
en guerra con la Giran Bretaña. La Armada Invencible 
debe levar anclas hacia el Norte. Cervantes ha obteni- 
do, por fin, nn destino. Es insignificante del punto de 
vista administrativo. No es como para lisonjear sus am- 
biciones económicas. ¡Comisionado de los proveedores 
de la armada! ¿Qué importa? Es todo un destino... 
porque tiene su centro de acción en Sevilla, la Babilo- 
nia andaluza, y en el ejercicio de su cargo debe, desde 
allí, recorrer comarcas y coimrcas, donde pululan 
“forzantes, amancebados, testigos falsos, jugadores, ru- 
fianes, asesinos, logreros, regatones, vagabundos”, es 
decir, toda la ralea de gente soez, mal nacida y peor 
vivida. 

El áreade italianizante, arrojado tan de súbito a esa 
fermentación de realidades, observa, penetra, analiza, 
siente ese nuevo mundo de dolor, de miseria, de arte, 
de gloria. Ahí está encerrado el destino por el que le 
llamarán “grande” todas las generaciones. 

Es ciento que no tiene Cervantes ‘ * alma de funcio- 
nario”, ni menos aún puede tenerla, habiendo de aca- 
rrearse dondequiera malquerencias y odiosidades, en 
pugna con los contribuyentes, con los empleados su- 
balternos y con los superiores, a quienes estaba obliga- 
do a dar cuenta, exacta de cada recaudación de aceite, 
trigo, eebada. 

Abrumado, sueña en obtener una gobernación en 
América, la provincia de Soconusco, en Guatemala. 
Corno si dijéramos: una ínsula. 

Fracasan sus empeños y, en cambio, ¡oh ironía!, un 



116 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTIN 

corregidor dispone su encarcelamiento. Apela Cervan- 
tes, sale de la cárcel y poco después se encuentra de 
nuevo sin empleo. Cuando en 1597 se le confía oto 
misión oficial, quiere su mala suerte que la quiebra de 
un mercader amigo, depositario del dinero recaudado 
por Cervantes, motive una segunda condena, cumplida 
en la cárcel de Argamasilla de Alba. ¿Escribió en este 
encierro la Primera Parte del í£ Quijote”? 

Era el año 1605. El hidalgo manchego y su escudero 
obtuvieron de inmediato la mayor popularidad, a des- 
pecho de Lope de Vega que, al conocer la obra había 
sentenciado: “No hay poeta tan malo como Cervantes, 
ni tan necio que alabe a “Don Quijote”. 

Escaso fue el provecho obtenido por el autor. Bu 
1613 publicó las “Novelas ejemplares”, fruto sazona- 
do de arte, inestimable tesoro de bellezas de inspira- 
ción genuinamente cervantina, única, por lo tanto, en 
la literatura española. 

En 1614 daba a luz su “Viaje al Parnaso”, y en 
1616 la Segunda Parte del “Quijote”. Es el año de su 
muerte. El 2 de abril se hizo imponer el hábito de San 
Francisco; y el 19 escribe al Conde de Lemas, dedi- 
cándole su recién terminada novela “Los trabajos de 
Pensiles y Segismunda”: “Ayer me dieron la extrema' 
unción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las an- 
sias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, 
llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir..,”. 

La miseria lo había acompañado fielmente, no obs- 
tante los prodigios de laboriosidad, de ingenio y de 
genio, realizados en su numerosa y múltiple produc- 
ción. Tuvo en la suerte una madrastra siempre despia- 
dada, aunque se la quiera considerar como poderoso de- 
term mismo de sus facultades creadoras, quizás no ejer- 
citadas si, al dejar el cobro de alcabalas por una ma- 
gistratura, le hubiese vsonreído la vida, 



DE GARCILASO A RODÓ 


117 


En la tristeza del desamparo y en la serenidad del 
espíritu que sabe ascender por entre las amarguras de 
la realidad, a los más puros ideales, el sábado 23 de 
abril de 1616, Cervantes entregaba su alma a Dios y 
su obra a la admiración de la posteridad. 

Habría bastado para inmortalizar su nombre algu- 
na de las novelas ejemplares: “Rinconete y Cortadi- 
llo ”, “El Coloquio de los Perros”, o 4 ‘La Gitanilla”. 
Píero, la asombrosa fecundidad de su ingenio y, más 
aún, la llama de su inspiración, legaron al mundo una 
herencia única, esencialmente española, “Don Quijote 
de la Mancha”, tan esencialmente española, que de 
Cervantes deben decir la admiración y el afecto his- 
panos lo que de Shakespeare escribió Carlyle en el hé- 
roe como poeta í “Es la mayor grandeza producida 
hasta ahora por Inglaterra. Si se nos preguntara: 
¿Queréis, ¡oh, ingleses!, renunciar a vuestro Imperio de 
la India o a vuestro íSfhakespeare ? ¿Preferiríais no ha- 
ber tenido nunca la India, o no haber tenido a Shakes- 
peare?, — en verdad, sería grave la respuesta. El mun- 
do oficial podría, acaso, titubear; pero nosotros, todos 
nosotros responderíamos con un solo impulso: India o 
no India, no podemos renunciar a Shakespeare. El Im- 
perio desaparece cualquier día. Pero, Shakespeare per- 
manecerá mientras haya un inglés,” 

Así con Cervantes. Italia, Flandes, las Amérieas, to- 
do aquel vasto imperio donde no se ponía el sol, “como 
nieve se deshizo. Pero, allá, en lo alto de la meseta, 
desde ¡todos los ámbitos de la península y del mundo 
civilizado, se contempla a España luciendo, con un es- 
plendor sin tramonto, gracias a Cervantes, “su cetro 
de oro y su blasón divino”. 



118 


CLARA INÉS ZOLUSI SAN MARTÍN 


II 

CONSIDERACIONES SOBRE “DON QUIJOTE 

DE LA MANCHA” 


“Don Quijote ” no es solamente la obra que, por an- 
tonomasia, encarna la gloria de Cervantes. A pesar del 
desdén de Lope de Vega en el siglo XVII y de Juan 
Mir en el siglo XX, es considerada como la gloria más 
rflta de la literatura castellana y una de las cumbres 
de la literatura mi i versal. 

Sabiendo esto me sentí yo, como deben sentirse la- 
dos los lectores de este libro, ansiosa por conocer sus 
geniales bellezas, al mismo tiempo que atemorizada 
ante su grandiosidad. Pero, tenía muy presente tam- 
bién, por haberlo escuchado y leído no pocas veces 
que media gran distancia entre leer una obra y com 
prenderla. 

Esa diferencia, admitiendo lo que pensadores, mora- 
listas y críticos de toda nacionalidad afirman del “Qui- 
jote”, es un abismo. 

Una cosa es leer la serie de aventuráis que salen a) 
paso del alucinado Caballero de la Mancha, y otra 
penetrar el sentido oculto, o sea el simbolismo que, de 
acuerdo con el autor o sin su acuerdo, el protagonista 
y su rústico escudero presentan. La lectura es para mí 
en extremo atrayente. La narración fascina. Las ocu- 
rrencias cómicas y humorísticas de que rebosa cada 
página, son incomparables... Pero, poco a poco la ri- 
sa va cediendo lugar a la sonrisa. Lo jocoso se vuelve 
grave; lo burlesco se trueca en compasivo, y nuestra 
compasión, nutrida en un sentimiento de honda y cre- 
ciente simpatía, nos lleva a solidarizarnos cbn los 



DE GARCILASO A RODÓ 


11 9 


ideales del pobre hidalgo enfermo. Ya no nos preocu- 
paos en saber si la caballería antigua era así* Ha deja- 
do de ser en nuestro espíritu- un “caballero anacróni- 
co”. Es una encarnación de grandes y augustos prin- 
cipios de justicia y de generosa bondad humana, y pa- 
ra esos todas las edades son contemporáneas. Por esos 
principios está dispuesto a todos los heroísmos, a todos 
■los sacrificios, sin comprender, ¡pobre locol que la so- 
ñada pujanza de su brazo es un junco ante el huracán; 
que su voz es la del que clama en el desierto; que su 
gesto es, cosa peor aun, el de quien arroja piedras 
preciosas a los cerdos... .Si loa caballeros antiguos 
eran así, bien hayan loa caballeros antiguos. Y ha de 
lamentarse que, no uno, y ése desmedrado y loco, sino 
un ejército de ellos, y esos, gallardos y conscientes, no 
vengan a imponerse a todos los cuadrilleros do la per- 
versidad, a toda la canalla soez y mal nacida, para 
defensa y protección de los miserables, de los caídos y 
de los menesterosos, estableciendo una era en que todo 
sea paz y concordia: la edad de oro. Don Quijote sal- 
ta fuera del mundo organizado sobre la negación de 
toda justicia. Ese mundo no tiene derecho a juzgarle. 
¿Cómo podrá la mentira enjuiciar a la verdad; el mal 
encarcelar al bien? Razón tiene cuando clama: “¿De- 
cidme quién fue el ignorante que firmó mandamiento 
de prisión contra un tal caballero andante como yo 
soy?” Porque sólo la ignorancia de lo que es un caba- 
llero y de la alta misión humana que debe cumplir, 
puede explicar tal error. 

•Comprender la caballería, tal como la comprende, la 
siente y quiere ejercerla este manehego, restableciendo 
la soberanía de todas las virtudes en la sociedad, im- 
plica, consecuentemente, reconocer con él “que los ca- 
balleros andantes son exentos de todo judicial fuero, y 



120 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

que -su ley es su espacia; sus fueros, sus bríos; su poe- 
mática, su voluntad. 77 Y bien podemos fiar de ellos, 
sabiéndolos “castos en los pensamientos, honestos en 
las palabras, liberales en las obras, valientes en los he- 
chos, sufridos en los trabajos, caritativos con los me- 
nesterosos y, finalmente, mantenedores de la verdad, 
aunque les cueste ¡a vida el defenderla.” (1) 

Desde el punto en que el lector deja de reir, la obra 
de Cervantes deja de ser una parodia, ora cómica, ora 
grotesca, de los libros de caballería, cuya lección ca- 
lentara los cáseos y trastornara el seso al inmortaliza- 
do hidalgo. Se ha convertido en una obra de fondo 
preocupante, por el que desfilan, más severas aún que 
las figuras evocadas en las galerías de la Cueva de 
atonte sinos, las interpretaciones, 

Recuerdo haber leído este comentario: “Varias ve- 
ces, en su vida aventurera y errante, en Andalucía y 
en Madrid, el autor del “Quijote” tuvo que compare- 
cer ante los jueces. La fatalidad judiciaria estaba en ¿u 
destino. Cerrados los procesos que en su vida sufrió 
Cervantes, se abrió otros proceso: el de “Don Quijote”. 
“¿Por qué nació el Caballero de la Triste Figura? 
“¿Qué oculto propósito realiza en él su creador! 
“¿Contra quién enristra la lanza del hidalgo y el tre- 
mendo sentido común del escudero, este novelista, a 
quien el consenso unánime de la humanidad civilizada 
señaló un sitial en el estrado de los inmortales, junto a 
Dante, Shakespeare y Goethe? 

“La Divina Comedia 77 , “Hamlet”, “Don Quijote” 
“Fausto”, — escribió Pablo Savj López,— son y serán 
siempre las Esfinges perennes que, a cada nueva inte-- 


(1) «Quijote. II, XVIII. 



DE GARCILASO A RODÓ 


121 


rrogación, ofrecen nn nuevo enigma, para que cada 
Edipo lo descifre por sí solo, con la palabra del propio 
espíritu y de la conciencia propia, diomsíacamente sa- 
cudidos por la ebriedad de la Esfinge.” 

Y es de notar que para internarse en esa galería de 
simbolismos, es necesario desatender y dar por no es- 
crita la declaración final de la obra: pues no ha 

sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los 
hombres las fingidas y disparatadas historias de los li- 
bros de caballerías, que por las de mi verdadero Don 
Quijote van ya tropezando y han de caer del todo, sin 
duda alguna/’ 

Pero, la potencia creadora del artista, nutrida por 
su excepcional sentido de lo humano, traspone esta fi- 
nalidad de índole temporaria, comarcana, para darnos 
en “Don Quijote” algo que vale más y que vale menos 
que un símbolo: una creación perfecta de arte, que 
tiene toda la profundidad y el relieve de la vida real. 

En esta condición íntima, reconocida por todos, está 
el mérito extraordinario de la obra. 

III 

Desde las primeras páginas, sabe Cervantes revelar- 
nos la existencia de su héroe con tanta claridad y con- 
fianza, que difícilmente concebimos llegar a más com- 
pleto conocimiento de persona alguna en nuestro derre- 
dor. A la realidad cotidiana, descrita con limpio co- 
lorido y sugestiva viveza, se agrega una insinuante 
simpatía hacia el personaje, cuyas reconditeces de es- 
píritu y cuyos móviles aparecen cristalinamente a 
nuestra observación. La simpatía estética no tarda en 
adquirir la fuerza de una simpatía moral, cada vez 
más honda, a medida que el fracaso acendra su fe y 



122 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

su optimismo; a medida que la bellaquería y la ruin^ 
dad ambientes lastiman su alma pura y abnegada. 

Le vemos acometer empresas “locas”; pero, al sen- 
tir cómo razona el peligro y cómo sin titubeos lo desa- 
fía, ejerce sobre nosotros la fascinación de los seres 
dotados superiormente para las grandes trayectorias 
del carácter. 

Los molinos son gigantes; los carneros, ejércitos; los 
yangüeses eran veinte contra dos y “aun quizás contra 
uno y medio”; el león era para temerse, como para te- 
merse eran el de los Espejos y el de la Blanca Luna; 
oin embargo, contra ellos la emprende con heroísmo go- 
zoso nuestro alucinado hidalgo. Fantasmagorías, encan- 
tamientos o realidades, despiertan en su ánimo un solo 
impulso: el de la acción valerosa y justiciera, sin vaci- 
laciones ni resquicios a cobardías. 

En derredor del mal armado caballero hierve el mun- 
do abigarrado de los cuerdos. Con él entran en liza o 
hacen buenas migas por campos y caminos. Son pasto- 
res, artistas, eclesiásticos, arrieros, mercaderes, du- 
ques, lacayos, truhanes y follones, es decir, todos los 
actores de la comedia humana que se agitan en el afán 
de su lote de placeres o en las contorsiones de su parte 
de sufrimientos. Di j érase imposible que cada lector no 
halle en ese mundo sus congéneres, y, sin embargo,, no 
sobre ellos, sino sobre el maniático manchego, a quien 
menos quisiéramos parecemos, se concentran nuestras 
simpatías. 

Es que antes que las nuestras debieron concentrarse 
sobre él, consciente o inconsedentemente, pero de una 
manera invencible, las simpatías de Cervantes, j Cómo 
debió encariñársele a este hijo seco, avellanado, de jui- 
cio sorbido y lleno de pensamientos varios, engendrado 
‘ ‘ en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asien- 
to y donde todo ruido hace m habitación”! 



DE GARCILASO A RODÓ 


123 


i don qué profundo y creciente sentimiento de amor 
le sigue, desde que abandona la paz de la humilde casa 
solariega, para entregarse a la obra quimérica de re- 
generar ©1 mundo! Y aquel cariño y este amor, brotan- 
do de la mas alta fuente del espíritu creador, se pro- 
yectan sobre el héroe con las iridiscencias del arte. Lo 
iluminan y engrandecen; lo conducen a través del rea- 
lismo de la vida, sustrayéndola a las crudezas de la 
vulgaridad, porque suscitan en él una conciencia in- 
mutable, única, siempre nítida, que es verdad y acción; 
que es energía actuante en cada episodio y es impulso 
hacia la meta de su ensueño: la victoria definitiva de 
la Justicia. 

Precisamente por carecer de estas irradiaciones del 
corazón de su autor, el Quijote del falso Avellaneda 
se limita a parodiar y de manera tosca y “pueril e! 
aparato externo y accional de los episodios medioeva- 
les^ de la caballería. El personaje se vuelve grotesco 
y bufo y deforme y repudiable. No tiene alma; ha per- 
dido el quid dÁvinum con que subyuga nuestras simpa- 
tías el Quijote verdadero. 

Sintiendo esto, sentimos al mismo tiempo la unidad 
de ¡la novela, que es en apariencia una serie de episo 
dios fragmentarios. No nos basta que el Caballero de h 
Triste Figura sea en persona el protagonista de su ca 
si totalidad; no nos basta que su presencia invisible 
mantenga ’la unidad basta en la serie de aquellos en 
que culmina la figuración del escudero, delegado ai 
gobierno de la Barataría, Así como en las Bodas de 
Camacho la serena altivez de Don Quijote se yergue 
sobre la muchedumbre de cocineros, zagales, labrado- 
res, bailadoras, ninfas, gaiteros y flautistas, señoreán- 
dolos a todos, así el humorismo de Cervantes, hecho de 
experiencia y de generosidad, extiende su soberanía y 



124 


CLARA INÉS ZOLESJ SAN MARTÍN 


vincula, en la estupenda unidad de su poema novele? 
co ; el abigarramiento de pasiones,' intereses, afanes y 
ensueños de aquel mundo de seres de todas las eatego 
vía9 sociales. 

Más aun : hasta nosotros, los lectores de hoy, gravi- 
tamos hacia esa unidad, porque el mundo cervantesco 
no es ficción, ni siquiera hipérbole o caricatura. Es un 
mundo humano en el que rebullen, evocadas por la ma- 
gia de un artista excelso, las realidades de la vida, uni- 
versal y perdurablemente idénticas; las mismas que 
nos envuelven hoy en sus espirales de torbellino vio- 
lento o cadencioso, deseado o aborrecido, vulgar o se- 
lecto, cómico o trágico, las mismas, hoy como ayer, ma- 
ñana como hoy. 

magia de artista supo evitar el realismo grosero 
con que nuestros novelistas señalan en el hombre algu- 
nos rasgos esenciales, esquemáticos, lo suficiente para 
su enredo, y los proyectan rápida y crudamente. En 
vez de un disector de espíritu frío y mano ágil, pero 
mecanizada, Cervantes halló en sí mismo un extraordi- 
nario poder de visión puesto al servicio de un alma 
henchida de poesía y de bondad. Como observador, en- 
vuelve en una mirada serena y precisa a todos los que 
discurren ante él. Algunas veces sonríe y no9 muestra 
su agudeza humorística ; siempre, empero, nos deja sen- 
tir su bondad. 

c *Q-ué sería de otra manera su realismo? Como el de 
otros autores de aquella época o de la nuestra, un ten- 
dal de trapos al sol : una exhibición de llagas v mise- 
rias... exacerbadas por la sátira, removidas por el pe- 
simismo. 

Cervantes, — ha dicho alguien profundamente, — con- 
templó y amó la belleza y. . . todo lo demás le fué dado 
por añadidura. 



DE GARCILASO A RODÓ 


125 


PERSONAJES DEL “QUIJOTE” 

El castellano viejo, que luchó por su patria y su re- 
ligión; el español heroico, que conoció la gloria y el 
•hambre, las pasiones más bajas y el odio, el amor y las 
idealizaciones más elevadas; el artista excelso, que co- 
ronó sus labios con la amarga sonrisa ante las más in- 
justas tribulaciones; este Cervantes lleno de dolores y 
esperanzas; el rey más poderoso de las epopeyas del 
orbe moderno, español, supo poner en su protagonista, 
el enjuto hidalgo manchego, la encarnación más alta 
del idealismo en pugna con las amargas realidades de 
la vida. 

Hizo más, aquel amigo inseparable de la miseria- y el 
infortunio: supo abarcar, con mirada penetrante y 
piadosa ironía, con blanda resignación, el espectáculo 
del mundo, y pudo engarzar magistralmente en sus pá- 
ginas los sentimientos que movieron su alma. 

•Cervantes no fue solamente el creador del “Quijo- 
te”, sino que de los tipos más viles y groseros, de los 
episodios más vulgares, supo hacer emanar un sentido 
•moral y un interés generosamente humano. Supo tam- 
bién, en sus esbozos de personajes, dejar diseñado el 
carácter de cada uno, de tal manera, que viven siempre 
en la memoria del lector. 

Así, entre sus mujeres apenas diseñadas, recordare- 
mos a aquella “asturiana de ancha cara, lleno cogote, 
nariz roma”, que junto con la doncella de la venta, 
preparó una mala cama para el pobre hidalgo que te- 
nía los huesos machucados después de su famosa aven- 
tura con los yangüesee. 

La exquisita sensibilidad de Cervantes se sutiliza y 
extrema al pintar retratos de “mujeres”. 



126 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


En torno de su escuálida figura rebullen incesante- 
mente como fantasmas, mujeres hermosas o feas, villa- 
nas o nobles; pero todas están íntimamente enlajadas 
por el sentimiento de ternura y simpatía que despier- 
tan. 

La libertad y vida suelta de Marcela, la joven que 
desde niña vivió bajo el cuidado de su tío, un clérigo, 
y que un día, por capricho, se le ocurrió vestir arreos 
de pastora y llevar su ganado a pacer por riscos y va- 
lies; Límemela, la enamorada fiel y la hija obediente; 
üorotea, la pastora de alma ardiente, educada para ser 
1a. reina de los vergeles que sus padres atesoran; Ana 
Feliz, la española de cuna y cristiana de espíritu, que 
desde temprana edad tuvo que abandonar su suelo pa- 
ra emigrar al país africano, do-nde faltan las miases 
manohegas, pálidas y mustias; la Duquesa española 
conocida por Don Quijote, casta y gentil, amiga del 
bosque y del río, la ninfa moderna y musa de los ver- 
geta hispanos; estos rasgos y muchos otros revelan la 
profunda penetración de Cervantes en la sutil psicolo- 
gía femenina, y cómo sabía amar sus virtudes y perdo- 
nar sus debilidades. 

Sin embargo, a pesar de estos grandes valores um- 
versalmente reconocidos, tiene otro que, a mi juicio, es 
superior y es el haber sabido modelar con el barro vil 
estatuas tan delicadas como son todas sus mujeres. Su- 
po, con los pobres recursos con que contaba, elaborar, 
no Akkmzas sino Dulcineas; no mujeres grotescas con 
las cuales casi siempre trataba, sino distinguidas da- 
mas que eran las liadas de sus encantados vergeles. 

Dentro del escenario cervantino, una de las figuras 
femeninas que más se destaca es la de Aldonza Loren- 
zo, “una Ceres del manchego solar”, lozana, robusta^ 



DE GAECILASO A RODÓ 


127 


tímida y natural, que es para el pobre loco, su “ siem- 
pre dulce Dulcinea del Toboso”. 

Mucho nos extraña que el famoso de la Mancha, -el 
sutil amador, haya puesto en aquella mujer silvestre y 
robusta el ideal de m señoría, acostumbrado a tratar 
como lo estaba (en sus libros), con emperatrices y po- 
derosas princesas, lo mismo que comparar los paisajes 
del Toboso, con aquellos magníficos y áureos alcázares 
por los cuales su fantástica imaginación se paseaba. 

Sin embargo, la moza del Toboso pudo ser su Laura 
o su Beatriz, porque por debajo de sus míseras vesti- 
duras se escondía lo que el ilustre manchego veneraba, 
su belleza eterna, su símbolo de gloria. 

Ebrio de amor Don Quijote, y a fuer de enamorado 
y de artista, la sublimó hasta convertirla en la empe- 
ratriz de su loca imaginación. 

En la dama de sus sueños y Aldonza Lorenzo, vie- 
nen a fundirse la realidad y la ficción, la carne con el 
espíritu, al igual que en Don Quijote y su escudero, se 
unen el ideal en su más alto grado y el barro mortal; 
o, como diee Fernández Espino, “la exaltación de la 
poesía y de la prosa 7 \ 

•Sancho es la encarnación viviente de la filosofía del 
sentido práctico, traducida en el “Quijote” por los re- 
franes, sabiduría del populacho español. Don Quijote, 
por el contrario, es el genuino representante de las as- 
piraciones más nobles y elevadas del espíritu humano. 

Sancho y “el Caballero de la Triste Figura’ 7 , están 
Iiermanados por la persecución de un ideal. Al igual 
que Don Quijote ve en Dulcinea la Gloria Eterna, y 
todas sus acciones son tendientes a glorificar su nom- 
bre, no olvidando incluir en su mito la gloria de vivir 
en la memoria de los hombres, JSaneho, a fuerza de nu- 
trir su espíritu del ideal material, llega a creer en la 



128 


CLARA INÉS 20LEST SAN MARTÍN 


realidad de la ínsula. La serie de aventuras que correa 
amo y criado, no son otra cosa que la- fortificación de 
las creencias que alientan. 

A pesar del idealismo de Don Quijote muchas veeee 
le vemos caer en el material idealismo del sirviente. La 
m fluencia del tosco escudero sobre el amo es notoria 
cuando dice que su moza, Dulcinea, necesita dinero., 
Cervantes pinta la quijot ación sanchesca en la convefo 
sanción sostenida entre amo y criado, cuando este cae a 
los pies de Don Quijote deshecho en lágrimas, porque 
no lo acepta como escudero, por haber pedido aumento 
de salario. 

Acabaremos diciendo que las mujeres dél * 4 Maneo 
de Lepanto”, son las estrellas inmortales, bañadas por 
los claros rayos del ingenio cervantista. 


EL RETARLO DE MAE, SE PEDRO 

Después del famoso episodio de la ‘ 4 Cueva de Mon- 
tesinos” donde, como de costumbre, vió lo que no pu- 
do ver, sobrevino la graciosa aventura del titiritera 
Maese Pedro, cuyo mono había dicho que 4 4 parte- dé 
las cosas pasadas en la cueva eran falsas y paite veri- 
símiles * 

Maese Pedro prepara su muy ponderado retablo, del 
cual decían que encerraba setecientas mil maravillas y 
novedades. Don Quijote tomó asiento entre los espec- 
tadores, para contemplar la función de títeres. Preci- 
samente Maese Pedro empezó a representar con sus 
muñecos, cómo la genial Melisandra era libertada por 
su esposo Don Gaiteros, de la cautividad en poder de 
los moros, en la ciudad de Sansueña, 

Mientras Don Gaiteros y su ideal consorte realizaban 
sai proeza, preparándose para la fuga, todo marchó a 



DE GARCILASO A RODO 


129 


pedir de boca. Pero en cuanto los moros empezaron a 
salir de la ciudad en persecución de los fugitivos, con 
la amenaza de llevarlos atados a la cola de su mismo 
caballo, si los alcanzaban, Don Quijote se levantó de 
súbito, exclamando: “No consentiré yo, que en mis 
día9 y en mi presencia, se haga superchería a tan fa- 
moso caballero y a tan atrevido enamorado como Don 
Gaiferos”. 

“¡Deteneos, mal nacida canalla!” “¡No le sigáis ni 
le persigáis si no conmigo sois en batalla!” Y arreme- 
tió contra la morisma de muñecos, lloviendo cuchilla- 
das a diestro y siniestro. Rodaban descabezados los tí- 
teres y hasta estuvo en un tris de correr igual suerte 
la cabeza de Maese Pedro, quien gritaba tratando de 
contener al excitado hidalgo y evitarse el descalabro 
de todo su teatro. 

No paró Don Quijote hasta concluir con todo, y era 
tal y tan desatinada su cólera, que, espectadores, titi- 
riteros y hasta el mismo Sancho Panza, todos huyeron 
despavoridos. El mono se había encaramado a los te- 
chos de la venta. Quedó dueño del campo el intrépido 
manchego, muy ufano de su hazaña. 

— “Miren, — decía, — si no me hallara yo aquí presen- 
te, ¡qué fuera del buen Dou Gaiferos y ele la hermosa 
Melisendra ! ¡Viva la andante caballería sobre cuantas 
cosas viven hoy en la tierra!” Y tras él sonó entonces 
la voz llorosa de M&cse Pedro, lamentando su ruina, 
debido a la furia mal considerada de “este buen caba- 
llero, de quien se dice que ampara pupilos y endereza 
tuertos, y hace otras obras caritativas”. 

Los lamentos de Maese Pedro enternecen a Sancho 
Panza y seguramente habrían enternecido también el 
ternísimo corazón de Don Quijote, si éste no hubiere 
creído entonces lo que otras veces había creído: “que 


9 



130 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


los encantadores habían mudado y trocado en títeres, 
los personajes reales que él habla visto. En el supuesto, 
de que fuesen figuras, le dijo a Maese Pedro: “Vea lo 
que quiere por las figuras deshechas, que yo me ofrezco 
a pagárselo luego, en buena y corriente moneda caste- 
llana.” 




FRANCISCO DE QUEVEDO Y VILLEGAS 


Quevedo floreció en la primera mitad del siglo XVII. 
Ocupa puesto eminente entre los poetas y los prosis- 
tas. Su mérito en amba9 formas fué reconocido y pre- 
conizado en un mismo tiempo, hasta por sus propios 
adversarios. 

En efecto: Lope de Vega, en '‘El laurel de Apolo” 
lo compara con los más ilustres prosistas y los más ins- 
pirados poetas antiguos. 

Sus obras en prosa se dividen en tres grupo9: l.° Sa- 
tíricas o jocosas, de las que, en primer término, deben 
citarse: “Los siete cuentos”, “El Buscón o Gran Ta- 
caño”, y una infinidad de obras menores como las 
“Cartas del 'Caballero de las Tenazas”, “La culta la- 
tiniparla”; 2.° Obras filosóficas e históricas, como la 
“Vida de Marco Bruto”, “Epicteto”, “La política de 
Dios”, algunas epístolas de Séneca, un tratado contra 
los judíos, “Tratado de la inmortalidad del alma”, 
etc.; 3.° Obras místicas y religiosas, originales y tra- 
ducidas, como ser “Vida de Santo Tomás de Villanue- 
va”, consideraciones sobre “El testamento nuevo y 
vida de Cristo”, “Vida de San Pablo apóstol”, «“In- 
troducción a la vida devota”, etc. 


132 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

La obra poética de Quevedo está toda contenida en 
las “Nueve musas La simple enumeración del titulo, 
por poco que se conozca la distinta Indole que la mito- 
logía atribuye a las hermanas de Apolo, hace pensar 
que el poeta agrupó sus composiciones según su género. 
Así en Cloi, primera, reúne poesías heroicas; en Poli- 
mea, poesías morales; en Melpómene, poesías fúnebres; 
en Herato, poesías amorosas; en Terpsíeore, letrillas 
satíricas, burlescas y bailables. 

Pero donde Quevedo despliega toda su originalidad 
y su mayor mérito, es en las poesías satíricas. 

I 

Comencé la lectura de Quevedo con algún desaliento. 
Había leído en la “Noticia preliminar”, escrita por 
don Eugenio de Ochoa. para las obras escogidas áé x 
gran ingenio satírico, este juicio: “Quevedo no puede 
proponerse como modelo a la juventud, pero es un 
ejemplo que debe estudiarse y meditarse con suma 
atención, como con mucha cautela.” 

Aumentó mi perplejidad la lista de sus producéis 
nos, tan numerosa como heterogénea. De lo místico a te 
picaresco; de lo histórico y filosófico a lo humorístico 
y jocoso; de la biografía de santos al romance malí* 
cioso en que sintetiza su autobiografía; de la prosa aj 
verso; del estilo ampliamente periódico al sentencioso 
y cortado, todo lo anduvo y señoríalmente este multi- 
forme ingenio, cuyos aciertos hubieran debido hacerle 
célebre en cada uno de los ramos literarios que cultivói 
Sabe todo el mundo, sin embargo, que no es así. El 
consenso del pueblo y de la crítica ha venido preeonb 
zando la fama de Quevedo, si no exclusivamente, ¡gotee 
todo como autor chistoso. 



DE GARCILASO a rodó 


133 


Los más -longánimos conceden que todo lo hizo bien; 
pero que su versatilidad le impidió elevarse a la gloria 
de la verdadera creación. Y que así en la prosa como 
en el verso triunfa su estro y se aproxima a esa gloria 
en los escritos satíricos, en cuya variedad su vena pa- 
recía inagotable, y en cuyas condiciones artísticas, si 
no es único en las literaturas europeas, sigue siendo 
único en la literatura española. 

Por eso, desviándome de 1a. corriente general, di mi 
preferencia al aspecto serio, sin desdeñar por eso el 
jocoso. Al terminar mis lecturas tenía la convicción de 
haber acertado, porque hallé a Quevedo serio en las 
obras serias, y más serio aún en las obras festivas. 

II 

LA TRISTEZA DE QUEVEDO 

Han corrido centurias y el nombre de Quevedo sigue 
recordando, por lo menos a los iletrados, aquel “Pro- 
todiablo entre los hombres”, “doctor en desvergüen- 
zas” y “licenciado en bufonerías”, tan execrado por 
no escaso ni menospreciable grupo de autores de su 
tiempo, como Juan Pérez de Montalbán, don Juan de 
Jáuregui, Alar con, Góngora y el mismo Lope de Vega. 

Es que no se le conoce. Apenas si los mismos que se 
precian do ilustrados alcanzaron a leer sus obras joco- 
sas. Y la mayo-ría se ha reducido siempre a mordis- 
quear acá y acullá con malsanos apetitos, en determi- 
nadas producciones de las que le valieron en vida el 
dictado de “bachiller en suciedades”. 

Podríamos decir sin el encono de sus detractores, 
que no escasean los que limitan su ilustración queve- 
diana a las impresiones visuales que les proporciona el 



134 CLARA INÉ¿ ZOLESI SAN MARTÍN 

retrato de Quevedo, y no el autorretrato trazado para 
Belisa en tercetos imperecederos, sino el que aparece' 
grabado junto a la portada de sus obras. 

Han contemplado su frente, que “es larga y blanca, 
con algunas viejas heridas, testimonio de valiente”; 
sus dos cejas en arco; sus ojos sombreados, de mirada 
irónica y socarrona, con un reflejo de penetrante • mar 
licia, acrecido por los característicos espejuelos; con* 
templaron sus narices grandes y gruesas, como las 
mentiras de Belisa; su boca salida que concuerda con 
el volumen de la nariz en dar aspecto sensual al ros- 
tro, y se lian dicao : ‘ ‘ Quevedo fué todo eso, y no min- 
tieron al llamarle “catedrático de vicios”. Y, sin em- 
bargo, no fué así, ni en su vida ni en sus escritos. Lia 
primera comienza en las tristezas de la orfandad. No 
conoció las caricias maternas; le faltó el consejo afec- 
tuoso y aleccionador de la experiencia paterna. 

Rico, joven, desbordante de ingenio y dotado de ex- 
cepcionalíeima perspicacia observadora, no bien termi- 
nados sus estudios doctorales, se inicia al mismo tiempo 
en la vida y en la literatura. Su alma no conoce ternas 
ras. La sociedad que le rodea, con la sordidez del egoís- 
mo interesado y las fermentaciones de las lujurias qüé 
sorprende íntimamente, deseca más aún la fuente de 
sus sentimientos y contribuye a modelar el carácter de 
Quevedo, inflexible basta el estoicismo, indiferente a las 
prosperidades, entero en los sufrimientos. 

En medio de aquel mundo, Quevedo, huérfano de 
afectos, descubre sucesivamente las hipocresías, las con- 
cusiones, el mercantilismo, las deshonestidades. Todo 
es corrupción. 

El joven poeta, nacido con el don funesto de ver Cla- 
ramente las lacras de todo aquel organismo corrupto, 
acaba por no sorprenderse. Pero, ¡ay! es que antes % 



DE GARCILASO A RODÓ 


135 


haber perdido toda capacidad para la sorpresa, se ha- 
bía vuelto escéptico y pesimista. Era coano uar ciruja- 
no, que, a medida que avanza en su labor operatoria, 
ve que no hay en el paciente ni un solo miembro sano. 
Se enardece entonces el espíritu satírico del moralista 
austero, del español patriota, y empieza a flagelar a 
sus contemporáneos, sin perdonar más que a los humil- 
des. Veinte años tenía, cuando escribió ( 1600 ) las 
“Cartas al caballero de las Tenazas”, y el romance: 

“Yo. el menor padre de todos”, 

dos revelaciones plenas de lo que había de ser Queve- 
do en su producción : tan desenvuelto y cáustico en el 
estigma, como inagotablemente rico, vivaz y colorista 
en el lenguaje. 

Ambas condiciones no decrecieron ya, y debemos de- 
cir que con el correr de loa años, la primera de ellas, 
en vez de moderarse, por una mayor comprensión de 
las debilidades humanas, fué adquiriendo desenfado y 
violencia, mientras la segunda obscureció parte de sus 
méritos, por el exceso de sutiles ingeniosidades, en que 
se complacía el enconado escritor, cual si hubiera queri- 
do encontrar en los jugueteoa del concepto y en el en- 
marañamiento del estilo una complacencia compensa- 
dora contra el hastío y la repugnancia de que estaba 
enfermo su espíritu. 

¿Gracejo, jocosidad, espíritu alegre?, no distan una 
línea de ser una paradoja. Porque, en efecto, el alma 
de Quevedo estaba enferma... de la clarividencia sa- 
tírica. 


Larra, tan distinto y tan semejante a Quevedo, nos 
explica con su habitual profundidad en el artículo “De 
'la sátira y de los satíricos”, el tormento del escrito? 



136 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


que, teniendo el don de provocar la risa, es, a juicio 
del mundo, “un ser consagrado por la naturaleza a la 
alegría ”, y cuyo corazón “es un foco inextinguible de 
esa misma jovialidad, que a manos llenas prodiga a m 
lectores. ’ ’ 

Desgraciadamente no es así. Eea acrimonia misma, 
esa mordacidad jocosa que suele hacer tan a menudo 
el contento de los demás, es en el satírico la impasibi- 
lidad del espejo que reproduce las figuras, no sólo sin 
gozar, sino a veces empañándose. “Moliere era el hom 
bre más triste de su siglo.” 

Y bien: la vibración íntima que descubrimos en las 
obras de Quevedo, a través del hilarante cascabeleo del 
lenguaje y de las jornadas prominentes en que apare- 
ce desnuda su gallarda contextura moral de ciudada- 
no, de funcionario, de embajador y de amigo, nos obli- 
ga. a aplicarle la afirmación de Larra: “Quevedo fué 
el hombre más triste de su siglo”. 

Concuerda con este criterio Núñez de Arce, el robus 
to poeta de las “Estrofas”, cuando canta de Qu-evedo 

“Arranque de dolor, de ese profundo 
dolor que se concentra en el misterio 
y huye amargado del rumor del mundo, 
fue su sangrienta sátira cauterio 
que aplicó, sollozando, al patrio imperio, 
mísero, gangrenado y moribundo.” 

Y ese dolor incurable se lo produce efectivamente el 
espectáculo, a sus ojos terriblemente claro, del patrio 
imperio , “mísero, gangrenado y moribundo”. 

Se preconizaba la grandeza de España, y Quevedo 
asiste a. su desmoronamiento, precedido por dos reyes 
incapaces, a cuyo lado rebu'llen favoritos y consejeros 



m garcixjAso a rodó 137 

más incapaces aún. Se hace despliegue de boato, y no 
la riqueza honestamente adquirida con espíritu em- 
prendedor, sino el fruto del servilismo, de la prevari- 
cación, aparece a los ojos de Que vedo. Se decantan las 
magistraturas, y Quevedo, nauseado, no tropieza sino 
con jueces corrompidos, escribanos inmorales y algua- 
ciles sobornados. 

Se blasona de nobleza, y el escritor sorprende en los 
umbrales de cada mansión, la deshonestidad. Busca en 
medio del pueblo, virtud, desahogo económico, talento, 
y le salen al paso el desorden, la miseria y la necesidad. 

Inútilmente quiere reir, nos dice incisivamente Ce- 
sar Bar ja. 1 ‘ Quiere reir y acaba por llorar. M Muy caro 
le costaron sus laureles, y hubieron de ser más amargos 
que los de todos los otros poetas. 

¡Más amargos, sí! Y se explica. “Es difícil seguir 
los errores de los hombres, sin granjearse enemigos”, 
lia escrito Larra, el único satírico digno de recordarse 
al lado de Quevedo, Y el mismo Larra, quizás por ex- 
periencia propia, nos lo expone, porque el que padeció 
errores, tiene muy pocas veces la suficiente grandeza de 
ánimo para corregirse, sin vengarse. 

“Si a esto se añade que generalmente la sátira des- 
precia a los debite, porque trata de vencer oposicio- 
nes, y aquéllos están por sí solos vencidos, se deducirá 
fácilmente que el satírico, lio sólo ha de arrostrar ene- 
migos, sino enemigos poderosos.” 

Éstos tratarán, pues, de descargar su odio sobre el 
escritor, en todas las oportunidades. Y es lo peor del 
caso que en el seno del pueblo, por quien se sacrifica 
el escritor, no encuentra defensa, porque se le supone 
de mala índole, siempre dispuesto a la burla y al escar- 
nio. 

He ahí la- situación de Quevedo* su alma generosa 



138 


CLARA INÉS 20LESI SAN MARTÍN 


en tanta plenitud de amor a su independencia, come 
claro discernimiento del mal, irrumpe contra él, sin re- 
parar en quienes lo personifican. 

Desde el sastre garduña más inofensivo, al primer 
ministro inepto y rapaz, pero omnipotente, todos caen 
del mismo modo, bajo el rayo de su censura. Oigámosle 
prorrumpir : 

‘‘No he de callar, por más que con el dedo, 

Ya tocando los labios, ya la frente, 

7 7 

Silencio avises o amenaces miedo.” 

Los cuatro años de prisión fueron un glorioso mar- 
tirio para el ilustre poeta satírico, que supo inmolarse: 
altivamente en aras del bien y de la verdad, y consti- 
tuyen eterna infamia para sus verdugos, contra quie- 
nes dictó su fallo la histon'a. 

Ante el dolor estoico de su vida epilogada en tal for- 
ma, un silencio de respeto cubre las faltas que pudo 
presentar su vida privada (hijas de la época muchas 
de ellas), y, sobre todo, nos obliga a pensar en qué 
desolada angustia debió sentirse anegado, para que, 
olvidando m gracejo, escribiera de sí mismo estas 
acerbas palabras: 


;;B°y 

un escorpión maldiciente, 
hijo al fin de las arenas, 
engendradoras de sierpes.” 

Dejaría meompíefas estas breves notas sobre un as- 
pecto de la psicología de Quevedo, si no añadiese qué 
al lado de su tristeza vemos elevarse una estnoenda 
magzz&ninu-dad. 



DE GARCILÁSO A RODÓ 


139 


No es estoico si con este adjetivo se entiende signi- 
fica!’ la escuela de Séneca, el filósofo romano de quien 
fue admirador Que ved o. Es una magnanimidad de es- 
tructura cristiana. 

No sin razón se reconoce en nuestro autor un vigo- 
roso moralista y un místico. A la luz de su fe, desde 
las alturas de su innata y adquirida adustez, se hizo a 
un tiempo mismo más clara y más amarga su visión de 
las llagas cancerosas de su época, más purulentas que 
las sufridas por él en el calabozo de San Marcos de 
I/eón. 

Pero esa misma luz le iluminaba también las ideali- 
dades inmortales del alma, 

“de santa paz y de consuelo llenas”. 

.Sin esta fuente de optimismo, la pluma del escritor 
se hubiera convertido en puñal. Su gracejo y sus agu- 
dezas se hubieran trocado en roncos aullidos de maldi- 
ción. No; Quevedo, el gran satírico cristiano, conserva 
su investidura de arte y con ella su terrible ironía. 

Aun en el trance supremo de la muerte, el que pudo 
proferir frases lapidarias de flabelación contra sus per- 
seguidores, vigorizando su carácter ante la posteridad, 
nos trasmite dos rasgos reveladores de las dos modali- 
dades esenciales de su espíritu: la tristeza concentrada 
y el jovial humorismo. Manifiesta la primera en el ex- 
tremo de su vida activa, cuando al llegar por última 
vez a su torre de Juan Abad, escribe que entró ( Mo- 
liéndole el alma y pesándole la sombra”. 

Sólo conociéndole en toda su entereza de español y 
de cristiano ferviente, cabe sentir la profundidad de 
estas palabras, que son un portentoso retrato moral ele 
uno de los grandes caracteres que honraron la raza la- 
tina. 



140 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


El segundo, el humorismo, aparece como la luz de 
un relámpago, en su ocaso. 

Habiéndosele indicado que en su testamento dispo 
aiera un entierro con música, como de persona tan prir 
cipal, respondió él : 

“La música pagúela quien la oyere’'. 

Concentrada tristeza y jovial humorismo nutren su 
vasta producción satírica, interferenciándose a veces, 
y otras, las más, fusionándose. 

En ellas reside la grandeza de Quevedo, el escritor 
de cuyas obras festivas pudo decirse en hipérbole, que 
“si todas las risas que han producido se repitieran si- 
multáneamente en un tiempo dado, la nación española 
rompería en una enorme carcajada.” 

III 

SUS OBRAS 

La producción de Quevedo admira por Jo numerosa 
y varia. Comienza a los veinte años, y sólo reposan su 
cerebro y su pluma en 1644, cuando, tullido y cance- 
roso, a causa de su inhumano encarcelamiento recién 
sufrido, nos dice: “ya no es vida la mía, sino proliji- 
dad de la muerte”. 

Pero tanto como por numerosa y varia, admira su 
producción por el vigor y lozanía de ingenio en la se- 
rie satírica, por la profundidad del pensamiento en los 
escritos serios, por un tan señorial dominio de la for- 
ma, que en él pareció encarnarse el genio de la lengua 
castellana. 

Es cierto que no todas sus obras entrañan hoy para 



DE GARCILASO A RODÓ 


141 


nosotros ese interés que en su tiempo tuvieron* Mu- 
chas agitaron las esferas políticas y sociales de su épo- 
ca, por las circunstancias de orden público y a veces 
personal que las determinaron. 

En su misma actualidad limitada en el tiempo y en 
el espacio, reside el motivo de nuestra indiferencia a su 
respecto, aunque la madurez del estilo y la deslumbra- 
dora vivacidad y destreza del ataque, hagan de algu- 
nas, preciadas joyas de la literatura satírica. Tal la 
“Perinola”, bravia invectiva contra el doctor Juan 
Pérez de Mjontalbán, “graduado no se sabe dónde, en 
lo qué, ni él lo sabe.” 

Pero en cuanto roza hechos o pasiones de orden hu- 
mano, general, la perennidad reside en sus páginas. Y, 
felizmente para su nombre, para la. literatura españo- 
la, para nosotros, son muchas las obras destinadas a la 
inmortalidad, por ser profundamente humanas. Como 
son las obras satíricas que le valieron el sitial que ocu- 
pa en la literatura española, voy a ocuparme de ellas. 

Núcleo prominente entre éstas son los cinco sueños 
(publicados en 1627, pero compuestos entre 1607 y 
1622), titulados: “El sueño de las calaveras”, “El al- 
guacil alguacilado ”, “Las sahurdas de Plutón”, “El 
mundo por dentro” y “El sueño de la muerte”. 

En ellos Quevedo, bajo la ficción de visiones fantás- 
ticas, hace desfilar ante nuestra imaginación todas las 
deformidades morales cuya realidad le torturaba en 
su tiempo. Jueces, escribanos, alguaciles, médicos, boti- 
carios, alquimistas, poetas, sastres, mujeres, se contuer- 
cen característicamente en esos cuadros y ponen al 
descubierto sus vicios. 

<Se ha dicho que el gran satírico se inspiró en Dan- 
te. Considero más terribles las condenas de Quevedo 
que las de Dante Alighieri, En éste predomina el reo- 



142 


CLARA INES ZOLESÍ SAN MARTIN 


plaudor de la tragedia. Las pasiones se eugrandeeen 
con el castigo; un soplo de eternidad sublima en el ho- 
rror hasta lo que tiene visos de grotesco. 

Los contemporáneos del gran gibelino pudieron qui- 
zás sentirse orgullosos por la cabida que el genial poe- 
ta Ies diera en los círculos infernales. ¡En cuán distin- 
ta situación se encuentran los condenados de Quevedo! 

Cada sueño es una picota infamante. Cada movimien- 
to es una mueca. Cada frase es un sarcasmo. El poeta 
implacable modela a su placer la fisonomía de los per- 
sonajes, evidenciando las graduaciones de su criterio 
ético, en la especial complacencia (mejor fuera, tal vez, 
decir ensañamiento) eo-n que caricaturiza a médicos, 
escribanos y alguaciles. 

Agregúese a esto, que en dichas caricaturas, en m 
de presentar siempre rasgos comunes, reproducía per- 
sonas y personajes reales. De esta manera, con lo im- 
personal y lo particular extraído de la vida real, pre- 
senta Quevedo la más acabada pintura de aquella so- 
ciedad. 

Para dar más eficacia a cada cuadro, adopta Qm ro 
do, en vez deJ relato y la descripción, La forma dialo- 
gada. El carácter del personaje surge así más directa 
y vivamente ante la imaginación de los lectores. 

Sólo es de lamentar que las animadas y maliciosa; 
interlocuciones pierdan acá y acullá la elegancia de la 
sátira, para deformarse con toques de bufonería. Este 
género de sátira en prosa, donde el autor llega a la 
extensión dei folleto, es estrictamente quevediano en la 
literatura española. En él se manifiestan eonjuntamen 
te la exuberancia literaria del autor, toda desborde de 
fraseología, observación y agudeza, y su carácter in- 
quieto y nervioso, mal avenido con las lentitudes de 
las obras extensas. 



DE OARCÍLASO A RODÓ 


143 


'Con estos aneaos realiza Quevedo en las letras cas- 
tellanas lo que se llama en francés “panfleto”, diatri- 
ba acerada y sarcástica contra cosas y personas, cuyo 
creador fué en la literatura griega (siglo I antes de la 
E. 0.) Luciano de Samot-racia, panfletos que el humo- 
rista aeirio llamaba “diálogos”, como el “Diálogo de 
los muertos”, “Diálogo de los dioses”, etc., chispean- 
tes pinturas de la corrupción antigua, e invectivas ace- 
radas contra sus enemigos. 

Muchos son los condenados en el infierno dantesco. 
Pero, con todas sus justicieras iracundias y vengativo 
personalismo, no alcanza el florentino a congregar tan- 
tas, almas en su infierno, como hombres y mujeres co- 
rrompidos reúne Quevedo en su libro. Y téngase, en 
cuenta que Dante se encuentra con la población infer- 
nal de todos los siglos y de todos los pueblos, 

Se ha dicho, y no sin razón, que los sueños son la 
mejor obra artística de Quevedo, porque este género es 
el que estuvo más de acuerdo con su temperamento. 

Mal se avenía Quevedo al desarrollo paciente de 
obras extensas. Gozaba en las composiciones cortas, ya 
en prosa, ya en verso. Tuvo mucho de la condición del 
periodista moderno, satírico a lo Larra, o bien del pan- 
fletista “de pluma tan filosa y ágil como el florete”, 
cuya fogosidad se desahogó en la sátira. 

En esos cuadros de los sueños, como en las páginas 
del Buscón, alcanza su mayor perfección de estilista. 
En sus períodos candentes y chispeantes, las frases y 
las palabras nacen unas de otras y se animan con un 
misterioso transformismo. 

No es una fuente que mana, sino “caprichoso chorro 
que salta y se sacude en el aire”. Con motivado entu- 
siasmo, Marcelino Menéndez y Pelayo dedicó a los sue- 
ños el siguiente elogio: “Por la fuerza demoledora de 



144 CLARA INES ZOLESI SAN MARTÍN 

su sátira; par el hábil y contenido empleo de la ironía, 
del sarcasmo y de la palabra ; por el artificio sutil de 
la dicción; por la riqueza de los contrastes; por el 
tránsito frecuente de lo risueño a lo sentencioso; de la 
más limpia idealidad a lo trivial y grosero ; por el tem- 
ple particular de su fantasía comúnmente pesimista, 
Luciano revive en los admirables sueños de Quevedo, 
mi sabor todavía más aere, con una amargura y uña 
pujanza irresistibles, ’ ’ 

Lugar inmediato a los sueños corresponde a la “ Vi- 
da del Buscón ”, su novela picaresca. Como sus colegas 
en el mismo género, Quevedo narra, mediante la ficción 
de una autobiografía, la vida de un tipo maleante, Cle- 
mente Pablos. En este protagonista la herencia, la fal- 
ta de educación y el ambiente determinan las andanzas - 
del picaro. Es sucesivamente estudiante en Alcalá, 
enamorado, mendigo, comediante, salteador. 

•Comparándolo con Lazarillo, Bar ja dice que Pablos 
no se diferencia mucho. Viene a ser como un hermane 
mayor. 

Llama la atención, desde luego, a los recién iniciados 
en la literatura, que esta novela sea comúnmente lla- 
mada “El gran tacaño”. Se debe este nombre al relie- 
ve notable, deberíamos decir definitivo, que en la ima- 
ginación de los lectores adquiere el licenciado Cabra”, 
'descrito en las primeras páginas de la novela, con un 
colorido tan vivo y realista, que se le ha comparado al 
de algunas telas de Velázquez. 

Era un clérigo cerbatana, que tenía por oficio criar 
hijos de caballeros. Recibe en su institución para edu- 
carlos, aunque resulta luego para matarlos de hambre, 
a Diego Coronel y a Clemente Pablos. 

Pocas paginas, las del capítulo tercero, han bastado 
para inmortalizar grotescamente esta figura. ¿Fué sa- 



DE GARCILASO A RODÓ 


145 


caída de la realidad? Muchos comentaristas responden 
afirmativamente. En lo que todos concuerdan es en de- 
cirnos que, con su tendencia a la deformación, Que- 
vedo exageró la pintura dei “dómine”. El avaro es un 
-tipo de todas las sociedades y de todos los tiempos, des- 
de Plauto a Moliere. Pero la realidad posible del li- 
cenciado, no fue seguramente la que modeló (¿por ven- 
ganza?) Quevedo. Por lo demás, todo el cuadro del 
pupilaje, lo mismo que todas las pinturas de la nove- 
la, están cómica, o grotescamente exagerados. 

(Resulta de esta manera que “El Buscón”, brotado 
de un ingenio extraordinario como el de Quevedo, en 
i-a plena madurez de sus facultades artísticas, poseedor 
<¡$ todos los tesoros y secretos del habla ■castellana, no 
aventaja a “El Lazarillo de Tormes”, obra primige- 
nia, según se cree, de. Hurtado de Mendoza, quien, por 
la época -de su vida en que la escribió, por su inexpe- 
riencia literaria y por su falta de mayor dominio del 
léxico, no debía aventajar a Quevedo. La sencillez y 
naturalidad del “Lazarillo” nos atrae. La complica- 
ción de líneas y el conceptismo del “Buscón” aplicado 
a lo cómico, nos desalienta en la lectura. 

Y, sin embargo, abundan en la obr-a páginas de una 
rara perfección, sobre todo cuando Quevedo sabe ce- 
ñirse a. la descripción de la realidad por él observada. 

Mirada del. punto de vista moral, desde la pintura del 
hampa sevillana y de la madrileña, como en las obser- 
vaciones morales, intercaladas frecuentemente en el re- 
lato de las aventuras, se percibe un pesimismo más 
hondo y reconcentrado, que en las demás novelas pica- 
rescas. 

En ellas el pesimismo se desprende del propio rela- 
to; en éstas lo inyecta el propio autor. No sin motivó? 
ha dicho Américo Castro que “en el Buscón no queda 
resquicio para el menor idealismo”. 

10 



CONCEPTISMO Y GONGORISMO 


Se conoce con este nombre (gongorismo), la escuela 
poética viciada de rebuscamiento en las palabras, y 
excesivamente culta en la manera de decir (en el esti- 
lo). Góngora, el iniciador de esta escuela viciada, se 
había propuesto ennoblecer la poesía, darle una distin- 
ción aristocrática, en una palabra, hacer de ella una 
alta expresión artística tal, que resultase, no el placer 
del vulgo, sino el placer de los espíritus superiores. 

Pero llevado por este laudable deseo, fué más allá 
de lo que debía y exageró hasta resultar obscuro. So- 
bre todo se hizo más detestable el gongorismo en los 
escritos de los imitadores de ese gran poeta cordobés. 

En cambio, el conceptismo, consiste en hacer combi- 
naciones ingeniosas de palabras, o sea, verdaderos jue- 
gos de ideas con los juegos de palabras. Por ejemplo, 
‘ ‘ muero porque no muero”. 

Los poetas de esta escuela no se proponían, como los 
gongoristas o culteranos, deslumbrar con la nobleza de 
los términos , ni con la erudición del lenguaje, sino 
que pretendían hacerse admirar hallando combinacio- 
nes raras, algunas veces realmente felices, pero la ma- 
yor parte de las veces ridiculas. 

Al principio fueron dos escuelas distintas; el gongo- 
rismo era español; el conceptismo, de origen italiano; 
pero poco a poco el mal gusto fué dominando, liasta 
que gongoristas y conceptistas se confundieron, provo- 
cando la decadencia de la literatura. 


TEATRO DE MORATIN 


Leandro Fernández de Moratín :iene el mérito de 
haber sacado de su postración al teatro español, a fines 
del siglo XVIII. 

Es cierto que no le devolvió los esplendores del siglo 
anterior; pero con un talento notable supo, en sus co- 
medias, entronizar de nuevo el buen gusto, que había 
sido desterrado por los poetastros, por los malos tra- 
ductores, y hasta, por los plagiarios de las obras fran- 
cesas. 

Es, por lo tanto, digno del nombre que sus admira- 
dores le dieron: “restaurador del teatro espado 1 ” 

I 

MORATIN Y MOLIERE 

Se le llamó también con el dictado de “Moliere es- 
pañol”. Esta segunda designación es de una gran im- 
portancia. Con ella se quiere decir que abandonó la es- 
cuela genuinamente nacional y originalísima de los 
grandes escritores teatrales del siglo XVIT, para imi- 
tar a ese ilustre comediógrafo francés. 

En efecto: Moratín introdujo en España la comedia 


14S 


CLARA INES ZOLESI SAN MARTÍN 


satírica de costumbres, en la que había sobresalido mi 
maestro. No hizo, pues, ni por asomo, comedias de capa 
y espada, dramas ni tragedias, como lo habían hecho 
todos los grandes poetas de España, desde Lope de Ve- 
ga hasta Morete. 

La época de Moratín es una época burguesía o pro- 
saica; esa época, que precedió al romanticismo, o sea, 
a \a literatura idealista, sentimental y lírica. Por eso 
él no vio, no observó, no estudió ni reprodujo artísti- 
camente más que defectos y vicios de la prosaica bur- 
guesía de su época. Ni el pasado, tan lleno de episodios 
y leyendas, se reveló a la mente del poeta, ni este poe- 
ta tenía imaginación para interpretarlo. Lo vio todo 
pequeño y reducido, tan reducido que parecía no tener 
más que una preocupación al idear argumentos de co- 
medias; la preocupación de los casamientos desiguales. 
De ahí que cuando trata un tema de mayor amplitud 
o de otro orden, como es el de “La Comedia Nueva ”, 
adquiere un interés especial ante .la crítica y los lecto- 
res. Más todavía: se aleja tanto de los grandes poetas 
teatrales del siglo NVII ? que aparece terriblemente 
encerrado en la rigidez de las unidades: la de tiempo 
y la de lugar. 


II 


Moliere escribió sus mejores comedias en prosa. Mo- 
ratín hizo otro tanto. Pero, el teatro de Moliere es 
muy numeroso; el de Moratín se reduce a cinco obras 
originales: “El viejo y la niña”, “La Mojigata”, “11 
Barón”, “El Sí de las Niñas”, “La Comedia Nueva” 
dos arreglos y una traducción. Moliere llevó una exis- 
tencia agitada y fatigosa. Era autor, actor, director y 
empresario teatral. Moratín, en cambio, sólo era autor. 



DE GARCILASO A RODÓ 149 

Moliere hace resonar su látigo sobre algunos vicios hu- 
manos y defectos de la sociedad francesa: la avaricia, 
la hipocresía, la pedantería, la vanidad femenina, la 
manía de ilustración y las aprehensiones de enferme- 
dades. Moratín resulta poco menos que unilateral. Mo- 
liere es ágil, chistoso, irónico, muy jocoso y chispean- 
te. S¡u imitador es pensativo, grave, a veces humorísti- 
co, casi siempre malhumorado. El diálogo de Moliere 
es rápido; el de Moratín es lento. Moliere es brillante, 
algo difuso. Moratín es parco, severo, sentencioso. 

iMbliére se ríe de los vicios, sobre todo de las perso- 
nas inofensivas, como lo eran en su tiempo las gentes 
del pueblo y de la dase media, y con sus burlas trata 
de captarse las simpatías de los nobles, los realmente 
viciosos; pero ¡ay! los realmente temibles. A ellos les 
economiza disgustos y les prodiga comicidades a expen- 
sas ajenas. Moratín se enoja, vigoriza la sátira, llega 
hasta la mordacidad. 

Moliére combina de tal modo el cuadro, que la comi- 
cidad se apodera del espectador directamente. Mora- 
lín, no obstante su habilidad en combinar los elemen- 
tos de una situación, no sabe olvidar su carácter de mo- 
ralista e introduce su propio comentario. El francés da 
a sus tipos y caracteres un interés humano universal. 
El español es demasiado español. Limita las modalida- 
des de sus personajes de tal modo al ambiente tradi- 
cionalisfca y estancado de Madrid, que éstos, perdiendo 
su españolismo en una traducción, habrían perdido nna 
gran parte de su valor. 

En un punto coinciden ambos: su sátira se descarga 
contra los burgueses. En Moliere fluye gárrula y cen- 
telleante, unas veces como farsa pura, con todo el gra- 
cejo de la frivolidad; otras, como farsa compuesta, con 
la intención grave de la comedia de costumbres. Mo- 



150 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


ratín, por lo contrario, dado su temperamento, dado 
su tenaz espíritu de luelia contra los malos comedió- 
grafos de sil tiempo, dado su afrancesamiento mo- 
ral y dado el ambiente español, sólo vierte la frivolidad 
en pequeñas dosis, como puede verse en “El viejo y la 
niña”. Por eso los dos distan del gran teatro español 
del siglo XVII mucho más que por su obediencia a las 
famosas unidades, por su fondo mismo, es decir, por la 
categoría de los personajes, pasiones y finalidad de la 
obra. Moliere gana al público para la frivolidad, según 
una frase dje Azorro j Moratín se presenta ante la con- 
ciencia de sus esp< dadores y no trata de captarla por 
el contagio de la risa. En Madrid no había, a fines del 
siglo XVIII y a principios del XIX, una nobleza cor- 
tesana como la de Ver salles bajo el reinado de Luis 
XIV, de mayores deformidades morales que la clase 
media, pero dispuesta a mofarse de esta clase media, 
que impuso término a todas las burlas en 1793, hacien- 
do en la guillotina su espantosa hecatombe de la bur- 
lona nobleza que tanto gozara con el teatro de Moldé- 
re. Burgueses son los defectos, burgueses son los tipos, 
burguesas son las moraliz?aciones del teatro moratinia- 
no. Y como el espectadcm comprensivo debe ver en el 
escenario su propia disección, nos encontrarnos al mis- 
mo tiempo, con un comediógrafo grave y un especta- 
dor dolorido ante la lección severa y hasta cauterizan- 
te que recibe. 



UNIDADES DE TIEMPO Y DE LUGAR 


En las obras teatrales, los antiguos establecieron una 
ley llamada de las unidades. Estas son: la de tiempo y 
la de lugar. La primera consiste en que la acción des- 
arrollada en la obra teatral no exceda en el escenario 
del breve término de horas de una acción real. Debe, 
por consiguiente, disponerse la trama y el desenlace 
de manera que no deban interponerse plazos de tiem- 
po entre la acción de un acto y la de otro, como sucede 
en el teatro romántico. 

Observando las unidades de tiempo, el autor presen- 
ta a sus personajes en una sola época ; más aún, en un 
solo momento de su vida. 

La unidad de lugar consiste en que los acontecimien- 
tos presentados en escena, se desenvuelvan en un mis- 
mo sitio. Pueden ser partes distintas de una misma 
ciudad o de un mismo palacio; pero en la unidad ab- 
soluta de lugar no se hace cambio de decoración. Los 
personajes accionan toda la obra en la misma escena. 

El teatro español del siglo XVII no tuvo en cuenta 
para nada esta ley de las unidades. Así vemos los cam- 
bios de escenario •que tiene “El Alcalde de Zalamea”, 
y eso que esta obra es de las menos variadas. En la 



152 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


“Estrella de Sevilla”, el escenario cambia de la casa 
de Estrella a la corte del rey Don Sancho. 

Es cierto que la unidad de tiempo y de tugar, a pri* 
mera vista contribuyen a mantener la ilusión de los 
espectadores; pero, en cambio, dificulta considerable- 
mente la ejecución de la obra artística. 

En la realidad, los hechos llevados por el poeta a la 
escena, suelen ser suficientemente complejos como pa- 
ra no efectuarse en un solo sitio, ni en pocas horas. 

Por eso Víctor Hugo, y con él todos los autores de la 
revolución literaria de la primera mitad del siglo XIX, 
llamada romanticismo, desprecian las unidades. 




MANUEL JOSÉ QUINTANA 


H-e aquí un autor discutido. Cierto que el adveni- 
miento de las escuelas literarias que revolucionaron 
sucesivamente las letras españolas, desde el segundo 
tercio del siglo XIX, ha venido relegando a las leja- 
nías de lo pretérito los apasionamientos filosóficos y es- 
téticos que mantuvieron palpitantes las controversias 
sobre Quintana, hasta los comienzos de este siglo. 

Pero sin dejarnos transportar por los admiradores 
que le proclamaron “el sumo lírico”, ni descender a 
las negaciones de los que le conceden como único mé- 
rito la pomposidad declamatoria, creo que Manuel Jo- 
sé de Quintana es uno de los grandes líricos españoles, 
y el más notable del período de transición del clasicis- 
mo al romanticismo, o sea, el que comprende las pos- 
trimerías del siglo XVIII y el primer decenio del XIX. 

I 

El siglo XVIII tocaba a su termino. España, madre 
excelsa de la pléyade tan numerosa como excepcional 
de ingenios que formaron sus tesoros literarios en los 
siglos XVI y XVII, había perdido al mismo tiempo 


“su cetro de oro y su blasón divino”. 


154 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

Había dejado de ser la potencia respetable y respe- 
tada en lo político; había descendido a vivir a expen- 
sas de la mesa ajena en lo intelectual. 

Sin talentos vigorosos capaces de mantener sua pres- 
tigios anteriores, habíase “afrancesado” de tal modo, 
que ese siglo fuá para ella una verdadera noche de es* 
elavitud. Imperaba, la afición a lo que un autor llamó 
“el ridículo filosofismo con que caracterizara sus obras 
la última raza de escritores franceses.” 

La razón, analizadora y prosaica, aboga la sensible 
Udad. Mal podía reemplazarla el sentimentalismo ama- 
nerado y convencional de los filósofos y filosofastros de 
allende los Pirineos. A su contacto había muerto la 
poesía lírica. Ni pudo ser esta la única extinción'. 
Igual suerte cupo a los otros géneros que se enriquecen 
al impulso creador de la fantasía y del sentimiento. 

No había novelistas. No florecían ingenios teatrales. 
Audaces escritorzuelos, tan faltos de temperamento ar- 
tístico como ignorantes, infestaban a España con ma- 
las obras francesas y, sobre todo, con detestables tra- 
ducciones. Estragaban el gusto, al mismo tiempo qué 
corrompían el habla de sus ilustres antepasadoa 

Y, sin embargo, en 1713 el nieto de Luis XI Y, Fe- 
lipe V, instalado en el trono de España, a pesar de 'la 
guerra de sucesión, había .fundado la Real Academia 
Española, a semejanza de la francesa. Se comprobó en- 
tonces en España, como se comprobara ya en Floren- 
cia con la Academia de la Cruoca, que las instituciones 
de esta índole no crean el ingenio. Chucho haeen cuan- 
do lo reconocen y lo consagran. 

Esta ley no podía dejar de cumplirse en España. 
Por eso contrista el ánimo de los que amamos de ve- 
ras la literatura española del siglo de oro, por su mé- 
dula nacional, por la gallardía de los autores que su 



DE GARCILÁSO A RODÓ 


155 


pieron crear originalmente, por la áurea pureza y flui- 
da abundancia del idioma, cuando vemos el cuadro de 
su decaimiento y servidumbre en el siglo XVIII. 

A falta de artistas de inspiración nacional, aparecen 
(e“l fenómeno se repite en todas las decadencias) los 
preceptistas y los críticos. Tales fueron, por no citar 
más que los sobresalientes: Gregorio Moyana y Sisear, 
Antonio Capmani, Ignacio de Duzán, el apologista de 
Lope y demoledor del gongorismo ; Juan Pablo Fomer, 
poeta didáctico de “El buen gusto” 

Norma fundamental (o funesta) sustentada por ellos 
como fieles discípulos del doctrinario Boileau era: “Se- 
guid la razón; que nuestros escritos reciban siempre y 
solamente de ella su brillo y su mérito.” Ahora bien: 
“La razón proclamada por esos preceptistas, era la 
disciplinada sujeción a los cánones derivados de los clá- 
sicos antiguos y de los poetas franceses del Gran Siglo, 
imitadores de aquéllos.” 

La poesía, falta de espontaneidad y encerrada en la 
férrea armadura del preceptismo clásico francés, dege- 
neró en prosaica. Versificar era una labor mecánica, 
monótona y pedestre, a que dedicaban su tiempo, a ma- 
nera de simple desahogo, los que sabían expresarse co- 
rrectamente. 

No me permite la índole de este trabajo mayor ex- 
tensión sobre el particular. Básteme decir que en tan 
lamentable postración -languideció la literatura espa- 
ñola hasta finalizar el siglo. No es que el 4 4 afran cesa- 
miento y el prosaísmo” desapareciesen entonces, sino 
que un núcleo de poetas y de prosistas, no desprovistos 
de talento, aspiran a una renovación. Huelga decir 
que esta renovación fué clasieista. Formaron el núcleo 
predicho José de Cadalso, Nicolás Fernández de Mora- 
tín, Menéndez Valdés, Nicasio Alvarez Cienfuegoe y 
otros. 



156 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


Todos ellos siguieron en la lírica la innovación clasi- 
cista, preconizada por liuzán, pero simpatizando unos 
con la escuela sevillana y otros con la salmantina. De 
esta última salieron para conquistar la más alta nom- 
bradla Juan Nicasio Gallego y Manuel José Quintana. 

II 

Quintana, surgido en el ambiente recién descrito, 
llevará, pues, a su producción literaria, una doble in- 
ñuencia ; Ja de su educación filosófica y la de su educa- 
ción artística. Había nutrido m espíritu en las obras 
de los enciclopedistas y filósofos franceses que, como 
Vol taire, Montesquieu y Rousseau, después de encen- 
der en Francia el espíritu revolucionario, difundieron 
en España, respectivamente, con su sátira, con su dia- 
léctica y con su sentimentalismo, los principios libera- 
les y antirreligiosos. 

Bajo el imperio de esta filosofía, Quintana se enar- 
dece en ideales de libertad y de progreso. Sueña en las 
conquistas de la felicidad humana, mediante las cien- 
cias y la filantropía, a cuyo contacto desaparecerán de 
la tierra ía superstición y el fanatismo. 

La libertad, que en Francia constituyó el primer 
postulado de la gran Revolución, derribando al mismo 
tiempo el trono y el altar, estremece al joven poeta, * 
profunda, ahebradamente. En París le hubiera trans- 
formado, según acaeciera allá con otros españoles, en 
un fogoso revolucionario de club. 

En su patria, tan católica y tradicionalista, el poeta, 
librepensador, siente comprimidos en su propio cere- 
bro, las dogmas políticos y sociales ultrapirenaicos que 
lo exaltan. No hay tribuna ni club; no hierven en Ma- 
drid las masas populares. De Cádiz a Bilbao, España 



PE GARCILASO A RODÓ 


157 


soporta silenciosamente el envilecido y caduco trono de 
Carlos IV, 

El contraste entre las visiones interiores del poeta y 
las realidades que le envuelven, lo exasperan. No podía 
ser de otro modo, dado el temple rígidamente esparta- 
no de su carácter apasionado por el bien y por la ver- 
dad, enemigo de transacciones y eclecticismos, tan in- 
quebrantablemente firme en sus convicciones filosófi- 
cas, como había de serlo en la forma de sus líricas. 

¡Sometido a tal prueba, pudo el poeta filósofo inspi- 
rarse en las jornadas de la Revolución Francesa, entre 
cuyos resplandores de incendio cayeron, con la aureola 
de mártires de la libertad, tantas cabezas juveniles. 
No fue así; Quintana era, en primer término, español. 
For eso su pensamiento tan enamorado de la libertad 
como el de los más ardientes girondinos, se vuelve ha- 
cia el pasado en busca de jornadas españolas, y canta a 
Juan de Padilla, el vencido de Toledo, el infortunado 
caudillo de las revoluciones de las comunidades caste- 
llanas en 1521. El único 

“que osó arrostrar con generoso pecho 
al huracán deshecho 
del despotismo.” 

Es el primer grito que brota de su garganta y qui- 
siera para sus vibraciones, el poder de los ecos que en- 
cendieron de repente la llama de la gloria en la anti- 
, gua Grecia, y que convertían 

“a los tímidos ciervos en leones/’ 

Quiere hacer llegar a todos los ámbitos de España, 
de uno al otro mar, sus acentos, cantando “el honor, 
la constancia y la libertad”. 



158 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


Busca la patria en torno de sí, y descubre tan sólo 
un simulacro “pálido, triste ”, 

“de negro luto y de pavor cubierto, 

.que llora lágrimas de sangre 
y rompe los aires con lúgubre alarido / 7 

Vanamente discurre el poeta por la. historia, en bus- 
ca de honor y libertad, porque el destino de España 
fué: 


“dar nacimiento un día a un odioso tropel 
de hombres feroces, colosos para, el mal, 
a quienes la vil posteridad glorifica.” 

•Pero he aquí que surge en su memoria “una sombra 
sublime”, una sola, la única que con sus virtudes po- 
dría volver el valor a los hispanos, la única que podría 
sacudir su “torpe letargo”. 

Describe luego Quintana, el cuadro de la lucha entre 
“haces que combatir nunca debieron' 7 , pues las vincu- 
laba un hábito, una tierra, una ley, una religión y un 
habla comunes. 

Padilla sucumbe, arrastrando en su mísera caída, la 
libertad. Pero su espíritu vive y gira en torno de los 
españoles, mellándolos a la rebelión contra la tiranía, 
y la “exicial superstición 7 5 de los que esclavizan, con- 
virtiéndolos en “risa y baldón del universo 77 . 

El poeta, por los labios de Padilla, en su última es- 
trofa, hace ostensible referencia a la Revolución Fran- 
cesa, diciendo a sus conciudadano»: 

“¿No miráis cual brama, 
con cual furor se inflama, 



DE 0ARCILASO A RODÓ 


159 


la tierra en torno a sacudir del cuello, 
la servidumbre ?” 

Y arrebatado por la visión ultrapireinatea, el poeta 
le grita a España sus ansias de que 

“corra en sangre a sepultar su afrenta”, 

bajo el impulso vengador de Padilla, el héroe que an- 
taño fué el primero en abrir el camino de la virtud, 
patria y valor, y que debe ser hoy quien les devuelva 
la libertad y la gloria. 

Así fulminaba Quintana a Carlos V, el soberano que 
hizo decapitar a Padilla y su siglo: a Carlos IV y la 
ignominia de su propia época. 

Considero que m en vez de una oda hubiese escrito 
una proclama, y en vez de ser español el autor, hubie- 
ra sido un convencional francés, difícilmente sería más 
revolucionario el fondo, ni más ronca la maldición con- 
tra aquella España, en cuyo seno, según lo dice en su 
oda “A Gaspar de Jo védanos”, “veinte siglos de error, 
habían fundado el imperio del mal”. 

Un año más tarde (1798), cantó “Al mar”. Este es 
el título, pero no es al mar, a quien apostrofa épica- 
mente Quintana, el protagonista, sino la vencedora osa- 
día humana, que trueca en “nadantes alcázares el ce- 
dro y el pino de las montañas” y domina la inmensi- 
dad. Evoca a los grandes descubridores, para cuyas ge- 
nerosas frentes pide coronas de rosas y de laurel in- 
mortal, y termina imprecando la vil codicia y el odio 
fatal que enrojecieron ios mares. 

Con acento de profeta bíblico, pide al mar, que en 
ciego torbellino, por él, las soberbias naves guerreras 

“todas a un tiempo devoradas sean”, 



160 


CLARA INES ZOLESI SAN MARTÍN 


Pudo sorprender a los lectores de su tiempo, que en 
toda esta composición no hubiese ni una vibración de 
sensibilidad o de amor a la naturaleza. 

A esta oda siguió la tercera de las llamadas humani- 
tarias: “A la invención de la imprenta” (1800). As- 
pira Quintana a la majestuosa elevación pindárica, por 
su pensamiento filosófico, por la contextura épica, por 
el ímpetu de sus apostrofes. Y consigue este objeto de 
tal modo, que no obstante la vulgaridad de las ideas 
que constituyen para los lectores modernos el fondo de 
esta composición, se la considera de las mejores. 

“La estúpida ignorancia y tiranía ; el monstruo in- 
mundo y feo que osó fundar su abominable solio” en 
Roma; “la atroz cadena que forjó en su furor la tira- 
nía”; la razón elevada sobre “la estúpida violencia de 
la fuerza”, son el haz de frases entonces novedosas y 
atrevidas, en el ambiente español, frases revoluciona- 
rias que, como lava candente, brotan de la inspiración 
juvenil y sincera del poeta, amamantado a los pechos 
de la filosofía francesa, 

Si la revolución hubiese estallado entonces en Espa- 
• ña, habría tenido en Quintana su primer cantor. Pero 
ocho años más tarde (1808), las armas francesas, for- 
jadas en la fragua de esa misma revolución, trasponen 
los Pirineos. “La vieja y frailuna España”, se vió, 
mal de su grado, arrastrada a una sangrienta lucha de 
resistencia “contra las ideas y los hombres, que Quin- 
tana adoraba y ponía sobre las estrellas”. 

¿Qué haría, pues, en este decisivo momento históri- 
co? El lírico humanitario, el poeta filósofo, que había 
sido el eco de las ilusiones y del sentimentalismo y has- 
ta de los rencores y fobias de los enciclopedistas y vol- 
terianos del siglo XVIII, para gloria de su nombre y 
de su raza se transforma en el Tirteo español. 



DB OAHCILASO A RODÓ 


161 


Pudo conservarse al margen de la guerra. Goethe lo 
había hecho en circunstancia aun más comprometedo- 
ra. Pudo también, como otros esclarecidos poetas y ciu- 
dadanos, esperar propicia coyuntura para afrancesar- 
se. Pudo. . . Nadie que conociera entonces, ni menas 
aún nadie que conozca hoy, siquiera sea someramente, 
el carácter honrado y la mentalidad sincera de Quin- 
tana a través de su biografía, admite esas posibilida- 
des. En su carácter y en su. mentalidad está precisa- 
mente la grandeza moral del eminente patriota. Por 
eso estalla su alma, toda su alma, en los cantos más al- 
tamente fogosos y robustos de la poesía castellana, sin 
excluir las celebradas canciones del pindárico Herrera 

En abril de 1808 escribió “A España después de la 
Revolución de Marzo”, y tres meses más tarde produ- 
ce “Al armamento de las provincias españolas contra 
lee franceses”. A éstas deben agregarse, por su misma 
inspiración poética, “A Guzmán el Bueno” y “A Tra- 
falgar”. En sus ardientes arrebatos transforma en 
metal de candente patriotismo sus estrofas contra 

“esos atroces vándalos del Sena.” 

No fué el primero en los campos de batalla; pero sí, 
aparece como el más alto pregón del grito nacional: 
“¡Fuera, tiranos!”, aquel sublime grito que fué en to- 
da la península y es en la historia todavía 

“eco de vida, manantial de gloria.” 

Recuerda entonces el poeta, con estremecido orgullo, 
“el manto, la diadema, la augusta majestad” que ador- 
naron a España. Cierto es que en el contexto de este 
canto de épica entonación, acá y acullá inserta el au- 


u 



i 62 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


tor ornatos de erudita e inoportuna mitología e histo- 
ria griega. Son los resabios de ia escuela clásica, más 
que española francesa, seguida por el poeta. 

Pero, por encima de Salamina y Platea, del Olimpo, 
de 'Marte y -de Júpiter, predomina en las estrofas, la 
inspiración directa, genuinamcnte española, con la qua 
habría seguramente obtenido al mismo tiempo, mayo- 
res efectos de belleza literaria y mayores efectos de 
emoción en el ánimo del pueblo, sin necesidad de ade- 
rezos ni artificios clásicos. 

¡Culmina e*l arrebato lírico de Quintana en sus estro- 
fas 4< A España después de la Revolución de Marzo”. 
En ella se engrandece el patriota y adquiere el poeta 
su mejor título a la fama. Con la visión sintética, pro- 
pia de la lírica, evoca el poeta la magnitud política y 
moral de la España a quien 

*' reina del mundo proclamó el destino”, 

Y la contrapone a la de su tiempo, í£ hundida en el 
seno del oprobio ”, Sobre ella lanza sus guerreros "el 
Tirano del múñelo”. España se estremece. 

c ‘ Rompió el volcán que en su interior ardía,” 

Por fíu, los labios del poeta pueden dar al viento el 
nombre augusto de la patria, pero no en el arpa de oro. 
Necesita la lira de Tirteo. 


4 ‘En la alta cumbre 
del riscoso y pinífero Fuenfría, 
allí volaré yo, allí cantando 
con voz que atruene en rededor la sierra, 
lanzaré por los campos castellanos, 
los ecos de la gloria y de la guerra.” 



DE GARCIDASO A RODÓ 


163 


Surgen en la visión épica de este canto, las sombras 
augustas del tercer Fernando, de Gonzalo, del Cid, 
para enardecer a sus hijos, raza de héroes, que deben 
jurar : 


“¡ Antes la muerte, 

que consentir jamás ningún tirano !” 

El tono épico se vigoriza más aun en la última estro- 
fa* El vate trueca la lira por las armas; maldice a los 
cobardes y no teme la^ muerte, pues le permitirá re- 
unirse con los héroes patrios, que fueron, para anun- 
ciarles que España: 

“vuelve a dar a la tierra amedrentada 
su cetro de oro y su blasón divino.” 

Es lástima que en el momento histórico de tan so- 
lemne realidad, en que cada estrofa y cada, palabra de- 
bían penetrar derechamente en el alma de las masas 
papulares, para inspirarlas a la victoria o al martirio, 
Quintana haya malogrado en parte ese íin, con algunos 
trasnochados recuerdos clásicos. 

En una sentida exclamación, genuinamente española 
y cristiana, acaba de decir el poeta, refiriéndose a Es- 
paña : 


“¡Qué de plagas, oh Dios!” 


del miamo modo que exclamara en la poesía anterior- 
mente comentada: 

“Despierta, ¡ay, Dios!” 


/Oh Dios!... ¡Ay Dios!... ¡Qué grandeza y eleva- 
ción de sentimiento en estos arrebatos interjectivos! 



164 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


Aquí el poeta es de su tiempo, de su país y... de su 
credo, porque es espontáneo. 

Pero pocos versos más abajo, - quiebra nuestra emo- 
ción y nos desilusiona hablándonos del Templo de Ja- 
no y de la trompa de Marte, y de los dioses tutelares, 
quisicosas contraproducentes par? el pueblo, que no las 
entiende y para los eruditos que las encuentran risi- 
bles y ñoñas y traídas de los cabellos. 

El poeta italiano Le o p ardi, en su célebre canto “A 
Italia”, escrito en 1818, con una entonación y varios 
pasajes que nos recuerdan la oda “A España”, de 
Quintana, tiene el -buen gusto de olvidar la mitología, 
no obstante su enfervorizada evocación de los 

‘‘vetustos y amados y benditos tiempos antiguos.” 


El también, temiendo que nadie defienda a su pa- 
tria, prorrumpe: 

“;Las armas, dadme las armas, yo solo combatiré, su- 

[cmnbiré yo solo!. 

; Concédeme, ¡oh Dios!, que sea fuego a los itálicos 

[pechos, mi sangre!” 

Es que en tales circunstancias, el poeta es hijo del 
pueblo, por su sangre, por sus sentimientos, y no escla- 
vo de escuela alguna que deforme su espíritu, convir- 
tiéndolo en un ser anacrónico. 

Es el mal de las escuelas. La escuela clásica restó 
grandes méritos al lírico Quintana. Se los restó, prime- 
ro, en el conjunto de composiciones académicas, como 
“A Célida”, “A Fileno”, “A una negrita”, etc., don- 
de rivalizan la trivialidad de los asuntos con la ama- 
nerada languidez de la forma. Pero sobre todo se lo» 



DE GAKCILASO a rodó 


165 


restó en las composiciones de tono épico, donde debió 
triunfar sin menoscabo la gallardía excepcional, del 
Tirteo español. La misma fidelidad que guardó al cla- 
sicismo francés, dado el temple de su carácter ‘‘todo de 
una pieza”, la guardó a sus convicciones filosóficas y 
político-sociales. Y de tal manera, que llegó hasta el 
sacrificio. 

A su liberalismo arraigado e inflexible sacrifico su 
bienestar personal, A sus convicciones filosóficas y a 
mñ principios literarios, sacrificó el privilegio augusto 
del canto, pues se condenó al silencio en lo mejor de su 
vida (1830). 

■Se le inculpa de “prosaísmo”. Y queriendo vigori- 
zar este cargo, se le recrimina el recurso de haber es- 
bozado en prosa las ideas fundamentales de sus gran- 
des composiciones líricas, para someterlas después al 
modelado de la métrica y a una paciente labor de cin- 
cel. La varonil contextura de aquéllas fué tildada de 
oratoria, y la fogosidad que enrojece épicamente sus 
evocaciones y apostrofes, de retórica artificiosa, sin 
considerar que esta alma grande de poeta lírico, no 
exhalaba melodías para deleite de algunos estetas soli- 
tarios, sino que se desató en cantos heroicos para todo 
su pueblo, en todos los ámbitos de su patria. 

Bella, indudablemente, es la idealización del poeta 
que, investido súbitamente por divinos transportes, 
afiebrado casi hasta una sublime inconsciencia, trasun- 
ta en su obra el misterio de sus visiones, el esplendor 
de su verbo, la armonía que subyuga. Quintana no es 
demiurgo. No ilusiona a sus lectores con los signos de 
un iluminado. Encauza en formas estudiadas la pasión 
que caldea su ánimo; estudia los elementos de fondo; 
medita su plan y escribe. Vuelve sobre lo escrito con la 
excitación del poeta que ansia despertar emociones; 



166 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


pero también, con la serenidad del artífice que pule,- y 
que, excediéndose, deja entrever su labor hasta dar en 
lo artificioso. 

Según lo que expuse en el bosquejo preliminar de 
esta crítica, hay sobrado -motivo para aplicar a Espa- 
ña lo que de Francia dice Mienéndez y Pelayo: ‘‘Bajo 
el concepto poético, el siglo XVIII es un inmenso erial ” 
Pero, de ese erial, apenas interrumpido en sus confines 
con el siglo XIX por el florecimiento de Aivarez Cien- 
fuegos y Sfeléndez Vatdez, los dos maestros de Quinta- 
na, surge este poeta, que es poeta de verdad, hasta 
obligarnos a la comparación con Luis, el salmantino y 
Herrera, el sevillano. 



MARIANO JOSÉ DE LARRA 


PREIjIMIN ARr—EL HOMBRE — SU OBRA — EL PESIMISMO 

DE LARRA 

«Si nos fuera lícito adjudicarnos el titulo de 
escritores satíricos, confesaríamos inger. u&men* 
te que sólo en momentos de tristeza nos es 
dado aspirar a difertir a los demás». 

Mariano J. <U Larra, 

¡Pocos años faltan para que el mundo de habla espa- 
ñola solemnice el primer centenario de la muerte de 
Larra (13 de febrero de 1837), el escritor cuyas obras 
tienen por excelencia el prestigio de una perenne y vi- 
va actualidad. 

Cinco años tan sólo de producción, entre los veinti- 
trés y los veintiocho, bastaron, sin embargo, para que 
su nombre quedara consagrado en el núcleo de los in- 
mortales, y, sobre todo, para que m obra de costum- 
brista y de crítico literario, nos trasmitiera las vibra- 
ciones dé su pensamiento y de su corazón privilegiados, 
de una manera tan raramente sugestiva, y aleccionado- 
ra, que nos parece un escritor de nuestros propios 
tiempos. 

Tiene, en efecto, modalidades de criterio literario, 
inquietudes- de espíritu, afanes y aspiraciones de pro- 


168 


CIARA INÉS ZOLESÍ SAN MARTÍN 


greso, que en gran parte sentimos nosotros, al mismo 
tiempo que nos atrae y cautiva su manera de decir, 
tan en consonancia con la nuestra, como distinta de k 
que, aun gustándonos, nos resulta más o meno3 extraña 
en los demás autores españoles de aquella época y has- 
ta de nuestros días. 

En tanto que éstos, de Mesonero Romanos a. Ricardo 
León, españolizan, dándonos, juntamente con el sabor 
de su "tierruea”, un especial saborciílo idiomático, 
rancio o académicamente puro, Larra es muy antiguo 
y muy moderno; acendradamente español, pero sin ve- 
tustos exclusivismos, castizo en el decir, pero tan es- 
pontáneo, tan claro, tan ágil, tan enemigo de todo ar- 
tificio preceptuado, que de>sde el primer momento núes* 
tra simpatía ee adhiere, diciendo: "Este es el autor 
que me agrada.” 


I 

EL HOMBRE 

De pocos autores pudo decirse con más verdad que 
de Larra: "Importa conocer el autor, para compren- 
der más acabadamente la obra/ 7 Se desprende,, en 
efecto, de las "circunstancias 7 ’ un deterninismo que, 
sin convertir en simple juguete al ser humano, según 
la expresión del propio Larra, en su artículo sobre este 
tema, ejerce, sin embargo, un indudable poder. 

En 1812, a los tres años de edad, fué llevado a 
Francia. Allí estuvo cinco años. Este lustro no com- 
prende toda su vida infantil. Pero bastó para que un 
espíritu tan comprensivo y observador como el suyo, 
retuviera como un fermento enérgico, para lo restante 
de su breve existencia, la visión de un mundo, tmio 



m GAKCILASO A RODÓ 169 

más obsesionante, cuanto más habría de idealizarlo 
desde su regreso a España, en 1817. 

A la educación francesa siguió entonces la enseñan- 
za española, no sin violencia, para aquel niño precoz, 
de nueve años, que sólo sabía hablar francés. ¡Raro 
caso! En ese niño de nueve años, afanosamente dedi- 
cado al estudio de la lengua patria, ¡quién sospecharía 
entonces al incomparable ironista, que con tanto do- 
naire y autoridad se burlaría de los galip arlantes? 

Terminado su primer curso de filosofía en Vallado- 
lid, interrumpió súbitamente los estudios, por causas 
todavía ignoradas, pero tales, que transformaron pro- 
fundamente su carácter. El que había sido niño jovial, 
confiado y expansivo, se volvió un adolescente triste, 
receloso y callado. 

Aceptó un puesto, pero mal avenido con el rutinario 
expediente oficinesco, lo renunció. Después de dos años 
de perplejidades, comprendiendo su verdadera voca- 
ción, comenzó a dedicarse por entero a las letras. Ca- 
sado ya, a los 20 años, y con los apremios económicos 
de su recién formado hogar, publica sus primeras pro- 
ducciones entre 1830 y 1832. De ellas poco provecho ni 
gloria obtuvo Larra, aunque en el 4 'Duende satírico”, 
despuntara ya el ingenio humorístico, tan admirado 
en “Fígaro”. 

Bu verdadera entrada en el mundo literario la efec- 
tuó en agosto de 1832, con la primera publicación de 
su “Pobrecito hablador”. Puede afirmarse que esta 
plena revelación del escritor satírico, inmortalizado 
desde entonces bajo el nombre de ■ £ ‘ Bachiller Don 
Juan Pérez de Murguía”, no se hubiera producido sin 
el advenimiento del régimen liberal, otorgado a Espa- 
ña por la reina María Cristina, como una inevitable 
-reacción contra la restricción de las libertades, y en 



170 


CLARA INES ZOLESI SAN MARTÍN 


primer término la de la imprenta, que fuera tan ri- 
gurosamente sufrida bajo el reinado de Fernando VII; 

Al estudiar las obras de Larra, evocaremos este mo- 
mento histórico de su vida de escritor. No debieron ser 
tan amplias las libertades otorgadas al pueblo por el' 
nuevo régimen, cuando a pesar de las atenuaciones con 
que moderó su humorismo y evitó las censuras políti- 
cas, se vio Larra obligado a suspender su periódico, en 
el número 14 (marzo de 1833). 

Inútilmente había escrito para su propio descargo, a 
fm de evitar suspicacias gubernativas: “No tratamos 
de inculpar en modo alguno, por los cuadros que va- 
mos a describir, al justo gobierno que tenemos; no hay 
nación tan bien gobernada donde no tengan entrada 
más o menos abusos.” Inútilmente también había de- 
clararlo que “sólo hacía pinturas de costumbres, no re- 
tratos”; que nunca se puede desagradar a la autori- 
dad “levantando la voz contra el vicio y el desorden, 
y mucho menos si se hacen las críticas generales, em- 
bozadas con la chanza y la ironía.” 

No había pasado aún la época del absolutismo, y 
Larra, con no menos clarividencia de los mato de m 
época que Francisco de Quevedo de los vicios y lacras 
de la propia, hubo de sufrir el ■amordazamiento de la 
censura. Por este motivo se vio obligado a no publicar- 
sino artículos de crítica literaria y teatral, y algunos 
de costumbres. 

Estallando, a la muerte de Fernando VII, la guerra 
carlista, que convulsionó a España durante ocho años, 
Larra, liberal por educación y por convicciones, co- 
menzó la serie de sus artículos de sátira política, los 
más originales por su estilo y los más sarcásticos por 
su apasionamiento. 

¿Por qué se había embanderado Larra tan ardoro* 



DE GABCILÁSO A RODÓ 


171 


sámente contra el carlismo? ¿Acaso temiera, — nos de- 
cimos, — que su visión de una España progresista se 
borrase como una niebla matinal, con el triunfo de 
los conservadores carlistas? Puede responderse afirma- 
tivamente, recordando que el liberalismo de Larra fue 
de raigambre volteriana. Pero pronto se marchitaron 
sus ilusiones. España, organismo atacado por un mal 
interno grave, venía agitándose dolorosamente, desde 
los comienzos del siglo, e inútilmente ensayaba refor- 
mas sobre reformas. Pasaba de una constitución a otra 
constitución, de una revuelta a otra revuelta, de un 
gabinete a otro gabinete. Había descendido de lo épico 
a lo ridículo. La confianza había huido con la buena fe 
burlada. 

Larra, dotado de un raro discernimiento, de un sen- 
tido práctico digno, según Edgardo Quinet, de Sancho 
Panza, comprende, ¡que las revoluciones desarrolladas 
bajo su mirada, nunca podrían remediar a España, 
porque eran puramente políticas, es decir, externas, de 
móviles ambiciosos y egoístas, y, por lo tanto, inútiles, 
o, lo que es peor, contr apro dueen tea 

Lo que el patriota sincero, el observador agudo, re- 
conoce indispensable, es una revolución interna, “ pe- 
dagógica’ J , según la llama Miguel S. Oliven; una revo- 
lución que transformara las entrañas de la vieja socie- 
dad española. Desde ese momento puede afirmarse que 
Larra deja de ser liberal español. En lo político se 
bace conservador; en sus aspiraciones ideológicas y en 
su propaganda, se ha vuelto el apóstol acre y tenaz clel 
espíritu europeísta. 

Necesito advertir que no empleo el nombre de “após- 
tol”, figurada ni hiperbólicamente. Larra se sacrificó 
a esta causa. Podríamos decir que por ella murió. En 
esa 'lucha compromete toda su pujanza de escritor, to- 



172 CLARA INÉS Z10LESI SAN MARTÍN 

das las energías de su carácter, con una generosidad 
tan herniosa como temeraria. Empieza con artículos 
tan chispeantes y vehementes como “La planta nueva” 
o “El faccioso 1 ’ y “La junta de Castel-o-Branco”, y 
termina con otros tan vehementes a su vez y tan lúgu- 
bres, como el dedicado a la muerte del Conde de Cam- 
po Alange y “El día de difuntos de 1836”. 

Para realizar sin desmayos la misión que su propio 
temperamento, su excitado orgullo y las circunstancias 
le imponían, necesitaba ese acopio de fuerzas morales 
que sólo puede proporcionar al hombre ia educación 
religiosa, y ese equilibrio de espíritu que se traduce en 
serenidad cuando no en alegría. Pero, en cuanto a lo 
primero, encontrábase Larra en la decepcionante situa- 
ción de su sobrino, el protagonista del dramático ar- 
tículo “El casarse pronto y mal”. 

Escribiendo a la madre momentos antes del suicidio, 
decíale: 4 ‘iladre mía, dentro de media hora no.existb 
ré. Cuidad de mis hijos, y si queréis hacerlos verdade- 
ramente despreocupados, empezad por instruirlos... 
Que aprendan en el ejemplo de su padre a respetar lo 
que es peligroso despreciar sin tener antes más sabi- 
duría. Si no les podéis dar otra cosa mejor, no les qui- 
téis una religión consoladora . Que aprendan a domar 
sais pasiones y a respetar a aquellos a quienes lo deben 
todo. Perdonadme mis faltas; harto castigado estoy 
con mi deshonra y mi crimen; harto cara pago mi fal- 
sa despreocupación. Perdonad las lágrimas que os ha- 
go derramar. Adiós, para siempre.” 

El excelso escritor, no sin motivo deploraba que le 
hubiesen quitado “la fuerza de una religión consola- 
dora”; comprende 4 ‘la absoluta aridez, el páramo in- 
menso de su alma, desnuda de toda ilusión, de todo 
rayo de luz, de toda esperanza”. Por tal causa, su vivir 



DE GARCILASO A RODÓ 113 

fué una desolación violenta, un incendio que proyectó 
un tinte lívido sobre sus escritos. 

En cuanto a lo segundo, su misma gloria, tan rápi- 
da y brillantemente adquirida, y con ella las simpa- 
tías del mundo de sus lectores, han hecho que la. trági- 
ca sorpresa de su muerte nos parezca cosa de ayer y no 
de hace un siglo. 

Conociendo su obra y presumiendo por ella los altos 
destinos literarios a que lo elevaría su talento, sufri- 
mos ante el hecho de que, según las propias frases de 
su “Delirio filosófico”, hubiese echado mano de su co- 
razón arrojándolo a los pies de una mujer, que fué 
arrojarlo a la desesperación y al suicidio. 

Faltándole, pues, aquella fuerza moral permanente 
y enturbiándose su pensamiento, por la causa prediclia., 
de orden privado, se comprenden los arrebatos de pesi- 
mismo que ensombrecen sus páginas, después de haber 
desordenado y ensombrecido definitivamente su espíri- 
tu, hasta entregarlo a la muerte, en plena juventud, en 
13 de febrero de 1837. 


II 

SU OBRA 

No me es posible estudiar 1a. obra del novelista, ple- 
tórieo de cultura histórica y de sentimientos románti- 
cos, que nos dejó en “El doncel de Don Enrique el 
Doliente”, más que un éxito de inspiración, un esfuer- 
zo. Debo igualmente prescindir del autor teatral, tan 
débil en las creaciones propias, como notable en sus 
juicios críticos de ias ajenas. 

La gloria de su nombre brotó de sus artículos de 
costumbrista, de satírico y de crítico teatral. Es tal el 



174 CLARA INES ZOTJBSI SAN MARTIN 

mérito intrínseco de cada una de estas series, que bas- 
tarían por separado para proclamarle modelo, con los 
relieves de una de las ligaras más representativas de h 
literatura española en el siglo XIX. 

En la primera serie tienen preeminencia ‘‘El caste- 
llano viejo”, “El duelo”, “La diligencia”. “Baile de 
máscaras”, “Las casas nuevas”, “Modos de vivir, que 
no dan de vivir”. 

¿Se ríe “Fígaro” al dejar deslizar su pluma retoza 
na por las blancas cuartillas para, darnos en cada uno 
de esos cuadros una visión de la España de entóneos! 
El mismo nos responde rotundamente que no. Su gra- 
cejo es puramente verbal. El escritor satírico, sufre. 
Cada página es una reacción de su espíritu y una pro* 
testa de su pluma. Las reacciones íntimas de Larra, 
son aún más clolorosas que las de Quevedo, y su humo- 
rismo es más amargo en el fondo y en la expresión. ge 
demuestra siempre un “elegante”, un temperamento 
fino y sensible. Léase a este respecto ¡su estupenda sá- 
tira “j Entre qué gente estamos!” Sabemos, además, 
que fue una mentalidad excepcionalmente culta y mo- 
derna. Podemos inferir de aquí el disgusto del hombre,, 
los afanes del patriota y el desdén sarcástico del escri- 
tor satírico, ante las realidades de un mundo grosero, 
tosco, ignorante y viejo. Frecuentemente se empina so- 
bre el desolado páramo de la meseta de Castilla el pen* 
semiento de “Fígaro”, como oprimido por el ahogo de 
los tipos, costumbres e instituciones que describe, y se 
vuelve hacia los Pirineos, para aspirar, nostálgico -y 
rebelde, las auras de Francia. Y más allá de París, la 
capital del mundo, no desdeña el recuerdo de los mis- 
mos pueblos del Norte. Europa es activa, emprendedo- 
ra, estudiosa, culta, porque el pueblo tiene, con la con- 
ciencia de m dignidad, el goce de sus libertades. 



DE GARCILASO A RODÓ 


175 


Cuando se inclina para contemplar nuevamente al 
pueblo español, recae en su pesadilla abrumadora y 
violenta. Fondas sucias, coches destartalados, diligen- 
cias abominables, jardines desiertos, oficinas indolentes, 
bailes inmorales, cómicos ignorantes, un pueblo entre- 
gado a fatalista resignación, una España invertebrada ; 
he ahí los elementos de aquella pesadilla, por cierto, 
más honda cpie la de Quevedo, en sus ‘‘Sueños” 
Conociendo este aspecto íntimo de Larra, debemos 
sorprendernos de la jovialidad con que supo revestir 
muchos de sus artículos; pero, sobre todo, debemos ad- 
mirar la serenidad con que pinta muchos cuadros de 
la vida matritense, porque aquella vestidura jovial y 
esta serenidad de tonos, son las apariencias. Tras ellas 
se esconden las realidades que su afán quisiera aven- 
tar de España, para modernizarla. Por eso mismo, ¡ qué 
distancia entre el costumbrista Mariano José Larra y 
Mesoneros Romanos, el autor de las entonces tan cele- 
bradas “Escenas matritenses”! No es mi propósito 
compararlos. Basta decir que Mesoneros es un hombre 
del pasado, allí donde Larra lo es del porvenir; que 
saborea el placer de fijar en las pinturas las mismas es- 
cenas que excitan el desdén de “Fígaro”. Lo que es 
familiar, risueño, pintoresco, para Mesoneros Romanos, 
es extraño, deplorable, repulsivo para el segundo. El 
tiempo dio la razón a “Fígaro”. Aunque éste, tan 
prematuramente arrebatado al mundo, no haya visto el 
triunfo de su propaganda en la evolución de las cos- 
tumbres españolas, dejó con sus artículos un fermento 
tan activo a la idiosincrasia de su país, que a despecho 
de la evolución literaria sobrepuesta al período román- 
tico y a través de las mutaciones político-sociales de 
casi un siglo, sus artículos conservan indiscutible auto- 
ridad normativa, y una vida tan lozana, que nunca la 



176 


OLAIS A INÉS ZOUESI SAN MARTÍN 


tuvieron las páginas de Mesoneros y que difícilmente 
pueden oí reiremos los escritos de hoy. Los escritos po- 
líticos, como en general versan sobre hechos y situa- 
ciones circunstanciales, cuyo conocimiento exigen un 
estudio especia! de la época, no tienen hoy la populari- 
dad que merecen. 

Campea en ellos, a la par de una alta inspiración pa- 
triótica y de una honda intensidad de alma, un humo- 
i' i sino cáustico e implacable, una ironía mordaz y una 
fuerza cómica, no igualados en nuestro idioma. 

Refiriéndose a “Fígaro”, como articulista político, 
escribió Edgardo Quinet, en 1843: “Tanta sangre fría 
dentro de lo irónico, en medio de pasiones de tal ma- 
nera desbordadas, eso es lo que no se ha visto hasta 
ahora en otra parte.” Páginas donde se notan especial- 
mente estas condiciones son las “Cartas de Fígaro a 
un bachiller, su corresponsal”, “Buenas noches”, 
“Dios nos asista”, “Dos liberales”, “Lo que es enten- 
derse”, “El siglo en blanco”, “La alabanza” o ‘‘Que 
me prohíban esto”. 

Por separado, dada su amplitud de fondo, debo citar 
“Las palabras" y “‘Las circunstancias”, “Lo que no 
se puede decir * \ El primero es una lección vigorosa y 
acre de idosoiía moral, que nunca será suficientemente 
alabada, aunque en ella comenta los programas guber- 
nativos, los manifiestos revolucionarios, las esperanzas 
de regeneración, tan pródigas en aquella época. El in- 
terés que entraña no tiene limitación en el tiempo ni 
en el espacio. Con justicia lia dicho el publicista cata- 
lán Miguel S. Oliver, que “desde lo actual y contin- 
gente se eleva muy pronto hasta las universales de las 
abstracciones filosóficas y cobra valor de eternidad, tan- 


to que parece un jirón arrancado de la gran tragedia 
de Shakespeare, y podría empalmar y zurcirse con 



DE GAKCILASO A RODÓ 


177 


(malquiera de los terribles monólogos del príncipe di- 
namarqués, sin dejar rastro de la soldadura. ” Asi en- 
grandece este crítico a “Fígaro”, en el trozo que nos 
ocupa. 

Este artículo nos produce turbación y encanto, des- 
de los primeros párrafos. El concepto fulgurante, la 
hondura de la observación inesperada, el sarcasmo que 
repercute en el fondo, la frase incisiva y rápida, se aú- 
nan y funden en la unidad de esta sátira, fulminada 
contra el instrumento más universal de la impostura: 
la hueca palabrería. 

Cuanto más áspera es la lucha de los partidos políti- 
cos, cuanto más inmorales son los ambiciosos que espe- 
culan en ellos, tanto más se envilece la palabra habla- 
da o escrita, con que se trata de embaucar la candidez 
de nuestro Juan Pueblo. 

Oigamos a Larra: '‘Los anímales, como no tienen el 
uso de la razón y de la palabra, no necesitan que les 
diga un orador cómo han de ser felices ; no pueden en- 
gañar ni ser engañados; no creen ni son creídos.” 

“El hombre, por lo contrario; el hombre habla y 
escucha; el hombre cree, y no así como quiera, sino 
que cree todo. ¡Qué índole! El hombre cree en la mu- 
jer, cree en la opinión, cree en la felicidad... ¡Qué sé 
yo lo que cree el hombre ! Hasta en la verdad cree. Dí- 
gale usted que tiene talento! — ¡Cierto!, exclama en su 
interior. Dígale usted que es el primer ser del univer- 
so. — ¡Seguro!, contesta. Dígale usted que le quiere. — 
¡Gracias!, responde de buena fe. ¿Quiere usted llevar- 
le a la muerte? Trueque usted la palabra y dígale: Te 
llevo a la gloria : irá. ¿Quiere usted mandarle? Dígale 
usted sencillamente : Yo debo mandarte . — Es indudable 
contestará. * ’ 


12 



178 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


III 


EL PESIMISMO DE LARRA 

Larra es pesimista. He aquí una palabra dotada le 
un no sé qué de encantador para la juventud, cuando 
aún no conoce lo detestable y funesto del sentimiento 
que expresa. E] pesimismo propiamente dicho, no es la 
vaga melancolía de los que sueñan líricamente, de los 
que anhelan sin obtener la realidad de su anhelo, y 
que, creyéndose víctimas de un sino adverso, lloran o 
maldicen, invocan la muerte o se fingen rebeldes. 

Ese estado ante los que razonan es ridículo, pero fe- 
lizmente transitorio. ] Como que es superficial ! Por lo 
contrario, el pesimismo es hondo en sus raíces, y si lie- 
mos de juzgarlo en sus efectos, es también incurable. 
Las causas no pueden estar completamente desvincula- 
das del medio ambiente ; pero son predominantemente 
internas: el escepticismo, el poder de observación, la 
fiebre del análisis, el talento crítico, el culto excesivo 
del yo, la sed de bienestar. 

La biografía y la obra ele Larra parecen concordar 
en el diagnóstico de estas condiciones íntimas del gran 
escritor. 

Larra escéptico, en un ambiente saturado de tradi- 
cionabamo religioso , con el cual estaba en pugna su 
espíritu volteriano, aunque nunca haya hecho alarde 
de irreligión, y, antes bien, la haya reconocido como 
una luz consoladora en momentos supremos de la vida, 
tiene una sensibilidad exquisita y terrible, por la que 
reacciona indiscutiblemente, a cada observación y se 
excita y acongoja a cada análisis. 

¿Nos parece que ríe y chancea? Ver los defectos y sor- 



179 


DE DARCILASO A RODÓ 


prender las deformidades, es un triste privilegio. Así 
lo siente él, y de tal modo, que aún en los artículos de 
su primera época, de las risas y de las chanzas no tie- 
ne más que la forma y el procedimiento. 

El culto de su propio yo no podía dejar de vigori- 
zarse cada día más en Larra, ahogado como se encon- 
traba, en un ambiente de rutina, de apatía y de igno- 
rancia. 


Entre el mundo de sus aspiraciones progresistas y 
aquel estancamiento; entre su temperamento pictórico 
de inquietudes románticas y la depresión de su pueblo 
abatido, el contraste no podía ser mayor. 

De ahí nacía al mismo tiempo la idea creciente de su 
propia superioridad, que sus contemporáneos creían 
orgullo, y la convicción, también creciente, de que la 
España por él satirizada no tendría enmienda. Fruto 
de tales elementos fue su pesimismo. 

Pero éste se encuentra latente bajo las travesuras y 
cascabeleos de frases y ocurrencias en los primeros años 
de su vida periodística. Se exterioriza luego, cuando 
las preocupaciones políticas lo exasperan, y adquiere 
tintes tétricos bajo la perturbación pasional que epi- 


logó su vida. 

Las causas citadas, no sólo lo llevan al pesimismo en 
sus ideas y sentimientos, sino que perjudicaron el tono 
de sus escritos y de su estilo. Rebosantes de pesimismo 
son muchas apreciaciones vertidas en la crítica de las 
“ Horas de invierno”, en el análisis del 4 ‘Felipe II”, 
en el juicio sobre “El pilluelo de París”, en el “Deli- 
rio filosófico”, etc. Final de sus escritos fué el va cita- 
do “Día de difuntos de 1836”, donde su amargura es 
una desesperación. Nótese el tono progresivo, pesimis- 
ta, de estos trozos: “Murió no sé a qué propósito mi 
cuñado, y Augusto regresó a España con mi hermana, 



180 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


toda aturdida de ver lo brutos que estamos por acá, to- 
davía, los que no hemos con ella tenido la d/icha de 
emigrar . 5 5 

La expresión subrayada en el párrafo que precede, 
en vez de í£ gracia ”, vierte desdén rencoroso. Dice en 
otra página, entregado a ideas de pesimismo univer- 
sal: “La vida es un amasijo de contradicciones, de 
llanto, de enfermedades, de errores, de culpas, de arre- 
pentimientos. 5 ’ Muy sombrío debió encontrarse el áni- 
mo de Larra para estampar semejante afirmación, sin 
concederle al placer ni un recuerdo siquiera, en la com- 
posición de ese amasijo. 

“Quise refugiarme en mi propio corazón, — dice por 
último, — j Santo cielo! También otro cementerio. Mi ran- 
zón no es más que otro sepulcro . 55 Con frases que so* 
bre cogen como éstas, interrumpió su producción litera- 
ria, tan rica ya y tan primorosa para lo futuro, aquel- 
gran escritor, que había puesto a sus escritos, como epí- 
grafe inicial, estas amargas palabras de Beaumarehais:- 
“ Trato de reírme de todo, para no verme obligado a 
llorar . 1 1 


IV 

ESTILO DE LABRA 

Así como en lo político Larra fué un entusiasta pro- 
movedor de las reformas constitucionales, y en lo rela- 
tivo a costumbres desplegó largos afanes para moderni- 
zar a su país, del mismo modo fué partidario de las in- 
novaciones literarias. 

Detestaba el clasicismo, como una traba que era ne- 
cesario suprimir para siempre, en beneficio del pensa- 
miento y del estilo. Por esto se le reconoce como uno de 



DE GARCILASO A RODÓ 


181 


los primeros apóstoles del romanticismo. Reveló la su- 
perioridad de su talento, renovando las formas de la 
prosa, sin caer nunca en -los excesos del vandalismo 
gramatical, tan generalizado por los malos escritores 
románticos, en nombre de la llamada “libertad del ge- 
nio”, Por eso resulta Larra castizo, siendo tan román- 
tico, noblemente moderno aün en los géneros cervantis- 
tas. Condiciones esenciales de su estilo, a más de las 
expresadas, son : la claridad, la energía, la concisión. 

-Cuando narra o describe, en virtud de estas condicio- 
nes, adquieren sus páginas la belleza, el vigor y elegan- 
cia de un agua fuerte, en que se condensa una pleni- 
tud, que con el estilo de un Mesoneros Romanos, exigi- 
ría un lienzo de pared, Se comprende que su brevedad 
tan extraña a todo formulismo preceptivo y tan genuí- 
namente personal, fue como una sátira viva contra el 
vicio de la hueca palabrería hispánica. 

(í No queremos, — decía — esta literatura reducida a, 
las galas del decir, al son de la rima, a entonar sonetos 
y odas de circunstancias, qne concede todo a la expre- 
sión y nada a la idea.” 

Como dote característica de su estilo cáustico seña- 
lan los críticos su singular aptitud para obtener una 
extraordinaria disparidad de ideas, de una contigüidad 
de palabras, o bien para obtener efectos inesperados, 
haciendo resaltar la oposición de conceptos, entre el 
valor etimológico y el sentido usual de las palabras. 




CONSIDERACIONES SOBRE LA OBRA 
DE ESPRONCEDA 


El romanticismo español, iniciado por el Duque de 
Rivas, don Angel de Saavedra Fajardo, tiene su poeta 
lírico más notable en José de Espronceda. 

iPor -su carácter fogoso, rebelde, soñador, hecho a pro- 
pósito para una existencia de agitación y de aventu- 
ras, por su fantasía siempre entregada a las fiebres de 
las pasiones y del arte, Espronceda se hizo, desde sus 
primeros ensayos literarios, notar como el más atrevido 
y el mas inspirado de los poetas españoles de la prime- 
ra mitad del siglo XIX. 

Fué revolucionario político en Francia y en España* 
como fué revolucionario en literatura. Por eso su poe- 
sía palpita intensamente con la misma vida del autor, 
por eso es poesía enormemente subjetiva, pues el autor 
no sólo canta sus propios sentimientos, sino que refleja 
sn propia vida. 

Por su manera de contender la existencia y de sen- 
tir y de expresar la poesía, Espronceda es comparado 
con el famoso poeta inglés de aquella misma épom, 
Lord Byron, el joven montañés “que exploraba loa 
matorrales y trepaba a la encorvada cima del Morven, 
para enajenarse con el torrente que tronaba debajo de 





183 


DE GAECILASO A BODÓ 

él, o m los vapores de la tempestad, que se iban amon- 
tonando bajo sus pies,” (Recuerdos de Nwtead- 
Abbey). 

Espr once cía era un gran admirador del romántico 
Byron; y aunque no tuvo la grandeza genial de au 
modelo, tuvo un lirismo tan espontáneo como aquél. 

Como Lord Byron, es también escéptico y pesimista. 
Así aparece hasta en su mismo aspecto exterior; con 
un semblante pálido y descarnado, recubierto de una 
melancolía enfermiza, con la mirada inquieta y abrasa- 
dora; en fin, con toda esa exterioridad que filé objeto 
de adoración y de mofa, en la época del poeta. 

Espronceda, retratándose a sí mismo en sus poemas 
y poesías líricas, se presenta hastiado del mundo, de los 
placeres y de sí mismo, deseoso de reposar en el seno 
de la muerte, al igual que Byron que pedía al cemen- 
terio, testigo de las primeras ilusiones de su vida, una 
tumba ignorada. 

Ese hastío y ese deseo iluminan “El estudiante de 
Salamanca” v el “Canto a Teresa”. 

f-*' 

Ansia los placeres y los aborrece; siente el encanto 
de la vida v la maldice; sueña en nobles idealidades y 
reniega de ellas; quiere ser bueno y se encharca en el 
vicio; se deja arrastrar por la pasión y en seguida se 
arrepiente y llora y gime y canta lúgubremente. 

En todas estas contradicciones es sincero y doloroso. 
De ahí el interés de su producción, su vigor, su belle 
za, el fuego que la anima. 

En ese sincero dolor, el poeta desborda en imágenes 
brillantes, cálidas, armoniosamente dichas. Nadie como 
él dispuso prodigiosamente del tesoro de la imaginación 
y del sortilegio de la frase musical. 

Imagen y musicalidad arrobadora de lenguaje apa- 
recen en sus estrofas fundidas con la unidad de un 



184 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


metal de aleación sonoro y -pálido. El sentimiento poé- 
tico y apasionado áe Espronceda no es más que una 
queja, un gemido, una imprecación. A su lira, más que 
pensamientos casi, hay que pedirle cantos. 

CANTO A TERESA 

Este canto es una elegía. (Elegía es una composición 
lírica en que el poeta canta la pérdida de un amigo o 
de otra persona para él querida). 

Según el juicio de algunos críticos es la más sentida 
de las elegías castellanas. 

El poeta, Espronceda en este canto — completamente 
ajeno al asunto del í£ Diablo mundo” — llora la muerte 
de Teresa, su compañera de ensueños y de infortunios. 
Recuerda exaltadamente cómo la conoció ; cómo en aqué- 
lla época todo era para él en la vida y en la naturale- 
za motivo de íntimo gozo, porque todo lo poetizaba con 
el optimismo de 1a. juventud. Recuerda cómo sobrevi- 
nieron para él las liorás de amargura y dé angustia, 
que culminan con la pérdida de Teresa. 

El estilo es patético desde el principio al fin; es 
abundante y pomposo. Las imágenes se entretejen én 
ama sucesión no interrumpida, como las hojas de una 
guirnalda. Pero a fuerza de ser tan florido, este cante 
resulta difuso y pierde por eso parte de su eficacia. . 

El dolor, «el dolor profundo, no debe ser palabrero y 
menos debe manifestarse en interminables exclamacio- 
nes. 

La terminación de esta, elegía tiene un sarcasmo trá- 
gico de lo más notable en nuestra literatura. El poeta ■ 
recuerda que el mundo desprecia la muerte de Teresa 
y desdeña el dolor de quien la llora. Por eso exclama: 

“Trueqúese en risa mi dolor profundo, 

Que haya un cadáver más, ¿qué importa al mundo?’ 5 



GUSTAVO ADOLFO BECQUER 

El amor, tema obsesionante para los poetas de todas 
las escuelas a través del .tiempo, debía descollar en las 
preferencias de los románticos. Si tal sucedió en la 
literatura germánica y en la inglesa, con más razón 
triunfaría en los meridionales, bajo el imperio de los 
factores físicos y étnicos que caldean la sangre y en- 
cienden la fantasía. Por eso no puede sorprendernos 
Larra con su “Macías”, Espronceda con su “Canto a 
Teresa” y su Elvira ( ;í Estudiante de Salamanca”}. 
Hartzenbuseb con. ‘‘Los amantes de Teruel ”, Zorrilla 
con la. multiplicidad inagotable de sus leyendas y can- 
tos líricos. Los predichos, como otros inspirados poetas 
del romant icisco peninsular e hispanoamericano, pu- 
sieron su afán en la interpretación del más poderoso y 
agitado de los sentimientos humanos, ora con la embria- 
guez de revivir en el arte su drama íntimo, ora con el 
ansia de inmortalizar su nombre en el poema objetivo. 

Pero, i cuán lejos estaban los grandes poetas que de- 
dicaron al amor patéticos dramas, fastuosas leyendas, 
fogosas canciones y afiligranadas líricas; qué lejos es- 
taban ellos de sospechar que tan magníficos esfuerzos 
perderían rápidamente su actualidad al primer cambio 
de la moda o del gusto literario; y cuánto más lejos 


186 


CLAKA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


aún de prever que de generación en generación, segui- 
rían vibrando en todos los corazones las “humildes” 
rimas de Brequee, aquellas “cadencias” que el aire,— 
al decir del poeta, — dilataba en las sombras, “con pa- 
labras que debían ser a un tiempo, suspiros y risas, 
colores y notas”. 

La lírica romántica, tuvo en ellas, por su forma y 
por su fondo, una realidad tan extraña como íntima- 
mente conmovedora para todos*, para los exquisitos 
como para los sencillos, para los artífices del pensa- 
miento como pava los no iniciados en los secretos del 
lenguaje musical. Aquella poesía nueva pareció un pro- 

j 

digio, pero un prodigio parado jal, dado la exquisitez de 
su contenido y la. sencillez de la forma, pues Bécqueiv- 
así nos lo dice en la introducción, — “la había nutrido 
apenas lo suficiente para que fuese palpable, la había 
recubierto, aunque fuese de harapos, lo bastante para 
que no se avergonzaran de su desnudez.” 

Le había faltado tiempo para urdir la maravillosa 
tela, de frases exquisitas con que soñaba engalanarla. 
Muerto en plena, juventud (a los treinta y cuatro 
años), aquel grácil y blondo hijo de Sevilla, en cuyo 
temperamento la ensoñadora tristeza germánica triun- 
fara sobre la exaltación andaluza, en el exiguo sartal 
de sus “Rimas”, nos legó un tesoro de bellezas. Vamos 
a considerarlas brevemente. 

I 

UNA CLASIFICACION DE LAS RIMAS 

■Cuando después de la primera y sabrosa lectura de 
las rimas 'becqu enanas, volví sobre ellas para estudiar- 
las, me pareció que resultaría oportuno clasificarlas en 



DE GARCILASO A RODÓ 


m 


grupos, según la emoción eondensada en cada una. Los 
grupos son -tres: Rimas amorosas, Rimas filosóficas y 
Rimas literarias. 

Predominan las primeras, y no es de sorprenderse si 
se recuerda el propósito del poeta. Se nos presenta éste 
desde la rima inicial, corno galán enamorado, que sólo 
podría cantar al oído de su amada ‘‘el himno gigante 
y extraño” por él sabido, teniendo en sus manos las 
manos de la hermosa. De esta manera nos dice también 
el tono de íntima subjetividad, de secreto sentimental, 
de confidencia en voz baja, de sus composiciones, sea 
ai al fuere el tema, tratado. 

■Las amorosas pueden a su vez dividirse en dos series, 
como Haine dividió sus <£ lieder”: “El Intermezzo”, o 
libro del amor, y “El Regreso” o libro del odio. En 
Récquer no forman libro aparte las dos series. Pero, si 
el orden en que encontramos distribuidas las rimas 
responde al orden cronológico de mi producción y no a 
un plan nunca manifestado del primer editor, tendría- 
mos la siguiente serie, inspiradas por el amor en su pe- 
ríodo de florecientes ilusiones: 


“Besa el aura que gime blandamente”. IX 
“Los invisibles átomos del aire”. X 

“¿Por qué son, niña, tus ojos...?” XII 

“Tu pupila es azul, y cuando ríes”. XIII 

“Te vi un punto y flotando ante mis ojos”. XIY 
“Cendal flotante de leve bruma”. XY 

“Si al mecer las azules campanillas”. XYI 

“Hoy la tierra y los cielos me sonríen”. XVII 
“Fatigada del baile. . . ” XYIII 

“Dos rojas lenguas de fuego”. XXIY 

“Cuando en noche te envuelven”. XXY 

“Despierta, tiemblo al mirarte”. XXYII 

“Cuando entre la sombra obscura”. XXVIII 

“Sobre la falda tenía”, XXIX 



188 


CINARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


El idilio becqueriano se quiebra de súbito. El espí- 
ritu del poeta enamorado -había sentido las consonan- 
cias del amor en las cosas naturales que en este período 
él contempla a través del prisma de sus propios senti- 
mientos, En su creciente exaltación llega a gozar como 
de una embriaguez extática, cuando la vibración amo- 
rosa de todos los seres le invade. Es el amor que pasa, 
i Y cuán rápidamente pasó! Tuvo la fugacidad del beso 
del aura a las ondas, del sol a las nubes, del sauce al 
río, de la llama a la llama. . . Bécquer y §u amada, que 
•unificaron su ser, como al juntarse se unifican dos len- 
guas de fuego 7 dos notas del laúd, dos olas, dos jirones 
de vapor, dos ideas, dos besos y dos ecos, rompen esa 
unidad divina del amor. 

Nos lo canta el poeta en la segunda serie de las Ri- 
mas. Fué una. cuestión de palabras. Habló el orgullo. 
Tal vez, en un enojo de la amada, quedó herida da 
dignidad del poeta. Era tan amoroso como sensible, y 
era tanto más sensible, cuanto más adverso le fuera el 
sino. A ella, le habían tocado lágrimas y risas. A él sólo 
las lágrimas. Por eso el poeta condensa las íntimas 
amarguras de su alma-, en esta serie de líricas, compa- 
rables a Ja que Heme nos dejó en “El Regreso”, y que 
yo denomino, a falta, de título dado por el autor, “El 
Rompimiento”. Por su orden correspondería atribuirle 
las siguientes rimas: 


“Asomaba a sus ojos una lágrima”. XXX 

“Nuestra pasión fué un trágico sainete”. XXXI 
“Es cuestión de palabras”. XXXIII 

“No me admiró tu olvido” XXXV 

“Si de nuestros agravios, en un libro...” XXXVI 
“Antes que tú me moriré”. XXXVII 

“Los suspiros son aire, y van al aire”. XXXVIII 



DE GARCILASO A ROUÓ 189 

“¿A qué me lo decís? lo sé’\ XXXIX 

“Tu eras el huracán” XLI 

“'Cuando me lo contaron sentí el frío”. XLII 
“Cejé la luz a xm lado”. XLIII 

“Como en un libro abierto”. XLIV 

“En la clave del arco mal seguro”. XLV 

“Me ha herido, recatándose en las som- 
bras”. XLVI 

“-Como se arranea el hierro de un herida”. XI/VTII 
“Lo que el salvaje, . . ” L 

“De lo poco de vida que me resta”. LI 


La psicología del poeta se transpar enta gradualmen- 
te de una rima a otra, de una intimidad a otra intimi- 
dad, podríamos decir, porque en cada estrofa y en ca- 
da verso el poeta se nos muestra igualmente apasiona- 
do y sincero. Es cierto que son confidencias líricas, y 
como tales se limitan a expresar emociones, sin concre- 
tar las circunstancias de la ruptura aludida anterior- 
mente. Sin embargo, el poeta nos revela que amó de 
veras, poniendo en su amor toda su alma. Por eso des- 
borda en amargura, recordando sin poder olvidar. Por 
eso también concibe que ella pueda haberlo olvidado a 
él, sólo porque nunca lo comprendió. 

En su obsesión amorosa, el lírico espera revelarse a 
su amada en loo umbrales de la muerte. Pero se desva- 
nece este anhelo ante la luz de la realidad. Aquella 
mujer es mudable, altanera, vana y caprichosa. Alma 
estéril, corazón viperino en un cuerpo adorable, 

«Más aún: en la rima XLI establece el paralelo de 
las incompatibilidades psicológicas. Ella es el huracán; 
él la torre que desafía su poder; ella el océano, él la 
roca que, firme, aguarda su vaivén. Ella, hermosa; él, 
altivo, acostumbrado 


“uno a. arrollar, el otro a no ceder.” 



190 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

Ambos querellantes vierten lágrimas. Pero ella no 
tarda en reir, en tanto que el poeta se tortura. Y se 
explica-, la hermosa no tiene corazón. Inútilmente que- 
rrá consolarse Béequer, pensando que la desdeñosa 
sonrisa femenina no sea más que una máscara del do- 
lor interno. A esta falacia de su criterio perturbado, 
sigue la curiosidad por saber lo que ella habló de él, a 
otros, y hasta lo que a solas pudo haber pensado. 

El drama íntimo del poeta se intensifica cuando un 
fiel amigo le da la noticia... Escribe la estupenda ri- 
ma XiLII, erizada por un estremecimiento de tragedia. 
El silencio y las tinieblas de la noche inmediata le vie- 
‘ron sentado al borde de la revuelta cama 

“mudo, sombrío, la pupila inmóvil 
clavada en la pared”; 

el silencio y las tinieblas de la noche, recogieron sus 
sollozos y resonaron con sus imprecaciones. Cuando 
reacciona, la altivez de su carácter vuelve por sus fne- 
m. Intenta arrancarse de las entrañas aquel amor 

“como se arranca el hierro de un herida.” 

IñvscAo empeño. A pesar de todo lo que discurre su 
inteligencia y de lo que dictamina su voluntad, el amor 
vuelve tenaz y ardoroso, con tal pujanza, que el poeta 
s ó/o ve -un término de quietud en la muerte. Y enton- 
ces Béequer, como poeta y como hombre, en la fusión 
más perfecta de las dos personalidades, la del extremo 
dolor, se acuerda de la muerte a la manera de Leopar- 
di y de Heine, aunque sin la grandeza del primero ni 
el arrebato del segundo, y exclama: 

“i Cuándo podré dormir con ese sueño 
en que acaba el soñar!” 



DE GARCILASO A RODÓ 


191 


Poco a poco se va templando su fiebre. El ahogo ce- 
de. A la maldición sigue el lamento. Ve perderse a lo 
lejos, entregada a nuevos amores, feliz y risueña, la 
mujer que le había lacerado el alma. Olvida la exaspe- 
ración, abandona la ironía, hija del orgullo; disipa 
también su duda de que la altanera y caprichosa, que 
pasara por su lado riendo, sólo haya reído de dientes 
afuera. Tiene la certeza de que le lloraba el corazón a 
ella, como a él mismo le ocurría. 

La angustia amorosa lo estremece y pone en los la- 
bios del entristecido amante la férvida deprecación lí- 
rica de los dulces recuerdos. 

Por primera vez el poeta de las reticencias expresivas 
y de la vaguedades insinuantes, dice en forma completa 
sus evocaciones y amonesta a la que fue su amada, vi- 
gorizando cada previsión que formula, para obtener su 
vuelta. (Es la rima LUI). 

No hallará otra felicidad comparable a la perdida, 
porque no volverán las “ golondrinas ”, testigos de su 
primer idilio; ni florecerán nuevamente if las madre- 
selvas”, como cuando daban su nota de idealismo en las 
tardes inefables. Así tampoco, — le dice con ardorosa 
vehemencia, — 

“mudo, y absorto y de rodillas, 
como se adora a Dios ante su altar, 
como yo te he querido... desengáñate, 
así no te querrán.” 

Pero la amada ya no volverá. Decepcionado y soli- 
tario, sufre la persecución de los recuerdos de las ho- 
ras felices. Le atormentan, pero son aún su compañía, 
(Eima LXIII). 



192 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


¿Acaso el recuerdo y el dolor no fueron los fieles 
compañeros de m infortunio? Y en guardar ese dolor, 

“como guarda el avaro su tesoro , 77 (LXIV) 

se esfuerza el poeta, con el intento amargamente deli- 
cioso de probar que hay algo eterno, a la que le -había 
jurado eterno amor. Sin embargo, el dolor acaba por 
abandonarle y el tiempo murmura al oído del poeta: 

‘‘¡ah, barro miserable, eternamente 
no podrás ni aún sufrir!” 

El poeta nos dice entonces la elegía de su soledad, 
honda y perturbadora. Imagina el instante supremo de 
su vida. El amor solícito no se sienta al borde de su 
cania, ni estrecha su mano, ni cierra sus ojos, ni mur- 
mura una oración, ni vierte una lágrima sobre su tum- 
ba, ni guardará su recuerdo. 

Un nuevo período empieza aquí para el poeta. A esa, 
elegía (LXI) que atesora notable belleza, sigue la se- 
rie de las rimas que se pueden denominar del pesimis- 
mo. Tal estado de ánimo había iniciado sus torturas en 
el agitado período del rompimiento. De ello nos da fe 
la desesperación que arrancara del alma de Béequer 
las cuatro patéticas estrofas de la rima LII. Clama a 
las olas, al huracán y a la tempestad que, apoderándo- 
se de él, lo lleven adonde el vértigo “con la razón le 
arranque la memoria .’ 7 ¡Como si los elementos que sim- 
bolizan en la naturaleza la violencia, pudiesen resultar 
misericordiosos para el ser humano, cuando éste tiene 
miedo de quedarse a solas con su dolor! 

A esta deprecación lírica debemos contraponer aquí 
la confidencia de la rima LV. El poeta busca consueto 



DE GARCILASO A RODÓ 


193 


en la orgía. Termina llorando. A partir de ese momen- 
to ■su pesimismo se entenebrece. Maldice la monotonía 
de la vida en que duerme la inteligencia y en que el 
corazón late corno una máquina estúpida. Querría se- 
guir sufriendo, porque siquiera 4 ‘padecer es vivir”. 

.Se siente envejecido, aunque así no lo revele la ter- 
sura de su frente (LVII) y lo invade el cansancio de 
la vida. Un pesimismo lapidario da fondo y forma a 
la rima LX. En la brevedad de esta quintilla, concen- 
tró Bécquer tanto pesimismo, como el que otros poetas 
románticos, españoles y franceses vertieron en poemas 
extensos. 

La desolación de su espíritu, ya enfermo incurable, 
hace de él un solitario trágico, aun en medio de las 
turbas que hierven entregadas a sus afanes de lucro y 
de placer. \ Horrible contraste! La incomprensión, la 
indiferencia, la egoísta mezquindad de los que gozan, 
se extiende como un desierto en torno del que sufre 
(LXV). El poeta cruza el desierto de la muchedumbre 
con sed de amor, con hambre de ternura. Un aplana- 
miento moral definitivo le oprime. Es un vencido que 
grita su impotencia: 

“Yo era huérfano y pobre...” 

Esta declaración ilumina el desolado páramo de la 
vida de Bécquer como un relámpago. A su cárdena luz 
aparecen a nuestra mirada la realidad y el pesimismo, 
torturando al enfermizo y sensible sevillano. 

¡iCdmo ha pasado de la alegoría al lenguaje directo! 
'Guando, después de los rasgos figurados suena de sú- 
bito en esta rima la aspereza de esos dos adjetivos, nos 
conturbamos como si el poeta nos arrastrase a solidari- 
zarnos fraternalmente con el drama de su vida. Ya no 



194 


clara INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


mienta sus cuitas de amor. La orfandad y la pobreza, 
como negros nimbos tempestuosos, abogaron en el hori- 
zonte de su vida basta los reflejos crepusculares de k 
ilusión y de la dicha. Cayó sobre su espíritu la noche. 
Hasta los oídos del poeta desolado llegan las voces de 
los barqueros que pasan cantando la 4 ‘eterna canción”. 
Una voz preconiza el amor; otra canta la dulce em- 
briaguez de la gloria; la tercera magnifica la libertad. 
Son voces amigas; son las voces de la vida. Invitan -al 
poeta. “¿Te embarcas?'’, le gritaban; y el pesimista, 
el náufrago de esas aguas alucinantes, que ya no creerá 
ni en el amor, ni en la gloria, ni en la libertad, respon- 
de con el acento de la decepción : 

“ha tiempo lo hice; por cierto .que aun tengo 
la ropa en la playa, tendida a secar.” 

Ahí permanecerá con el alma sumida en sombras sin 
amanecer (LXfll). 

Desde allí peregrinará su memoria por el camino que- 
conduce a su cuna, camino áspero de piedras ensan- 
grentadas, bordeado de zarzas agudas, en las que m al- 
ma había quedado hecha jirones. Espantado, se restitu- 
ye el poeta al momento real. Es entonces su raciocinio 
el que pregunta*. 4 '¿adonde voy?” Bu pesimismo res- 
ponde: “la soledad y el olvido hasta en la tumba,” 
(LXY'L) . 

Bi una alegría ha de mitigar en algo su pesimismo, 
ella es la de saber que aun le quedan lágrimas 
(LXVIII), La torturada existencia del poeta huérfano 
y pobre, para quien 

“la gloria y el amor tras que corremos, 
sombra de un sueño son que perseguimos ** 



DE GARCILASO A RODÓ 


195 


toca a su término. Y es de ver con profunda emoción 
cómo a medida que se acerca a su término, se aquieta 
la exasperación de su pesimismo, hasta llegar a la cal- 
ma de una tristeza sin angustias. Es la calma apacible 
de la corriente que en el ensanchamiento de su cauce 
siente la proximidad del mar. Y ese mar es la muerte. 
A ella consagra Béequer los acordes supremos de su 
corazón agonizante, con una serenidad casi mística, 
tanto más admirable cuanto más profundo era su es- 
cepticismo. Es cierto que se nos muestra espasmódica- 
mente sobrecogido viendo 

“¡qué solos se quedan los muertos!” 

Aquella solitaria alcoba mortuoria, en el silencio del 
amanecer; aquel lúgubre recinto del templo, al dar el 
toque de ánimas; aquel regreso del sepulturero con la 
piqueta al hombro y cantando entre dientes; aquellas 
crudezas de las noches invernales, que acaso helarían 
los huesos de la pobre niña, sacuden el pensamiento de 
Béequer. 

Afectivo por naturaleza y más todavía por la avidez 
espiritual a que lo había condenado su triste sino, sien- 
te repugnancia y duelo porque dejamos tan S0I09 los 
muer toe. 

El problema terrible de Hamlet le estruja el cerebro, 
y exclama: 


“¿Vuelve el polvo al polvo? 

¿Vuela el alma al cielo? 

¿Todo es vil materia, 
podredumbre y cieno 

En estás preguntas culmina el desconsolador escepti- 
cismo de Béequer. Ni un tenue albor de esperanza cris- 



196 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


fia na alumbra y dulcifica su abatimiento. ¡Qué armo- 
niosos acentos, — nos decimos, — -hubieran brotado de m 
alma dulcísima, si en vez del escepticismo frío y este- 
rilizador, hubiese nutrido en su pecho un sentimiento 
místico cristiano! 

En tal caso, el que se creía hechura del destino, for- 
mado por él como juguete de su crueldad para com- 
placerse en su desgracia, en sus tormentos y en sus ín- 
fimas agonías, se hubiera elevado, en una aspiración de 
amor y de belleza, a la inmortalidad de la Fe. 

Pero el excelso lírico, que no tuvo las rebeldías ni 
las sarcásticas blasfemias de Reine, tampoco tuvo la su- 
blime serenidad filosófica, ni la elevación religiosa de 
los creyentes. Por eso, su pesimismo filosófico, fruto en 
gran parte de sus propios infortunios no interrumpi- 
dos, invade su alma inmediatamente después del pre- 
ludio de las rimas, quizás cuando el amor no había 
colmado el cáliz de sus amarguras. ¿Qué es la vida pa- 
ra Béequer'? Una saeta arrojada al azar; una hoja 
marchita entregada al huracán; ola empujada alo ig- 
noto; luz oscilante, próxima a su extinción. 

ignora su origen, ignora su destino. El Acaso le 
guía. Es un pesimismo fatalista. Se diría el mismo con- 
cepto de la antigua escuela atomística de Demóerito, 
el mismo concepto que en la antigüedad había hecho 
surgir de entre los edoniotas como Aristipo, apóstoles 
del pensamiento como Egesias, el enamorado de la 
muerte. En el siglo XIX, dicho concepto del Acaso cie- 
go y cruel, con su inevitable derivación hacia el más 
desolado pesimismo, había tenido ya, antes de Béequer, 
su encarnación en el poeta y filósofo italiano Leopardi. 

Por eso el pesimismo de Béequer termina en la ar- 
moniosa languidez de un ansia de descanso. En la pe- 
numbra del templo bizantino, se emociona contemplan- 



DE GARCILASO A RODO 197 

do una estatua sepulcral de mujer, tendida sobre un 
lecho de granito. 

“ Aquel lecho de piedra le ofrecía 
próximo al muro otro lugar vacío. ’ ’ 

Se aviva en su alma la sed de lo infinito, y el ansia 
de esa vida de la muerte hace aletear en sus labios los 
versos finales de sus rimas: 

oh, qué amor tan callado el de la muerte, 
qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo!” 

RIMAS LITERARIAS 

Me he detenido en las rimas amorosas, señalando los 
dos grupos que responden a las dos etapas de su vida 
pasional. He considerado después un tercer grupo de 
rimas: las del pesimismo, fruto de su decepción en el 
amor, de las desgracias que martirizaron su existencia 
y de la aridez espiritual inherente a la falta de consue- 
los religiosos. 

Debo, antes de cerrar mi esbozo expositivo de las ri- 
mas, indicar el cuarto grupo: las literarias. Son la ter- 
cera, cuarta y quinta. 

Sorprende que en dos enumeraciones de ocho estro- 
fas cada una, describa los misteriosos fenómenos psí- 
quicos de la “inspiración” y el proceso de la “razón” 
organizadora. Aquélla crea en la fiebre de su locura, 
en la embriaguez divina de sus arrebatos; ésta ordena, 
define las formas y las ilumina. Las metáforas sinteti- 
zan objetivamente cada pensamiento del poeta. De esta 
manera realiza el prodigio de enseñar líricamente. Es 
una originalísima lección de estética que debe leerse 



198 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


aquilatando el mérito de la doctrina contenida, en ella, 

Bécquer, el lírico pasional del amor, tan imaginad 
vo y melancólico, establece, como pudiera hacerlo, un 
viejo maestro, o, mejor dicho, como en m “Arte poé- 
tica” no pudo hacerlo ábartmez de la Rosa, las fun- 
ciones fundamentalmente distintas, pero siempre inse- 
parables de aquellos dos factores: la inspiración y la 
razón. 

E22 la rima inmediata, define a su vez, con su admi- 
rable facultad de síntesis, las cuatro fuentes de la poe- 
sía: la naturaleza, el problema del origen y destino del 
hombre, los misterios de la psicología humana, el amor. 
Esto poema en su pequenez, abre perspectivas a lo in- 
finito, haciendo surgir ante nuestra pupila la visión de 
la belleza en su más profundas y múltiples atracciones. 
Trató el mismo tema Núñez de Arce. Pero, el parna- 
siano de “Gritos del combate”, i qué lejos está de sus- 
citar en nosotros, con toda la disciplinada sonoridad y 
elocuencia de su estro, la emoción de r i ente y honda 
simpatía que Bécquer nos produce con esta composi- 
ción, no obstante la sencillez y hasta el criticable des- 
aliño de su forma. 

Inapreciable joyel de la poesía becqueriana y dé la 
lírica romántica, es la quinta rima. Es esencialmente 
luz y armonía. Los heptasílabos corren como el cristal 
desprendido de una nevera. Sobre su transparencia 
temblante vemos aparecer irisaciones tan leves como 
encantadoras. Y en su curso, \ cuánta prodigalidad de 
belleza insospechada, original y definitiva! 

Aquí Bécquer es todo frescura y lozanía de imagi- 
nación', es todo. . . sevillano, y de tal modo, que basta- 
mu estos versos juveniles para glorificar la memoria 
del poeta y para dejarnos entrever cuál no habría sido 
su magnífico despliegue lírico si la vida le hubiese dis- 
pensado misericordia. 



DE GARCIL-ÁSO A RODÓ 


199 


II 

LAS MUJERES DE BÉCQUER 

Reales o imaginarias, tienen todos los grandes poe- 
tas, "‘sus mujeres”. Establecer la identidad en los ca- 
racteres de ellas, es comprender al artista, porque el 
deterninismo de la mujer es tan eficiente como defini- 
tivo en la obra literaria, ¿ Cuántas mujeres intervienen 
en las rimas de Bécquer? Don JuanValera nos dice 
que ninguna real, y avanza hasta darnos la categórica 
afirmación de que en su sentir “ quiméricos son cuantos 
amores dan asunto a las rimas, y cuantas mujeres las 
inspiran”. Menguado resultaría en tal caso el interés de 
todo el proceso pasional beequeriano, que constituye la 
trama, el fondo, la razón de ser de sus rimas. Veríamos 
el mérito del poeta a la luz de un criterio distinto. El 
poeta, nos decimos, tiene el derecho de “nadar en el 
vacío”, de transformar en entidades palpitantes las 
creaciones del insomnio y de la fantasía; pero no es 
tal desde Dante hasta Heine, la norma de los poetas 
que cantaron sus propios amores, elevando a la apoteo- 
sis del idealismo lírico o a la picota de sus sarcásticas 
invectivas, el objeto de su pasión. 

¿Habrá sido la desventura de Bécquer completa has- 
ta el punto de que le faltaran — como dice el autor de 
“ Pepita Jiménez”, — tiempo, ocasión, salud y dinero 
para el amor? Me parece que el crítico y novelista cor- 
dobés, de ese modo exagera la potencia imaginativa y 
creadora del sevillano, hasta contradecir lo que expre- 
samente éste nos expone: “mi memoria clasifica revuel- 
tos, nombres y fechas de mujeres y días que han muer- 
to o han pasado con los días, y mujeres que no han 
existido, sino en mi mente,” 



200 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MASTIN 


Estas palabras trascienden a sinceridad* En ellas 
queda deslindado lo real de lo imaginario, y aún pro- 
fesando con Yalera el principio de que “la hipocresía 
es defecto del romanticismo español”, no hay derecho 
a poner en duda lo que el soñador Gustavo enuncia y 
lo que corrobora en otro pasaje, diciéndonos lo que an- 
tes nos ha dicho: “mis afectos se reparten entre fan- 
tasmas de la imaginación y personajes reales.” 

¿Quiénes fueron las mujeres reales que despertaron 
en Bécqner las inefables torturas del ensueño y del 
amor? Uno de sus amigos confidenciales, Moreno Godi- 
no, que juntamente con Augusto Ferrán y Ramón Go^ 
rrea, era depositario de las expansiones de Béequer, es- 
cribió: “Este poeta de la mujer sólo tuvo dos amores. 
Pero amores como los suyos llenan toda una existencia. 
Como todo joven altamente organizado, amó primero a 
una mujer de alta clase, o, mejor dicho, amó en ella el 
lujo que la rodeaba. Pero, no bastándole este marco es- 
plendoroso, ni los atractivos de la línea aristocrática, 
quiso penetrar en el corazón de aquella mujer predis- 
puesto a la sensualidad, pero que desconocía las idea- 
lidades de la pasión deseada por Béequer. Este couSfr* 
mió todas sus energías juveniles en animarle con el 
quid dimtium del amor y en esta empresa imposible 
gastó su alma y su juventud.” 

Moreno Godino calla el nombre de esa mujer, inspi- 
radora de un amor funesto y fecundo a la vez. ¿F -ué, 
como se afirmó, Julia Espina y Guillén, la hija del Di- 
rector deí Conservatorio de Madrid? 

La segunda mujer es el polo opuesto de la anterior. 
Era sevillana. Hija de pescadores. Era una fior de ado- 
lescencia, fresca, pura. Fresco y puro, sin perturbado- 
ras sombras pasionales fue el amor que se profesaron 
en una isleta del Guadalquivir, El día en que Béequer 



DE GABCILASO A RODÓ 


201 


sintió turbarse la serenidad límpida de su afecto ante 
los encantos de aquella candorosa náyade, “morena, 
de ojos pardos y vivos, de negro pelo, tendido y flo- 
tante”, el poeta resolvió no veida más. Abandonó la 
isla y se marchó a Madrid. 

Refiriéndose a esas dos realidades femeninas, decía 
Récquer a sus amigos: “Aquella mujer y esta niña han 
sido las dos únicas que han conmovido mi corazón. 
Pero a una faltábale fondo y a la otra superficie, con- 
junción difícil que desespero de encontrar.” Para la 
adolescente del Guadalquivir se desgranaron de la lira 
de Bécquer los acordes de la rima XV. Las dos prime- 
ras estrofas dedicadas a ella, son dos madrigales. De- 
licadeza de imágenes, obsequiosa tenuidad de senti- 
mientos, diáfano idealismo se entretejen en ella, con 
el arte único dei excelso sevillano. En la tercera el 
poeta se presenta a sí mismo, poseído al mismo tiempo 
de un ansia perpetua e indefinible de felicidad y por 
el amor que le inspira esa hija ardiente de su visión. 
Y esta visión, de la que huye Bécquer, se desvaneció en 
la rósea lejanía de su recuerdo. 

Para la estatua inanimada que tenía 


“el color v la línea, 

«/ * 

la forma engendradora de deseos,” 


sangró el corazón del poeta, escribiendo la rima XLI, 
cuyo título podría ser, como el ele la rima anterior- 
mente citada, “Tú y Yo”. 

¡Qué dolorosa contraposición! Aquélla es alborada 
primaveral en Andalucía; ésta es noche de tempestad 
invernal en las parameras del Guadarrama ! 



202 


CITABA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


BÉCQüEB Y HEINE 

No es posible discurrir so-bre la poesía de Bécquer, 
ein dedicar un momento de atención a su semejanza o 
afinidad con uno de los más grandes poetas líricos dei 
amor en el siglo NTX: el alemán Enrique Heme, ya 
citado en estos apuntes, al clasificar los períodos de las 
rimas amatorias. 

Afirman algunos críticos que es completa la indepen- 
dencia de la inspiración del poeta español (Valora) . 
Se esfuerzan otros en demostrar la influencia directa 
que sobre él proyectó el oríginalísimo cantor del “In- 
termezzo” (Blanco García). Admiten loa más que 
Heme pudo ser para Bécquer la luz reveladora de ru- 
tas nuevas en la noche ; que entre ambos existe, a pesar 
de las grandes diferencias que luego señalaré, un inne- 
gable parentesco espiritual. He ahí los tres criterios 
con que se encara este problema. Creo, como resultado 
de mis lecturas sobre este particular, que todo exclusi- 
vismo resulta aquí inaceptable. Veamos: 

Quince cantares de Heine, traducidos al castellano 
por Eulogio Florentino Sanz, fueron publicados el 15 
de mayo de 1857 en el “Museo Universal”, revista en 
la que Bécquer comenzó a colaborar ocho años más tar- 
de. Por aquella época también (1855), se había publi- 
cado en París la traducción francesa de los “Lieder” 
de Heine, hecha por Gerardo de Nerval. 

No es, por lo tanto, presumible que Bécquer dejara 
de enterarse ni de interesarse. Pero no puede igual- 
mente decirse que aquella lectura, para él seguramente 
impresionante, lo baya arrastrado a la imitación, como 
lo establecen con toda soltura algunos críticos y trata- 
distas ; por ejemplo, Hurtado y J. de la Serna en su 
reciente “Historia de la Literatura Española”. 



DE! GAECILASO A RODO 


203 


Los cantares de Heme pudieron sugerir a Bécquer la 
oportunidad de la composición breve, pero las líricas 
de pocas estrofas y hasta de pocos versos, de índole ma- 
drigalesca, humorística, erótica o religiosa, no escasean 
en la poesía genuinamente española. Tampoco puede 
afirmarse categóricamente que haya tomado los temas 
ni calcado la estructura de determinados- cantares ger- 
mánicos, El temperamento filosófico y amoroso del se- 
villano no se confunde en momento alguno con las mo- 
dalidades del alemán. El sentimiento lírico y el arte 
musical atesorados en la forma becqueriana, no tienen 
dejos ni remedos de los cantares de Heine, por lo me- 
nos tales como yo los conozco, en las traducciones cas- 
tellanas de Pérez Bonalde, José Pablo Rivas y Teodoro 
Llórente. 

Me sorprende este traductor y poeta de mérito al 
afirmar que “sería el caso más extraordinario de ins- 
piraciones eoineidentes, la igualdad del asunto princi- 
pal, la analogía de sentimientos, la identidad de tonos 
y la semejanza de formas métricas, que hay entre las 
rimas do Bécquer y el “Intermezzo”. Asunto princi- 
pal: el amor. Analogía de sentimientos: la exaltación 
erótica, el dolor y el despecho. El tono... en relación 
íntima con la idea. Semejanzas de formas. . . la gene- 
ral que puede existir, dada la métrica de las dos len- 
guas, en las composiciones breves, pues no es necesario 
probar que Bécquer combinó los colores y las notas de 
sus rimas con su propio espíritu, con los matices y la 
armonía de nuestro idioma, que le fué dócil y fiel y no 
“rebelde”, como él modestamente lo canta en su pri- 
mera rima. Si coincidencias deben señalarse, las halla- 
mos en ciertos caracteres ingénitos de uno y otro y no 
de sugestión literaria. 

Distingue a Bécquer como a Ileine, la naturalidad de 



204 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MABTÍN 


2a expresión, la nitidez del estilo, la sobriedad de len- 
guaje, la ausencia completa de ampulosidad, de afecta- 
ción, de vana retórica. Puede objetarse que uno y otro 
obtienen sorprendentes efectos de belleza, adivinando 
lo ideal en lo real, facultad estética que el español y 
el germano poseyeron en alto grado. No tiene mayor 
consistencia esta objeción, por cuanto todo poeta de 
verdad lo es cabalmente por este poder visivo interno. 
Cierto es también que los Lieder y las Rimas, de breve 
extensión, por su propio género, no deben desarrollar, 
como los poemas líricos amplios, una serie organizada 
de ideas ni de sentimientos. Los dos poetas, por lo tan- 
to, fijan en sus composiciones líricas un estremecimienr 
to momentáneo, una vibración íntima, súbita y fugaz, 
un • impulso pasional repentino, y por eso mismo im- 
presionante. . . Los dos poetas nos sorprenden no po- 
cas veces con el raro don de condensar en pocos versos 
una vastedad de sus paisajes espirituales, haciéndonos 
entrever y sentir en esos paisajes lo risueño y lo lúgu- 
bre, lo placentero y lo tempestuoso. 

Creo que sea muy difícil probar que por espíritu de 
imitación o por escuela pueda llegarse a estas conso- 
nancias que no son de forma, sino de temperamento. 
Y son en efecto, las peculiaridades del temperamento 
personal de Béequer las que gustamos en sus rimas; 
peculiaridades que trataré de bosquejar aquí en para- 
lelo a las de Heme. 

Béequer nos cautiva, en primer término, con una 
melancolía dulce y soñadora que se extiende sobre to- 
das sus líricas, iluminándolas tenuemente, pero dejan- 
do siempre en los contornos de cada idea y en el fondo 
de cada emoción, penumbras llenas de insinuaciones. 
Temperamento melancólico, era en segundo término, 
hondamente afectivo, deseoso de expansiones sentimen- 



DE GARCILASO A RODÓ 


205 


tales, e incapaz de alimentar odios y ni siquiera anti- 
patías, porque no estaba hecho a las asperezas de la 
lucha* Una y otra modalidad adquirieron hondura y 
extensión en su espíritu bajo el imperio de las adver- 
sidades que lo acosaron desde la infancia. Pasó por la 
vida, que es combate sin tregua ni exenciones, como un 
vencido a los ojos del vulgo. La Oloria, que pocas ve- 
ces traspone los umbrales del hogar de los poetas, de 
los artistas y de los pensadores en compañía de la 
Fortuna, no visitó al lírico -enamorado en m desam- 
paro de Madrid, ni sorprendió al ermitaño laico del 
Monasterio de Vemela cuando a ese retiro de la Sie- 
rra de Moncayo había acudido el poeta con su herma- 
no Valeriano, llevado por la ilusión de restablecer su 
frágil salud. 

De tal modo lo dominaron esas dos modalidades y 
las circunstancias adversas, que la sensibilidad del poe- 
ta recluido en la serranía, a solas con la naturaleza y 
el arte, hicieron do él el estupendo poeta de las Rimas 
y de las Leyendas, Hicieron de él un soñador y un 
visionario, lo mismo en la prosa que en la poesía. Las 
realidades de su tiempo fueron agitaciones en la polí- 
tica, fermentación en las ideas filosóficas, lucha en las 
religiosas. Béequer vivió .al margen de esta ebullición 
perturbadora. Fué como el lago que se adormece entre 
montañas, reflejando castillos en ruinas y follajes 
sombríos en largas noches lunares. Allí florecen sueños 
maravillosos y discurren extraordinarias visiones. Allí 
se iluminan “Los ojos verdes” y resuena “El Misere- 
re”; en ese boscaje se desliza la mujer ideal, revelada 
por “El Rayo de Luna” y corretea loca y fantástica- 
mente “La corza blanca”. Eso es Béequer. 

Lo opuesto es Heine. 



206 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


Burlado en su amor, no sin verdad dice: 

í( Están emponzoñadas mis canciones, 

¿No lo han de estar, mi amor 4 ? 

Tú mataste mis dulces ilusiones 
con tósigo traidor. 

Llevo en el alma sierpes enroscadas.’ * 

No perdona. No se resigna. La ironía corrosiva, la 
malicia rencorosa, el humorismo hiriente, desbordan 
eon muy pocas intermitencias de sus labios. En esas 
intermitencias, segrí n su propia confesión a Gerardo 
de Nerval, “ llora”. 

Abandonado por Amalia Heme, su prima, maldice 
su primer amor, y maldice del amor, que ya no es para 
él más que un pasatiempo. Apenas empieza su produc- 
ción literaria, cuando manifiesta su carácter combativo, 
siempre dispuesto al ataque contra los hombres y las 
instituciones que encarnan ideas estéticas, sociales, .re* 
Jigioaas o políticas opuestas a las suyas. En esa actitud, 
insomne y exasperado, transcurre toda su existencia, 
implacable para sus adversarios, así como fué estoico 
para el dolor. Desde este punto de vista general de los 
dos líricos, podemos ver ahora algunas particularidad 
des de ambos poetas del amor. 

El alemán no vacila en combinar delicadeza y mor- 
dacidad. Tiene de la esfinge que brindaba delicias em-. 
Indagadoras con el beso de sus divinos labios mientras 
desgarraba -el corazón de sus víctimas. Tiene de la dul- 
císima Loreíey, que absorbía con las modulaciones de 
su voz a los incautos barqueros para complacerse en su 
naufragio. Bécquer no posee este don diabólico. Es in- 
comparable en la delicadeza; pero resulta de una sim- 
plicidad desalentadora cuando la irritación lo lleva al 



DE GARCILASO A RODÓ 


207 


léxico despectivo, Heine, que es un maestro de la sáti- 
ra, sabe recubrirla de maliciosos encajes en sus canta- 
res, Bécquer, espíritu sin doblez, sólo pone en eviden- 
cia su dolor. El primero es un desilusionado que se 
venga; el segundo, un enamorado que llora. Ambos 
son pesimistas. Pero Heine se ríe sarcásticamente, a la 
manera de Voltaire. Bécquer se reconcentra y forja en 
sus rimas su desolación espiritual. Es que el poeta del 
“Intermezzo’ 5 , en guerra con su patria, con loe hom- 
bres y con los dioses, tiene la sequedad del tronco so- 
litario que el rayo carbonizó, mientras el elegiaco de las 
rimas, bajo una corteza anticipada, conserva la fres- 
cura del árbol joven que aguarda el advenimiento de 
una nueva primavera. 


IV 

LA FORMA BECQüERIANA 

Bécquer es por la forma de sus líricas, el más per- 
sonal de los románticos. Había sido y era virtud o de- 
fecto de los poetas del romanticismo, una deslumbran- 
te prodigalidad de ritmos y de rimas, desplegados apa- 
ratosamente. En su afán por obtener efectos, sobre to- 
do de musicalidad los dos liróforos más representati- 
vos, Espronceda y José Zorrilla, ejercitaron su destre- 
za en la construcción de amplias escalas métricas, a la 
manera de Víctor Hugo, en el fantástico poema de 
“Les djins”. Pero se probó una vez más que el arte 
no está precisamente en el artificio. El lenguaje sono- 
ro y melódico de dichos poetas, sus desbordes imagina- 
tivos y eus despiltarros fraseológicos, deleitaron los 
oídos de sus contemporáneos, sin conquistarles el alma. 

Es que la forma no fué para ellos solamente “me- 
dio” Dijérase que fué sobre todo su “finalidad 55 . Ha- 



208 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

berse mantemá o en el extremo opuesto, constituye el 
carácter diferencial y la prerrogativa inconfundible 
del insigne sevillano. 

j Extraño caso!, nos decimos. ¿Cómo fue posible que . 
un andaluz diese preferencia a la sencillez sobre el 
fausto de las formas poéticas; a la concisión sobre el 
pomposo despliegue ; a la naturalidad casi familiar del 
romance, combinado al capricho y con apariencias de 
descuido, sobre el atildamiento efectista y pretensioso? 
Bécquer, — nos respondemos, — formó su propia escuela* 
Tiene su magia : expresar lo más complejo en el len- 
guaje más corriente ; lo más profundo con las frases 
más claras y directas; lo más bello y delicado, con el 
menor esfuerzo técnico y emocional, en un estilo cris- 
talino. 

Llórente compara, y con acierto, los “Cantares de 
Reine’ a diminutas y transparentes copas de purísi- 
mo cristal de Bohemia, talladas con suma elegancia. 
No puede aplicarse este bello símil a las rimas del 
poeta sevillano. Nos recuerdan éstas murmullos de 
frondas y blancuras de espumas, levedad de nieblas 
matinales, transparencias de gotas de rocío, tibiezas de 
rayos lunares y aromas de patios andaluces confiden- 
ciales. La fantasía y el corazón de este poeta, es arte sin 
artificio. Nunca pudo efectuarse un trasvasamiento más 
directo y pleno que en las rimas... sin rima. Bástale 
a Bécquer la asonancia, que en sus cadenciosos roman- 
ces de pie cortado, nos da la sensación tenue de los 
acordes lejanos. Preíwe el endecasílabo unas veces so- 
lo, en combinación con el heptasíiabo otras, pero el 
sentimiento innato de la armonía lo. lleva al deleite 
de la variedad métrica, más apropiada al impulso es- 
piritual con que escribe, y ese impulso espiritual, o sea 
la emoción del momento lírico, aparece a nuestro espí- 
ritu, en la brevedad de 9us composiciones, como la di- 



209 


DE GARCITjASO A RODÓ 

vinización de un mundo íntimo de afectos y desilusio- 
nes, esperanzas y desengaños, alegrías y angustias, in- 
timidades presentes y lejanas añoranzas. Breves son 
las composiciones; pocas, las palabras; pero, cada pa- 
labra es una plenitud; cada composición, el traspasa- 
miento de un mundo. 

Podemos decir d# esta característica y admirable 
concisión «becqueriana lo que en “Los Héroes’ ’ dice de 
Burns, Tomás Carlyle: “Hablaba poco, pero se distin- 
guía su palabra en que siempre rebosaba de conteni- 
do.” Y lo que Emerson escribió de Goethe, creyendo 
formular el más alto elogio del insigne germano: “Ca- 
lla mucho más de lo que expresa y pone siempre algo 
en cada palabra.” 

He aquí dos afirmaciones iguales que pueden con 
justicia aplicarse a Bécquer. Y no se observe que, por 
tratarse de un cantor melancólico, cuyo dinamismo 
fundamental, si no único, fué el amor, carece de inte- 
rés. No. Bécquer, eminentemente subjetivo, a poco que 
se le lea, no tarda en* adquirir para sus lectores la 
fuerza y la intensidad de penetración de todos los es- 
critores que, en distintas maneras, según su propia ín- 
dole, traducen por medio de la palabra, situaciones 
humanas de todos los tiempos y de todos los pueblos. 
Su mundo interior es el nuestro. Adivinando lo que él 
calla, o mejor dicho, lo que nos expresa, en la síntesis 
de sus rimas, ascienden a la luz y nos sorprenden las 
intimidades, vividas o soñadas, de nuestro mismo yo. 

Su himno, que empieza anunciando en la noche del 
alma una aurora, es el nuestro. Cuando, al final de 
ese himno, entona la elegía de sus muertas ilusiones y 
deplora la orfandad de su alma solitaria, sombreada 
definitivamente por el pesimismo, jcon qué irresistibles 
y hondas simpatías confundimos eon las del poeta 
nuestras nostalgias y nuestros lamentos! 
u 




BENITO PÉREZ GALDOS 


¿La novela, que había sido un género, si no inexistente, 
por lo menos de exigua importancia durante el perío- 
do romántico, apenas terminado éste comenzó a con- 
quistar altura hasta obtener la preeminencia. 

A los poetas líricos, siguen en el último tercio del 
siglo XIX los novelistas. Constituyen su grupo: Va* 
lera, Pereda, Luis de Colonia, Emilia Pardo Bazán, 
Palacio Valdez. 

El autor que voy a tratar muy brevemente en esta 
nota, Benito Pérez Galdós, tiene el mérito de los ini- 
ciadores, pues su primera obra “Fontana de oro”, apa- 
feció en 1870, seis años después de “Escenas monta- 
ñesas”, el libro con que abre su carrera artística el in- 
signe Pereda. Tiene igualmente, Galdós, el prestigio de 
una fecundidad única en su época y notable en la his- 
toria de nuestra literatura. A estas dos condiciones 
debe agregarse la de una popularidad que por lo pro- 
funda y extendida, llega a sugerir la idea de la gloria. 
No cabe aún emplear sin restricciones esta palabra, 
puesto que la supervivencia de un nombre literario en 
la admiración de las generaciones, es el resultado de 
un fallo emitido por la crítica y por el espíritu del 
pueblo, prescindiendo de toda circunstancia transitoria 


DE GARCILASO A RODÓ 


211 


y limitada, que haya podido dar actualidad a un es- 
critor. 

Ser escritor popular no es lo mismo que ser un escri- 
tor glorioso. 

¿De dónde nace la excepcional popularidad de Gal- 
dós? De haber sido un hombre del pueblo. Con esta 
afirmación tan sencilla de enunciar, quiero decir que, 
en vez de elevarse ni por los argumentos, ni por el es- 
tilo de sus novelas, a una producción para eruditos, in- 
telectuales y estetas, escribió en el lenguaje del pue- 
blo cesas que habrían de apasionar al mismo pueblo. 
Liberalismo y democracia, son las dos corrientes de 
sentimientos y de ideas que dominaron a España en el 
último tercio del siglo pasado, y Galdós, aunque revis- 
tiéndose como novelista moderno, de 4 ‘una impersona- 
lidad ”, que le escuda contra interpretaciones malévoj 
las, abre amplio cauce a esas dos corrientes, en sus no- 
velas. 

Política y religión, las dos preocupaciones esenciales 
de España, hicieron de Galdós el ídolo de todas las 
agrupaciones anticlericales, y, por lo tanto, el enemigo 
por antonomasia, de los conservadores y tradiciona- 
listas. 

No es poco el daño que este carácter combativo hizo 
a Galdós, llevándole a escribir obras militantes, en que 
la pasión sojuzga al arte, hasta el punto de dar en lo 
mecánico y folletinesco, en algunas de sus obras, como 
en “Doña Perfecta ”, la obra indicada en el Programa 
para el estudio de este autor. 

I 

■CARACTER DE SUS OBRAS 

•Hablar, como dice Menéndez y Pelayo, de las obras 
de Galdós, sería entrar en el estudio de la novela en 



212 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MASTÍN 


España, durante cerca de treinta años. Podemos decir 
con certeza que Gal das fue hombre de su tiempo. Lo 
mismo que dijo Emerson de Goethe, en su obra “Los 
hombreo simbólicos”, lo podemos decir de Galdós : 
“Fue hombre que maduró en este siglo, que respiró su 
ambiente y saboreó sus frutos.” 

Desde muy joven, Galdós se va a orientar en el mun- 
do de las letras, llegando a descollar en el género no- 
velesco, cuya labor, como dije ya, es fecundísima. 

Su vocación era definida, según lo fue la de su cole- 
ga Pereda: ser novelista desde sus primeros ensayos, 
sin erróneas desviaciones hacia la poesía, cosa que hu- 
bo de lamentar Juan Valera. 

Tengamos en cuenta que para orientarse tan decidi- 
damente hacia la novela, no tenía a la. vista novelas 
propiamente dicho, que le sirvieran de estímulo y de 
modelo, pues no se habían escrito aún las consideradas 
como obras maestras: “El escándalo”, ‘‘Pepita Jimé- 
nez”, ni “Sotileza”. 

En efecto: Valera no publicó la primera y mejor de 
todas sus novelas, la ya citada. “Pepita Jiménez”, si- 
no cuatro años después de haber salido la “Fontana 
de oro” de Galdós (1870), y “El audaz”, historia de 
un radical de antaño (1871). 

A su vez, tampoco había entregado a la vida del ar- 
te sus creaciones “Tuerto” y “Tremontorio” el autor 
de “Las escenas montañesas”. 

Por esto el nombre de Galdós debe ser escrito en 
primer término en la lista de los creadores de la no- 
vela moderna española. 

En 1873 empieza a escribir los “Episodios naciona- 
les”. Trabajando tesoneramente llegó a terminar las 
dos primeras series (veinte volúmenes) en 1879. 
Consta cada una de diez tomos. La primera comienza 



DE (SáKCILASO A RODÓ 


213 


con Trafalgar y se cierra con 1a. batalla de Arapiles. 
es decir, que desarrolla el agitado período de la inva- 
sión napoleónica. La segunda, otros diez tomos, des- 
ciende del hecho histórico a las agitaciones políticas 
internas producidas de 1814 a 1834. 

No obstante ser episodios independientes, uno de 
otro, se justifica la designación de u series”, por varios 
conceptos. El autor se propuso, en primer término, 
presentar a España a través de cada período, ya sea 
en los distintos acontecimientos históricos de relieve, 
que centralizan sucesivamente nuestra atención, ya 
también revelarnos las incidencias de menor cuantía y 
las intrigas de entre bastidores políticos, que se entre- 
tejieron obscuramente durante los veinte años corridos, 
del 14 al 34. 

En segundo término, a más de la vinculación que ya 
tienen los hechos por su eonseeutividad cronológica, el 
autor consigue darles unidad de plan, y cierta unifor- 
midad expositiva, mediante el artificio de convertir en 
narrador a un personaje imaginario, pero verisímil es- 
pectador de los hechos evocados. Dicho personaje se 
llama Araeeli en la primera serie, y Monsalud en la 
segunda. 

Entiéndase que estos personajes son de segundo or- 
den en cada episodio, a pesar de la importancia que 
asumen ante el lector, 

Al empezar la lectura de los Episodios nacionales”, 
por la imposición del Programa respectivo, todos los 
estudiantes nos dispusimos a saborear intensas emo- 
ciones. Son novelas históricas, — se nos ha dicho — y nos 
lia bastado tal afirmación para que evocásemos la no- 
ción de lo que fué este género literario en la escuela 
romántica. 

A tal punto, se pobló nuestra fantasía de relatos 



214 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

conmovedores. El amor llevado hasta el sacrificio, la 
magnanimidad, el heroísmo, el infortunio, ruinas, pa- 
tria, religión; he ahí los elementos que se amalgaman 
en la novela histórica, tal como la concebimos nosotros 
en las obras de Wálter Seott y en el “Marías” de La- 
rra. 

Pero este mundo de idealidades poéticas y de senti- 
mentalismos líricos, no es el de Galdós. Su historia es 
realmente historia, y la razón, siempre adversaria del 
sentimiento, se lleva la mejor parte. 

Quisiéramos más novela y menos historia y no preci- 
samente para iheiL acabar la verdad de los hechos, sino 
todo lo contraríen' para hacer más vigorosa y palpitan' 
te su visión en el espíritu de cada lector. 

Quisiéramos asistir a la batalla de Trafalgar y a la 
de Bailén, a la tragedia del 2 de Mayo, y las jornadas 
de Zaragoza, con el estremecimiento sagrado de lo 
grande y hasta de lo sublime en el arte. Y eso es pre- 
cisamente lo que no encontramos los estudiantes y qui- 
zás tampoco lo que no ha encontrado la masa del pue- 
blo -español. 

Galdós, por temperamento o por escuela, no quiere 
pagar tributo a la emoción humana. Es frío; muchas 
veces lo es en contradicción con el episodio. Por lo 
menos con el episodio tal como perdura en nuestra 
memoria y en nuestra emotividad, debido a otras obras 
literarias y pictóricas o escultóricas, que glorifican en 
España, las gestas y .personajes del primer período no- 
velado en los “Episodios nacionales” 

Reflejo en estas palabras el estado de ánimo que me 
produjo la lectura de dichos episodios, y debo declarar 
que repetí la lectura, por el apremio muy explicable 
que me produjeron las siguientes manifestaciones de 
Menéndez y Pelayo, en su conocido estudio erítieo so- 



DE GARCILASO A RODÓ 


215 


bre el autor: “En los cuadros épicos, que son casi to- 
dos los de la primera serie de los “Episodios”, — dice 
el incomparable crítico, — el entusiasmo nacional se so- 
brepone a cualquier otro impulso o tendencia. La mag- 
nífica corriente histórica, con el tumulto de sus sagra- 
das aguas, acalla todo rumor menos noble, y entre tan- 
to martirio y tanta victoria, sólo se levanta el simula- 
cro augusto de la patria, mutilada y sangrienta, pero 
invencible, doblemente digna del amor de sus hijos, por 
grande y por infeliz.” 

i Qué hermosos párrafos 1 La visión que nos muestra 
nos ilumina la fantasía y nos emociona. Pero creo que 
no surge del relato, sino de los grandes sentimientos 
patrióticos de Marcelino Menéndez y Pelayo, al abarcar 
el conjunto del episodio, o tal vez a la sola lectura del 
título, que sintetiza un poema. 

El lenguaje y el estilo de estas historias noveladas, 
no nos sugieren la metáfora “de una tumultuosa co- 
rriente de sagradas aguas”, sino de un curso lento, con 
frecuentes remansos. 

¿Que hay martirios y victorias? ¿Que aparece Es- 
paña mutilada y sangrienta? Es indudable. Pero, tan 
tristes realidades no nos sorprenden y avasallan en 
estas páginas, con la potencia del mármol cincelado o 
del bronce fundido, con la sugestión extraña de una 
tela de Goya o el arrebato de una estrofa de Quintana. 

ISd tal hiciera, de acuerdo con lo que el elogio ante- 
riormente transcripto afirma, no resultaría cierto lo 
que a renglón seguido, el mismo Marcelino Menéndez y 
Pelayo predica, sobre el sentido altamente educador y 
sano de estas obras. En ellas el autor no enseña “un 
absurdo y estéril cosmopolitismo”. No enseña tampoco 
u a odiar al enemigo, ni aviva el rescoldo de pasiones 
ya casi extinguidas, ni se adula aquel triste género de 



216 CLARA INÉS Z0LE6I SAN MARTÍN 


infatuación patriótica que nuestros vecinos han bauti- 
zado con el nombre especial de chauvinwm. De acuer- 
do; pero muy frío debió encontrar Menéndez y Pela- 
yo el espíritu españolizante de Galdós, para acordarse 
del cosmopolitismo, como si despertara dudas al res- 
pecto, el fondo de los “Episodios”. Termino esta ob- 
servación modesta, pero franca, diciendo que si yo fue- 
ra inglesa leería Trafalgar creyendo en la anglofila 
de Galdós. 

España recibió con aplauso estas obras que consa- 
graron el nombre del autor como novelista. Tal éxito 
enardece su ánimo y da, desde entonces, el ejemplo de 
esa admirable laboriosidad y potencia creadora, cuyo 
fruto, el más valioso quizás para su gloria, fueron las 
cinco series de “Episodios nacionales”. Convienen los 
críticos en que, sin carecer de relevantes méritos, las 
series III, IV y V que empiezan con Zumalacárreguy y 
que Galdós no terminó hasta 1921 con la publicación 
de “Cánovas”, no igualan a las dos primeras. El cam- 
bio de escuela o de preferencias literarias, allá por 
1879, determinó a Galdós a. dejar la novela histórica 
para dedicarse a género distinto. 

Era una época de profunda perturbación religiosa y 
social para España. Galdós, hijo de su siglo, no sola- 
mente no pensó como Nxiñez de Arce, en resistir a la 
corriente del escepticismo y de la negación radical, si- 
no que quiso ser, y efectivamente fué, uno de sus pro- 
pulsores. Escribió con tal fin sus novelas de tesis, en 
que plantea problemas y conflictos religiosos y sociales 
Sin la mesura ni el comedimiento con que en los episo 
dios heroicos trata de no provocar el odio del enemigo 
ni de avivar el rescoldo de las pasiones; en estas obras 
resuelve los problemas y los conflictos con el más com- 
bativo de los radicalismos, avivando pasiones y encen- 


DE GAItCILASO A RODÓ 


217 


diendo odios, no monos condenables, — paz’eee natural,— 
que si fuese contra ingleses o franceses. Obras de esta 
índole son “Doña Perfecta ”, “La familia de León 
Roeh” (1878) y “ Gloria’ tres novelas exaltadas y mal 
decidas con igual furor y encarnizamiento por los dos 
bandos trabados en lucha implacable... y hasta san- 
grienta. 

Pereda, paladín de la causa católica en el terreno 
literario, opuso a la propaganda subversiva de las no- 
velas galdosianas su obra “De tal palo, tal astilla”, 
otra novela de tesis cuya trama idealizada y estructura 
de razonamientos la hacen no menos tendenciosa y ma- 
la que las obras por él refutadas. Queriendo probar 
demasiado llega a no probar nada. 

Siendo “Doña Perfecta” una de las novelas cuya 
lectura exige el Programa, sobre ella detengo mi aten- 
ción. 

DI autor nos presenta dos mundos antagónicos: el re- 
ligioso y el liberal. El primero arde en fanatismo, un 
fanatismo tan solapado como destructor ; tan ciego como 
implacable. Lo personifican Doña Perfecta y el Canó- 
nigo Don Inocencio, su consejero, su confesor, amigo 
íntimo de la casa. 

El segundo posee como caracteres intrínsecos ciencia 
y seriedad, tolerancia y franqueza confiada. Lo encar- 
na el ingeniero Pepe Rey, colega del protagonista de 
“La familia de León Roch”, ingeniero tan sabio y tan 
incrédulo como el sobrino de Doña Perfecta. Por un 
quítame allá esas pajas, el canónigo que se despepitaba 
por armarle quimera a Pepe Roy, diabólico huésped de 
Orbajosa, entra en guerra con el joven liberal y no se 
tranquiliza hasta que lo aísla de Rosario, &u prima y 
prometida. Ni termina aquí la venganza. Llega a cul- 
minar con el asesinato del propio Pepe Rey, de cuyas 



218 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

resoltas enloquece la doncella y va a morir miserable-, 
mente en un sanatorio. 

No puede pedirse procedimiento más ejecutivo. Es 
obra más de periodista que de literato. Mías de circuns- 
tancia que de arte. El momento fue, según lo atesti- 
guan historias y crónicas y obras literarias, de espan- 
tosas turbulencias. Bien se echa de ver que esta obra, 
como ataque, no es menos fanática que el fanatismo 
contrario, y como propaganda es tan vehemente, según 
Cesar Bar ja, que llega a ser populachera. La defíne 
este tratadista, como una de esas absurdas historias 
que se oyen contar en España, en el vagón del tren o 
en la diligencia, donde los españoles gustan de discutir 
la existencia de Dios y el crédito de las instituciones 
religiosas, y donde (y esto es natural) prueba más 
aquel a quien Dios, como testimonio de su existencia y 
generosidad infinita, concedió mayor capacidad toráci- 
ca y majmr vibración laríngea.” 

Con criterio pasional, y por lo tanto ciego, distribu- 
ye Galdós el bien y el mal en cantidades absolutas, co- 
mo lo hace en “ Gloria”, cuyas situaciones, por muy 
convencionales que se las juzgue, y cuyos personajes, 
por muy arbitrarios que se consideren, encuadran en 
tm concepto artístico mucho más elevado. El bando cle- 
rical es un conjunto de caricaturas y, lo que es pepr, 
grotescas. A sil vez, Pepe Rey, simpático hasta ser ideal 
por muchos conceptos, puesto que el novelista quiso 
cincelarlo como un primor, nos resulta inadecuado para 
la investidura de héroe. Es que Galdós en esta obra, 
no arroja a la escena más que víctimas de una fuerza 
fatal, que sólo existe en la lógica de su apasionamiento 
antirreligioso. No recordó (y un artista nunca debe 
olvidarlo, ya que el absurdo tiene también su razón y 
su lógica), que al lector no le interesa que el novelista 



DE GARCILASO A RODÓ 219 

tome a chacota y ridiculice los personajes y su conduc- 
ta, sino que vaya noblemente a su fin. 

Si algún valor literario tiene 4 ‘Doña Perfecta”, éste 
debe buscarse en la parte descriptiva y en la episódi- 
ca. Termino mis apuntes sobre “Doña Perfecta”, re- 
cordando una apreciación de Blanco García: 

“Todas las figuras de este escenario, indiscutible- 
mente absurdas, debió colocarlas el autor en Sierra 
Mjorena.” 

En plano muy superior al de esta Doña Perfecta, 
cristiana anticristiana y madre antinatural, admiro a 
F-ortunata y Jacinta (dos historias de casadas) que los 
críticos, en general, consideran la obra maestra de 
Galdós, en rivalidad con “Gloria”. Menéndez y Pela- 
do dice de este libro -que “da la ilusión de la vida”. 
Pertenece al grupo de las novelas realistas, con ribetes 
de naturalista, es decir, que atribuye el autor impor- 
tancia al estudio fisiológico de los personajes y a su 
temperamento para presentar las pasiones y los actos 
de los mismos, como resultados de esos determinismos 
Fué el período zoliano de Galdus. 

En “Fortunata y Jacinta”, pinta el autor cuadros 
de la vida vulgar madrileña, cuyo realismo pierde en 
el ánimo del lector su exceso de crudeza, gracias al sen- 
timiento que anima muchas de sus páginas. Se nota 
vigor y soltura en las narraciones; una penetrante ob- 
servación analizadora y, a través de las escabrosidades 
del asunto, que es anatomía de purulencias morales, se 
percibe con agrado el afán de elevarse a regiones de 
luz y de poesía. 

Apartándonos ahora de estas obras de combate na- 
turalistas y realistas, las de tipo pseudo místico, como 
“Nazarín”, y dejando de lado “Los cuatro Torque- 
madas”, dedicaré algunos párrafos a la siempre pon- 
derada “Marianela”. 



220 CLARA INÉS' ZOLESI SAN MARTÍN 

Galdós se nos revela aquí delicado en el sentimien- 
to, fino en la eserutación psicológica, artista en el esti- 
lo, de tal modo que esta obra es algo así como un jo- 
yel afiligranado, para cuya elaboración fueron necesa- 
rios otro taller y otros buriles. 

“Marianela’ 7 , la niña mendiga, tan ruin por su as- 
pecto físico como encantadora por su espíritu, toda luz 
y generosidad, es durante dos años la compañera de 
un joven ciego, de opulenta familia, Pablo Penágiles. 
E»1 idilio de un amor tierno y apasionado los une; pe- 
ro, ¡qué diferencia entre el amor de uno y otro í Ma- 
ri ancla, consciente de su mísera condición, ee ennoble- 
ce basta casi idealizarse, por su espíritu de sacrificio. 
Pablo vive doblemente ilusionado ; sueña hermosa a su 
compañera y cree amarla. Recobra la vista y entonces 
ve, al mismo tiempo, que ni Marianela es hermosa 
ni él la. ama. Todo lo comprende Marianela. Sobre su 
corazón cae la noche desolada y mortal. Inútil es que 
la gratitud más cariñosa intente reanimar el alma de 
Marianela. Pablo y Florentina, su novia, saben que su 
mutuo amor ha puesto la muerte en la dulce niña. Á 
través de toda esta apasionada historia vivimos en un 
mundo de emociones delicadas, hondas, íntimas. Flo- 
rece el ensueño y se iluminan penumbras de melanco- 
lías. Percibimos las vibraciones ingratas de la realidad 
y nos sentimos, de súbito, suspensos, escuchando acor- 
des de músicas lejanas. Cruzamos paisajes inolvida- 
bles, teñidos de albores matinales y repentinamente su- 
frimos, como si viviésemos en inefable concordancia y 
solidaridad espiritual con la protagonista, la acongo- 
jada conturbación que nos produce su muerte. Cae 
desde las luminosas alturas de su ensueño como una 
alondra que interrumpe súbitamente sus gorjeos, tras- 
pasada por una saeta invisible. 



DE GAECILASO A RODÓ 


221 


Algunos críticos, en su entusiasmo por esta novela, 
han llegado a decir que es una creación digna del ge- 
nio de Goethe, tan admirable en el episodio de “Mig* 
non y el arpista .’ 7 


II 


SU ESTILO 


El estilo de Pérez Galdós es sobrio, claro, casi siem- 
pre sencillo. En ‘‘Doña Perfecta” el autor suele real- 
zar el nombre con adjetivos, con el evidente propósito 
de dar colorido a la expresión; pero evita las figuras 
brillantes y el lenguaje poético que embellece a “Mana* 
nela M . 

Por su fraseología y por el desarrollo general de los 
períodos, el estilo de ‘ ‘Doña Perfecta” resulta serio y 
grave. No obstante ser una obra de tesis, es decir, una 
abra en que el autor quiere demostrar un principio o 
una doctrina, y a pesar de su evidente interés de ha- 
cer propaganda, se aparta de las tiradas sonoras y elo- 
cuentes. Quiere obtener efecto, diciendo vigorosamente 
to que dice. 

En los diálogos se nota falta de movimiento; casi no 
hay diferencia entre la manera de decir directa del 
autor, — -parte expositiva, — y la de sus personajes, — 
parto dialogada. 


III 

DIFERENCIAS ENTRE EL ESTILO DE GALDÓS 

Y EL DE Y ALERA 

Valero suele escribir como un académico, para dis- 
cursear ante la Academia. Pérez Galdós, en cambio, 



222 CLABA INÉS ZOtiESI SAN MARTÍN 

escribe como pudiera hacerlo un buen cronista de dia- 
rio. El estilo de Valera es aristocrático; el de Pérez 
Graldós es culto, sin afectación, aliñado, correcto, . con 
dejos de elegancia, fluido sin pretensiones. 

Podría compararse el de Valera a un magnate de 
viejo abolengo, ansioso de producir efecto y deslum- 
brar con su distinción. El de Pérez Galdós, por lo con- 
trario, tendría semejanza con un hombre de la clase 
media, acostumbrado a todos los ambientes, y que sabe 
desenvolverse con toda soltura, sin muchas ceremonias. 
Para Valera el estilo no es un medio solamente; es 
también un fin. Para Pérez Galdós nunca pasa de ser 
simplemente el medio. 



SOBRE LA SILVA “A LA AGRICULTURA 
DE LA ZONA TÓRRIDA” 


Es la mejor composición de Andrés Bello. Tiene do- 
ble carácter: es lírica por la exaltación del sentimien- 
to admirativo con que canta las bellezas de las pródi- 
gas tierras tropicales de América; es moral por la fi- 
nalidad que el poeta se propone en esta obra. 

En efecto : en la primera parte hallamos una pintura 
magistral de las producciones vegetales de la zona tó- 
rrida. Cada frase es una pincelada, cada período es un 
verdadero cuadro; el autor realiza primores de estilo, 
aunque a veces exagera la nota erudita. 

En la segunda parte se dirige a la juventud ameri- 
cana y empieza entonces un discurso moral de alta y 
emocionante elocuencia, tan sincera por su fondo, co- 
mo sonora y académica por la forma. Inculca a la ju- 
ventud americana ei amor a la naturaleza, fuente de 
salud física, y moral, de bienestar económico, al mismo 
tiempo que trata de inspirarle aversión contra los vi- 
cios de la ciudad y de apartarlos de la política ruin, 
de la intriga y de los odios fratricidas. 

Termina diciendo a los jóvenes que la única manera 
de ser dignos descendientes de los proceres de la inde- 
pendencia, es la de continuar y completar la obra de 
aquéllos, conquistando para la industria los fructíferos 
territorios de la patria. 



224 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

Andrés Bello en esta obra, como en todas lae que 
escribió, es castizo insuperable y sabe cultivar la per- 
fección de la forma, aunque con frecuencia resulte frío 
en su léxico y fraseología. Tiende infatigablemente a 
la perfección de la forma, siguiendo los modelos clási- 
cos. Pero, es muchas veces lamentable que a esa puli- 
mentación sacrifique el movimiento y el calor del esti- 
lo, o lo que significa lo mismo, sea frío y amanerado, a 
trueque de ser clásico. 

Ejemplo de ello es la estilización perifrásica con que 
describe en la silva, cada producto de los trópicos. 


“Tú en urnas de cristal cuajas la almendra 

que en la espumante jicara rebosa”. (El cacao) 


“Bulle carmín viviente en sus nopales 

•que afrenta fuera al múrice de Tiro” (Ba cochinilla) 


“El vino es tuyo, que la herida agave 
para los hijos vierte 

del Anahuac feliz”. (El pulque) 

“y la hoja es tuya 

que, cuando de suave 

humo en espiras vagarosas huya, 

solazará el fastidio al ocio inerte”. {El tabaco) 

“Tú vistes de jazmines 

el arbusto sabeo. . . ” (El café) 


Y así, nos cita “el blanco pan de la yuca”, las “ru- 
bias pomas de la patata”, los “nectareos globos de la 
parcha” (mburucuyá), rasgos que culminan con la pin- 
tura del banano que “desmaya al peso de su dulce 
carga”. 



SARMIENTO 


(Si en nuestra fantasía proyectamos a lo largo: de la 
América Latina la alineación de una cordillera simbó- 
lica del pensamiento y del arte, nuestra atención no 
tarda en fijarse en tres excelsas cumbres representati- 
vas de la culminación literaria en la prosa. Pertenecen 
ftl siglo XIX. Dijérase que en cada una de ellas se 
concentró la potencia vital, nueva, inesperada, asom- 
brosa, de este mundo joven cuyos pueblos ofrecen en 
su evolución más de un hecho eo-mparable a los de la 
gigantesca y activa orografía- continental. Las cumbres 
a que me refiero se elevaron con los caracteres propios 
de la tierra nativa, y las modalidades impuestas por la 
época y las circunstancias históricas respectivamente, 
en la República Argentina, en el Ecuador y en Cuba. 

Pero las tres aparecen en la severidad de su recia 
contextura de andesita, engrandecidas por las tempes- 
tades que rodaron sobre ellas, por el dinamismo volcá- 
nico en que ardieron sus entrañas, y por el esplendor 
de los cielos, sobre los que recortan hoy la serena ga- 
llardía de sus líneas: Sarmiento, Montalvo, Martí; tres 
nombres, tres glorias. 

1 ‘Civilización y barbarie”, “Los siete tratados”, 
‘‘Flor y lava”; he aquí las tres obras en que palpita 


15 


226 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


üon pujanza de inmortalidad respectivamente, el genio 
de los tres incomparables prosistas hispanoamericanos 

Un infatigable espíritu batallador animó a loe tres. 
En 1a- manigua cubana, en la alta meseta ecuatorial, 
en las llanuras argentinas, la lucha contra la tiranía 
política y el despotismo ideológico, enardeció a esos 
ilustres americanos, haciendo de ellos polemistas, ora- 
dores, soldados, y nos dió en el cubano un mártir de 
ta independencia de América. 

Prosa de combate, es la que da supervivencia gloriosa 
a su nombre. Tiene la de Montalvo, la pureza del habla 
española más castiza, sonoridad clásica, aroma de anti- 
güedad, maravillosa abundancia de léxico. 

Por su vasta cultura-, por su refinamiento espiritual, 
por la altivez de toda su vida, lo creeríamos uno de los 
exquisitos ingenios de la edad clásica española, de am- 
plia capa, nerviosa espada y siempre afilada plum 

(Martí, en cambio, sometido a todos los azares de la 
vida, en la cárcel, en el destierro y en el campo de ba- 
talla, revela en cada período de su prosa una admira- 
ble potencia épica. Tiene el don de la elocuencia, rai- 
zado por los prestigios de un pensador profundo y ac- 
tivo. Nuestro idioma adquiere en sus páginas la sono- 
ridad del bronce, la incandescencia del acero en el cri- 
sol, y la belleza del modelado artístico. 

Yenciendo ahora mis deseos de subir a las soledades 
de Ambato, propicias a la meditación y de peregrinar 
a la patria de Martí, donde todo es pictórico hervor 
para la naturaleza y el hombre, voy a dedicar estas 
páginas a Sarmiento, distinto de los dos anteriores en 
cultura, en inclinaciones artísticas, en modalidades li- 
terarias, pero de una grandeza original tan plena, que 
ha merecido el dictado de 4 ‘formidable”. 



DE GARCILASO a RODÓ 


227 


I 


EL HOMBRE 

Nacido al pie de loe Andes, en San Juan, el 15 de 
febrero de 1811, comienza su juventud en medio de las 
luchas políticas que siguieron a la independencia ar- 
gentina. Su temperamento arrebatado y fogoso en 
aquel medio primitivo pudo convertirle en un temible 
hombre de bandería. Pero su espíritu excepcionalmente 
comprensivo, inclinado a lo bueno por tendencia ingé- 
nita y por la orientación íntima del hogar, hicieron de 
él, en todas las manifestaciones de su intensa y com- 
pleja actividad, una de aquellas que el pensador Hal- 
dane llamó “ vidas consagradas”, es decir, las que se 
concentran con toda la potencia en un alto propósito, 
Verdadero ideal, cada vez más acendrado, más claro y 
más amplio, que despierta y absorbe toda su acción. 

Las vicisitudes y adversidades de su juventud, fue- 
ron fraguas en las que templó cada vez más su carác- 
ter. Ellas le impidieron realizar sus estudios superiores 
en los dos grandes centros, Córdoba y Buenos Aires, 
los únicos por aquel entonces. Pero ampliando por au- 
todidaxis, bajo el impulso combinado de su voluntad y 
de su inteligencia sus conocimientos, fué maestro a los 
diez y seis años. 

Tras un año de magisterio, vuelto a San Juan aquel 
adolescente, en cuyo cerebro hervían idealidades y as- 
piraciones de orden no comunes, no titubea en recluir- 
se tras un mostrador de almacén, para ganarse el sus- 
tento. 

La vulgaridad de aquel ambiente avivó sus ansias 
vocacionales, en vez de producirle desaliento. Supo ca- 



228 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


pitalizar en conocimientos científicos y literarios sus 
breves ocios de dependiente, de tal modo que desde en- 
tonces sólo vivió estudiando y enseñando. Stas convic- 
ciones de unitario lo obligan a emigrar a Chile en 1829. 
Fué su primer destierro; ocho años de rudo batallar, 
que pusieron a prueba aquella naturaleza de titán en 
formación. 

Destinado a la preeminencia absoluta, luchó allí por 
la vida, en la obscuridad y en la insignificancia. F«ué 
maestro de escuela, abrió un despacho de bebidas, vol- 
vió a ser dependiente de comercio, y por último traba- 
jó en una mina. 

.Regresado a San Juan, a los veintiséis años, revela 
su contextura superior en dos iniciativas que respon- 
dían a su doble vocación de dklaeta y de político: un 
colegio, y un periódico llamado “Zonda”. 

El novel periodista, enemigo del federalismo, fué 
encarcelado. En 1840, apenas a los tres años de su re- 
greso de Chile, cruzó nuevamente los Andes, oyendo 
tras sí la gritería desenfrenada de la canalla, que po- 
cos días antes de su salida pidiera que le fuese entre- 
gado para degollarlo. El periodismo fué entonces uñ 
medio de vida para el expatriado y un arma de. com- 
bate infatigable y gallardamente manejada contra sus 
enemigos políticos. Fué sucesivamente redactor de “El 
Mercurio” en Valparaíso, y de “El Nacional”, fun- 
dado por él en Santiago. 

Es la época en que traba firme amistad con el escri- 
tor chileno Lastarria, quien en sus recuerdos literarios 
lo retrata así: “El hombre realmente era raro: sus 
treinta y dos años de edad parecían sesenta por su cal- 
va frente, sus mejillas carnosas, sueltas y afeitadas, su 
mirada fija pero osada, a pesar del apagado brillo de 
sus ojos, y por todo el conjunto de su cabeza que re- 
posaba en un tronco obeso y casi encorvado. 



DE GARCILASO A RODÓ 


229 


Pero, eran tales la viveza y la franqueza de la pa- 
labra de aquel joven viejo, que su fisonomía se anima- 
ba con los destellos de un gran espíritu y se hacía sim- 
pático e interesante. Tanto nos interesó aquel embrión 
de grande hombre, que tenía el talento de embellecer 
con la palabras sus formas casi de gaucho, que pronto 
intimamos con él. 7 ' 

El prestigio de su pluma y de su palabra, puestas al 
eervicio de la causa de la educación, le llevó entonces a 
una nueva y soñada esfera de labor: la Escuela Normal 
de Preceptoras, fundada y dirigida por él. Pero no por 
eso abandonó el periodismo. 

•La visión de su patria sometida a los desmanes del 
caudillaje, en las provincias, y a la dictadura de Ro- 
sas, en Buenos Aires, exasperaba su espíritu culto, de- 
mocrático, apasionado pero profundamente honesto. 
Esa visión sigue inspirando al periodista, y no tarda 
en llevar su pluma de la hoja volandera del periódico 
a la del libro, destinado a perennizar las ideas y pa- 
siones. 

En efecto: el pedagogo y el periodista que habían 
consolidado la fama y la posición económica de Sar- 
miento, a los halagos que le brinda la sociedad chilena, 
prefieren el combate y hasta el sacrificio por los ideales 
ciudadanos que infi amaban cada día más al ilastre 
argentino. 

Por eso publicó Sarmiento, en 1845, su obra funda- 
mental “Facundo”. El mismo año, ansioso de dar in- 
cremento a su bagaje intelectual, emprendió viaje a 
Estados Unidos y Europa. Regresó después de un trie- 
nio de observaciones y estudios, para reanudar sus ta- 
reas educacionales y periodísticas. Fruto de ese viaje y 
de su experiencia filé su nueva obra “La Educación 
Popular’ 7 (1848). A poca distancia de tiempo dio tam- 



230 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


bien a luz su tercera obra “Viajes por Europa» Asia 
y América’ 7 , y en 1850 publicaba “Argirópolis” o “Da 
capital de los Estados confederados del Río de la Plan 
ta” y “ Recuerdos de Provincia’ libro este último, 
que reveló a sus contemporáneos y fijó ante la posteri- 
dad la delicadeza emotiva de aquel escritor y de aquel 
ciudadano, que parecía no complacerse sino en el rudo, 
batallar contra la suerte y contra los hombres, tenaz y 
agresivo, sufrido y emprendedor, abnegado e indo- 
mable . * . 

“Vivió siempre en situación de guerra, — diee uno.de 
sus biógrafos, — guerra con el ambiente, guerra con los 
hombres, guerra con las ideas/* 

No concebimos otra condición, posible para este Ajax, 
siempre contento de qombatir a la luz, mejor todavía á 
era luz de tempestad. 

Cuando en 1851, bajó a los valles trasandinos la no* 
ticia de que don Justo José de ürquiza, gobernador de 
Entre Ríos, se había levantado en armas contra Rosaa, 
Sarmiento todo lo dejó. Cruza los Andes, pasa de 
Montevideo a Gualeguaycliú, y se presenta al ejército 
aliado, al que se le incorpora con el grado de teniente 
coronel v el cargo de redactor del boletín de la canfc 
pana. 

Sarmiento no había luchado contra Rosas, sino con- 
tra el régimen implantado por el tirano. Por lo tanto, 
no nos extraña que dada la sinceridad y gallardía de 
sus convicciones políticas, Sarmiento se indispusiera 
contra ürquiza, cuando le vio seguir el régimen políti- 
co de Rosas, y más aún contra el pensador y publicista 
Alberdi, porque éste, con su prestigio intelectual, sos- 
tuvo al vencedor de Monte Caseros. 

Desde Chile, adonde se había trasladado nuevamen- 
te, después de su ruptura con ürquiza, mantuvo eon- 



DE GARCIEASO A RODO 


231 


tra Alberdi una de las más ásperas y violentas polémi- 
cas de su vida, pública. Regresó a su patria en 1855, 
para comenzar en ella 1a. brillante y agitada vida po- 
lítica que culminó con la gobernación de su provincia 
natal después de la batalla de Pavón (17 de setiembre 
de 1861), por la cual quedó implantado definitivamen- 
te el régimen federal en la República Argentina, y con 
la Presidencia de la República (1868-1874:). 

Durante los tres años anteriores a su presidencia, 
residió en los Estados Unidos. Vinculado allí con ilus- 
tres hombres dirigentes, pudo satisfacer sus mayores 
anhelos de viajero estudioso y excepcionalmente obser- 
vador. Se consagró preferentemente a los problemas de 
la educación publica, que al americano del Sur, al hijo 
de un país cuyo fruto de civilización dependía de cómo 
se orientase la escuela primaria, le interesaba en gra- 
do máximo. 

Para Sarmiento existía un mal grave en los países 
del Río de la Plata: el universitarismo, cuyo producto 
calamitoso eran los profesionales de la política. Impo- 
níase, pues, orientar la enseñanza, como se había hecho 
ya en los Estados Unidos, a la preparación de elemen- 
tos prácticos y sanos, dedicados a los progresos econó- 
micos de su tierra, al mismo tiempo que a.1 fomento de 
una democracia culta y consciente. 

Publicó con tal motivo sus obras: “Las escuelas”, 
“Base de la prosperidad de los Estados Unidos”, “La 
vida de Abraliam Lincoln” y la de “Horacio Mann”. 
Pué un apóstol y un propulsor de todas las obras de 
progreso material — agricultura, ferrocarriles, navega- 
ción, industrias. Patrocinó con el ahinco vocaeional que 
le había convertido en maestro desde la adolescencia y 
en formador de maestros durante su destierro, la ins- 
trucción primaria. 



232 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


Y con el mismo ahinco, tesonero y radical, procuró 
la extinción definitiva del caudillismo personificado en 
Ricardo López Jordán, así como siendo gobernador 
su provincia había puesto término al terrorismo de “El 
Chacho”, “el último caudillo de las montoneras de los 
llanos ’ \ 

Terminado su mandato presidencial, continuó Sar- 
miento luchando por sus ideales políticos y pedagógi- 
cos, desde distintos puntos, con la palabra y con la plu- 
ma, hasta su muerte, conservando inalterable la fiere- 
za de sus convicciones, el temple espartano de su carác- 
ter, y aquel excepcional espíritu de acción que le dis- 
tinguió en todas sus empresas. 

Murió en la Asunción del Paraguay, el 11 de setiem- 
bre de 1888. 


II 


SU LABOR LITERARIA 


Sarmiento, con el carácter de que di ligera idea en 
los apuntes precedentes, viviendo en un período de 
cruentas luchas políticas, tuvo que ser soldado a más 
de publicista. La misma conciencia del deber, y el mis- 
mo empuje profundamente dinámico, pusieron en sus 
manos, según las circunstancias lo requirieron, la plu- 
ma o la espada, en defensa de sus convicciones. 

El Sarmiento que con la espada en la diestra arries- 
ga su vida, en 1829, en la revolución contra Facundo 
Quiroga, y en 1851, contra Rosas, en Monte Caseros, 
no es, por lo tanto, distinto del Sarmiento escritor, que 

impugna los mismos vicios- políticos sostenidos per 
aquellos personajes. Así, con el aspecto de un comba- 
tiente, entregándose al apasionamiento de sus odios y 



DE GÁRCILÁSO A RODÓ 


233 


de sus ideales de austero ciudadano, debemos ver al au- 
tor de Facundo”, el libro por excelencia que perpetua 
su nombre. 

¿Qué es “Facundo”? Un libro de historia y un poe- 
ma regional, escrito por el más despreocupado de los 
literatos. Es historia, porque en sus páginas está rela- 
tada la vida del caudillo argentino Quiroga, el candi* 
lio de los llanos, cuyo despotismo conocía personalmen- 
te el autor, lo mismo que las gestas sombrías de Aldao 
y de “El Chacho”. 

Es un poema, porque en sus páginas se ven proyec- 
tados resplandores del fuego épico en que ardía la in- 
dignación de Sarmiento, convertida en estro poético. 
Veamos someramente de qué manera se combinaron es- 
tos dos elementos: el histórico y el poético, el científico 
y el artístico, el objetivo y el subjetivo, para dar a las 
letras americanas una obra admirable. 

No era posible, por lo que dije al principio de este 
capítulo, que Sarmiento, dado su carácter y su finali- 
dad combativos, escribiese una historia propiamente 
dicha. Con la franqueza de todos sus actos y palabras, 
lo manifiesta en el epígrafe de la introducción, tomado 
del crítico francés Villeroaine. 

Sarmiento historiador, ama a sus conciudadanos, y 
reclama para ellos un régimen de libertad. No podía 
luego conservarse impasible ante la realidad brutal de 
los hechos actuales, ni ante la evocación de los hechos 
pretéritos. 

¿Impasible? Mal podían los lectores exigir de Sar- 
miento y mal podía éste exigir de sí mismo lo que no 
obtenemos de ningún historiador, por muy ajeno que 
sea a los hechos relatados, aunque pretenda realizar 
exposición científica pura. Nunca falta una circunstan- 
cia objetiva o una predisposición íntima, ideológica o 



234 


CLAEA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


sentimental, que en mayor o menor grado menoscabe 
la imparcialidad histórica. Sarmiento es, pues, honesto 
desde el epígrafe. 

Había escrito con el fin directo de contribuir ai de- 
rrocamiento definitivo del caudillaje. En este sentido, 
“Facundo” es en un plano superior, una obra militan- 
te, como veintitrés años más tarde fue la biografía: “El 
Chacho”, último caudillo de las montoneras de los lla- 
nos”, escrita por Sarmiento en el período de su candi- 
datura presidencial ( 1868 ). 

“Facundo no ha muerto, — dice en la primera pági- 
na, — está vivo en las tradiciones populares, en la polí- 
tica y revoluciones argentinas, en Rosas, su heredero, 
su complemento. Su alma ha pasado a este otro molde 
más acabado, más perfecto. Y lo que en él sólo era ins- 
tinto, iniciación, tendencia, convirtióse en Rosas en sis- 
tema, efecto y fin.” 

Lo que se propone, por lo tanto, este raro historia- 
dor, es evitar que a la faz del mundo, un noble pueblo 
como el argentino aparezca encarnado en una natura- 
leza campestre, colonial y bárbara, en Rosas, el tirano 
“sin rival”, el monstruo “a quien millares de almas 
generosas”, en quince años de lid sangrienta, no ha- 
bían desesperado de vencer. 

Con estas declaraciones, precedidas por la vehemen- 
cia con que apostrofa la sombra terrible de “Facundo” 
para pedirle románticamente que le explique “la vida 
secreta y las convulsiones internas” de su país, em- 
pieza su obra capital. 

Sorprende el talento, o mejor quizás, la genial intui- 
ción con que procede. Habiendo dividido la obra en 
tres partes, dedica la primera al estudio de los carac- 
teres físicos del país. Relaciona dichos caracteres, que 
para él son factores de un indudable determinismo his- 



DB GARCILÁSO A RODÓ 


235 


tórico, con las costumbres, el temperamento y la ideo* 
logia de los habitantes. 

Plantea de esta manera y resuelve por su propia ins- 
piración el problema filosófico de la infiu encía del me- 
dio y del ambiente que dio más tarde celebridad al 
nombre de Hipólito Taina. Las llanuras de la pampa 
y las serranías de Tucumán, descritas por Sarmiento 
en esta primera parte, aparecen a los ojos del lector co- 
mo estupendos cuadros de la naturaleza americana, 
observada y sentida profundamente. 

Rivalizan en belleza estas páginas, no sólo con las 
del poeta argentino Etclievarría, dedicadas a las mis- 
mas regiones, sino también con las de Alejandro de 
Humboldt en sus célebres “Cuadros de la Naturaleza’’. 

Describe luego los tipos originales de la tierra ar- 
gentina: el rastreador, el baqueano, el gaucho malo, el 
cantor. Son otros tantos retratos. Desboi'dan realismo. 
Producto de una civilización a medias, aparecen a 
nuestros ojos sorprendidos por una observación aguda, 
minuciosa y persistente en sus movimientos, en sus vir- 
tudes profesionales o en sus vicios, en sus rasgos ínti- 
mos. Son, al mismo tiempo, páginas documentales y li- 
terarias, a las que deberán acudir en lo futuro histo- 
riadores, poetas y artistas, para darnos la imagen sen- 
sible de esos tipos nativos, en el libro, en la tela o en 
la estatua. 

«No son estos los únicos cuadros donde brilla el vigo- 
roso y rudo poder descriptivo de Sarmiento. Como los 
escritores de Grecia antigua, guiado por su solo senti- 
do de la belleza, infunde vida artística al relato ele los 
episodios y de las anécdotas. 

Entre aquéllos debemos citar la muerte de Quiroga 
en Barranca Yaco (Cap. IX). 



236 


CLARA INÉS ZOLESr SAN MARTÍN 


Entre fas anéccZotas es un modelo; “Facundo acosa- 
cío por un tigre”. 

La segunda parte de la obra es la biografía del pro- 
tagonista. El autor nos lo presenta bárbaramente trá- 
gico, desde su apogeo hasta su muerte. La brutalidad 
salvaje con rasgos de refinamiento felino; el atropello 
premeditado y cínico alternando con manifestaciones 
de honestidad caballerosa; el humorismo sombrío y la 
ingenuidad sentimental y romántica, todo el conjunto 
de elementos psicológicos combinados en la contextura 
humana de Quiroga, por la acción de factores atávi- 
cos, por el desierto y las circunstancias políticas, lo 
desentraña y expone Sarmiento en forma definitiva. 

■Sombra histórica o espectro fantástico, Facundo está 
condenado a la inmortalidad en esas páginas de una 
prosa arrebatada y arrebatadora, robusta hasta la elo- 
cuencia, imaginativa y brillante, desgreñada y selvá- 
tica. 

Podría decirse que la paradoja literaria de estas con- 
diciones guarda relación con la paradoja de los rasgos 
anteriormente citados del caudillo. 

Nos explicamos, pues, el efecto de estupor que la 
obra despertó en toda América y en Europa. El Viejo 
Manido vió de súbito ante sí el asombro de un cuadro 
dantesco, en que el desenfado y la rudeza de un his- 
toriador propagandista, condensaba los horrores de una 
barbarie desconocida. 

En la tercera parte, que comprende dos capítulos: 
Gobierno unitario, Presente y porvenir, juzga el régi- 
men rosista. Con la fogosidad de un tribuno y el tono 
de un profeta, pinta la desolación de su país bajo el 
despotismo. Han muerto el comercio y la industria, ha 
cesado la inmigración de extranjeros. Ha destruido las 
instituciones de enseñanza, encadenado a la prensa, 



DE GAECXLASO A RODÓ 


237 


perseguido a los ciudadanos ilustrados, pisoteado las 
garantías individuales, convertido el crimen en sistema 
de gobierno, profanado la religión. 

No contento con esto, trajo la destrucción a Monte- 
video, que desde 1836 se había convertido “en ciudad 
floreciente y rica más bella que Buenos Aires”. 

Termina pronosticando la caída del tirano, castigado 
por el general Paz, “el manco boleado”, a quien Ro- 
sas tuviera, diez años preso. Paz, con sus seis mil vete- 
ranos de Corrientes era, según Sarmiento, el hombre 
destinado por la Providencia a vengar la república, la 
humanidad, la justicia. 

En un arranque final el ilustre desterrado exclama : 
“ ¡.Proteja Dios tus armas, honrado general Paz l” 

Examinada con el criterio de los preceptistas grama- 
ticales y literarios, esta obra nos da la clave del anta- 
gonismo irreconciliable que existió entre Sarmiento y 
Andrés Bello, En efecto: no se le aplicó injustamente 
a Sarmiento el dictado de “anárquico escritor”. Para 
afirmar como lo hiciera desde las columnas de “El 
Mercurio” de Valparaíso, que “1a. lengua de Cervan- 
tes era lengua muerta para la civilización, se requería 
ciertamente mayor cultura lingüística y más amplio 
conocimiento de los autores”. 

Ahora bien: ni en m léxico, que es pobre, ni en sus 
giros tomados del pueblo o constituidos con desenfadado 
capricho, podía aquel robusto cerebro cimentar autori- 
dad alguna en favor de su aserto. Pero con sus incorrec- 
ciones y barbarigmos, con su prodigalidad de metáforas 
y alegorías, con sus salidas enfáticamente románticas, 
con sus intemperancias de gaucho de la república de 
las letras, y a pesar de todo eso, dio a su estilo tal 
colorido y potencia que hizo una de las obras más ori- 
ginales de la literatura americana y concentró en ella, 



238 


CLARA INÉS ZOLKST ‘SAN MARTÍN 


según Roció, virtud poética bastante para vivificar una 
larga prole literaria, en la novela, en el drama y en la 
leyenda. 

No era posible, pues, que el redactor de 4 ‘El Mer- 
curio ” de Valparaíso y Andrés Bello hicieran raigas 
por mucho tiempo. Sintetizando la índole de sus diver- 
gencias, me limito a recordar que en Sarmiento todo 
es espontáneo y primitivo, mientras que en Andrés Be- 
llo todo es mesura y estilización ; que Sarmiento, ple- 
tórieo de ideas y de apasionamiento, desdeña la forma, 
en tanto que Bello tortura la idea para adaptarla a los 
moldes tradicionales y preestablecidos. 

Son los pueblos y no los literatos, — exclama Sar- 
miento, — quienes forman los idiomas. ¿Quién le hubie- 
ra dicho entonces a Bello, campeón intransigente del 
purismo estático que ; ochenta años después Anatole 
France, uno de los más grandes escritores de fines de 
bu siglo y comienzo del nuestro, escribiría en la “Vie. 
Lítteraire” estas palabras, al parecer calcadas sobre lo 
que en 1842 anticipaba el levantisco euyano de “11 
Mercurio”? : 

“La lengua ha sido hecha por el pueblo; es la obra 
de la multitud ignorante. Los literatos han colaborado 
en ella en muy pequeña parte, y esa parte no es la me- 
jor.” (Ver Jean Paul, “La Nación”, 20 de noviembre 
<& . 

Sarmiento es siempre un nativo a pesar de su cultu- 
ra y de sus ideales de civilización europea. El venezo- 
lano es esencialmente europeo y clásico, aun cuando 
americaniza como en la silva “A la agricultura de la 
zona tórrida”. 

Es que para el argentino el estilo no pasa de ser un 
elemento externo, imprescindible para el logro de sus 
fines políticos y didácticos. En cambio, el estilo es 



DE GAKCILASO A BODÓ 


239 


preocupación smna de Andrés Bello, para la gloria li- 
teraria. 

En la relatividad de estos valores, fondo y forma, 
cuando éstos se presentan en las proporciones ya cono- 
cidas de uno y otro escritor, no es difícil predecir a 
quién corresponderá en el sentimiento publico y en el 
sentir de los críticos el triunfo más amplio. 

A Sarmiento, — nos decimos, — porque la belleza no 
vive enclaustrada en la vetustez de ninguna regla, ni 
de ninguna frase. Se renueva con el lenguaje, a pesar 
del barbarigmo, siempre que el cerebro del pensador y 
el corazón del artista sean capaces de concebirla. 

En este sentido, Sarmiento es reconocidamente un 
pensador y un artista. Como tal se le preconiza en 
“Facundo”. Como artista se le preconiza también, 
aunque con mérito inferior, en “fíeeuerdoe de Pro- 
vincia^. 

Casi no hubo romántico que en el libro autobiográ- 
fico o de memorias, no tratara de dar desahogo a sus sen- 
timientos, y despliegue a sus facultades de escritor, 
cuando no se entregaron también a condenables exhi- 
bicionismos. 

Conociendo, empero, al hombre se nos ocurre de in- 
mediato pensar que la nueva producción no podría ser 
fruto de exaltación romántica, ni de vanidad personal. 
No. ‘Sarmiento no profesó el principio del arte por el 
arte. ~ 

En el arrebato de una polémica, si no la más impor- 
tante de las numerosas que sostuvo, incuestionable- 
mente la más violenta, creyó necesario escribir un li- 
bro de justificación de su origen y de su infancia. Has- 
ta entonces el ataque se había dirigido contra sus 
ideas; pero el chileno Domingo Godoy hirió profunda- 
mente a su contrincante en sus sentimientos íntimos de 



240 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

familia, determinando en él la reacción que habría dé 
arrancarle acentos de ternura, croquis de ambiente, 
pinturas de costumbres, dibujos de tipos provincianos, 
jamás superados en las letras argentinas por la viva- 
cidad del colorido y la hondura de la emoción. 

(Sarmiento atesoró en “Recuerdos de Provincia” 
páginas sentimentales y artísticas, con 1a. sincera ele- 
vación y nobleza de espíritu que selló toda su vida. 
Bastaría recordar a este respecto que la emoción domi- 
nante de sus páginas es el amor filial. 

Sabía cuán delicado os hablar de sí mismo; cuán fá- 
cilmente se da pábulo a la mordacidad de la sátira o 
al cauterio de la burla. No retrocedió, sin embargo, 
porque tenía. fe en su triunfo. Así, en carta privada, 
se lo confiaba a su amigo Tícente Fidel López: “Pre- 
paro, — le escribió, — un libróte titulado “Recuerdos de 
Provincia” o cosa parecida, en el que hago, con el mis- 
mo candor que Lamartine, mi panegírico. Le protesto, 
amigo, que el ridículo ha de venir a estrellarse contra 
tantas cosas buenas y dignas de ser narradas, que ten- 
drán, de grado o por fuerza, que perdonarme la osa- 
día.” 

Y no se engañó. 

El rodo batallador, hecho a todas las crudezas del 
ataque y a las fogosidades de su intemperancia, se nos 
revela en “"Recuerdos de Provincia”, dulcemente me- 
lancólico y enternecido, evocando la ciudad nativa, su 
hogar, sus antepasados, la amorosa y augusta pei*sona- 
lidad de la madre. El escritor selvático se humaniza. 
Bus frases y sus palabras se amansan, adquieren vibra- 
ciones íntimas, que hallan de inmediato las ocultas vías 
de nuestro propio espíritu, y nos conmueven. 

Las cosas inanimadas, al reflejo de sus sentimientos 
personales se colorean, las tradiciones se iluminan, las 



DE OJARCILASO A RODÓ 


241 


figuras coloniales adquieren expresión y earáct^t La 
madre, santa protagonista de este poema, al mismo 
tiempo nativo y académico, revive en la plenitud de las 
gratas realidades domésticas y en el idealismo de los 
inextinguibles afectos filiales, momentáneamente sobre- 
puestos a los afanes de la vida política. 

“He querido apegarme a mi provincia, el humilde 
hogar en que he nacido, — dice con su habitual espon- 
taneidad, — débiles tablas, sin duda, como aquellas flo- 
tantes, a que en su desamparo se asen los náufragos, 
pero que me dejan advertir a mí mismo que los senti- 
mientos morales, nobles, delicados, existen en mí, por 
lo que gozo en encontrarlos en torno mío, en los que me 
precedieron: en mi madre, en mis maestros, en mis 
amigos. ’ * 

La compleja estructura moral de Sarmiento se 
transparente en estas “memorias”. El escritor, a su 
vez, sin perder su ingénito desdén por la literatura, 
hace literatura. Dijérase un gaucho que se despoja por 
unos momentos de sus bravias exterioridades de mon- 
tonero, para acariciar a sus hijos pequeños; suaviza, la 
tosquedad de sus manos y pone en su voz modulaciones 
de inusitada blandura. 


16 



ELEMENTOS ÉPICOS DE “TABARE” 

“Tabaré” no tiene casi elementos épicos, aunque su 
autor se propone darnos el concepto épico, la grandio- 
sidad de lo épico en la muerte de la raza charrúa, sin 
redención y sin historia. 

Y no puede haber mucho de épico en “Tabaré”, 
porque falta lo heroico, lo mismo de parte de los espa- 
ñoles como de parte de los indios. En cambio, lo que 
abunda es el sentimiento, un sentimiento de tristeza 
Vaga completamente romántica: sentimiento del amor 
y sentimiento de la naturaleza. 

El sentimiento de la naturaleza lo canta líricamente 
el autor, el cual narra poco y siente mucho. Zorrilla 
habría podido crear un personaje épico imaginario, ya 
que no existe históricamente, poniendo en un cacique 
eV rapvñtu guerrero, emprendedor y heroico, en lucha 
abierta, sangrienta y feroz contra los españoles. 

Ese cacique defensor de su tierra nativa, personifica- 
ción de su raza, habría ofrecido a la imaginación del 
poeta un aspecto realmente poético en su amor hacia 
Blanca. Pero, en cambio de personaje guerrero, legíti- 
ma encarnación del espíritu charrúa y personaje de 
epopeya, nos presenta un mestizo cargado con el peso 
abrumador de sus ensueños. Es un enfermo del espíritu 


DE GARCILASO A RODO 243 

y un enfermo incurable. En su propio origen está la 
causa de su mal. El hijo del bosque y el retoño ele san- 
gre española, sometidos a una fatal convivencia, dan 
una dramática complejidad a este hijo doloroso de la 
fantasía. Se abstrae idealizando y suspechan que ma- 
quina ; gime y creen que ruge de odio ; es abnegado has- 
ta la muerte y le tienen por traidor; es un mártir y le 
inmolan, como a una fiera peligrosa. Pasa incomprendi- 
do. La incomprensión... Chateaubriand se habría inte- 
resado por este indio meridional. Tabaré vive sufrien- 
do. Aparece grande un solo momento, cuando lucha con 
Yamandú para libertar a Blanca. 

Pero esta escena solamente sería un interesante epi- 
sodio de epopeya, y de ningún modo la escena principal 
como lo es en “Tabaré”. 




ZORRILLA DE SAN MARTIN COMO ORADOR 


La fama de Zorrilla de San Martín como orador, 
iguala o poco menos a la que tiene como poeta. Se le 
considera como uno de los grandes oradores, no sólo 
del Uruguay sino también de América. Al hacer esta 
afirmación debemos referirnos no al Zorrilla actual, 
que declina lentamente bajo el peso de los años, con- 
servando las características de su temperamento pri- 
vilegiado; debemos referirnos al Zorrilla de los buenos 
tiempos, cuando su talento juvenil y su espléndida 
madurez dieron los mejores frutos. 

Lo primero que debemos decir es: ¿qué oratoria dis- 
tingue a Zorrilla de San Martín? Nosotros sabemos 
que fué muy breve su acción parlamentaria, aunque en 
ella no dejó de distinguirse en la lejana época de San- 
tos, como diputado católico. 

En la tribuna parlamentaria uruguaya predominan la 
personalidad de Francisco Bauzá, la de Carlos María 
Ramírez y otras. No tuvo tampoco larga ni descollante 
figuración en la tribuna forense. El abogado se dejó 
vencer por el poeta. Porque Zorrilla es, en primer 
término y siempre, lo mismo con la lira como con la 
toga tribunicia, un poeta. Es poeta en verso, y es poeta 


de garcilaso a rodó 245 

en prosa. Esto equivale a decir que la oratoria de Zo- 
rrilla no es de dialéctica, que no razona fría y severa- 
mente con argumentos para convencer. No se propone 
persuadir. 

Es la de Zorrilla una oratoria dirigida a conmover 
con los recursos del sentimiento más cálido, de la ima- 
ginación más viva y del lenguaje más insinuante y 
cautivador, a la vez íntimamente sencillo y exquisita- 
mente elegante. 

Estas condiciones de sentimiento, imaginación y esti- 
lo, se nos presentan en Zorrilla, no como resultado de 
un esfuerzo o tendencia de escuela, sino como dotes na- 
turales, desbordantes. Y al decir desbordantes casi se 
afirma que su oratoria tiene siempre, aun en las com- 
posiciones más célebres, tales como '‘El mensaje de 
América”, “12 de Octubre de 1892” y la “Oración 
fúnebre en el sepelio del general Mitre”, el sello in- 
confundible de la “improvisación”. 

. Parece, en efecto, que una frase llamara inevitable- 
mente a la inmediata; que un período impusiera el 
subsiguiente; que las figuras se encadenaran de un 
modo tan armonioso como inevitable, y, en fin, que un 
.solo impulso, vehemente y apasionado, empujara todo 
un discurso, como si fuese metal voleado de un crisol 
al molde. 




JOSÉ ENRIQUE RODO 


Vivió solo, seguramente convencido de que, — según 
sus propias palabras, — “la presencia de la multitud le 
hubiera estorbado para el éxtasis”. El éxtasis, en el 
sentido que e9ta palabra debe tener de tejas abajo, re- 
ferida a un filósofo, fue el estado normal de Rodó; un 
éxtasis de recogimiento, de meditación en cosas graves 
y nobles, en armonías y bellezas recónditas. Pasó, no 
como la muchedumbre de que nos habla Enjolrás en el 
final de “Ariel”, “sin mirar al cielo”, sino como un 
enviado, con las pupilas fijas en las alturas, sintiendo 
sobre sí aquella misteriosa vibración de los astros, que 
se parece al movimiento “de unas manos de sembra- 
dor”. 

Por eso a los pocos años de su muerte, ya no podemos 
evocarlo sin recordar a los místicos orientales y a los 
filósofos helénicos, cuya vida fué una dedicación sere- 
na a la espiritualidad propia y una dedicación activa 
al perfeccionamiento moral de sus semejantes. Como 
ellos, tuvo el doloroso placer del aislamiento, priván- 
dose hasta del halago de los vínculos naturales que 
completan y estabilizan nuestro mundo interior. Como 
ellos, a medida que iba avanzando en madurez, sintió 


• DE garcilaso a rodó 247 

más hondo el anhelo de la soledad, aun sabiendo que 
si éste se engrandece, también tortura a quienes se le 
consagran. Y como ellos igualmente quiso, mediante su 
vida ascética, atesorar caudales de enseñanzas, para be- 
neficiar a las mismas multitudes que le consideraban 
un ser exótico y raro. 

¿Acaso lo fué? Basta leer una de sus páginas en 
£ 4 Ariel” o ‘ ‘Motivos de Proteo ?í , basta ahondar en sus 
conceptos morales para ver que de exótico y de raro 
sólo pudo tener ciertas apariencias ante la mirada del 
vulgo. Si determinados intelectuales exteriorizaron 
afectadamente ante Rodó la incomprensión del profa - 
num vulguSf su único resultado fue confirmar la ley, 
siempre vieja y siempre nueva, de que nadie es profeta, 
por lo menos unánimemente reconocido, en su propia 
tierra. 

Aunque profunda y crecientemente amargado por la 
incomprensión de algunos y la hostilidad de muchos, 
su espíritu conservó las prerrogativas de la linfa que 
acendra su cristalina y fresca diafanidad en los ocultos 
meandros subterráneos. Cuando, convertida en fuente, 
salta de la roca viva, en ella palpita la luz con inefa- 
ble fruición, y la vemos ofrecerse, con pródigas ansias 
vitales, a la sed de los campos, de las aves y de los 
peregrinos, para quienes vivió antes en la obscuridad y 
en el silencio preparatorios de todo apostolado, Y así 
como brota la fuente de los labios de piedra en que 
termina su curso escondido, así brotaba del espíritu de 
Rodó, con unción casi evangélica, su diáfana palabra 
de armonía y de moralización. 

Tuvo de los filósofos la poderosa y alta visión inte- 
lectual, desde la que se dominan perspectivas indefini' 
das sobre los quebrados paisajes del espíritu humano, 
De unos y otros aunó en sí mismo la investidura do- 



248 clara INÉS ZOLJGSI SAN MARTÍN 

ceiite en !a forma augusta del arte, porque la idea le 
descendía del cerebro a dos labios hecha Verbo de Be- 
lleza. 

Y se concibe que sea así, recordando que a su vocación 
literaria consagra “la perseverancia, los respetos y 
cuidados de una profesión religiosa”, tal como él 
mismo lo dice del escritor ecuatoriano Monta! vo. 

,Su personalidad de apóstol laico, constituida por la 
fusión del filósofo y del artista, es de las que estén 
destinadas a no amenguar en el tiempo. 

Al apagarse las aversiones circunstanciales que en 
nuestro medio fueron causa de incomprensión y desvío 
para muchos lectores, el autor de “Ariel” recibirá de 
nuestro país, como recibió ya y sigue recibiendo de to- 
dos los pueblos de habla hispánica, la admiración y el 
afecto que merecen los grandes bienhechores. 

* 

* * 

Sd con el criterio de Carlyle o de Emerson, un his- 
toriador quisiera retratarnos “el héroe” o “el hombre 
simbólico” de nuestra literatura, no vacilo en afirmar 
que el primer motivante de sus perplejidades para la 
elección, sería Rodó. 

Lo obligarían a ello el exquisito y vigoroso tempera- 
mento vocacional del autor de “Ariel”, sus facultades 
estéticas, la efectiva dedicación con que cultivó las le- 
tras, aun a expensas de su legítimo bienestar, el alto 
don de simpatía con que supo internarse en todos los 
espíritus, a través de toda la América latina. 

Allí está el desarrollo y la condensación luminosa de 
su vida. No tiene biografía. Como una antorcha de 
esencias aromosas que arde consumiéndose, sólo tiene 
sacrificio y gloria. 



DE GARCILASO A RODÓ 


249 


Nació en Montevideo en 1872. Su niñez y su adoles- 
cencia no atesoraron enigmas ni revelaciones extraordi- 
narias. Pudiera, quizás, señalarse con algún valor sig- 
nificativo 9ii primer trabajo histórico sobre Bolívar, 
escrito cuando era todavía alumno de cursos elementa- 
les en la Escuela “Elbio Fernández”, y publicado en la 
revista que loa mismos niños redactaban en dicha ins- 
titución de enseñanza. 

Bu labor literaria empieza en 1895 en su “Revista 
Nacional de Literatura y Ciencias Sociales”, con al- 
gunos artículos de crítica literaria que produjeron ad- 
miración y fueron el principio de su notoriedad inte- 
lectual. 

Dos años más tarde, suspendida la publicación de la 
revista, dió a luz su primer folleto, “La vida nueva”. 
“El que vendrá”, se titula uno de los artículos de este 
folleto. El joven crítico expresaba en la brevedad de 
sus páginas sus anhelos y propósitos de una renovación 
literaria, de tal modo que fue, sin quererlo, profeta de 
sí mismo. 

Bu revelación plena de crítico hondamente com- 
prensivo, de artista y maestro de artistas, la constitu- 
yó en 1899 su estudio sobre Rubén Darío, considerado 
aun hoy como el más notable de cuántos se escribieron 
►sobre el insigne portalira nicaragüense. 

Ni devaneos juveniles, ni fiebre de ambiciones políti- 
cas parecían existir para el nuevo escritor, que tan bri- 
llantemente acababa de consagrarse. Así como en su 
estilo, había en su mocedad un sereno y grave reposo, 
más propio de la madurez que de las veintiséis prima- 
veras que contaba entonces aquel esteta pensativo. 

Era un pensador precoz. Como tal, su espíritu ha- 
bía efectuado ya largos y fecundos viajes... de Es- 
tados Unidos, el país estupendo de la industria y del 



250 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

comercio, de la plutocracia y del materialismo ealijbá* 
nico, a la ciudad de Minerva, la antigua Atenas, en la 
que hubiera querido nacer, o bien en cuyo seno hubie 
ra querido fijar su estancia este peregrino para identi- 
ficarse con los maestros inmortales del pensamiento he- 
lénico. 

De su viaje ideal nos trajo su segundo ensayo: 
4 ‘Ariel”. 

Con la afirmación de su brillante personalidad lite* 
raria, reconocida por todos en ese libro, hubo de co- 
menzar entonces la crisis de su vida, el comienza de su 
biografía de hombre público, puesto que en nuestro 
país difícilmente podrá concebirse un hombre de letras 
ajeno a la política. 

Efectivamente, esa crisis no tardó en sobrevenir 
Rodó intervino en la política. Es cierto que, desde 
1898, había despuntado su pluma de periodista en “El 
Orden”. Pero la figuración al parecer definitiva, del 
celebrado autor de “Ariel”, empieza en 1902, con su 
ingreso a la Cámara de Diputados, a la que perteneció 
durante dos legislaturas, y esas no continuadas (1901-05 
y 1907-11). No diré que entró en el recinto parlamen- 
tario con las alucinaciones de un Quijote. Pero sí, di- 
rán siempre sus biógrafos, que aquel cerebro de seis 
lustros florecía en optimismos; que atesoraba propósi- 
tos hondos de ser útil al pueblo, y que su rectitud mo- 
ral corría pareja con su inexperiencia política. Dirán 
que con la elevación idealista de “Ariel” y con la se- 
vera espiritualidad de “Próspero”, inspirando eu com 
ducta de novel político y su actividad de flamante le- 
gislador en la hidalguía de su carácter independiente, 
y en la independencia de sus convicciones, mal podía 
triunfar porque mal podía avenirse a los imperativos 
disciplinarios de partido. Tanto valiera un renuncia- 
miento de sí mismo. 



DE GABCILAñO A RODÓ 


251 


No era mi desorbitado soñador de irrealidades. No 
era tampoco un rebelde, hostigado por ambiciones 
egoístas. Pero, menos aún había de ser un mercenario 
contentadizo y dúctil. 

Prefirió sentar plaza de ‘ £ fracasado * J antes que 
amenguar con una claudicación la contextura del mo- 
ralista que llevaba en sí. 

Breve resultó, pues, su actuación parlamentaria. 
Excluido en 1913 de las candidaturas oficiales colora- 
das, se esfuma su vida política en el periodismo, pri- 
mero como articulista en 4 ‘Diario del Plata”, y luego 
en “El Telégrafo”. 

¿Por que, — nos preguntamos, — se resolvió a entrar 
en el torbellino político, que por m naturaleza mal 
puede ser diafanidad y armonía? ¿Obedeció a los mi- 
rajes de una noble pero incauta ambición intelectual? 
¿Cedió a las imposiciones de distinto género, propias 
de nuestro medio, sobre todo para un escritor sin for- 
tuna? 

Indudablemente ni el Rodó de “Ariel”, ni el de 
“Motivos de Proteo”, estaban modelados para nuestros 
partidos políticos. Be oponían la forma de su disciplina 
y la índole de sus luchas. Nada más opuesto a la idiosin- 
crasia de Agorácrito que el carácter de Rodó. 

Y es de notar que cuando se excluyó su nombre de 
la lista oficial, se hallaba Rodó en la, plenitud de su fa- 
ma. Había publicado en 1909 “Motivos de Proteo”, la 
obra que llevó triunfalmente de un ámbito a otro del 
continente y a los mismos cenáculos europeos, el nom- 
bre del Uruguay, con el nombre de Rodó. 

De nada le valió su gloria; se le postergó, y como si 
esto no bastara, aún hubo de sufrir ataques, para él 
tanto más dolorosos cuanto más distaba su tempera- 
mento de la pujanza de polemista, en que rebosaba 



252 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

Juan de Montalvo, tan admirablemente presentado por 
Rodó en un ensayo. 

Es de lamentar que n o haya dejado en ninguna de 
sus publicaciones, ni en sus páginas inéditas, las confi- 
dencias de las perturbaciones que en aquel período de 
su malograda vida pública debieron apesadumbrarle. 
Cuantos lo conocieron dicen de distintos detalles qué 
parecían exteriorizar un estado crítico en aquel mora^ 
lista tan sereno, en aquel apóstol de una bella y eleva- 
da ideología humana. 

-Corrió así el período de 1913 a 1916. Es un período 
de cuatro años, no exento de contrariedades, pero fruc- 
tuoso en distinciones y en gloria literaria. Durante ese 
transcurso, en efecto 9 publica “El Mirador de Prós- 
pero” y su aplaudido ensayo sobre Juan de Montalvo 
(1914), La primera de estas obras, una recopilación de 
críticas literarias, discursos y ensayos, dice por su mis- 
rao título cuál es el carácter esencial de sus páginas. 
Próspero, el sabio en quien la ingénita nobleza del es- 
píritu, el tesoro de la sabiduría adquirida y la expe- 
riencia aleccionadora de un largo vivir realizan el ti- 
po humano equilibrado y sereno, el intelectual libre de 
ataduras mancillantes, es el mismo Rodó. 

Su visión de los hombres <y de sus obras, su análisis 
y su dictamen crítico, proceden efectivamente de lo al- 
to, es decir, de un espíritu que, sin haber conocido 
nunca los planos inferiores en su edad juvenil, apare- 
ce aquí revestido de una autoridad que ni sus mismos 
adversarios circunstanciales se atrevieron a negarle. 

En el ensayó sobre Montalvo puso Rodó en eviden- 
cia su plena madurez de crítico y de estilista. Si es ad- 
mirable por la profundidad con que estudia las moda- 
lidades espirituales y artísticas del gran ecuatoriano; 
hasta el punto de afirmarse que este ensayo nada tie- 



'DE GARCILASO A RODÓ 


253 


ne que envidiar ai que escribió sobre el mismo tema 
Juan de Valera, y que entraña los méritos de la mejor 
escuela de Taine, no menos admirable es por su estilo. 
Es majestuoso sin frialdades; es elocuente sin afecta- 
ciones de retórico ; es severo como un bronce de epo- 
peya, pero tiene reflejos cálidos, porque el alma de Ro- 
dó dejó en él todo el fuego de su entusiasmo. Podría 
■llamarse “la gesta de la forma”, hermoso título que 
lleva una de las páginas de “El Mirador de Próspero”. 

En 1916 Rodó emprende viaje a Europa. Había can- 
tado el mar, la inquieta extensión proteiforme que 
entonces cruzaría por primera vez. Y así lo sintió: 
“Esas afinidades instintivas con las cosas de la natu- 
raleza, esas misteriosas simpatías que parecen recuer- 
dos de una existencia elemental, no me hablan de mi 
fraternidad con la montaña abrupta, ni la tendida 
Pampa, ni otras de las duras formas de la tierra, sino 
de mi fraternidad con las inmensas y ondulantes aguas, 
con el errabundo ser de la ola. Abro el pecho y el alma 
a este ambiente marino; siento como si mi substancia 
espiritual se reconociese en su centro.” 

'Comenzaba en el Atlántico las soñadas andanzas y 
meditaciones de peregrino, que en forma tan inespera- 
da había de epilogar la muerte pocos meses después. 

'Corta fué su trayectoria: de Portugal a Sicilia, des- 
viándose de Madrid y París, los dos grandes centros de 
activa y selecta intelectualidad, donde su nombre des- 
pertaba admiración y afecto, y donde su presencia ha- 
bría determinado homenajes nunca recibidos en la pa- 
tria. Prefirió a estos homenajes las fruiciones estéticas 
de la Italia artística. Un libro postumo, “El Camino 
de Paros”, reproduce las correspondencias en que 
aquel viajero solitario, desconocido para el vulgo de 
Florencia, Pisa, Roma, Tívoli, Ñapóles y Palermo, con- 



254 . CLABA INÉS Z OLE SI SAN MARTÍN 

denso sus impresiones y recuerdos. Leyendo sus ^An- 
danzas”, no tardaremos en percatarnos de que una 
tristeza íntima se va espesando rápidamente sobre el 
corazón del ilustre escritor, y de que el pesimismo le 
muerde dolorosamente. 

Puede decirse de Rodó en esta postrera etapa de su 
vida lo que David en el 4 4 Diálogo de bronce y mar- 
mol”, dice de Miguel Angel: “Aquel soberano dueño 
de la gloria pasó por la vida real en soledad y triste- 
za, sin sonreír, ni aún a las imágenes de su fantasía, y 
esta tristeza era... la de 1a. reminiscencia platónica-, 
era la nostalgia infinita del que ha contemplado en 
otra esfera la belleza ideal y no encuentra cómo aquie- 
tarse en el polvo de la tierra.” 

“¡Oh, che miseria e dunque Feaser nato!” (1) 

Rasgos de pesimismo vertidos, página a página, son 
los siguientes: “Los que hoy se llaman hombres, no lo 
son sino en mínima parte. Todos están mutilados; to- 
dos están truncos. Son despojos de hombres; son vis- 
ceras emancipadas. Su arte es una. contorsión histrio- 
nica; un remedo impotente. Su norma social es la 
igualdad: el sofisma de la pálida Envidia. Han elimi- 
nado de la sabiduría, la belleza; de la pasión, la ale- 
gría; de la guerra, el heroísmo.” 

En Roma se crispan sus nervios y se entristece m 
ánimo ante la población de gatos que ocupan el ruinoso 
Foro Trajano. Contemplando a la plebe felina, adue- 
nada de aquellos despojos de la grandeza imperial, se 
le figuraba ver nuestra .propia civilización. “Caer en 
manos de los gatos, — exclama, — pío es el destino de 


(1) Obi ¡qué desgracia es, pues, bab<*r uacidu! 



DE GARCILASO A RODÓ 


255 


dos loo poderes que envejecen, de todas las glorias que 
se gastan, de todas las ideas que se usan? Somos para 
los antiguos, como los gatos son para las fieras. Genios 
de una civilización de águilas y leones, — termina di- 
ciendo con profundo desencanto, — ¿no será ésta, de que 
nos envanecemos, una civilización de gatos V 9 
El último artículo, fechado en Castellamare, acaba 
con la referencia de una visita a la Gruta Azul. “La 
Gruta Azul fué para mí una decepción, — escribe, — pe- 
ro ya hace tiempo que aprendí a resignarme al desen- 
gaño de las grutas azules . . . * b 
Poco más de un mes había transcurrido desde la fe- 
cha de este artículo, cuando sonó en Montevideo esta 
lúgubre noticia: ¡ Podó ha muerto! 

Era el 2 de mayo de 1917. Aquella alma excepcional, 
generadora de armonías artísticas y morales, nos había 
sido arrebatada, a orillas del Tirreno, en Palermo. 
Perdieron las letras patrias y la literatura hispano- 
americana el prometido tesoro de los “Nuevos motivos 
de Proteo Perdimos también los frutos que había de 
brindarnos su inspiración, vigorizada y florecida nue- 
vamente en su viaje de observador perceptivo y estu- 
dioso. 


u ARIEL * 9 

“Ariel” bastó para que su joven autor subiese rá- 
pidamente “a la categoría de un valor universal en el 
mundo más elevado del espíritu.” 

«Esta afirmación crítica, hecha por el eminente Ra- 
fael Alt amira a la salida de la obra, fué entonces y 
sigue siendo todavía una brillante realidad, y lo que es 
más, sin asomo de contradicción. 

Aquel libro, limitado a una exposición de cien pá- 



256 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

ginas, traspuso de inmediato las fronteras del Uruguay 
y tuvo apetecida y arraigada ciudadanía en todo el 
mundo hispanoamericano. 

■Se convirtió en breviario de latinoamericanismó. 

Nadie, al leer en 1900 el recién salido ensayo, habría 
podido sospechar que era producción de una mente jin 
venil. ¡ Tanta era la madurez de fondo y tanto el es- 
plendor de la forma! El nombre de aquel joven de 
28 años quedó consagrado. 

¿Qué es “Ariel”? 

Un viejo maestro a quien rinden sus alumnos igual 
tributo de acatamiento y de afecto, en la terminación 
del año escolar pronuncia su despedida. Sus palabras, 
hijas de^la sabiduría previsora y amorosa, suenan bajo 
las alas desplegadas de una estatua de Ariel, una re- 
presentación alegórica del espíritu generosamente idea- 
lista, que Shakespeare creó en su drama “lia Tem- 
pestad”. 

El mismo maestro es llamado con el nombre de Pros- 
pero, porque tiene para sus alumnos las condicione! 
superiores con que el genial dramaturgo inglés enri- 
quece al protagonista de aquel drama. 

¿Y qué les dice a sus discípulos, que representan a 
toda la juventud de América, el sapiente maestro que 
asume tan soberano magisterio? 

Les dice que quiere colaborar con ellos en una pági- 
na del programa que ha de regir el espíritu y el es- 
fuerzo futuro de la juventud. 

Sólo es digno de la libertad y de la vida quien es 
capaz de conquistarla día a día para sí, y para ello, 
los hombres como los pueblos, necesitan afianzar pri- 
meramente m fe en determinada manifestación ideal 
y mantener m puesto en la evolución de las ideas. La 
juventud es una fuerza y un tesoro; la juventud es el 



D B GAF.CILASO A RODÓ 


257 


descubrimiento de un horizonte inmenso que es la vi- 
da; la juventud es la depositaría de todos los optimis- 
mos, de todas las esperanzas; pero es necesario que 
sepa cultivar ese optimismo y que mantenga vivas esas 
esperanzas, por las que el alma se vigoriza, lucha, se 
pone en condiciones de triunfar. 

El dominio del porvenir, la fecundidad y la fuerza 
serán siempre de los pueblos que luchan sin desfalle- 
cimientos, con los ideales de la juventud. 

Rodó, por los labios de Próspero, extiende aquí una 
mirada sintética a la antigua Grecia, que recibiera de 
los dioses el secreto de una juventud inextinguible, 
que “hizo grandes cosas porque tuvo de la juventud la 
alegría que es el ambiente de la acción y del entusias- 
mo, que es la palanca omnipotente. * * 

Recuerda también al cristianismo naciente, que fue 
una inspiración esencialmente juvenil, brotada de 
aquel divino florecimiento de gracia, y sublimidad de 
su fundador. La fe en el porvenir, la confianza en la 
eficacia del esfuerzo humano son el antecedente nece- 
sario de toda acción enérgica y de todo propósito fe- 
cundo. Y nadie debe eximirse de ese mandato, puesto 
que hay una profesión universal, — ha dicho admirable- 
mente Guyau, — y ésta es la de hombre . 

El autor empieza aquí a estudiar las distintas civi- 
lizaciones, señalando las virtudes de unas y los peli- 
gros de otras. Atenas ocupa en su pensamiento el vér- 
tice de la perfección. Ella supo engrandecer a la vez 
el sentido de lo ideal y de lo real, la razón y el instin- 
to, las fuerzas del espíritu y del cuerpo. Cinceló las 
cuatro fases del alma. Cada ateniense libre, educado de 
esa manera, vivía dentro de un círculo perfecto, en 
que ningún desordenado impulso quebrantaba la gra- 
ciosa proporción de la línea. De aquel libre y único flo- 


17 



258 CLARA 1KÉB ZOLESI SAN MARTÍN 

reoimiento de la plenitud de nuestra naturaleza, — dice 
Rodó, — surgió el milagro griego , una inimitable y en- 
cantadora mezcla de animación y de serenidad, una 
primavera del espíritu humano, una sonrisa de la his- 
toria. 

¡Qué lamentable y triste resulta, por contraposición, 
el estado de millones de almas civilizadas y cultas que, 
por falta de educación moral, se materializan en los 
diarios afanes por la utilidad, sin librarse un momen- 
to de ellos para dirigir una mirada sobre las cosas, al 
mundo de las idealidades! Viven sometidas a una tris- 
te e ignominiosa servidumbre: la del interés. “No en- 
treguéis nunca a la utilidad o a la pasión, — exclama, — 
sino una parte de vosotros.” 

Y aquí inserta Rodó, como prueba de su enseñanza, 
la parábola del rey hospitalario, que aún habiendo he- 
cho de su palacio 4 'la casa del pueblo” conservaba 
dentro, muy dentro, una misteriosa sala para él solo* 
Allí soñaba: allí se libertaba de la realidad; allí se 
bruñían en la meditación sus pensamientos. Era la úl- 
tima Thule de su alma. El autor entra después a con- 
siderar los caracteres de nuestro siglo, inculpado de 
utilitarismo estrecho, atribuido primero al materialis- 
mo científico, y luego, principalmente, a la democracia 
creadora de mediocridades. Teme que la excesiva 
igualdad vulgarice los espíritus y favorezca la entro- 
nización de Calibán, el monstruo antagónico de Ariel 
Por eso sólo concibe como noble y justa una democra- 
cia “dirigida por la noción y el sentimiento, a las ver- 
daderas superioridades humanas, una democracia en la 
cual la supremacía de la inteligencia y do» la virtud, 
reciba su autoridad y su prestigio de la libertad y des- 
cienda sobre la multitud en la efusión bienhechora del 
amor.” 



DE GARCILASO A RODO 


259 


Este principia lo lleva a encarar de frente el espíritu 
de americanismo, considerado como concepción utilita- 
ria de la vicia e igualdad en lo mediocre. Si ha podido 
decirse del utilitarismo que es el verbo del espíritu in- 
gles, los Estados Unidos pueden ser considerados la 
encarnación del verbo utilitario. 

El espectáculo de esa nación, asombro de progresos 
materiales incomparables, ha despertado en los pue- 
blos hispanoamericanos una inquietud peligrosa : la 
nordo manía. 

No es cierto que Rodó condene el progreso de Esta- 
dos Unidos; antes bien, conceptúa necesario que se ad- 
quieran inspiraciones y enseñanzas en el ejemplo de los 
pueblos fuertes y no disimula su admiración hacia el 
pueblo del Norte, cuyo genio podría definirse como la 
fuerza en movimiento. Lo que Próspero condena es el 
espíritu de vulgaridad, que a su juicio, y sobre todo 
según se creía en los comienzos de este siglo, “se ex- 
tiende y propaga como sobre la llanura de una pampa, 
infinita”. 

El norteamericano ha heredado el espíritu positivis- 
ta de sus antepasados los ingleses, sin el caudal de sus 
idealidades. Y a medida que el utilitarismo genial de 
este país se consolida con la prosperidad material, se 
nota en sus hijos la ambición de dirigir las ideas, de 
■difundir sus moldes de civilización, de desenvolver una 
especie de magisterio romano. La obra puede inspirar 
asombro y respeto; pero, j cuánta diferencia media en- 
tre las sensaciones percibidas por el viajero moderno 
al divisar desde alta mar la gigantesca estatua de la 
Libertad frente al puerto de Nueva York, y la emoción 
profunda y religiosa con que el viajero antiguo debía 
ver brillar sobre la Acrópolis la imagen de Atenea! 

Es que Chicago, Bostón, Nueva York, Baltimore, 



260 


CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 


tienen ia grandeza sin alma que poseyeron en otro 
tiempo Nínive, Babilonia, Tiro y Cartago. “La ciudad 
es fuerte y hermosa, cuando sus días son algo más que 
la invariable repetición de un mismo eco, cuando hay 
algo en ella que ilota por encima de la muchedumbre, 
cuando entre las luces que se encienden durante sus 
noches, está la lámpara que acompaña la soledad de la 
vigilia inquietada por el pensamiento y en la que se 
incuba la idea que ha de surgir al sol del otro día con- 
vertida en el grito que congrega y la fuei’za que con- 
duce las almas .* * 

De las ciudades sin alma no queda piedra sobre pie- 
dra. De las segundas, en cambio, se trasmiten a través 
de los siglos, sus vibraciones espirituales en 1a. obra del 
cincel y del pensamiento. 

Próspero quiere que nos desviemos del americanismo 
CdUbánico para formar una raza pensadora que arda en 
ideales de*sinteresados ; que el arte, la ciencia, la moral, 
la sinceridad religiosa, la política de ideas eduquen sus 
voluntades t en el culto perseverante del porvenir. 
Sueña en una América hospitalaria para las cosas del 
espíritu, pensadora y activa, serena y firme, de la que 
8Us alumnos sean precursores. Sueña la victoria de 
Ariel, que será la 'victoria de la razón y del sentimien- 
to superior. Ariel triunfante — termina diciendo, — sig- 
nifica idealidad y orden en la vida ; noble aspiración en 
el pensamiento; desinterés en moral; buen gusto en ar- 
te ; heroísmo en la acción ; delicadeza en las costumbres. 
Bus últimas palabras profetizan que un día, sobre la 
cordillera de los Andes se elevará, como sobre un pe- 
destal definitivo, la estatua de Ariel. 

Las frases finales del maestro vibran en la serenidad 
de la noche, bajo la radiación del Crucero í£ cuyos bra- 



DE GARCILASO A RODÓ 


261 


sos abiertos se tienden sobre el suelo de América como 
para defender una última esperanza. ... 

* 

* * 

El estilo de Rodó en este ensayo presenta cualidades 
excepcionalmente valiosas. Se desenvuelve con el ritmo 
de una elocuencia solemne, con el vigor de una sobrie- 
dad viril, con los prestigios de una honda y bien sen- 
tida cultura. 

Desde la primera hasta la última página se encade- 
nan y despliegan las frases y los períodos, harmoniosa 
y sonoramente. 

Rodó es más estilista que pensador. Podría discutir- 
se sobre el valor del fondo; pero se reconoce el mérito 
común de la forma. Algunos críticos, mal avenidos con 
Rodó, han dicho que es un dileUante del estilo; otros, 
en cambio, como Andrés González Blanco y Gonzalo 
de Zaldumbide, han escrito que Rodó fué en su época 
(primer decenio del siglo XIX), el mejor prosista de 
la lengua castellana. 

Leyendo su 1 ‘ Ariel 7 ? el lector cree que sólo una plu- 
ma muy acostumbrada ya al ejercicio de escribir, pudo 
haber trazado esas páginas, en las cuales el pensamien- 
to y el estilo forman una sola cosa, toda serenidad, to- 
da reflexión, toda cultura, de sello helénico. Y, sin em- 
bargo, “ Ariel’ , es una obra juvenil. 

El estilo de “Motivos de Proteo”, presenta las mis- 
mas cualidades, y no obstante los diez años que media- 
ron entre ambas obras, no puede decirse que haya evo- 
lucionado gran cosa el estilo de Rodó. Lo que en “Mo- 
tivos de Proteo’ ’ vale, es el lenguaje noble, culto y se- 
lecto; lo que en “Motivos de Proteo” debe admirarse, 
es el estilo trabajado por un artífice del cincel. 



262 CLARA INÉS Z0L5JSI SAN MARTÍN 

Su sintaxis es de una armonía deleitosa ; su ornato es 
de buen, gusto, elegante, más próximo a la sobriedad 
que a la grandilocuencia. 

El defecto que han querido señalarle es el de la 
frialdad, comparándolo a un mármol de fina pulimen- 
tación, pero con poca vida. Empero, podemos decir que 
Rodó supo revestir con los magníficos pliegues de una 
toga antigua, las ideas modernas. 



PINDARO 


ES trille ritmo: Poesía, Música y Danza 

«LITERATURA VIVA» 


De esta manera entiendo designar la 
enseñanza literaria que, apartándose 
del frío formulismo crítico y de ios es- 
terilizantes excesos de erudición, tiende 
a revelar a los neófitos las bellezas 
emocionales de cada autor. 

Estas páginas fingen el relato do un 
testigo de la celebración de la victoria 
de Diágoras. 


I 

Recortando su 3 costas azuladas bajo un cielo de oro, 
apareció a nuestros ojos la isla de Rodas, fecunda en 
hombres y propicia a los rebaños. El Altairos, con los 
dáñeos velados todavía por las brumas marinas y la 
cumbre iluminada por los rayos del sol naciente, pare- 
cía erguirse enorgullecido de ser, trono de Zeus, mo- 
rada de Apolo, símbolo patrio de los Erátidas, uno de 
cuyos vastagos, el glorioso Diágoras, iba a ser festeja- 
do el día de nuestra llegada. 

Una animación festiva dominaba en la amplitud del 
mar adormecido. 

En efecto: decenas de navios, con la impaciencia 


264 CLARA INÉS ZOLESI SAN MARTÍN 

terminal de la llegada al anhelado puerto, surcaban las 
agua9, como nuestra galera, a impulso de elásticos re- 
mos, llevando a Rodas, no sólo centenares de helenos 
de distintas procedencias, sino coros y músicos de Par- 
ténope, Agrigento, Salapia y Gela, las bellas y flore- 
cientes ciudades rodias de Italia. Las cuatro hijas de 
la opulenta y feliz metrópoli, testigos del ruidoso 
triunfo de pugilato, obtenido por Diágoras en los re- 
cién terminados juegos de la 79. a Olimpíada (año 461 
a. C.), querían fundir su corazón, su júbilo y su voz, 
con la voz, el júbilo y el corazón de la ciudad, en ho- 
menaje al héroe. 


II 

Poco antes de penetrar en el puerto, ganó la delan- 
tera a nuestra nave una esbelta trirreme siracusana, 
de áurea popa y flamante velamen, enviada por Hierón. 

— ¡Ahí va Píndaro ! — oímos exclamar a nuestro la- 
do. — Vedlo, — nos explicó un viajero tebano. — Ahí le 
tenéis, de pie, al lado del piloto. Viene a Rodas para 
celebrar con uno de sus inspirados epinicios olímpicos 
la victoria de Diágoras. Y yo os digo que su canto dará 
a las fiestas de la isla una resonancia inextinguible a 
través de los siglos. 

Nuestros ojos contemplaron entonces, con admirati- 
va atención, la majesti uosa persona del que los atenien- 
ses, maí que pese a nuestro amor propio de predilectos 
de Apolo y de Minerva, preconizaron como el más 
grande de los líricos griegos. 

Gracias al arte de este divino sexagenario, las cañas 
del lago Copaide (Pítica XII-25 29), transformadas 
en flautas, han vencido a la heptacorde jónica. Su glo- 
ria, difundida a todos los ámbitos del Mediterráneo, 



DE qarcilaso a rodó 


265 


dondequiera que arda una brasa del sagrado fuego he- 
lénico, suscita el recuerdo de Laso de Hermión, de 
Agatocles y de Apolodoro, ios ilustres atenienses que 
fueron sus maestros. Pero, ¡cuánto se ha distanciado de 
ellos, a medida que fué tomando altura en las lumino- 
sas regiones de la poesía heroica y de la religiosa ! Su 



Píndaro de Tobas recibido por Diágoras en Rodas 


prestigio, reconocido y proclamado, tanto en las cortes 
de los tiranos como en las plazas públicas, ha eclipsa- 
do el de Mirta y el de Corina, sus primeras guías en la 
técnica ; el de Alcamo, Ibico Estesícoro, sus predeceso- 
res en la poesía mélica; el de Simónides y Baquílides, 
sus ilustres rivales de ahora. 

Es que el gran beocio aúna armoniosamente en sus 




266 


CLARA INÉS ZOLESi SA > r MARTIN 


geniales producciones, la tradición de la escuela dóri- 
ca, que le brinda en Hesíodo abundoso caudal de imá- 
genes y de mitos religiosos, con la vivacidad cólica y 
hasta con la pulida elegancia ateniense- Carece, no ca- 
be negarlo, de la dulzura musical de Baquílides, ni tie- 
ne la exquisitez de Simónides. Todos los griegos, sin 
embargo, nos dejamos subyugar por el arrebato subli- 
me de sus cantos, nos sentimos transportados por el 
vuelo de sus estrofas, que parecen desplegarse de, los 
labios del mismo Apolo. 


III 

Dejando una estela de nieves irisadas en el glauco 
cristal de las aguas, ganó distancia la veloz trirreme 
sieula. 

i Qué magnífica y estatuaria la figura de Píndaro so- 
bre la reluciente popa! Semejaba un dios esculpido 
por Fidias para una Acrópolis. No de otro modo debie- 
ron ver y admirar nuestros antepasados a Homero en 
la plenitud juvenil, cuando tallaba para la inmortali- 
dad, en el mármol vivo de sus cantos, las figuras de su 
Ilíada. 

Pero, ¿acaso no es Píndaro el continuador de Home- 
ro 4 ? — me pregunté. Lo es. El arte del cantor de los 
atletas no es un debilitamiento, ni una degeneración 
del arte de Homero, como puede decirse de otros líricos 
en cuyas composiciones las figuras del viejo a.queo se 
convirtieron en sombras, sin rasgos ni contornos, para 
esfumarse luego en indefinibles abstracciones. No. Mi- 
rad la diferencia. Veréis cómo y porqué el tebano as- 
ciende a las esferas de lo genial sublime, a la altura del 
padre de la epopeya. 

Píndaro transforma la poesía primitiva, dándole un 



m Qarciuaso a rodó 


267 

movimiento y una intensidad de visión propios del en- 
tusiasmo emocional. Hace lírica 1a. concepción épica. 
Su lirismo nace de que no siente sólo la fe religiosa y 
patriótica de Homero, sino que arde con la fiebre de un 
sentimiento artístico más agudo y más limitado. 

Su concepción es grande en el sentido humano y en 
el moral* Cada héroe de sus cantos es vástago de gene- 
raciones de héroes que tienen su raíz primera en la di- 
vinidad, La ascendencia genealógica se ilumina de sú- 
bito ante el triunfo del vencedor en el lirismo pindó - 
rico. Palpitan los recuerdos; surgen y desfilan las proe- 
zas; se humanizan los mitos. . . 

La nobleza de una familia se proyecta sobre la ciu- 
dad a que ella pertenece y se extiende a cada agrupa- 
ción nacional, vinculando en acorde y honda exalta- 
ción de simpatías a dorios y jonios. Ahí está la epope- 
ya condensada líricamente, porque el poeta nos repre- 
senta todo el mundo exterior, pero su alma lo enviste 
y señorea, haciéndolo expresión de sí misma, esto es: 
miibjetivándolo. El canto es reemplazado por la estrofa; 
el episodio narrativo, por la síntesis de un verso, de 
una frase ... ¡un relámpago de gloria i 

Nosotros, sus contemporáneos, recibimos, estreme- 
ciéndonos de emoción, esos súbitos relámpagos del liris- 
mo pindárico. Frases, versos, estrofas, vierten su onda 
luminosa de arte sobre mitos, leyendas, historias, que 
nosotros conocemos, sea cual fuere su extensión; ora 
pertenezcan a toda la Iíélade, ora interesen a una ciu- 
dad o a una familia. 

.¿Qué ocurrirá, empero, en los siglos venideros, una 
vez rota la íntima trabazón que en nuestro espíritu tie- 
nen aquellas historias, aquellas leyendas, aquellos mi- 
tos de la raza y de cada núcleo dentro de nuestra raza? 

Para los griegos de hoy, cada creación lírica de Pin- 



268 


CLARA INÉS ZOLESI s¿N MARTÍN 


daro es una maravillosa fiesta del espíritu y de los sen- 
tidos. 

Multiplicidad de sentimientos, riqueza y vivacidad 
de colorido, plenitud y vigor de figuras, representación 
pictórica, verbal, musical, cuanto el arte puede ofrecer 
de deleitoso, lo ofrece este * 4 Pontífice de las Musas” 
con inspiración prodigiosa infatigable. 

IV 

Hemos llegado a Rodas. Al desembarcar nos incor- 
poramos de inmediato a la columna que se dirige al 
templo. 

Diágoras, aclamado sucesivamente por los coros po- 
pulares de cada ciudad, avanza en primer término. 
Tras él forman tres filas los ancianos de Rodas, quie- 
nes cedieron el puesto central a Píndaro, considerado y 
recibido como un mensajero divino. 

Alternan luego las doncellas y los jóvenes. 

Ante el templo se han detenido. Terminados los can- 
tos rituales, va a resonar en los ámbitos deí espacio se- 
reno la Séptima Olímpica, consagrada al elogio de Diá- 
goras y de su padre, a glorificar a los E rábidas, sus an- 
tepasados, y a Rodas, evocando el origen de la isla per- 
teneciente a Minerva y Febo. 

Presenciamos así el estupendo espectáculo de la poe- 
sía coral, desarrollado en toda la magnitud artística en 
que lo concibiera el siciliano Estesíeoro y en el que 
tanto se complacen especialmente los dorios. 

Ahí tenéis el triple ritmo: el de la Poesía, resultan- 
do de una lengua tan plástica y rica de inflexiones co- 
rno la nuestra ; el de la Música, interpretación de mo- 
tivos regionales, inspirados por el alma religiosa y el 
temperamento artístico de los helenos: el de la Danza. 



DE GARCILASO A RODÓ 269 

complemento de los anteriores, cuya finalidad es con- 
cretar en formas plásticas de una honda eficacia visi- 
va, imágenes y sentimientos despertados por la fusión 
de la Poesía con la Música. 

j Cunde el silencio. Todas las miradas se concentran 
en Diágoras que, a invitación de ios sacerdotes de Apo- 
lo, ascendió al templo a ocupar su sitial de honor en 
lo alto de la gradería. 

Forzudo y elástico, alto y de armoniosas proporcio- 
nes, es un verdadero heráelida. Su apostura todavía 
juvenil es la de un inmortal en ese momento de pleni- 
tud en que debemos concebir a los dioses, en que los 
concibieron los grandes poetas y los realizan nuestros 
artífices del cincel. Diágoras tiene de los inmortales el 
poder de la victoria. 

Frente al vencedor, al pie de la marmórea escalina- 
ta, se ha ubicado Píndaro. Brillan sus ojos, mientras 
con ademán solemne, da una orden a los dos coros dis- 
puestos en hemiciclo. 

De súbito, en un acordado v sonoro unísono, confien- 

*■> 

za el primer coro la estrofa inicial, avanzando rítmica- 
mente hacia las gradas. Responde el segundo coro con 
igual motivo musical y avanza, a su vez, en tanto que 
retrocede el anterior. Cantan la antistrofa, que eom 
pleta la brillante composición amplificada, escrita por 
Píndaro como exordio de la oda. 

Abora los instrumentos cambian de ritmo y de mo- 
tivo. La atención de todos se intensifica. 

Al concertado de voces responde una sola voz. Es 
una voz plástica y cristalina. Es ardorosa y suave. Es 
solemne y serena. Píndaro está cantando el épodo. 
Canta a la ninfa del mar, la hija de Afrodita, Rodas, 
la novia del Sol. ¡ Canta al impetuoso y gigante atleta 
que ha conquistado la corona en las riberas del Alfeo y 



270 


CLARA INÉS ZOLESI saN MARTÍN 


de la fuente Castalia. Canta al padre de Diágoras, a 
Demageto, el amado de la Justicia, colono glorioso en 
la isla de las tres ciudades. . . ! 

La imaginación y los sentimientos populares de los 
rodios, y de sus huéspedes dorios y jonios, despiertan 
a este magnífico conjuro del poeta. Cuando la última 
vibración de su voz se apaga, entona el coro la segun- 
da estrofa con iguales movimientos acompasados de los 
cantores, hasta que en el solo majestuoso del segundo 
ápodo, vuelve a desplegarse la voz de Píndaro. 

De esta, manera, con su alternativa de coros y solo, 
el epinicio hace palpitar en la conmoción ele los oyen- 
tes, con caracteres dramáticos, los tres mitos rodios, 
para epilogar el canto con el recuerdo de los nuevos 
triunfos del héroe, “por quien arde sobre el altar la 
grasa de los rebaños’', por quien se regocijan Rodas y 
.sus colonias, por quien se glorían todos los heráclidas. . . 

Pero el poeta, moralista severo y espíritu ferviente- 
mente religioso, acaba el canto implorando el favor de 
la divinidad sobre los erátidas, pues sin la protección 
divina, — dice — “toda gloria y todo poder son efí- 
meros ?í . 

El atleta, admiración de los hombres, y el poeta, 
émulo de los dioses como dispensador de la inmortali- 
dad, se abrazan. 

El humo de las aras y los. vítores de la muchedum- 
bre, se elevan al azul límpido, cual si al unir sus ondas 
ascendentes, fuesen un himno de fe y de optimismo a 
los destinos de nuestra raza. — Anacarsis. 

Por la copia : 


Clara Inés Zolest San Martín, 
(Estudiante de 4.° año). 

FIN 



ÍNDICE 


Pdg*, 


PROLOGO 

El Renacimiento . . . 

El género pastoral . 

Garcilaso de la Vega . 

Santa Teresa .... 

Fray Luis de León. 

La novela picaresca 
Diego Hurtado de Mendoza 
Alonso de ErciUa y Zúñiga 
Epístola Moral a Fabio 
La Canción a las Ruinas de Itálica 
Miguel de Cervantes Saavedra . 

Francisco de Quevedo y Villegas. 
Conceptismo y gongorismo . 

Teatro de Moratín 

Unidades de tiempo y de lugar . 

Manuel José Quintana .... 

Mariano José de Larra .... 
Consideraciones sobre la obra d; Espronced 
Gustavo Adolfo Bécquer . 

Benito Pérez Galdós .... 

Sobre la silva <r A la agricultura de la 

Sarmiento 

Elementos épicos de «Tabaré. 

Zorrilla de San Martín como orador 

José Enrique Rodó 

Plndaro 


• • 


zona tórri 


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43 

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7 8 
85 

9 2 

102 

106 


113 

131 

146 

147 
I5 1 
153 
167 
182 
185 
210 


223 

225 

242 

244 

246 

263 






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